La bendición de la gracia

La expiación Infinita:
La bendición de la gracia

Tad R. Callister
La Expiación Infinita


El poder para exaltarnos

Puede resultar apropiado preguntarse cómo la Expiación es eficaz en las vidas de los seres mortales. Aunque procuramos ser dignos y arrepentimos de nuestros pecados, al final somos, de una forma u otra, siervos improductivos (véase Mosíah 2:21). A la vista de nuestras debilidades y nuestros defectos recurren­tes, ¿cómo podemos recibir las numerosas bendiciones de la Expiación? ¿Cómo podemos recibir sus poderes purificadores, o la paz, el socorro o la libertad? ¿Cómo se producen la perfec­ción y la exaltación de un ser imperfecto? Nefi nos da la res­puesta: «sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos» (2 Nefi 25:23). Este pasaje bien podría leerse de la siguiente manera: «sabemos que es por la gracia por la que nos exaltamos, después de hacer cuanto po­damos». Algunos no han entendido este pasaje correctamente y suponen que la Expiación aporta el poder purificador, mientras que nuestras obras exclusivamente proporcionan el poder perfeccionador; y así, codo con codo, se alcanza la exaltación. Pero esta interpretación no es correcta. Es cierto que la Expiación propor­ciona el poder purificador. Asimismo, es también verdad que las obras son un ingrediente necesario del proceso de perfecciona­miento. Dicho esto, sin la Expiación, sin la gracia, sin el poder de Cristo, todas las obras del mundo se quedarían cortas, muy cor­tas, a la hora de perfeccionar incluso a un único ser humano. Las obras deben ir acompañadas de la gracia, tanto para perfeccionar como para purificar a una persona hasta alcanzar la exaltación. Dicho de otra manera, la gracia no es solamente necesaria para limpiarnos; también la necesitamos para perfeccionarnos.

El diccionario de la Biblia SUD en inglés define la gracia como «medio divino de ayuda o fortaleza» posibilitada por la Expiación. Y a continuación, añade que la gracia es un medio de «fortalecer y ayudar a hacer buenas obras que [el hombre] no podría mantener por sí solo». Y finalmente, el diccionario afirma que la gracia es «un poder que faculta», necesario para elevar al hombre por encima de sus debilidades y defectos, a fin de poder «obtener la vida eterna y la exaltación después de haber dedicado sus propios esfuerzos».1 En definitiva, la gracia es un don de po­der divino, que la Expiación hace posible, y susceptible de trans­formar a un simple mortal con todas sus carencias en un dios con todas sus fortalezas; todo ello siempre y cuando hayamos hecho «cuanto podamos» (2 Nefi 25:23). Eso es exactamente lo que en­señó Pedro: «todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder [el de Cristo]» (2 Pedro 1:3; énfasis añadido).

El principio divino que hay aprender es el siguiente: que Dios emplea sus poderes celestiales para exaltarnos, pero solamente en la medida en que hayamos hecho todo lo que humanamente hayamos podido hacer para lograr tal fin. El hermano de Jared aprendió este principio cuando le solicitó al Señor que iluminara las embarcaciones de los jareditas. El Señor pudo haberle dado la solución inmediatamente. Sin embargo, respondió: «¿Qué quie­res que yo haga para que tengáis luz en vuestros barcos?» (Eter 2:23). Ante aquel reto divino, el hermano de Jared concibió y puso en práctica un plan ingenioso: fundió de la roca dieciséis piedras transparentes que llevó al Señor, a quien le solicitó que las tocara «para que [brillaran] en la obscuridad» (Éter 3:4). Cuando el hermano de Jared hubo puesto sus mejores esfuerzos, la puerta a los poderes celestiales se abrió de par en par.

El levantamiento de Lázaro de entre los muertos ilustra de ma­nera dramática esta misma ley celestial. El Salvador se acercó a la tumba o cueva en la que el cuerpo de Lázaro llevaba depositado cuatro días. Les mandó a los más cercanos que quitaran la piedra que cubría la entrada. Entonces en alta voz gritó: «¡Lázaro, ven fuera!» (Juan 11:43), y las Escrituras indican que «el que había estado muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario» (Juan 11:44). En ese momento, Jesús mandó a los que miraban que desataran a Lázaro. Cabe preguntarse, «¿Por qué no quitó Jesús la piedra con una demos­tración de su poder? ¿Por qué no desató él mismo el cuerpo revivido?». Su respuesta fue una demostración de la ley divina de economía, es decir, que hemos de hacer cuanto podamos y cuan­do hayamos llegado a nuestros límites, cuando hayamos gastado todas nuestras energías mentales, morales y espirituales, entonces intervienen los poderes del cielo. Como el hombre podía retirar la piedra y desatar el cuerpo, debía hacerlo, pero solamente el po­der de Dios era capaz de levantar a los muertos. En consecuencia, solamente el último acontecimiento contó con la intervención divina directa. El mismo principio rige nuestra exaltación.

