Verdaderos pastores siguen los pasos del Señor

Verdaderos pastores siguen los pasos del Señor

Por el élder Thomas S. Monson
(Pathways to Perfection/Caminos hacia la perfección; Deseret Book co., 1973).

Vivimos en una nueva era, en un mundo variable. Muchas de las antiguas tradiciones están siendo descartadas. Por ejemplo, ya no estamos más en comunidades rurales y confinadas. Nuestros jóvenes tienen más libertad de movimiento que nunca. No tienen temor de recorrer grandes distancias, ir a nuevos lugares, mientras que hace algunas generaciones nunca salían de sus propias comunidades, Era un: “Levantarse de mañana, efectuar las tareas, ir al trabajo, hacer las tareas, irse a la cama”. Era un mundo diferente. Vivimos en una sociedad que está marcada por el cambio.

Los jóvenes quieren crecer demasiado aprisa. Quieren resolver sus dudas al momento; y cuando vienen a nosotros, si no tenemos las respuestas, sienten que pertenecemos a la generación de “viejos”, que no nos comunicamos, que existe un abismo entre generación y generación. Podríamos decir que ésta es la generación del “ahora”, pero la necesidad de sabio consejo nunca ha sido más urgente.

Como ejemplo, permitidme compartir una carta que me escribió una joven:

“Querido hermano Monson:

“Necesito consejo y asesoramiento ahora [Y subrayó el “ahora”] Lo necesito de parte de alguien que tenga y honre el sacerdocio y que esté en posición de tener visión suficiente y de dar el consejo adecuado. Soy nueva en la Iglesia; hace once meses que estoy en ella, y provengo de un hogar estable. Mis padres son muy morales y éticos a su manera, pero no según las normas de nuestra Iglesia. He vivido en un vecindario difícil y todas mis normas anteriores eran directamente opuestas a las enseñanzas del evangelio.

“Cuando me uní a la Iglesia, estaba comprometida con un joven maravilloso que fue a servir en el ejército tres meses antes de que yo me bautizara. Ahora ha regresado y pasé con él las vacaciones de Navidad. Hermano Monson, he desobedecido la Palabra de Sabiduría. Fui culpable de dudar de las enseñanzas de la Iglesia, y dormí varias veces con el joven al que amo. No lo lamento en lo más mínimo ni me avergüenzo de haber compartido mi amor con él, pero me siento verdaderamente avergonzada de haber bebido ron y coca.”

Y bien, ahí tenemos una carta de parte de una joven muy confundida. La escribió con toda sinceridad. Creo que refleja sus sentimientos honestos. Ella había justificado en su mente que el pecado sexual con la persona que amaba no era tan grave como la desobediencia a la Palabra de Sabiduría. Este tipo de joven, demostrando esta clase de confusión, puede venir a nosotros en nuestra capacidad como maestros de instituto o seminario, o como directores del sacerdocio o de las organizaciones auxiliares, y buscará consejo sabio. Creo que la carta indica esa necesidad. Podríamos dar otros ejemplos.

Apartémonos un momento de la necesidad y hablemos del premio. Creo que si somos sabios consejeros, debemos tener en nuestra mente, constantemente, una imagen del verdadero valor de los jóvenes y señoritas a quienes enseñamos y a quienes aconsejamos. Estos jóvenes y mujeres son preciosos a la vista de Dios. Ellos han sido reservados para venir en este día y en esta época. Creo que son una generación de sangre real, podríamos decir, y una generación elegida y escogida. Pero necesitan consejo.

Creo que si deseamos ser consejeros sabios, debemos apreciar el verdadero valor del alma humana. Vosotros y yo sabemos que en la revelación que el Señor dio al profeta José, dijo: “Recordad que el valor de las almas es grande a la vista de Dios” (D. y C. 18:10). Y luego nos dio un desafío diciendo que si trabajáramos todos nuestros días y le trajéramos aunque fuera una sola alma, ¡cuán grande no sería nuestro gozo! Añadió que si trajéramos muchas almas al reino de nuestro Padre, ¡cuán grande sería entonces nuestro gozo! (Véase D. y C. 18:15, 16.) Tenemos la capacidad de salvar almas humanas. Recordad las palabras del Señor: “Alimenta a mis corderos… apacienta a mis ovejas” (Juan 21:15,16). Alimentemos a nuestros jóvenes, alimentémoslos con el evangelio de Jesucristo.

Hemos hablado en cuanto a la necesidad; y hemos hablado acerca del premio: el alma humana. Ahora hablemos en cuanto al método para aconsejar.

