Una invitación al Reino

Una invitación al Reino

por el Presidente Esteban L. Richards.
Discurso dado en la conferencia general, 5 de octubre de 1952.

Siento profundamente la responsabilidad que acompaña esta gran oportunidad. Les aseguro que necesito el apoyo del Espíritu Santo, y ruego humildemente que lo tenga.

Deseo tomar oportunidad para hacer una invitación. Opino que al hacer esta invitación tendré la aprobación y el apoyo de mis socios de los concilios presidentes de la Iglesia, no en la manera de presentación, quizás, sino en cuanto a su substancia, y que me sostendrán en hablar por ellos, tanto como por parte mía.

Los que son de la Iglesia no encontrarán nada de novedad en esta invitación. Aunque el mundo, por más de un siglo, la ha oído, hay todavía pocos que comprenden su importancia.

Esta es la invitación, dirigida a todo hombre, mujer y niño:

Queridos amigos:

La presente le invita a usted cordial y sinceramente a participar en la edificación del Reino de Dios en la tierra.

…Lugar: en todo el mundo.
Hora: él presente.

(Firmado) La iglesia de Jesucristo de los santos de los últimos días

Al aceptar esta invitación, el comportamiento de mucha gente buena no será alterado mucho. Aquellos que guardan en sus corazones un amor para con Dios y su prójimo, y se dedican a hacer obras cristianas, descubrirán —al unirse con el Reino de nuestro Padre— un significado para sus altos ideales y servicio humanitario, que sobrepujará cualquier estándar de vida que jamás han conocido.

Los que no han llevado sus vidas conforme a la voluntad divina, y han cedido a las debilidades de la carne, encontrarán que su participación en el Reino trae auxilio, misericordia y comprensión, lo que engendra arrepentimiento y perdón, y da fuerza y aliento para vencer y ser feliz.

Procuraré explicarles algunas de las ventajas del Reino, las que tienen tanto atractivo y promesa para las varias ramas de la sociedad.

Consideremos primero el hombre ordinario. No uso la palabra ordinario en un sentido despreciativo. El mundo hace distinciones entre los hombres según la educación, el dinero o posición social. Fundamentalmente, yo no hago tales distinciones, pero nos vemos obligados a admitir que la mayoría de las masas no están —en los ojos del mundo— en las clases electas.

En algunos sentidos el hombre ordinario es el elemento más importante en la sociedad. En las naciones democráticas, donde la aristocracia, casta y la supremacía del estado no restringen y limitan sus actividades, él logra, en muchos casos, ocupar posiciones de gran responsabilidad. Asimismo en los países democráticos, él escoge los oficiales, por razón de su superioridad de números y, por consiguiente, votos. Quizá de más importancia aún, es el hecho de que está a la cabeza de casi todos los hogares del mundo. El hombre ordinario engendra la población del mundo, mantiene su infancia y juventud, influye y, hasta cierto grado, determina las tendencias sociales y varias.

¿Qué tiene que ofrecer la participación en el Reino al hombre ordinario?

Primero: le da una comprensión más amplia y adecuada de sí, le define en una manera realista y no meramente visionaria su relación a su Dios y su prójimo.

Segundo: Le hace ver el propósito de su vida. Da mérito a sus servicios, y le permite distinguir entre lo importante y lo frívolo.

Le da el orgullo justificable de que es parte de una gran causa, el más grande en todo el mundo; y tercero: —y puede que esto sea lo más importante de todos— el ser miembro del Reino facilita el recibimiento de la comisión del mismo poder divino (el Sacerdocio) y le permite disfrutar de las bendiciones que este poder proporcionar a los hijos de nuestro Padre.

Extensión del sacerdocio

Esta extensa distribución del Sagrado Sacerdocio es una de las características distintivas del Reino Restaurado de nuestro Señor. Hay evidencia suficiente para creer que al formar su Iglesia en el meridiano del tiempo, Cristo estableció una extensa distribución del Sacerdocio. Cuán lógico está, al pensarlo bien, que esto sería su deseo. ¿Qué razón tendría para restringir su poder divino, el cual puede ser delegado a hombres, a un grupo favorecido u orden eclesiástico?

Si los hombres son hijos de Dios, creados a su imagen y dotados con atributos divinos, ¿por qué no serán elegibles para la comisión divina del Sacerdocio, todos aquellos que se hacen dignos de ello por su rectitud? Todos son elegibles en el Reino de nuestro Padre. El único requisito es obediencia a su ley, y los oficiales del Reino son obligados a repartir este gran beneficio a todos los que sean dignos.