En ciertas ocasiones, nuestros mejores esfuerzos, por extraordinarios que sean, sencillamente no bastan. No se trata únicamente de una cuestión de tiempo y esfuerzo (en otras palabras, si hemos dedicado la cantidad de tiempo suficiente y hemos estado dispuestos a poner de nuestro esfuerzo, a la larga acabaremos convirtiéndonos en dioses); hace falta más. También es una cuestión de capacidad. ¿Podemos por nosotros mismos, sin ayuda de medios artificiales, volar por los aires? Puede que tengamos la necesidad imperiosa de hacerlo. Podemos saltar desde lo alto de un acan­tilado y acometer la empresa de volar con una voluntad de hie­rro; puede que nuestros bíceps sean extraordinariamente grandes; podemos hacer girar los brazos a una velocidad impresionante; puede que incluso tengamos un doctorado en aerodinámica… pero acabaremos cayendo de todas formas. Si deseamos despla­zarnos igual que Dios, algún poder externo debe transformar nuestros cuerpos físicos en cuerpos hechos de material celestial.

¿Podemos adquirir por cuenta propia la sabiduría de Dios? ¿Y si a lo largo de las eternidades nos leyéramos todos y cada uno de los libros existentes, domináramos toda ecuación matemá­tica y conquistáramos todos los idiomas? ¿Estaríamos entonces a la par con Dios intelectualmente? ¡La respuesta es un sonoro «no»! Todavía nos encontraríamos limitados por una mente fi­nita, todavía tendríamos la restricción de un número limitado de pensamientos en un momento dado. El Señor hizo referencia a esta desigualdad: «Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos (…). Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pen­samientos» (Isaías 55:8-9). El rey Benjamín se hizo eco de esta realidad: «creed que el hombre no comprende todas las cosas que el Señor puede comprender» (Mosíah 4:9). En algún momento, de alguna manera, en algún lugar, «nos será añadido». Hemos de recibir una dotación divina a fin de poder mantener múltiples, incluso infinitos, pensamientos de forma simultánea. Solamente entonces podrá nuestra mente empezar a ser como la de Dios.

No podemos ser como Dios sin esa dotación: esencialmen­te, una manifestación de gracia. Y esa gracia es posible por la Expiación de Jesucristo. Esa fue la promesa que Enoc compren­dió y le expresó a Dios de la siguiente manera: «tú me has creado y me has dado derecho a tu trono, y no de mí mismo, sino me­diante tu propia gracia» (Moisés 7:59).

Nuestra aceptación de la Expiación abre un tesoro de poderes espirituales que «añaden» y confieren al hombre rasgos divinos que no pueden generarse exclusivamente a partir de fuentes inter­nas. Es en ese momento que se cumple el objetivo máximo de la Expiación: somos «uno» con Dios (la cualidad redentora) y «uno» como Dios (la cualidad exaltadora). Esa fue la promesa de Juan a los «hijos de Dios»: «cuando él aparezca, seremos semejantes a él» (1 John 3:2; énfasis añadido), no solo estaremos con él.

Ciertos poderes de la Expiación nos limpian y nos hacen dig­nos de estar en la presencia de Dios y ser uno con él. Dichos poderes purificadores purgan nuestras almas y nos dejan inocen­tes (es decir, sin pecado), pero inocencia no es sinónimo de per­fección. La inocencia es la entrada al sendero recto y angosto; la perfección es el destino. Un bebé recién nacido es puro e inocen­te, pero ciertamente carece de perfección, entendida esta como la posesión de todos los poderes de la divinidad. El Salvador era puro e inocente al nacer, pero incluso él creció gracia sobre gracia hasta alcanzar la plenitud de la deidad. Las Escrituras na­rran que el Salvador «no recibió de la plenitud al principio, sino que continuó de gracia en gracia hasta que recibió la plenitud» (DyC 93:13). Joseph F. Smith se refirió a este viaje progresivo de Cristo: «Aun el propio Cristo no fue perfecto al principio; (…) no recibió la plenitud al principio, sino creció en fe, en conoci­miento, entendimiento y gracia, hasta que recibió la plenitud».2

