“Yo soy la ley”

Conferencia General Octubre 1960

“Yo soy la ley”

por J. Reuben Clark Jr.
de la Primera Presidencia

Mis hermanos y hermanas, miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, la única Iglesia verdadera sobre la faz de la tierra en esta época:

El Señor ha sido bueno conmigo, pues me ha dado la fuerza física para estar con vosotros esta mañana. He dicho a veces en son de broma que en tanto que no pensemos con los talones, poco importa lo que éstos hagan, sólo cuando el Señor o alguna otra persona empiezan a trastornarnos la cabeza (risa)… y yo personalmente no estoy seguro sobre ese punto. Pero sí estoy agradecido por hallarme con vosotros para unir mi testimonio a los de aquellos que nos han prece­dido, de que ésta es la obra de Dios; que nos hallamos en su servicio; que estamos obrando de acuerdo con su plan y estamos enseñando al mundo en general, y a nos­otros en particular, los principios de su evangelio.

A los antiguos habitantes de este continente el Señor dijo: “Yo soy la ley”. Tales son sus palabras, y no hay necesidad de buscar más allá de ellas para obtener las guías y principios que nos conducirán a la vida eterna. Una vez tras otras proclamó, a veces re­firiéndose a cuatro principios, a veces a tres: “Yo soy la vida, la luz, el camino y la verdad.” Y ése es su mensaje para nosotros. Tales son los principios de acuerdo con los cuales deben regirse nuestras vidas.

Os reitero esta mañana el testimonio que os he dado durante más de la cuarta parte de un siglo—me parece que lo he hecho en cada conferencia—el testi­monio de que Dios vive, de que Jesús es su Hijo y es el Cristo; el testimonio del que el Padre y el Hijo le aparecieron al Profeta y con ello establecieron para siempre, en lo que a nosotros respecta, que el Padre y el Hijo son personas reales y que Jesús habló con la verdad cuando declaró: “El que me ha visto ha visto al Padre.” (Juan 14:9)

Mis hermanas y hermanos, se nos ha indicado el camino. Para nosotros no hay más allá y no tenemos necesidad de buscar fuera de sus palabras y revela­ciones de su parecer y voluntad que da a conocer a su Profeta, el cual es llamado, ordenado y sostenido mediante vuestro voto para ser el Profeta, Vidente y Revelador de esta Iglesia. Reitero nuevamente mi testi­monio de que el Salvador, junto con su Padre, vinieron al profeta José, que éste y sus compañeros, con la ayuda dada a ellos, establecieron esta Iglesia, la única Iglesia verdadera, como ya llevo dicho, que existe sobre la faz de la tierra.

¡Cómo quisiera que pudiéramos llevar este con­cepto, esta creencia, este testimonio en nuestros cora­zones, con exclusión de todo lo demás! En estos días hallamos, en lo que a esta nación respecta, que por primera vez, hasta donde mí memoria me permite re­cordar, ha entrado de lleno en la campaña electoral el problema estrictamente religioso. No os perturbéis: nada tenemos que ver con esto eclesiásticamente. Tene­mos la verdad; nuestro es el sacerdocio. Somos nosotros

los que Dios ha establecido con un sistema de gobierno por El revelado, en el cual tenemos a la cabeza un hombre, sostenido como acabo de decir, mediante vues­tro voto, como el Profeta, Vidente y Revelador del Señor a su pueblo. Ningún otro tiene el derecho de declarar la palabra del Señor a este pueblo.

A veces llego a saber de personas, grupos peque­ños que tratan de orientarnos por vías que en su con­cepto nos beneficiarían políticamente. Es tiempo que estemos atentos y obremos cuando nuestro Profeta, Vi­dente y Revelador nos diga lo que hay que hacer. No tenemos obligación alguna con ningún grupo pequeño.

¡Qué glorioso es pertenecer a la Iglesia del Señor! Gomo ya he dicho, fue el Señor que proclamó: “Yo soy la vida, la luz, y el camino y la verdad”; y al pueblo de este continente dijo: “Yo soy la ley,” con lo que quiso decir, por supuesto, que con su sacrificio expia­torio cumplió todo lo que la Ley de Moisés tenía por objeto realizar y proveer, y que Él es el único a quien debemos mirar.

Nunca olvidéis sus palabras dirigidas a Marta cuando ella le dijo: “Yo sé que resucitará (Lázaro) en la resurrección en el día postrero.” Entonces Cristo le respondió:

Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí aunque esté muerto (refiriéndose, según yo lo creo, a nuestras ordenanzas por los muertos) vivirá.

Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. (Juan 11:21-26)

Esta empero .es la vida eterna—dijo el Salvador en la ora­ción sublime—que te conozcan el solo Dios verdadero, y a Jesucristo al cual has enviado. (Ibid., 17:3)

A Moisés le fueron declarados los grandes propó­sitos del Señor, los grandes fines del Padre: “Esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.” (Moisés 1:39)

¿Cómo podemos nosotros como miembros de esta Iglesia olvidar este gran principio? ¿Cómo podemos olvidamos de guardar sus mandamientos y marchar adelante como Él lo ha dispuesto? Pues por este medio llegaremos a la inmortalidad y vida eterna que Dios prometió. También quisiera deciros—y tenía pensado dirigirme a los hermanos de la Iglesia, pero temo que desgraciadamente debo incluir igualmente a las her­manas—algún día como comienzo de vuestra transgre­sión, tendréis que decidir si un cigarrillo vale más de lo que el Señor prometió; algún día tendréis que hacer la misma determinación respecto de un trago de licor; algún día tendréis que decidir si preferís lo que el Señor ha prometido más bien que una pasión ilícita. Vosotros que habéis entrado en el Templo de Dios Omnipotente conocéis vuestros convenios y vuestras obligaciones. Nunca las olvidéis. Guardad los manda­mientos del Señor.

En los primeros días de su ministerio, el Salvador, en la importante conversación que sostuvo con Nicodemo, declaró que el Padre había enviado al Salvador para redimir al mundo, no para condenarlo. El Señor jamás condena el individuo, sino en raras ocasiones; lo que condena es el pecado. Y jamás puedo olvidar que la reprensión más severa que conozco en toda la literatura de la Biblia y fuera de ella, es la acusación del Señor contra la hipocresía, que se halla en los últimos capítulos del evangelio según San Mateo. Uno casi queda persuadido a creer que no hay cosa peor.

Pensemos en lo que la hipocresía puede hacer: Conduce a la persona a llevar una vida falsa, hacién­dolo pretender lo que no es, engañando a sus seme­jantes, algunas veces engañando a su esposa e hijos. Pero hay uno a quien no engañamos: Cristo nuestro Señor sabe todas las cosas. Yo personalmente he opi­nado que no hay mucha necesidad que otro lleve cuenta de lo que he hecho, aparte de lo que yo mismo conservo en mi mente, que es parte de mi espíritu. A veces me pregunto si habrá necesidad de muchos testigos, además de mi propio testimonio, en lo que respecta a mi culpa­bilidad; y con frecuencia he pensado, al hablar en los funerales, cuántos de nosotros, si llegara a saberse que Jesús se hallaba en un sitio cercano, digamos a unos 40 o 50 kilómetros de aquí, y que se complacería en ver a los que quisieran ir a El—Jesús nuestro Señor, que sabe todo lo que hemos hecho, todo lo que hemos pensado y puede leer nuestras mentes como leer nos­otros un libro—¿cuántos de nosotros tendríamos el valor de ir a visitarlo? Y sin embargo, si no estuviésemos dispuestos a ir, si nos faltase el valor, sería porque no habíamos vivido, pensado y creído como debíamos. Para mí es una prueba muy importante de lo bien o mal preparado que estaré para presentarme delante de mi Hacedor.

El Señor nos ayudará; nos dará de su propio Espí­ritu, al grado que estemos dispuestos a aceptar. “Yo soy el camino, la verdad, la vida y la luz. Yo soy la ley”—dijo el Salvador.

Procuremos saber qué es lo que el Señor quiere. Si llevamos la clase de vida que deberíamos, y que espero estemos llevando, hallaremos que nunca habrá problemas en nuestra mente, en lo que toca a la deter­minación de hacer o dejar de hacer una obra buena o seguir un buen camino. La duda entra únicamente cuando estamos pensando en algo que no debemos hacer. En este respecto quisiera decir solamente una palabra. “La oración es el anhelo sincero del alma”; y pese a las palabras que pronunciemos, en el interior de nuestra mente se hallará la oración verdadera, el deseo verdadero, y eso es lo que vale.

El Señor es misericordioso. Pasa por alto muchas, cosas; de hecho, tiene que hacerlo. Pensemos en su vida, en lo que hizo, lo que dijo. Eso es nuestra guía. A veces creemos que el Salvador vivió en una Palestina que se hallaba libre de dificultades: que no había ase­sinatos ni robos ni hurtos. ¿Hemos pensado alguna vez por qué fué que Pedro iba armado con una espada la última noche que estuvieron en el Jardín?

El mensaje que su Maestro y él proclamaban nunca había recomendado que se luchara de esa manera. El Salvador declaró que por causa de Él las familias lucharían entre sí mismas: que sus enemigos verdaderos serían el padre o la madre; pero yo siempre he enten­dido que se refería a la lucha entre el bien y el mal, la lucha entre sus dichos y los dichos del mundo.