Si el tiempo me permitiese, quisiera dar a los hombres a quienes hago esta invitación, una explicación más amplia de la naturaleza del Sacerdocio, y su función, tal como son declaradas en las revelaciones dadas durante la fundación del Reino del Señor en esta dispensación.

Debo contentarme con decir únicamente que el Sacerdocio del Todopoderoso Dios, investido sobre sus siervos, es cosa muy diferente de lo que creen los hombres del mundo. Es un poder o autoridad dado por comisión divina; no obstante, en su uso y esencia, es dotado con la virtud, bondad, misericordia y juicio de su Divino Autor, el mismo Salvador.

El sacerdocio y el hombre ordinario

Ahora, en cuanto al hombre ordinario —él que no conoce los honores y riquezas que el mundo ofrece—, qué distinción, qué aliento, qué elevación del espíritu, y cuán grandes aspiraciones le esperan al compartir con sus hermanos el Sagrado Sacerdocio en el Reino de su Señor. El hombre ordinario tiene aspiraciones, aunque el logro de ellas parezca lejos e indistinto. El mejoramiento y el progreso son las leyes de la vida. Aquí, con la investidura del Santo Sacerdocio, se encuentran oportunidades infinitas para que el hombre ordinario, como todo hombre, sea la que fuere su estación en la vida, pueda realizar sus altas y buenas aspiraciones.

El edificar una iglesia sin un clérigo profesional, debe haber parecido un proyecto grandioso y atrevido. Fué una innovación más grande aún el organizar sin un clérigo, una iglesia en la que cada hombre y cada muchacho es un ministro de religión. El profeta José Smith no halló ningún precedente para esta organización, con la sola excepción de la Iglesia que el Maestro mismo fundó durante su propio ministerio terrenal. No es extraño que un concepto de tal novedad fuese asombroso para los contemporáneos del profeta. Disminuyó la necesidad de los clérigos profesionales y completamente destruyó la necesidad del llamado perito espiritual.

Esta nueva doctrina renuncia a la ignorancia y aclama a la inteligencia, pero su propósito es hacer de cada hombre su propio perito espiritual, con poder divino en sí mismo, para comprender y aplicar las leyes del evangelio a su propia vida y a la de los que son sus dependientes.

Esta investidura generosa y universal del Sacerdocio, hace de cada recipiente de éste, un maestro y predicador de la palabra de Dios; sea o no llamado a una posición especial, su diócesis abarca su familia, sus amigos y conocidos, y él está obligado a enseñarles a ellos la verdad revelada.

Aunque le falte un poco la elocuencia, están sin límite la influencia de su ejemplo y la irradiación de su personalidad entre los que le conocen. Aquí, en el Reino del Señor, se halla el más perfecto ejemplo de su gran ley de justicia e igualdad, que “Dios no tiene acepción de personas”.

Invitación a las mujeres

Y ahora, es un gran placer extender esta invitación a todas las mujeres. Sé que no soy capaz de hacerla tan atractiva como desearía que fuera, pero tal vez podré mostrar algunos asuntos que deben ser de mucha importancia para las mujeres y que quizás captarán su interés.

Es de esperar que tratándose del mundo de la mujer, el tema del hogar se discuta primero. A pesar de las costumbres sociales modernas que tienden a la tal llamada emancipación de la mujer, del alegado trabajo pesado de la vida hogareña, estoy seguro que no necesitamos prueba estadística alguna para convencernos que casi toda mujer quiere un esposo y una familia; y soy bastante optimista para creer, no obstante el alto porcentaje de divorcios que hay, que la gran mayoría de las mujeres quisieran quedarse con sus esposos y preservar la unidad del hogar.

Si estas suposiciones son correctas, tengo razón en asegurar a las mujeres que en ningún otro lugar o institución en el mundo, encontrarán tan altos y elevados conceptos del matrimonio y el hogar, como los hay en el Reino Restaurado del Señor. Aquí la mujer no es esclava ni muñeca, sino una verdadera socia en la empresa de edificar el Reino. El papel que ella toma es uno de gran dignidad, con oportunidad para la abundante expresión de los sentidos más sublimes, la ternura, el cariño paciente y cualidades elevadoras, que son características de su sexo.

En el Reino, la mujer no es portadora del Sacerdocio, sin embargo, lo comparte con su esposo, y ella es la inmediata beneficiaría de muchas de sus bendiciones. Cuando ella se liga en el matrimonio con un hombre que tiene el Sacerdocio y en uno de los templos del Reino, las bendiciones conferidas sobre ella son de igual magnitud que las que recibe su esposo, y estas bendiciones han de realizarse sólo mediante la continuación del contrato matrimonial, porque “ni el hombre sin la mujer ni la mujer sin el hombre en el Señor”.

Si cada mujer entendiese plenamente este alto concepto del matrimonio, no querría ningún otro. No es éste un matrimonio celebrado con elegante ceremonia y pompa, para ostentación y prestigio social. No se congrega un gran gentío en una lujosa capilla; en esta celebración sólo están unos cuantos presentes —la pareja que se casa, un humilde portador del Sacerdocio para oficiar, los testigos, generalmente los padres y algunos parientes y amigos íntimos.

Tal matrimonio se celebra con el propósito de incluir al Señor en la unión, por lo tanto los participantes van a su casa de él, hacen su convenio con él y entre sí, en soledad, en humildad, sin espectáculo, guardados de la mirada de los curiosos, y los elogios de los interesados. ¿Busca una persona alabanza del público para una oración privada?

¿Por qué es que una pareja que va a entrar en el pacto más sagrado de sus vidas, ambas pública y privada, se expondrán a la crítica pública, y distraerán sus pensamientos de la ceremonia por las costumbres frívolas del pueblo?

Recuerdo haber leído un comentario de un ministro que tenía su iglesia en el centro de la ciudad de Nueva York. Él dijo que durante su tiempo como funcionario de aquella iglesia, había visto que la ceremonia del matrimonio se había cambiado de una cosa sincera y sencilla a una de pompa y lujo, para agradar al público social. Esto nunca podría pasar con el matrimonio del templo. Es una lástima que esto pase a cualquier matrimonio, y puede ser que esto sea la causa de tantos fracasos en el matrimonio en los últimos años.

Conceptos revelados

Las mujeres que aman la vida del hogar, encontrarán que hay otros conceptos revelados de la vida, que les traerán esperanza y agrado. Aprenderán que el hogar del cual ellas son una parte tan esencial, es la base de la vida feliz en este mundo, y nuestras esperanzas en la vida venidera. Aprenderán que son llamadas para oficiar en un servicio bello y de suma importancia.

Como un sacerdote y una sacerdotisa en el templo del hogar, tienen el privilegio grande de recibir en la vida mortal a los hijos espirituales de nuestro Padre Celestial. Entonces es su privilegio de alimentarlos, instruirlos y guiar a éstos otra vez a la presencia eterna de que salieron. En un momento se puede decir esta oración, mientras cuesta una vida entera la tarea de los padres. Es una misión gloriosa cuando es aceptada. Es una experiencia trágica cuando es despreciada.

Las mujeres del Reino descubren que el gozo supremo de sus vidas se encuentra en su familia, y esto a pesar de los sacrificios que se encuentran en instruir y cuidar a sus familias. Son enseñadas que la bendición más grande de los cielos es su vida familiar en las eternidades, y esto es lo que creen. Tienen completa confianza de la perpetuidad de la vida familiar, cuando es santificada y sellada bajo el poder del Sagrado Sacerdocio. Si un hijo es separado de la familia, no sienten que se ha alejado para siempre. Esperan con confianza una reunión con la familia en la eternidad. Mientras que se entristecen por la separación de seres queridos en este mundo, la única cosa que temen, es el pecado, el cual podría robar al pecador de su posición en el hogar eterno.

Las mujeres que entran en estas eternas uniones con sus esposos, están mejor preparadas a resistir las dificultades que siempre vienen con la vida doméstica. Ellas y sus esposos están propensos a mirar hacia el futuro y así ignoran las molestias chicas que disturban la vida tranquila y pacífica del hogar. Piensen ustedes en la tragedia de los niños inocentes que se podría advertir con este concepto del matrimonio duradero. Cada mujer que verdaderamente se preocupa por alcanzar una vida llena y feliz, aprovechará por pensar en las verdades eternas del Reino.

Afuera del hogar

Más y más las mujeres están propensas a buscar actividades fuera del hogar. Lo considero como una ventaja que la casa moderna tiene tantas ayudas que han disminuido las horas que una madre tiene que gastar en el hogar. Se fijarán que no califico el trabajo de una madre como esclavitud. Es mi opinión que una madre buena nunca considera que sus deberes de familia hayan hecho de ella una esclava; pesados y duros que fueran tales deberes. Aun cuando el cuidado de la casa requería largas horas, las madres del Reino proporcionaban tiempo y manera de hacer un sin número de hechos caritativos en organizaciones y a solas.

Ahora, bajo las condiciones ya mencionadas, una gran parte de la obra del Reino se hace por estas buenas mujeres. Tienen responsabilidad directa, siempre bajo la dirección y guía del Sacerdocio, en grandes organizaciones de mujeres, y dan ayuda necesaria en todas las instituciones de la Iglesia. Hay tantas maneras de servir, que pueden emplear todos sus muchos talentos y grandes habilidades. No hay ningún lugar en el mundo donde mejor pueden rendir un servicio más aceptable al Señor y que les dará más satisfacción, que en su Reino de él.

Una invitación para los jóvenes

Ahora, tengo que dar una invitación a la juventud; jóvenes que están en la escuela, las fincas, las fábricas y las organizaciones militares, en dondequiera que se encuentren los jóvenes. Les invito a los jóvenes a que vengan y participen de una organización, divinamente establecida, donde hay más conocimiento sobre su principio, sus necesidades y sus propósitos y ambiciones buenas que se hallan en cualquier parte del mundo.

Sé que pueden pensar que soy presumido y egoísta al decir esto, pero creo que me comprenderán cuando les explico que este conocimiento no es de los hombres ni es un producto de la investigación escolástica; sino viene de Dios y es revelado para su reino. Este conocimiento sirve como una base de todas las verdades, aunque los descubrimientos y declaraciones de los hombres no concuerden entre sí.

Se hace más fácil todo el método de aprender. Todas las condiciones y problemas de la vida se aclaran y las metas se distinguen mejor, librando la juventud de las inseguridades confusas que hay en mucha de la filosofía y enseñanza moderna.

Mis amigos jóvenes, no pueden figurarse el descanso que les dará y tanto que añadirá a su felicidad y paz del espíritu, el tener fines claros hacia los cuales, con confianza, pueden dirigir los esfuerzos de su vida. Les invito a participar en actividades que les animarán a desarrollar y ejercer lo mejor que hay en ustedes. Sus talentos latentes, su amor para la gente y todas sus habilidades naturales hallarán oportunidad de expresarse.

Esta sociedad les enseñará cómo recibir felicidad de lo bueno, y es la única felicidad que dura. Les enseñará cómo ser su propio amo, cómo regir sus deseos y pasiones y así podrán adquirir buenos caracteres. Esto contribuirá al éxito en su profesión, porque no hay éxito verdadero en una profesión por los que no poseen carácter bueno.

La adquisición más grande

Quizá el beneficio más grande que recibirán por entrar en esta sociedad, será un conocimiento de Dios y cómo servirle mejor. Descubrirán por primera vez la misión de la vida; lo que el Señor tiene trazado para ustedes. Tendrán más respeto por sí mismos. Los hombres jóvenes recibirán el Santo Sacerdocio. Hallarán que mucha de la frivolidad y liviandad de la juventud puede substituirse por servicio gozoso en una gran causa; y esto sin sacrificar la felicidad de la juventud.

También las señoritas se regocijarán en el bien que pueden hacer. He visto partir para las misiones miles de jóvenes. He escuchado sus testimonios y puedo testificar de la gran felicidad que esta obra de salvar almas les ha traído. Les he oído decir que estos años de servir en la viña del Maestro, han sido sus años más felices. ¿Dónde, pueden ustedes, los jóvenes, encontrar oportunidades comparables a éstas que les son provistas en el Reino de Dios Viviente?

Ahora, mis amigos, los jóvenes y los más ancianos, les pregunto esto: ¿Está bien demorar su decisión en cuanto a los asuntos que les acabo de explicar ligeramente? ¿Es el período de la vida tan segura que podemos esperar con confianza y con seguridad hasta el año entrante, para considerar estos asuntos que son tan importantes para nuestras vidas presentes y futuras?

Voy a muchos entierros. Algunas vidas terminan muy de repente. Soy testigo de la tristeza de los seres queridos en estas tristes despedidas. No se debe criticar en un entierro. Decimos buenas cosas de los que han partido. Dejamos el juicio en las manos del Gran Juez, pero creo yo que hay muchas familias que experimentan la tristeza por hechos que se podrían haber cumplido o cosas que no debían haber pasado, y quisieran poder corregir estas cosas.

Así son los peligros de demorar nuestra reconciliación con Dios y nuestra aceptación de su santo evangelio. Ninguno de nosotros podemos tener la seguridad de seguir fieles hasta el fin de nuestras vidas, pero podemos tener la seguridad de que nunca llegaremos a la meta, si nunca principiamos. Mi invitación es que empiecen ahora el transcurso de la vida en la vía del Señor. Empiécenlo ahora, mientras queda tiempo.

Experiencias personales

No puedo terminar sin decir unas experiencias personales que he tenido en el Reino de nuestro Padre. Me justifico en decir esto, pensando que tal vez haya alguien que puede recibir ánimo en lo que les voy a decir. No estudié por el ministerio en la manera que el mundo considera este estudio. Esta es una condición común entre mis hermanos, por razones ya citadas. Recibí instrucciones limitadas en derecho y comercio.

Tal vez mi educación más grande ha venido de mi asociación con hombres en toda clase de vida. Admiro a casi todos los hombres y mujeres que he conocido. La gente de inteligencia y de conocimientos y capacidades profundas, han captado mi estimación y respeto. En la presencia de una mente grande, siento algo parecido a la reverencia.

Sin embargo, a través de los años he hecho una observación que, les digo francamente, ha reducido mi admiración de muchos hombres y mujeres capaces, por esto me preocupo por ellos. He observado que muchos, que tienen éxito en las cosas materiales, parecen estar orgullosos de que se han librado de las cosas espirituales, y lo expresan jactándose en esta manera: “Por naturaleza no soy religioso”; “La religión es para las mujeres y niños”; “Nada más por mi mujer sigo mi religión”.

Soy de la opinión de que estas actitudes son tácticas defensoras, y que no representen justamente los sentimientos interiores y la conciencia seria de los que las presentan. No estoy hablando de los hombres que han dejado que el pecado insensibilice su conciencia. Hablo de los hombres que he conocido en el mundo de los negocios, y hablo de los hombres sin número que son como ellos.

Quiero hacer esta declaración a todos estos hombres y mujeres, y espero no parecer jactarme. He conocido la ambición profesional. Por casi medio siglo me he asociado con instituciones de negocio. He servido en varias empresas comerciales y públicas, y he gozado de los salarios y las asociaciones amistosas que vienen de tales actividades. Con este fondo de experiencia doy a mis amigos, no como un predicador, aunque es mi privilegio de predicar, la seguridad de que si formaran de nuevo sus ideas y actitudes en cuanto a la importancia de lo espiritual en relación a lo material. Si participaran en la gran causa de establecer el reino de Dios en la tierra, encontrarían satisfacción, una firmeza de propósito y una paz y contentamiento, que sobrepuja a cualquier cosa que hayan conocido antes.

No se avergonzarán al confesar a sí mismos y a sus amigos que la obra del Señor es primordial. Cuando tengan la fe y el valor de reconocer esto, el egoísmo y la presunción serán reemplazados por humildad del espíritu. La hermandad de los hombres les será una realidad. Su servicio será ennoblecido y pondrán los cimientos, para recibir los galardones y bendiciones más grandes concedidas a la humanidad.

He observado que gente buena, inteligente y progresiva, pocas veces se contentan con menos que lo mejor. Cuando invito a los hombres y mujeres al Reino, les invito para conseguir lo mejor que sea disponible en cualquier otro lugar o institución en todo el mundo. Yo sé que esto es la verdad. La razón por qué lo sé y la razón por qué ustedes deben saberlo, es porque el Señor mismo lo ha declarado así. Los profetas de la antigüedad y los apóstoles del meridiano de los tiempos lo declararon, y las evidencias irrefutables del establecimiento verídico del Reino en nuestros días, invita la investigación y escudriñamiento por toda gente honesta.

Además, está al alcance el testimonio del Santo Espíritu, que es más aseguradora y da más satisfacción personal que todas las demás evidencias. Les prometo en el nombre del Señor Jesucristo que el testimonio divino vendrá. Entren al Reino restablecido de nuestro Señor y participen de su obra gloriosa en el mundo. Pido al Señor que les bendiga y quite todo prejuicio, amargura e indiferencia de sus corazones. Pido que les dé un deseo humilde de participar de la verdad con sus hermanos en la familia de Dios, los cuales les quieren. Así pido en el nombre de Jesucristo, el Señor del Reino. Amén.

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