Es por la gracia que esos poderes facilitadores, dotadores, exaltadores de la Expiación —aportados gradualmente, línea por línea—, transforman al hombre en un dios. El Salvador dio tes­timonio de ello. Él nos exhortó a que escucháramos el mensaje de Juan relativo a la gracia, a fin de que viniéramos al Padre en Su nombre «en el debido tiempo [recibir] de su plenitud» (DyC 93:19). Entonces describió la manera en que alcanzamos la ple­nitud: «Porque si guardáis mis mandamientos, recibiréis de su plenitud y seréis glorificados en mí como yo lo soy en el Padre; por lo tanto, os digo, recibiréis gracia sobre gracia» (DyC 93:20). Línea por línea, gracia sobre gracia, gradualmente, seremos uno, como el Hijo y el Padre son uno. Eso es exactamente lo que en­señó el profeta José: «vosotros mismos tenéis que aprender a ser Dioses, (…) como lo han hecho todos los Dioses antes de voso­tros, es decir, por avanzar de un grado pequeño a otro, y de una capacidad pequeña a una mayor; yendo de gracia en gracia, de exaltación en exaltación, hasta que logréis (…) morar en fulgor eterno y sentaros en gloria, como aquellos que se sientan sobre tronos de poder infinito».3

¿Cómo recibe la gracia un mortal?

¿Y cómo se nos transfiere esta gracia? ¿Cómo transmite Dios cualidades y poderes divinos a un simple mortal? El medio para la transferencia de los poderes y los rasgos divinos de un ser divino a un hombre corriente es el Espíritu Santo. En una cita clásica, el élder Parley P. Pratt describe su poder refinador y perfeccionador: «El don del Espíritu Santo … estimula todas las facultades intelectuales, incrementa, amplia, despliega y purifica todas las pasiones y afectos naturales y los adapta, por el don de la sabiduría, a su uso legítimo. Inspira, desarrolla, cultiva y ma­dura las finas compasiones, gozos, gustos, afinidades y afectos de nuestra naturaleza. Inspira virtud, amabilidad, bondad, ternura, mansedumbre y caridad. Desarrolla la belleza de la persona, de la forma y de los rasgos. Se inclina hacia la salud, el vigor, el ánimo y el sentimiento social. Estimula todas las facultades físicas e in­telectuales del hombre. Fortalece y tonifica los nervios. En pocas palabras, es, por decirlo así, refrigerio para los huesos, gozo para el corazón, luz para los ojos, música para los oídos y vida para todo el ser».4 Todas estas cualidades divinas, tan elocuentemente expresadas por el élder Pratt, se etiquetan en las Escrituras como «dones espirituales» o «dones del Espíritu».

¿Qué son los dones del espíritu?

Los dones del Espíritu son, efectivamente, investiduras de ras­gos divinos; y así, a medida que adquirimos estos dones, nos vol­vemos partícipes de la naturaleza divina. Cada uno de estos dones es una manifestación de alguna cualidad celestial. A través del Espíritu Santo, cada uno de estos dones puede serle conferido a un ser imperfecto y ayudarle de esta forma en su búsqueda de la divinidad. El élder Orson Pratt enseñó que estos dones no se han dado solamente para contribuir a la conversión de los gentiles, sino que también están para el perfeccionamiento de los Santos:

«Es una idea absolutamente errada que estos dones se dieron tan solo para el convencimiento de los incrédulos. Pablo afirma expresamente que los dones otorgados por nuestro Señor tras su ascensión eran para otros fines (…). Estos, junto con muchos otros dones, se dieron, no solamente para establecer la verdad del cristianismo, como afirma Pablo: ‘a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo’ (…).

»En estas declaraciones descubrimos los propósitos que el Señor tiene en mente, al conceder estos dones a los hombres. Se afirma que un propósito es ‘perfeccionar a los santos (…) El único plan que Jesús ha trazado para el cumplimiento de este gran propósito, se lleva a cabo a través de los dones espirituales. Cuando los sobrenaturales dones del Espíritu cesan, los Santos cesan de perfec­cionarse, por lo cual no pueden tener esperanzas de obtener una salvación perfecta. (…)

»¿Ha dicho Jesús en algún lugar de Su mundo que Su plan para perfeccionar a los Santos cesaría, y que la humanidad idearía un plan mejor? Si no es así, ¿por qué entonces no habríamos de preferir el plan del Salvador por encima de todos los demás? ¿Por qué prescindir de los poderes y los dones del Espíritu Santo, que estaban concebidos, no solamente para el convencimiento de los incrédulos, sino para el perfeccionamiento de los creyentes? En toda nación y en toda época en que haya habido creyentes, deben existir los dones para perfeccionarlos; de lo contrario, no esta­rían en absoluto preparados para la recepción de poderes y glorias del mundo eterno aún mayores. De no haber incrédulos en la tierra, todavía habría idéntica necesidad de los dones milagrosos presentes entre los primeros cristianos; ya que si el mundo entero estuviera compuesto de creyentes en Cristo no podrían pefeccionarse de ninguna manera sin estos dones».5

Los dones del Espíritu se tratan con largueza en 1 Corintios 12-14, Doctrina y Convenios 46 y Moroni 10. Evidentemente, su importancia es tal que Dios está ansioso por que este mensaje se enseñe repetidamente en cada uno de los libros de Escritura sagrada. Los profetas han dejado claro que tales dones, en su plenitud, están reservados a los fieles de la Iglesia. Pablo dio co­mienzo a su discurso sobre los dones diciendo: «Y acerca de los dones espirituales, no quiero, hermanos, que seáis ignorantes» (1 Corintios 12:1). Pablo dirigía su carta a los santos de Corinto y de ahí que se refiriera a ellos como «hermanos». El encabeza­miento del capítulo apoya esta conclusión: «Los dones espiritua­les están presentes entre los santos» (1 Corintios 12). La sección 46 de Doctrina y Convenios enseña el mismo principio. Las pa­labras con las que abre dicha sección son: «Escuchad, oh pueblo de mi iglesia» (DyC 46:1). Esta sección revela que los dones son para los que «guardan todos mis mandamientos» (DyC 46:9) y añade a continuación esta reconfortante posdata: «y de los que procuran hacerlo» (DyC 46:9). El Salvador también nos informa que estos dones «se dan a la iglesia» (DyC 46:10; énfasis añadi­do). En consonancia con esa interpretación, se describe al obispo como el que recibe el poder de discernir todos los dones a fin de evitar confusión entre los que se atribuyen falsamente la pose­sión de estos tesoros espirituales. Coherente también con estos relatos escriturarios, Moroni confirma que estos dones sagrados solamente «se dan a los fieles» (Moroni 10, encabezamiento del capítulo), de nuevo en referencia a los fieles activos y devotos de la Iglesia. Todo esto parece razonable, dado que estos dones «se dan a los hombres por las manifestaciones del Espíritu» (Moroni 10:8), es decir, el Espíritu Santo. Por esa razón se denominan dones del Espíritu, porque su origen, su influencia sustentadora y sus cualidades facilitadoras emanan en su totalidad del Espíritu Santo.

Puesto que el don del Espíritu Santo se otorga solamente a los fieles bautizados en la Iglesia, la conclusión lógica es que los frutos y los dones de ese Espíritu se dan en su plenitud solamente a los fieles bautizados. El élder Bruce R. McConkie enseñó este mismo principio: «Los hombres deben recibir el don del Espíritu Santo antes de que un integrante de la Trinidad pueda morar con ellos y dar comienzo al proceso sobrenatural de distribución de los dones entre ellos. (…) Así, los dones del Espíritu son para los creyentes, los fieles y los justos; están reservados para los santos de Dios».6

Con esto no se pretende dar a entender que otras personas no tienen fe para ser sanados, ni sabiduría, ni amor, ya que esas cualidades pueden desarrollarse hasta cierto punto en virtud de la luz de Cristo, la cual ilumina a toda alma, y del mismo modo por esas manifestaciones del Espíritu Santo que pueden descender temporalmente sobre una persona sin bautizar. Hay muchas per­sonas buenas y honorables fuera de la iglesia de Cristo que dan muestra de virtudes divinas. Pero la fe en su máxima plenitud y en su medida más duradera, esa fe que mueve montañas, cierra las fauces de los leones y sofoca la virulencia del fuego; esa sabi­duría que duplica la mente y la voluntad del Señor; y esa caridad que se asemeja al amor puro de Cristo… Estos y todos los demás atributos divinos en su máxima y más grandiosa expresión, en sus proporciones divinas plenas e ilimitadas, solamente se dan me­diante el don del Espíritu Santo. Y vienen a los que han abrazado al Salvador y su sacrificio expiatorio y que han dado testimonio de ello mediante el bautismo y la recepción del Espíritu Santo. Razonar otra cosa sugiere que podríamos desarrollar una virtud hasta su absoluta perfección sin el don del Espíritu Santo y que, de ser posible el desarrollo de esa virtud, entonces se podría man­tener que es posible otro tanto con todas las virtudes. De existir un estado de cosas semejante, podríamos alcanzar la condición de Dios sin el don del Espíritu Santo, lo cual es un imposible espiritual.

El hecho de si la Expiación misma es o no la fuente de es­tos dones espirituales no parece haber sido revelado aún en las Escrituras, pero ciertamente su disponibilidad parece estar con­dicionada a nuestra fe en ese acto divino y nuestra aceptación demostrada del mismo. La recepción por nuestra parte de la Expiación es la clave para liberar estos dones y todos sus poderes facultadores, pues es la Expiación la que nos purifica y nos prepa­ra para ser receptores aptos.

Los discursos doctrinales que se hallan en 1 Corintios 12— 14, Doctrina y Convenios 46 y Moroni 10 detallan los diversos dones del Espíritu. Estos pasajes hacen referencia al don de la sabiduría, el don de una fe sumamente grande, el don de sanar, el don de la caridad, el poder de obrar poderosos milagros, el don de administración, entre otros. La enumeración de ciertos dones por parte de los profetas nunca tuvo la finalidad de proporcio­nar una lista exhaustiva; más bien se trata de una muestra repre­sentativa. El élder McConkie enseñó: «Estos dones son infinitos e interminables en sus manifestaciones, porque Dios mismo es infinito e interminable».7 Ciertamente, cualidades divinas como la paciencia, la humildad, la integridad, la bondad y el altruis­mo, los cuales no mencionan los profetas en los capítulos ante­dichos, son también dones espirituales dignos de obtenerse. El élder Marvin J. Asbton describió algunos de estos «dones no tan evidentes, pero que sin embargo son reales y valiosos», como el «don de escuchar», el «don de preocuparse por el prójimo» y el «don de la capacidad para la meditación».8

El presidente de estaca tiene la responsabilidad de revisar periódicamente las bendiciones patriarcales que emite el patriarca de su estaca. En el desempeño de este deber, descubrí que esas bendiciones estaban llenas de dones que ni Pablo ni Moroni nombran concretamente. Entre ellos estaban el don de la com­pasión, el don de la música y el don de la mansedumbre. Pablo solamente cita algunos de los dones espirituales para concluir que el más grande de todos es el don de la caridad: «Y ahora perma­necen la fe, la esperanza y la caridad, estas tres; pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Corintios 13:13). Mormón define la cari­dad como «el amor puro de Cristo» (Moroni 7:47; véase también Moroni 8:17). Semejante cualidad es la quintaesencia de la divi­nidad. No es de extrañar que Mormón nos implorara «al Padre con toda la energía de vuestros corazones, que seáis llenos de este amor». ¿Por qué? «Para que lleguéis a ser hijos de Dios; para que cuando él aparezca, seamos semejantes a él» (Moroni 7:48). Ese es todo el propósito de la vida, el objetivo primordial de la Expiación: ayudarnos a volver a él y ser como él. A medida que adquirimos los dones del Espíritu, la brecha entre el hombre y Dios se estrecha, ya que con cada don que adquirimos avanzamos en el sendero que lleva a la divinidad. ¿Sorprende acaso que el Señor quiera que procuremos estos dones con una férrea deter­minación?

Los dones del espíritu superan debilidades

Benjamin Franklin creó un plan sistemático para lograr la perfección. Aunque procuró seguirlo diligentemente, Franklin re­cordó sus frecuentes recaídas en viejos hábitos, su falta de progre­so y, finalmente, estar a punto de adoptar la firme determinación de «abandonar mi intento, y contentarme con una naturaleza defectuosa». Tales pensamientos le recordaron al hombre que le llevó un hacha al herrero y «expresó el deseo de que toda su su­perficie estuviera tan bruñida como el filo. El herrero aceptó pu­lirla hasta sacarle el brillo deseado por el hombre si este accedía a hacer girar la piedra; y así la hizo dar vueltas, mientras el herrero presionaba la superficie ancha del hacha con suma presión y gran fuerza contra la piedra, lo cual hizo que la tarea de hacer girar dicha piedra fuera sumamente gravosa. El hombre acudía de vez en cuando para ver cómo iba el trabajo, y pasado un tiempo tomó su hacha como estaba, sin seguir puliéndola. ‘No’, exclamó el herrero, ‘siga dándole vueltas, siga dándole vueltas; enseguida la tendremos brillante; ahora mismo, sigue estando manchada’. ‘Sí’ replicó el hombre, ‘es que creo que me gustan más las hachas con manchas’.9

Quizá haya algunos que se hayan conformado con una vida llena de manchas, que hayan encontrado que es más fácil acep­tar el statu quo espiritual en lugar de ejercer el esfuerzo exigido para hacer brillar la totalidad de sus vidas. Sin duda hay algunos que creen poseer debilidades y flaquezas irremediables, defectos espiritual incurables, temperamentos indomables, rencores irre­primibles, o una falta de fe inconquistable. Muchas de estas almas buenas pueden haberse topado con una «meseta espiritual». «Es mi naturaleza», dicen. Pero las palabras del Señor a Moisés resuenan en nuestras mentes una y otra vez: «¿Quién dio la boca al hombre?». (Éxodo 4:11). ¿No puede Dios, el creador de todos, formar, modelar, añadir, modificar y ayudar a vencer cualquier debilidad que aqueje a cualquier persona fiel y humilde? ¿No fue esa la promesa del Santo mismo?

El presidente George Q. Cannon se refirió a las carencias del hombre y a la solución divina. Reconoció el vínculo entre los dones espirituales y la divinidad. Elocuente y fervientemente ex­hortó a los santos a que vencieran cada debilidad manifestada mediante la adquisición de un don revocador de fortaleza, cono­cido como un don del Espíritu. Dijo lo siguiente:

«Ningún hombre debería decir: ‘Oh, no puedo evitarlo; es mi naturaleza’. No está justificado en ello, y la razón es que Dios ha prometido otorgar la fuerza para corregir estas cosas, y dar los dones que las erradicarán (…).

»Él desea que Sus santos se perfeccionen en la verdad. Para este fin, les da estos dones, y confiere a aquellos que los procuran, a fin de que puedan ser un pueblo perfecto sobre la faz de la tie­rra, pese a sus numerosas debilidades, porque Dios ha prometido otorgar los dones necesarios para su perfección. (…)

»Si alguno de nosotros es imperfecto, es nuestro deber orar solici­tando el don que nos hará perfectos. ¿Tengo yo imperfecciones? Estoy lleno de ellas. ¿Cuál es mi deber? Orar a Dios que me de los dones que corregirán dichas imperfecciones. Si soy un hombre iracundo, es mi deber orar pidiendo caridad, que es sufrida y benigna. ¿Soy un hombre envidioso? Es mi deber pedir caridad, que no tiene envidia. Y así con todos los dones del Evangelio. Esa es su fina­lidad».10

¿Cómo adquirimos los dones del espíritu?

Si los dones del Espíritu son el medio por el que nos perfeccionamos, ¿cómo podemos acelerar nuestra adquisición de estos dones? Pablo pronuncia su discurso sobre los dones espirituales y a continuación resalta la manera en que pueden obtenerse: «Procurad, pues, los mejores dones» (1 Corintios 12:31). O sea, no os contentéis con un único don (pues todo santo recibe por lo menos un don), sino que procurad los «mejores» dones del Espíritu; y a medida que lo hagamos en una búsqueda ordenada y persistente —procurando diligentemente al mismo tiempo las demás bendiciones de la Expiación—, el Señor nos guiará por el sendero que lleva a la divinidad. El élder McConkie reco­noció la absoluta necesidad de este empeño: «Se espera que las personas fieles busquen los dones del Espíritu con toda la fuerza de su corazón».11 Pablo mismo estaba esforzándose por alcanza el «premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús» (Filipenses 3:14), y vuelve a subrayar la importancia de este tema: «Seguid la caridad y procurad los dones espirituales» (1 Corintios 14:1). Moroni, hablando directa y francamente a nuestra generación, reitera el mandato: «Y otra vez quisiera exhortaros a que vi­nieseis a Cristo, y procuraseis toda buena dádiva» (Moroni 10:30; énfasis añadido). Y el mismo consejo recibió el profeta José para nuestra dispensación: «buscad diligentemente los mejores dones, recordando siempre para qué son dados» (DyC 46:8).