Primero, en el arte de aconsejar puedo decir esto: escuchad atentamente. Si deseáis ser buenos consejeros, debéis necesariamente ser buenos escuchas. Cuando un joven o una señorita viene a vosotros en busca de consejo, arreglad el lugar para la entrevista de manera que el joven no se cohiba mientras esté hablando con vosotros. Permitid que la entrevista se efectúe en privado. Asimismo, aseguradle, mientras que vosotros escucháis con atención, que la entrevista será estrictamente confidencial. Después aseguradle que estáis realmente interesados en su futuro. Una manera de hacer esto es formulando preguntas de manera inteligente mientras guía la entrevista. Un buen consejero es aquel que sabe cómo formular preguntas, y también que sabe ser paciente. Al joven le tomará un poco de tiempo poner sobre la mesa el trigo y paja frente a vosotros, y si vosotros sois un buen consejero, no sólo escucharéis con atención, sino que obtendréis los hechos también. Esto requerirá, tal como lo he indicado, algo de esfuerzo por medio de formular preguntas sabias y tener algo de paciencia escuchando con cuidado.

Escuchad con atención

Segundo, permitidme sugeriros una evaluación minuciosa. Antes de que habléis, tomad en cuenta lo que habéis escuchado. Pensad por un momento el consejo que daréis a ese joven. No habléis sin pensarlo. Deberéis tener mucho cuidado en lo que le recomendáis a este joven que haga, porque generalmente ellos lo hacen, ya que tienen un gran respeto y admiración por vosotros como maestros y consejeros. Así que escuchad con atención y después evaluad minuciosamente.

Aconsejad sabiamente, este es el tercer paso. Y al dar un sabio consejo, espero que primero y antes que nada, os pongáis en una posición para determinar los problemas que, como observasteis en vuestra entrevista, requerirán que los jóvenes o señoritas recurran al obispo. No puedo poner demasiado énfasis en esto. Podríais ser los consejeros más hábiles del mundo, pero no sois el obispo del barrio; y el obispo es quien debe escuchar aquellas confesiones referentes al estado que guardan los miembros dentro de la Iglesia. Seréis el mejor de los consejeros si le sugerís al joven cuál es la mejor manera de ponerse en contacto con su obispo.

Frecuentemente, tenemos jóvenes que vienen a nuestras oficinas y están llenos de temor; y creo que una de las cosas más amables que cualquiera de nosotros puede hacer es obtener permiso de la persona que viene a vernos para ponernos en contacto con el obispo. A menudo he telefoneado al obispo mientras estoy en entrevista con una pareja; y le he dicho: “Aquí tengo a una pareja de jóvenes que le gustaría hablar con usted, obispo, en cuanto a un asunto que tiene que ver con el futuro de sus vidas. ¿Cuándo podrían ellos ir a verlo?” Creo que cada dirigente podría seguir ese mismo curso.

Bien, para ayudaros a aconsejar sabiamente, añadiré otra idea: una acerca de la cual tengo fuertes sentimientos. Desafortunadamente, encontramos que a veces un maestro, en su deseo de atraer y ganarse la atención, se vuelca a lo dramático. A veces se torna en algo así como un actor en escena y siente que la forma de obtener y mantener la atención consiste en revelar errores pasados que él ha cometido en su vida. Nuestro Padre Celestial dijo:

“Por esto podréis saber si un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesará y los abandonará” (D. y C. 58:43). Y luego dijo: “…si vuestro pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18). Como el hermano Huhg B. Brown decía a menudo: “No deberíamos tratar de recordar lo que el Señor ha indicado que Él está dispuesto a olvidar.” Si hemos errado en nuestra vida y nos hemos arrepentido verdaderamente, entonces no traigamos ante nuestros jóvenes un desfile de experiencias que indican la sordidez de nuestro pasado.

Otra parte del mundo variable en el cual vivimos es que encontramos que algunas personas, no motivadas por los principios de Cristo, creen en la confesión en grupo. Algunos consejeros profesionales aplican este procedimiento. Esta no es la forma que sigue el Señor. Confío en que nosotros aconsejaremos sabiamente.

Ahora me dirijo a un cuarto aspecto. Pediría que cada persona, como consejera, ore fervientemente. Vosotros mismos no podéis tener la capacidad de ser un consejero sabio, pero si oráis fervientemente al Señor, Él os bendecirá. Poco importa si sois jóvenes, si sois maduros, si tenéis mucha preparación o no. Si oráis fervientemente, tendréis esa ayuda.

Luego un elemento final: vivid rectamente. No podéis enseñar a los jóvenes si vosotros no vivís el principio que enseñáis. Si no sois sinceros ellos pueden verlo a través de vuestro rostro. Ellos reconocen y quieren lo verdadero. Podréis engañar a algunos de vuestros dirigentes, pero no podéis engañar a los jóvenes.

¿En qué forma podríamos vivir rectamente como directores? Creo que ante todo debe haber una buena relación entre cada hombre y su esposa. El hombre no puede ser eficaz como maestro, director o consejero si en el hogar hay reyertas y peleas, si su esposa siempre le está regañando y sugiriendo que él debía haber sido un ingeniero, que debía haber sido un arquitecto, o que debía haber entrado en este o aquel campo de actividad. Pero si la esposa lo apoya, si ella le hace saber que él está participando en la obra más grande que existe en la que un hombre podría participar, que ella lo sostiene de corazón y con toda su alma, tengo el sentimiento de que él hará lo mismo con ella en el papel que a ella le corresponde como ama de casa, como compañera, como esposa y como madre.