¿Hemos pensado alguna vez que el Salvador vivió en una civilización romana con todas las transgresiones, todas las tentaciones y todas las maldades de esa gran civilización? Sin embargo, así fué. Mas con todo, no dice nada en el Nuevo Testamento de que el Señor haya cometido una sola de las muchas maldades que existían en el Imperio Romano. No recuerdo ninguna referencia, indicación o afirmación del Nuevo Testa­mento donde se diga que el Salvador asistía al circo romano o a los grandes anfiteatros que abundaban en la Palestina en que Él vivió.

Con solo el Nuevo Testamento, el concepto que se puede tener de la clase de vida que los romanos lleva­ban en Palestina, es muy estrecho. Era la clase de vida que Cristo condenó, y sin embargo, como ya he dicho, me parece que el pecado que el Salvador censuro, casi más que cualquier otro, fué el pecado de la hipocresía: el hecho de llevar dos vidas, la vida que permitimos que nuestros amigos, y a veces nuestras esposas, crean que llevamos y la vida que realmente llevamos.

Repito lo que dije anteriormente, que quizá pensamos que nadie sabe de nuestra hipocresía. De hecho, dudo que pueda ser exacta esa suposición. Alguien lo sabe; y el Señor también lo sabe, y nosotros tomamos nota de ello aquí en nuestro cerebro, la parte de nos­otros que es parte de nuestras almas eternas. Nosotros sabemos, y jamás lo olvidaremos.

El Señor nos dé la fuerza y el poder para vencer el mal; nos conceda a nosotros los hombres el poder para honrar nuestro sacerdocio. Nos dé el conocimiento de que tenemos en nuestras manos, mediante nuestro sacerdocio y el ejercicio de la fe, la fuerza más potente que conocemos. Sobrepuja la fuerza de la naturaleza como lo mostró el Señor en más de una ocasión. Es la fuerza por medio de la cual se hicieron los mundos. Está a nuestra disposición si vivimos de tal manera que la merezcamos. Pero tengo la seguridad y la creen­cia de que el Señor nunca dará a uno la fe, ya que es un don de Él, que pueda frustrar sus propósitos.

Y cuando oremos, y estoy seguro que os he dicho esto en más de una ocasión, oremos como lo hizo Jesús en el Getsemaní. ¿Nos hemos puesto a pensar alguna vez que allí estaba el Hijo, rogando al Padre que dejara pasar de Él la copa de la crucifixión, “empero no se haga mi voluntad, sino la tuya”? (Lucas 22:42) Pocos días antes había dicho en el Templo: “Padre, sálvame de esta hora. Mas por esto he venido en esta hora.” (Juan 12:27)

Me ha impresionado el hecho de que la propia Divinidad, parte de cuya naturaleza fué terrenal por un tiempo, pidió que fuese cambiado su destino, pero al fin de su plegaria añadió: “Empero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”

Con tal espíritu debemos acercarnos a nuestro Padre Celestial en oración. Y cuando vayamos a Él para pedirle un consejo, no lo hagamos con la solicitud de que El confirme nuestros deseos, sino pedirle humil­demente y con toda fe, que nos conceda según nues­tros deseos, pero que pese a lo que fueren o con quien se relacionaren, sólo aquellos que estén de acuerdo con su voluntad.

Me siento agradecido por estar con vosotros esta mañana, de unir mi voz a la de los otros hermanos que os han testificado durante esta conferencia. Os he es­cuchado durante todas las sesiones y he disfrutado mucho de lo que se ha dicho. Me ha pesado tener que estar ausente. Estoy agradecido que el Señor me haya permitido venir esta mañana, y le doy las gracias al presidente McKay por darme la oportunidad de expre­sar las palabras impremeditadas que os he dirigido.

Ruego que las bendiciones del Señor estén sobre vosotros y sobre todos nosotros. Ruego que las bendi­ciones del Señor acompañen a nuestro Profeta, Vidente y Revelador de la Iglesia y Presidente de la misma. Ruego que le demos la medida completa de apoyo que le prometimos cuando lo sostuvimos con las manos en alto. Es un convenio maravilloso que hacemos;’ y al hacerlo aquí, obligamos a la Iglesia, porque ésta es una asamblea constituyente que habla por la Iglesia.

Dios conceda que sus bendiciones estén siempre con nosotros para ayudarnos, para edificarnos, para conservarnos por el camino recto y angosto, aun hasta el fin de nuestra vida; y nos conceda dejar esta impre­sión en nuestras familias para que puedan, a su vez, seguir los caminos del Señor, nunca olvidando y apli­cando rígidamente el gran principio que El proclamó: “Yo soy el camino, la verdad, la vida, y la luz,” y en lo que respecta a este continente, “Yo soy la ley”, a fin de que nosotros y nuestras familias después de nos­otros seamos salvos, exaltados y reunidos en la vida venidera, humildemente ruego en el nombre de Jesús. Amén.

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