El Señor, en su bondad sin límites, busca ansiosamente derra­mar estos dones espirituales sobre nosotros. Es su forma de impar­tirnos algunos de los atributos de la divinidad. En algunos aspec­tos, estos dones son como una mina de oro espiritual a nuestro alcance, la cual permanece sin explotar si no llevamos a cabo el proceso de extracción. Pero ¿cómo sacamos provecho de la mina de oro y adquirimos estos dones del Espíritu que pueden estar esca­pando a nuestra mano, estos dones que nos refinan, nos ennoble­cen y, en última instancia, incluso nos perfeccionan? Ciertamente, la obediencia a la palabra de Dios es necesaria, pero es insuficiente por sí sola. Existe otro requisito previo —quizá más sutil—: tene­mos que pedir. Hemos de desear los dones tan fervientemente que esta búsqueda sea una lucha constante e incesante.

Mormón sabía que una solicitud informal nunca sería sufi­ciente. En referencia al don de la caridad, dijo que hemos de «pedid al Padre con toda la energía de vuestros corazones, que seáis llenos de este amor» (Moroni 7:48). Esto recuerda a uno de los estudiantes que se habían graduado con el número uno de su promoción en una universidad de élite. Había otros con co­eficientes intelectuales más altos, otros con genios creativos más desarrollados. Cuando se le preguntó cómo los había superado a todos, él respondió: «Acerca de los demás, no sabría decirle, solamente sé que a mí esto me importaba muchísimo». En algún lugar, en algún momento, ese nivel de interés tiene que salir a la luz. La obediencia pura y la resistencia silenciosa no bastan. Debe haber un deseo ardiente, un tender la mano, una búsqueda, en breve: un ejercicio exhaustivo de nuestras energías espirituales, intelectuales y emocionales combinadas, todo centrado en la ob­tención de estos dones divinos.

El Salvador prometió una y otra vez «Pedid, y se os dará» (Mateo 7:7). Después de enseñar a los nefitas acerca de la fe, el arrepentimiento, el bautismo y el poder santificador del Espíritu Santo, Jesús les dio este mandamiento divino: «¿qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy». Esta era su invitación para que los nefitas llegaran a ser perfec­tos. A continuación, señaló los medios para alcanzar semejantes alturas: «cualesquiera cosas que pidáis al Padre en mi nombre, os serán concedidas» (3 Nefi 27:27-29). ¿Y qué es lo que hay que pedir? Ayuda con todas nuestras necesidades, incluido aquello que refina y perfecciona, principalmente los dones del Espíritu. Hugh Nibley hizo esta afirmación destacable: «Los dones [espiri­tuales] no son evidentes hoy en día, excepto uno de ellos, que ve­mos a la gente solicitar: el don de sanar. Lo solicitan con buenas intenciones y corazones sinceros, y de verdad tenemos ese don, porque estamos desesperados y nadie más puede ayudarnos. (…)

»En lo que respecta a estos otros dones: ¿con cuánta frecuencia los pedimos? ¿Con cuánta diligencia los buscamos? Podríamos te­nerlos, si los pidiéramos, pero no lo hacemos. ‘Pues bien, ¿quién los niega Y Cualquiera que no los pida «12

Las consecuencias de las peticiones justas y persistentes son asombrosas. ¿Quién podría haber tenido más fe que los Doce originales? Sin embargo, acudieron al Salvador y le imploraron, «Auméntanos la fe» (Lucas 17:5). Qué petición más admirable. Era una solicitud sencilla y sincera para la concesión del don del que habló Moroni: «una fe sumamente grande» (Moroni 10:11). ¡Y qué fe produjo el acto de pedirla!

Cuando David, el poderoso rey de Israel, murió, su hijo y heredero Salomón ascendió al trono. Salomón, quien probable­mente contaba veintipocos años de edad, se sintió abrumado por la responsabilidad que había recaído sobre sus hombros. Se sentía incapaz. En esa situación, alzó su voz al Señor diciendo: «No sé cómo gobernarlos, y no sé cómo entrar ni salir, y yo, tu siervo, soy muy joven, y tu siervo está en medio del pueblo al que tú escogiste; un pueblo grande que no se puede contar ni numerar por su multitud. (…) ¿quién podrá gobernar a este pueblo tuyo tan grande?» (TJS, 1 Reyes 3:8-9).

La carga abrumadora de la corona pesaba como una losa sobre él. Sin duda en su nación escogida había muchos con más edad y más sabiduría que él. ¿Cómo podía gobernar a un pueblo tan grande como ese? De modo que imploró al Señor que le conce­diera un corazón con entendimiento. ¿Y cómo reaccionó el Señor a esta petición? «Y le agradó al Señor que Salomón pidiese esto» (1 Reyes 3:10). Puesto que había deseado y pedido este don en rectitud, le fue concedido su deseo. El Señor le dio un corazón con entendimiento. Y según el relato de las Escrituras, «Dios dio a Salomón sabiduría y entendimiento muy grandes, y grandeza de corazón como la arena que está a la orilla del mar. (…) Y fue más sabio que todos los hombres» (1 Reyes 4:29, 31). Con el don de la sabiduría, la mente de Salomón empezó, aunque no totalmente, a ser partícipe de la mente de Dios, y así los efectos de la Expiación —el proceso de «unificación» del hombre y Dios— fueron operativos. Los dones del Espíritu, accesibles solamente gracias a la Expiación, se convirtieron en el medio de facilitar esa potenciación espiritual.

La relación entre la gracia, los dones y la divinidad

El capítulo 10 de Moroni contiene su mensaje final, es su última «conferencia magistral» dirigida las generaciones de esta dispensación. Moroni vio nuestra época con la visión perfec­ta del futuro que da la experiencia propia: «He aquí, os hablo como si os hallaseis presentes, y sin embargo, no lo estáis. Pero he aquí, Jesucristo me os ha mostrado, y conozco vuestras obras» (Mormón 8:35). Con esa visión, ¿cuál sería su despedida final a esta generación que conocía tan íntimamente? ¿Qué consejo podía darles que los ayudara, que los salvara, que los exaltara? Moroni 10 es la respuesta. Moroni describe ciertos dones del Espíritu y concluye con la fórmula espiritual que nos hará como Dios:

«Y otra vez quisiera exhortaros a que vinieseis a Cristo, y pro­curaseis toda buena dádiva [es decir, los dones del Espíritu y las otras bendiciones de la Expiación]. (…)

»Sí, venid a Cristo, y perfeccionaos en él, y absteneos de toda impiedad, y si os abstenéis de toda impiedad, y amáis a Dios con todo vuestro poder, mente y fuerza, entonces su gracia os es sufi­ciente, para que por su gracia seáis perfectos en Cristo; (…)

» Y además, si por la gracia de Dios sois perfectos en Cristo y no negáis su poder, entonces sois santificados en Cristo por la gracia de Dios, mediante el derramamiento de la sangre de Cristo, que está en el convenio del Padre para la remisión de vuestros pecados, a fin de que lleguéis a ser santos, sin mancha» (Moroni 10:30, 32, 33; énfasis añadido).

El capítulo 10 de Moroni es la última disertación doctrinal del Libro de Mormón. Define la relación entre la gracia, los dones y la divinidad. La gracia que fluye del sacrificio expiatorio del Salvador abre la puerta al camino divino; los dones son el ve­hículo; la divinidad, el destino. Por la gracia de Dios vienen los dones, y con su adquisición, emerge la deidad.

¿Qué relación tienen las ordenanzas con la Expiación? →


NOTAS

  1. «LDS Bible Dictionary», 697.
  2. Smith, Doctrina del Evangelio,
  3. Smith, Enseñanzas del profeta José Smith, 428-29.
  4. Pratt, Key to the Science of Theology and a Voice ofWaming, 61, en L. Tom Perry, «Ese espíritu que induce a hacer lo bueno», Liahona, abril de 1997.
  5. Pratt, Orson Pratt’s Works, 1:96-97; énfasis añadido.
  6. McConkie, New Witness, 370, 371. Orson Pratt enseñó otro tanto: «Aquí damos [a los que buscan la verdad sinceramente] un signo infalible con el cual pueden diferenciar siempre el reino de Dios de todos los demás reinos. Dondequiera que se disfruten los milagrosos dones del Espíritu Santo, existe el reino de Dios[;] dondequiera que no se disfruten estos dones, el reino de Dios no existe» (Pratt, Orson Pratt’s Works, 1:76).
  7. McConkie, New Witness,
  8. Ashton, Measure of Our Hearts,
  9. Franklin, Benjamín Franklin,
  10. In Ashton, Measure of Our Hearts, 24-25; énfasis añadido.
  11. McConkie, Doctrina Mormona,
  12. Nibley, Of All Things, 5; énfasis añadido.
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