El Señor dijo que no debe haber contención entre los hombres. En el libro de Tercer Nefi, declaró: “No habrá disputas entre vosotros, como hasta ahora ha habido; ni habrá controversias.” Además indicó que la contención no es de Dios sino del diablo, el que “es el padre de las contenciones, e irrita los corazones de los hombres, para que contiendan unos contra otros con ira. He aquí, no es ésta mi doctrina, agitar con ira el corazón de los hombres, uno contra el otro; antes mi doctrina es ésta, que se acaben tales cosas” (3 Nefi 11:28-30). Que vuestros hogares sean bendecidos con belleza que los rodee, incorporando a ellos el espíritu de amor.

Vivid rectamente honrando a los administradores que las Autoridades Generales han llamado para dirigir vuestros esfuerzos y trabajos. Tengo gran respeto y admiración hacia los hombres y mujeres que han aprendido a seguir a los directores llamados por las Autoridades Generales. Parte de vivir rectamente se refleja en la manera en la que vosotros sostenéis la administración que dirige vuestros esfuerzos. Estas personas tienen como objetivo en la vida el avance de la obra del Señor. Una parte vital para vivir rectamente es aprender a sostener las decisiones de aquellos que presiden. Espero que podáis hacer eso.

Al aconsejar a los jóvenes, debéis tener la disposición mental de ser receptivos al Espíritu del Señor si es que deseáis ayudarlos en sus decisiones. En la vida no hay decisiones de poca importancia, en especial para los jóvenes. Recordad que el poder de dirigir es también el poder de desviar; y el poder de desviar es el poder de destruir. Vosotros tenéis el poder de destruir las almas de los jóvenes y señoritas que están a vuestro cargo. En oposición a esto, tenéis el poder de elevarlos y acercarlos a Dios si vivís rectamente y si reflejáis en vuestra forma de enseñar esa rectitud de vida.

Os doy testimonio a vosotros, hoy, de que escuchando con atención, evaluando minuciosamente, aconsejando sabiamente y orando con fervor mientras vivís rectamente, seréis el consejero que nuestro Padre Celestial querría tener para bendecir la vida de sus preciosos jóvenes. Apostad esa palabra de aliento, esa entrevista con el obispo, ese ejemplo digno de ser seguido que elevará a los jóvenes y los llevará hacia el reino de Dios. Vosotros ciertamente sois pastores que velan sobre Israel y no os deben encontrar durmiendo cuando se requiera de vuestros servicios.

Una cosa que recuerdo vívidamente del cañón Provo, es la experiencia que tuve cuando iba en mi automóvil y al llegar a una curva cerca de Vivian Park, me encontré un numeroso rebaño. ¿Habéis visto a alguno de nuestros cuidadores de ovejas en los cañones montañosos del oeste dirigiendo a las ovejas? Tenéis que mirar muy atentamente para poder encontrarlo. Generalmente se encuentra detrás del rebaño, agachado sobre su caballo, profundamente dormido, y haciendo el trabajo hay una media docena de perros pequeños que ladran y saltan entre las patas de las ovejas. ¡Ese es un cuidador de ovejas!

Hace unos meses, estando en Munich, Alemania, vi a un verdadero pastor. Allí estaba él con su bastón en la mano, cantando, marchando delante de su rebaño; y el rebaño lo seguía. Cuando él doblaba a la izquierda, las ovejas doblaban a la izquierda; cuando iba hacia la derecha, ellas iban hacia la derecha. No había perros ladrando entre las patas de las ovejas. Ciertamente conocían a su pastor y seguían la senda que él tomaba.

Es mi esperanza que cada uno de nuestros dirigentes no sea un cuidador de ovejas, sino un verdadero pastor. A través de los consejos sabios vosotros dirigiréis a nuestros jóvenes con mucha más eficacia que ladrando o saltando a sus talones mientras juntos recorréis la senda de la vida. Sed verdaderos pastores. No hay mejor forma de ganar un testimonio firme de Jesucristo que sirviendo a sus corderos y alimentándolos con su evangelio. A la vida de los dirigentes así vendrá la clase de paz, gozo y contentamiento que siempre viene cuando uno tiene el testimonio de que Jesucristo es el Hijo de Dios. Tal testimonio es vuestro mensaje para los alumnos que se sientan frente a vosotros.

No tenéis necesidad de ir a Palestina para andar por donde anduvo Jesús. Simplemente tenéis que atravesar la puerta de vuestro salón de clases, dirigiros al frente de vuestro grupo y dar vuestro testimonio, tal como lo dio Jesús en la antigüedad, de que Dios —nuestro Padre Celestial— vive, que el evangelio de Cristo es una realidad, que contiene las respuestas a los problemas que pesan sobre nuestros jóvenes. Ciertamente, al enseñar a esta preciosa juventud, podéis demostrar que estos tiempos son la época de la sabiduría, que ésta es la época de la creencia, que ésta no es la estación de la desesperación sino de la esperanza, porque los jóvenes están en el umbral de los grandes logros en la obra de su Padre Celestial.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario