Nuestros puntos fuertes se pueden convertir en nuestra ruina

Nuestros puntos fuertes se pueden
convertir en nuestra ruina

por el élder Dallin H. Oaks
del Quorum de los Doce Apóstoles

Tomado de un discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young, durante una charla en la que participaron 18 estacas, el 7 de junio de 1992, en Provo, Utah, Estados Unidos.

Satanás también puede atacarnos en los puntos en que nos consideramos fuertes,… él nos tentará por medio de nuestros más grandes talentos y dones espirituales que poseamos. Si no somos precavidos. Satanás puede ocasionar nuestra ruina espiritual pervirtiendo nuestros puntos fuertes, así como explotando nuestras debilidades.

El Señor amonestó a la pri­mera generación de Santos de los Últimos Días a que tuviesen “cuidado en cuanto a vosotros mismos” (D. y C. 84:43). Desearía que todos estuviésemos al tanto de la incapacidad humana para resistir o soportar ciertas cosas, así como de las distracciones diabólicas, que pueden unirse para ocasionar nuestra ruina espiritual.

Lehi enseñó que “es preciso que haya una oposición en todas las cosas. Pues de otro modo… no se podría llevar a efecto la rectitud” (2 Nefi 2:11). En lo que concierne al progreso espiritual, a menudo esa oposición se presenta por medio de las tentaciones de Satanás. En las revelaciones modernas aprendemos que “es menester que el diablo tiente a los hijos de los hombres, de otra manera éstos no podrían ser sus pro­pios agentes” (D. y C. 29:39).

El élder Marion G. Romney, del Quorum de los Doce, enseñó: “Los Santos de los Últimos Días saben que hay un Dios, y con la misma cer­teza saben que Satanás vive, que es un poderoso personaje de espíritu, el mayor enemigo de Dios, del hombre y de la rectitud” (“Satanás, el gran impostor”, Liahona, octubre de 1971, pág. 31). El presidente Joseph F. Smith describió uno de los métodos de Satanás: “Satanás es un hábil imitador, y a medida que se da al mundo en abundancia la verdad genuina del evangelio, empieza él a esparcir la moneda falsificada de la doctrina falsa” (ibíd, pág. 32).

Satanás utiliza todo ardid posible a fin de degradar y aprisionar toda alma; intenta tergiversar y corrom­per todo lo que se ha creado para el beneficio del hombre, debilitando a veces lo que es bueno, y otras, enmascarando lo que es malo. Por lo general, suponemos que Satanás nos ataca en nuestro punto más débil. El presidente Spencer W. Kimball, cuando integraba el Quorum de los Doce, describió esta técnica: “Lucifer y sus secuaces conocen los hábitos, debilidades y puntos vulnerables de cada uno, y los aprovecha para conducirnos a la destrucción espiritual” (El milagro del perdón, pág. 221).

Así como Aquiles, que era inmune a cualquier daño mortífero, excepto en el talón, muchos de noso­tros tenemos una debilidad especial que puede ser explotada y ocasionar nuestra ruina espiritual. Para algu­nos, esa debilidad tal vez sea el deseo de beber licor, una vulnerabilidad en lo que concierne a la tentación sexual, o el ser susceptibles a los jue­gos de azar o las riesgosas especula­ciones. Para otros, tal vez sea el añorar dinero o poder. Si tenemos cordura, conoceremos nuestras debi­lidades, nuestros talones espirituales de Aquiles, y nos fortificaremos con el fin de protegernos en contra de esas tentaciones.

Pero la debilidad no es nuestro único punto vulnerable. Satanás también puede atacarnos en los pun­tos en que nos consideramos fuertes, en aquellos aspectos en donde nos sentimos orgullosos de nuestra resis­tencia. Satanás nos tentará por medio de nuestros más grandes talentos y dones espirituales. Si no somos precavidos, Satanás puede ocasionar nuestra ruina espiritual pervirtiendo nuestros puntos fuertes, así como explotando nuestras debili­dades. Procederé a ilustrar esta ver­dad con varios ejemplos.

“Algunos miembros de la Iglesia que deberían tener mayor prudencia seleccionan su tecla o sus dos teclas favoritas y las tocan incesantemente hasta enfadar a los que los rodean. Con esto pueden empañar su propia sensibilidad espiritual; se les olvida que hay una plenitud del evangelio”

El concentrarnos en un solo aspecto del evangelio

El primer ejemplo se relaciona con los esfuerzos de Satanás por per­vertir a la persona que tiene una profunda dedicación a una doctrina o un mandamiento en particular del Evangelio de Jesucristo. Podría ser un talento particular para efectuar historia familiar, una dedicación extraordinaria al gobierno constitu­cional, un talento especial en la adquisición de conocimiento, o cualquier otro talento o inclinación especiales.

El élder Boyd K. Packer, del Quorum de los Doce, ha comparado la plenitud del evangelio con el teclado de un piano. Nos ha dicho que una persona puede ser atraída hacia “una sola tecla”, hacia una doctrina que desea que se toque “una y otra vez… Algunos miembros de la Iglesia que deberían tener mayor prudencia seleccionan su tecla o sus dos teclas favoritas y las tocan incesantemente hasta enfadar a los que los rodean. Con esto pue­den empañar su propia sensibilidad espiritual; se les olvida que hay una plenitud del evangelio… [la cual ellos rechazan] prefiriendo una nota favorita; y esto por fin se convierte en exageración y los lleva a la apostasía” (“La única iglesia verdadera y viviente”, Liahona, mayo de 1972, pág. 40).

De tales personas, podríamos decir lo que el Señor dijo acerca de los tembladores en una revelación dada en 1831: “desean conocer la verdad en parte, pero no toda” (D. y C. 49:2). Tengan cuidado de concentrarse en una sola “tecla”, ya que si tocan esa sola tecla, haciendo caso omiso de las demás o causando un grave daño a la armonía total del teclado de evangelio, Satanás puede valerse de ese punto fuerte para hacerlos caer.

El uso indebido de los dones espirituales

Satanás también tratará de causar nuestra caída espiritual tentándonos a utilizar indebidamente nuestros dones espirituales. Las revelaciones nos dicen que “hay muchos dones, y a todo hombre le es dado un don por el Espíritu de Dios” y que “todos estos dones vienen de Dios, para el beneficio de los hijos de Dios” (D. y C. 46:11, 26). La mayoría de nosotros hemos visto personas a las que el adversario ha llevado por el mal camino, debido a que ellas han querido sacar provecho de sus dones espirituales. Mi madre me contó en cuanto a uno de estos ejemplos, algo que ella observó mientras asistía a la Universidad Brigham Young hace muchos afros.

Un hombre que vivía en una de las comunidades de Utah poseía un poderoso don de sanidades. Las per­sonas acudían a él para recibir ben­diciones, muchas llegaban de otros barrios y estacas. Con el tiempo, para él el dar bendiciones se convir­tió casi en una profesión. Como parte de sus viajes a las diversas comunidades, visitaba los aparta­mentos en los que se alojaban los alumnos de la Universidad Brigham Young para preguntarles si deseaban bendiciones. Este hombre había olvidado la instrucción revelada en cuanto a los dones espirituales: “recordando siempre para qué son dados” (D. y C. 46:8). Un don espiritual se da para el beneficio de los hijos de Dios, y no para magnificar la importancia o satisfacer el ego de la persona que lo recibe. El sanador profesional que olvidó esa lección, con el tiempo perdió la compañía del Espíritu y más tarde fue exco­mulgado de la Iglesia.

Otro punto fuerte que Satanás puede explotar es el profundo deseo de saber todo en cuanto a cada principio del evangelio… puede hacer que algunas personas lleven su búsqueda más allá de lo que es la doctrina ortodoxa, buscando respuestas a misterios obscuros en vez de buscar comprender más plenamente los principios básicos del evangelio y ponerlos en práctica con mayor celo.

El deseo de saber todo

Otro punto fuerte que Satanás puede explotar es el profundo deseo de saber todo en cuanto a cada prin­cipio del evangelio. ¿Y cómo podría dañarnos eso? Por experiencia hemos aprendido que si este deseo no se refrena, puede hacer que algu­nas personas lleven su búsqueda más allá de lo que es la doctrina orto­doxa, buscando respuestas a miste­rios obscuros en vez de buscar comprender más plenamente los principios básicos del evangelio y ponerlos en práctica con mayor celo.

Algunos buscan respuestas a las preguntas que Dios ha elegido no res­ponder. Otros reciben respuestas —o piensan que reciben respuestas—por medios que son contrarios al orden de la Iglesia. A tales personas, Satanás está listo para confundirlas mediante la sofistería o revelaciones falsas. Las personas deseosas de obte­ner un pleno entendimiento de todas las cosas deben disciplinar sus inte­rrogantes y sus métodos, o pueden ir acercándose a la apostasía sin siquiera darse cuenta. Quizás el tratar de ir más allá de lo que es la doctrina ortodoxa sea igualmente peligroso como lo es el no encontrarla. La seguridad y la felicidad que se nos han prometido se basan en guardar los mandamientos, y no en hacer caso omiso de ellos o agregarles otros ingredientes.

El enfoque desmedido en las metas puede hacer que la persona olvide la importancia de alcanzar esas metas siguiendo caminos rectos… No podemos estar tan preocupados por nuestras metas, al punto de pasar por alto la necesidad de proceder con rectitud para alcanzarlas.

El deseo de ser guiado en todas las cosas

Íntimamente unido a este ejemplo está el de la persona que posee un fuerte deseo de ser guiada por el Espíritu de Dios, pero que impruden­temente extiende ese deseo hasta el punto de desear recibir guía en todas las cosas. El deseo de ser guiados por el Señor es un punto fuerte, pero debemos comprender que nuestro Padre Celestial ha determinado que hay muchas decisiones que nosotros mismos hemos de tomar. El aprender a tomar decisiones es una de las for­mas de progresar que hemos de experimentar aquí en la tierra. Las personas que tratan de dejarle al Señor la tarea de tomar todas sus decisiones, y que suplican recibir revelación ante cada una de ellas, pronto encontrarán circunstancias en las que oran para recibir guía y no la reciben. Por ejemplo, es muy factible que esto ocurra en aquellas numerosas situaciones en que las decisiones son triviales o en que cualquier decisión es aceptable.

Debemos estudiar las cosas en nuestra mente, valiéndonos del raciocinio que nuestro Creador nos ha dado. Luego, debemos orar para recibir dirección, y tomar las medi­das necesarias cuando la recibamos. Si no la recibimos, deberemos actuar basándonos en nuestro mejor discer­nimiento. Hay temas sobre los que el Señor no nos ha dado ninguna orientación y si insistimos en buscar revelación sobre esos temas, quizás tramemos una respuesta basándonos en nuestras propias fantasías o pre­juicios, o tal vez incluso recibamos una respuesta por medio de la reve­lación falsa. La revelación de Dios es una realidad sagrada, pero al igual que otras cosas sagradas, se debe atesorar y utilizar apropiadamente a fin de que uno de nuestros grandes puntos fuertes no se convierta en una debilidad que nos anule.

Honores que a veces no son para nuestro provecho

Los honores que a veces nos rin­den nuestros compañeros pueden convertirse en puntos fuertes, pero es preciso que recordemos que Satanás también puede convertirlos en algo que será para nuestro detri­mento. Debemos tener cuidado de no llegar a ser como el profeta Balaam. El apóstol Pedro dijo que Balaam “amó el premio de la mal­dad” (2 Pedro 2:15), lo que el élder Bruce R. McConkie, del Quorum de los Doce, interpretó como “los honores de los hombres y la riqueza del mundo” (Doctrinal New Testament Commentary, 3 tomos, Salt Lake City: Bookcraft, 1973, 3:361). Los honores llegarán, pero debemos tener precaución de que éstos no nos desvíen de lo que es de más importancia y de las responsabilida­des que tenemos concernientes a las cosas de Dios.

El deseo de sacrificarnos más de lo que es necesario

El estar dispuestos a dar todo lo que poseemos en beneficio de la obra del Señor es por cierto un punto fuerte. De hecho, es un convenio que efectuamos en lugares sagrados, pero incluso éste puede hacernos caer si no limitamos nuestros sacrifi­cios a aquellas cosas que el Señor y Sus líderes nos han pedido en este tiempo. Al igual que Alma, debemos decir: “… ¿Por qué he de desear algo más que hacer la obra a la que he sido llamado?” (Alma 29:6). Las per­sonas que consideran que no es sufi­ciente pagar sus diezmos y ofrendas y trabajar en los puestos a los que han sido llamados, fácilmente pueden ser apartados del buen camino por gru­pos religiosos excéntricos debido a la voluntad que tienen de sacrificarse más de lo que es necesario.

Con una mente capacitada y una manera hábil de hacer su presentación, los maestros pueden ser sumamente populares y eficaces en la enseñanza. Pero Satanás tratará de valerse de los puntos fuertes para desviar a los maestros, alentándolos a que tengan su propio séquito de discípulos.

La consideración hacia los demás no está restringida por otros valores

Algunas personas poseen una conciencia social bastante definida. Responden a la injusticia social y al sufrimiento con gran preocupación, dedicación y generosidad. Esto es, por seguro, un punto fuerte espiri­tual, algo que todos nosotros necesi­tamos en mayor proporción. No obstante, las personas que poseen esta gran cualidad deben de tener cuidado de que no los impulse a pro­pasar otros valores fundamentales. Mi conciencia social no debe impul­sarme a obligar a los demás a utilizar su tiempo o medios económicos para lograr mis objetivos. No se nos ben­dice por magnificar nuestro llama­miento con los recursos o el tiempo de otra persona. Se nos ha mandado que amemos a nuestro prójimo, y no lo manipulemos, aun con buenas intenciones.

Del mismo modo, no debemos sentir oposición por la Iglesia ni por sus líderes si estos no siguen la teoría de que el objetivo del evangelio es efectuar una reforma social o no uti­lizan los recursos de la Iglesia para propósitos que tienen el apoyo de los demás. Debemos recordar que el Señor le ha dado a Su Iglesia restau­rada una misión especial que no se dado a ninguna otra. La Iglesia debe concentrar sus esfuerzos principales en aquellas actividades que única­mente puedan lograrse mediante la autoridad del sacerdocio, tales como la predicación del evangelio y la redención de los muertos.

Un enfoque desmedido en las metas

Produce una gran fortaleza el concentrarnos en nuestras metas. Todos hemos visto los frutos favora­bles de ese enfoque; no obstante, el enfoque desmedido en las metas puede hacer que la persona olvide la importancia de alcanzar esas metas siguiendo caminos rectos. Cuando yo prestaba servicio en una presidencia de estaca, un hermano me contó de manera jactanciosa en cuanto a la manera en que él había podido preservar su meta de obte­ner una asistencia perfecta a las reuniones de liderazgo de la estaca. En una ocasión, se le requirió ir a trabajar durante una de nuestras reuniones de estaca. Cuando el patrón le negó el permiso para que­darse hasta que terminara la reu­nión, con orgullo me contó que lo había llamado por teléfono para avisarles que estaba enfermo, y de ese modo asistir a la reunión.

Desde aquel entonces tuve mis dudas en cuanto a ese hermano. Me preguntaba si robaría dinero a fin de pagar sus diezmos. Quizás sea un ejemplo exagerado, pero sirve para ilustrar lo que quiero decir. No podemos estar tan preocupados por nuestras metas, al punto de pasar por alto la necesidad de proceder con rectitud para alcanzarlas.

Maestros populares y el potencial de la superchería sacerdotal

Otro ejemplo de un punto fuerte que se puede convertir en nuestra ruina tiene que ver con los maestros carismáticos. Con una mente capa­citada y una manera hábil de hacer su presentación, los maestros pue­den ser sumamente populares y efi­caces en la enseñanza. Pero Satanás tratará de valerse de ese punto fuerte para desviar a los maestros, alentándolos a que tengan su propio séquito de discípulos. Un maestro de la Iglesia, un instructor del Sistema Educativo de la Iglesia, o un profe­sor de una universidad Santo de los Últimos Días que reúna tal grupo de partidarios y lo haga “por causa de las riquezas y los honores” (Alma 1:16) es culpable de superchería, “…son supercherías sacerdotales el que los hombres prediquen y se cons­tituyan a sí mismos como una luz al mundo, con el fin de obtener lucro y alabanza del mundo; pero no buscan el bien de Sión” (2 Nefi 26:29).

Los maestros que son más popula­res, y por lo tanto, los más eficaces, poseen una susceptibilidad especial a la superchería; si no tienen cuidado, ese punto fuerte se puede convertir en su ruina espiritual. Pueden llegar a ser como Almon Babbitt, con quien el Señor no estaba compla­cido, porque ambicionó “imponer su propio criterio en lugar del consejo que yo he ordenado, sí, el de la Presidencia de mi iglesia; y levanta un becerro de oro para que mi pue­blo lo adore” (D. y C. 124:84).

El descuido o la perversión de los deberes familiares

Es en la familia, la institución más sagrada en la tierra, donde Satanás está especialmente ansioso de valerse de nuestros puntos fuertes para lle­var a cabo nuestra caída. Mi primer ejemplo bajo este subtítulo, está diri­gido a los que se ganan el pan. La Biblia dice que es un don de Dios el regocijarnos en nuestro trabajo (véase Eclesiastés 5:19), pero ese don puede ser pervertido. Nuestro trabajo, y la prosperidad y el recono­cimiento que logramos por medio de él, fácilmente puede convertirse en un dios que coloquemos ante Aquel que dijo: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3). Llevado a un extremo, el amor y la dedicación al trabajo puede conver­tirse en una excusa para descuidar a la familia y las responsabilidades dentro de la Iglesia. La mayoría de nosotros podríamos citar varios ejemplos en cuanto a esta verdad.

Hablando de un tema aún más delicado, el justo deseo que tiene el hombre de actuar en su puesto como líder de su familia, si no lo ejerce con rectitud, puede llevarlo a sentirse como un santurrón, al ego­ísmo, a la dictadura e incluso a la brutalidad. Una propicia amonestación en cuanto a este peligro es la directa instrucción del Señor de que es la “naturaleza y disposición” de aquellos que tienen un poco de auto­ridad de “ejercer injusto dominio” (D. y C. 121:39). Todos debemos dar oído a la amonestación de que la autoridad del sacerdocio se debe ejercer “por persuasión, por longani­midad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero” (D. y C. 121:41).

Del mismo modo, es justo y apro­piado que la mujer tenga deseos de progresar, desarrollarse y magnificar sus talentos, deseos altamente favo­recidos por las organizaciones que luchan por los derechos de la mujer. Sin embargo, ella puede extralimi­tarse y tratar de apropiarse del lide­razgo del sacerdocio, fomentar ideas que no estén en armonía con la doc­trina de la Iglesia, o incluso abando­nar las responsabilidades familiares.

Dar en demasía

Otro aspecto en que nuestros pun­tos fuertes pueden tornarse para nuestro detrimento tiene que ver con el aspecto económico. Se nos ha mandado que demos al pobre; ¿podría llevarse al extremo el cumplimiento de esa obligación fundamentalmente cristiana? Creo que sí. He visto casos en que las personas han cumplido con ese deber a tal grado de que empobre­cieron a su propia familia gastando recursos ya fuese de propiedad o de tiempo que los miembros de la familia necesitaban.

Quizás este exceso explique por qué el rey Benjamín, que mandó a su pueblo que impartiera de sus bienes a los pobres, para “alimentar al ham­briento, vestir al desnudo, visitar al enfermo, y ministrar para su alivio, tanto espiritual como temporal­mente”, también los amonestó de la siguiente manera: “…mirad que se hagan todas estas cosas con pruden­cia y orden; porque no se exige que un hombre corra más aprisa de lo que sus fuerzas le permiten” (Mosíah 4:26-27). De igual modo, en una revelación dada al profeta José Smith, cuando se encontraba tradu­ciendo el Libro de Mormón, se le amonestó: “No corras más aprisa, ni trabajes más de lo que tus fuerzas y los medios proporcionados te permi­tan traducir” (D. y C. 10:4).

Los logros y el orgullo

Otro ejemplo de la manera en que nuestros puntos fuertes pueden con­vertirse en nuestra ruina tiene que ver con el aprendizaje. Ciertamente el deseo de poseer conocimiento es muy importante. El deseo vehe­mente de aprender es digno de alabanza, pero los frutos del aprendizaje hacen a la persona particularmente vulnerable al pecado del orgullo. Lo mismo sucede con los frutos de otros talentos y logros, tales como en el campo del deporte o de las artes. Es muy fácil para el instruido y el experto olvidar sus propios límites y su total dependencia en Dios.

El haber cursado estudios superio­res hace que la persona reciba gran reconocimiento y se sienta verdade­ramente autosuficiente. Pero debe­mos recordar las frecuentes amonestaciones que aparecen en el Libro de Mormón de que no nos jac­temos de nuestra propia fortaleza y sabiduría a no ser que quedemos abandonados a nuestra propia fuerza o sabiduría (véase Alma 38:11; 39:2; Helamán4:13; 16:15).

Del mismo modo, haciendo refe­rencia al “sutil plan del maligno”, el profeta Jacob afirmó que cuando las personas son “instruidas”, que signi­fica que tienen conocimiento, supo­nen “que saben por sí mismos”, que significa que creen tener la capaci­dad de aplicar prudentemente el conocimiento. Las personas que piensan que son sensatas en este respecto “no escuchan el consejo de Dios, porque lo menosprecian, supo­niendo que saben por sí mismos”. En esas circunstancias, el profeta dijo: “…su sabiduría es locura, y de nada les sirve; y perecerán. Pero bueno es ser instruido, si hacen caso de los consejos de Dios” (2 Nefi 9:28-29).

La fe tergiversada

Un grado considerable de fe en Dios, que es un verdadero don y fortaleza espiritual, se puede tergi­versar de tal manera que le quita a la persona el deseo de estudiar con ahínco. Conozco a personas que dieron comienzo a sus estudios uni­versitarios con gran entusiasmo, pero, con el correr del tiempo, no continuaron invirtiendo el tiempo necesario en sus estudios, ya que suponían que habían desarrollado tal grado de fe que si simplemente cumplían con sus cargos en la Iglesia, el Señor los bendeciría para alcanzar sus metas académicas. De este modo, la supuesta fortaleza de su fe se convirtió en la causa de su ruina académica. Podríamos decir en cuanto a ellos lo que el Señor dijo a Oliver Cowdery cuando no le fue posible traducir:

“Y he aquí, es por motivo de que no continuaste como al comienzo…

“…has supuesto que yo re lo con­cedería cuando no pensaste sino en pedirme…

“…debes estudiarlo en tu mente; entonces has de preguntarme si está bien” (D. y C. 9:5, 7-8; véase tam­bién D. y C. 88:118).

Aquí el Señor nos ofrece consejo en cuanto al equilibrio: la fe es muy importante, pero debe ir acompa­ñada del esfuerzo personal suficiente para lograr el correspondiente fin. Únicamente entonces seremos mere­cedores de recibir la bendición. El método apropiado es estudiar como si todo dependiera de nosotros y luego orar y ejercer la fe como si todo dependiera del Señor.

El deseo vehemente de aprender es digno de alabanza, pero los frutos del aprendizaje hacen a la persona particularmente vulnerable al pecado del orgullo. Lo mismo sucede con los frutos de otros talentos y logros, tales como en el campo del deporte o de las artes. Es muy fácil para el instruido y el experto olvidar sus propios límites y su total dependencia de Dios.

Servicio excesivo en la iglesia

Otro punto fuerte que puede ser pervertido para contribuir a nuestro fracaso es el deseo de sobresalir en un llamamiento en la Iglesia. Recuerdo a un alumno que se valía del servicio en la Iglesia como un pretexto para escapar de los rigores de los estudios. Él se propasó dedicando más tiempo de lo normal a asuntos eclesiásticos, y prestando servicio en la Iglesia casi ocho horas al día. Constantemente se ofrecía para trabajar en cualquier asignación adicional, prestando ayuda que era grandemente reconocida por las diversas organizaciones de la Iglesia. Como resultado de ese exceso de tiempo que pasó prestando servicio en la Iglesia, fracasó en sus estudios y luego erróneamente culpó por su fracaso la carga excesiva del servicio que prestaba en la Iglesia. Su punto fuerte se convirtió en el motivo de su caída.

Igualmente, recuerdo la preocu­pación que expresó el presidente Harold B. Lee cuando yo era presi­dente de la Universidad Brigham Young. Poco después de la dedica­ción del Templo de Provo, me dijo que temía que el fácil acceso al templo tal vez hiciera que algunos estudiantes de la Universidad descui­daran sus estudios por asistir a él con demasiada frecuencia. Me suplicó que me pusiera en contacto con los presidentes de estaca de la Universidad Brigham Young a fin de que se aseguraran de que los alum­nos comprendieran que incluso, algo tan sagrado e importante como el servicio en el templo debía hacerse con prudencia y orden, a fin de que no descuidaran los estudios, los cua­les deberían ser su objetivo principal durante esos años en la universidad.

Un patriotismo excesivo

El amor a la patria es ciertamente un punto fuerte, pero cuando es des­medido, puede convertirse en la causa de la ruina espiritual. Hay algunos ciudadanos cuyo patrio­tismo es tan intenso y excesivo que parece opacar cualquier otra respon­sabilidad, incluso la de la familia y la Iglesia. Extiendo una palabra de advertencia a aquellos patriotas que estén participando en ejércitos pri­vados o les estén abasteciendo de víveres u otras necesidades, o estén haciendo preparativos privados para un conflicto armado. Su intenso fer­vor por un aspecto del patriotismo los está poniendo en riesgo de caer en la ruina espiritual al alejarse de la sociedad de la Iglesia y de la direc­ción de aquellas autoridades civiles a quienes estamos sujetos, tal como lo estipula nuestro décimo segundo Artículo de Fe.

Autosuficiencia materialista

Otro punto fuerte que nos puede hacer caer se deriva de la autosufi­ciencia. Se nos ha exhortado a que seamos autosuficientes, que provea­mos para nosotros mismos y para aquellos que dependen de nosotros; pero el lograr el éxito en ese aspecto fácilmente puede llevarnos al mate­rialismo. Esto sucede cuando trata­mos de cumplir con la amonestación de mantener a nuestra familia, hasta el punto de preocuparnos excesiva­mente por acumular los tesoros de la tierra. Creo que esta preocupación identifica el materialismo como una debilidad peculiar mormona, un ejemplo clásico de la manera en que Satanás nos puede persuadir a llevar las cosas a tal extremo que un punto fuerte legítimo se convierta en debilidad.

No seguir en verdad al profeta

El deseo de seguir a un profeta es por cierto un punto fuerte sublime y apropiado, pero incluso éste tiene el potencial de ser muy peligroso. Me he enterado de algunos grupos que tienen una resolución tan firme de seguir las palabras de un profeta fallecido, y han rechazado las ense­ñanzas y el consejo de los profetas vivientes. Satanás se ha valido de esta corrupción desde el comienzo de la Restauración. Recordarán las instrucciones que José Smith dio a los santos de reunirse en Kirtland, Ohio, luego en Misuri, y más tarde en Illinois. En cada lugar, a lo largo del camino, cierto número de san­tos se apartó, exclamando las palabras “profeta caído” como su excusa para adherirse a las declaraciones pronunciadas anteriormente y rechazar la dirección actual. Lo mismo sucedió después de la muerte del profeta José Smith, cuando algunos santos se aprove­charon de una u otra declaración que el Profeta fallecido había hecho, como base para fomentar o unirse a un nuevo grupo que recha­zaba el consejo de los profetas vivientes.

El seguir al Profeta es una gran fortaleza, pero debe ser constante y actual, no sea que nos lleve a la ruina espiritual que resulta cuando se rechaza la revelación continua. Bajo ese principio, la diferencia más importante que existe entre los profetas fallecidos y los vivientes es que los primeros no están aquí para recibir y declarar las palabras más recientes del Señor a Su pue­blo. Si lo estuvieran, no habría diferencia entre los mensajes de los profetas.

Una distorsión semejante se apre­cia en la práctica de aquellos que seleccionan unas cuantas frases de las enseñanzas de un profeta y se valen de ellas para apoyar sus puntos de vista políticos u otros propósitos personales. Al hacerlo, como es de esperar en estos casos, pasan por alto las implicaciones de otras pala­bras proféticas, o incluso el claro ejemplo de las propias acciones del Profeta. Por ejemplo, he recibido correspondencia de varios miembros de la Iglesia que buscaban valerse de algo que según ellos había dicho el presidente Ezra Taft Benson, como base para rehusar acatar las leyes que tienen que ver con los impuestos sobre los ingresos.

He tratado de convencer a estas personas de que la interpretación que les han adjudicado a esas pala­bras no puede ser lo que el presi­dente Benson trató de comunicar, ya que todos los que han desempeñado ese oficio sagrado, así como todas las demás Autoridades Generales, han pagado fielmente sus impuestos sobre los ingresos y han pagado todos los demás impuestos requeri­dos por la ley. Los siervos de Dios están sujetos a los mandamientos del Maestro de seguirle y de ser ejemplos para el rebaño (véase 1 Timoteo 4:12; 1 Pedro 5:3). Debemos interpretar sus palabras a la luz de sus obras. El tergiversar las palabras de un profeta para apoyar un objetivo personal, ya sea político o financiero, o de cualquier índole, es tratar de manipular al profeta y no seguirle.

El uso indebido del amor y la tolerancia

Otros puntos fuertes que podrían causar nuestra caída son los dones del amor y la tolerancia. Sin ninguna duda, éstas son grandes virtudes. El amor es una cualidad suprema, y la tolerancia es la manera principal de demostrarlo. El amor y la tolerancia son cualidades que toda persona posee y son puntos fuertes, pero se pueden pervertir. El amor y la tole­rancia quedan incompletos a menos que vayan acompañados de una pre­ocupación por la verdad y una dedi­cación a la unidad que Dios ha requerido de Sus siervos.

Llevados al exceso, el amor y la tolerancia pueden ocasionar una indiferencia hacia la verdad y la jus­ticia, y oposición a la unidad. Lo que libera a la humanidad de la muerte y del pecado no es simple­mente el amor, sino que éste debe ir acompañado de la verdad, “…cono­ceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). Y la prueba para saber si somos del Señor no es sólo tener amor y tolerancia sino unidad. El Señor resucitado dijo: “…si no sois uno, no sois míos” (D. y C. 38:27). Para seguir el ejemplo de amor que nos dio el Señor, debemos recordar que dijo: “…a los que amo también disciplino” (D. y C. 95:1). Y debemos tener presente que nos disciplina “a fin de que [seamos] uno” (D. y C. 61:8).

Y entonces, ¿cómo podemos evitar que nuestros puntos fuertes se conviertan en nuestra ruina?… La humildad es la gran protectora… Si somos lo suficientemente mansos y humildes para recibir consejo, el Señor nos puede guiar y nos guiará mediante el consejo que nos dan de nuestros padres, nuestros maestros y nuestros líderes.

Para evitar que nuestros puntos fuertes se conviertan en nuestra ruina

Para concluir, quisiera prevenir a cada uno de mis lectores, así como a mí mismo, de que la naturaleza de este mensaje podría llevarnos a la misma ruina que nos sugiere evitar. La idea de que nuestros puntos fuer­tes se pueden convertir en nuestras debilidades podría interpretarse como que debemos tener “modera­ción en todas las cosas”. Pero el Salvador dijo que si somos “tibios”, nos vomitará de Su boca (véase Apocalipsis 3:16). La moderación en todas las cosas no es una virtud, ya que podría justificar el ser moderados en nuestra dedicación a lo que es justo. Y eso no es moderación, sino indiferencia. Esa clase de modera­ción es contraria al mandato divino de servir con todo nuestro “corazón, alma, mente y fuerza” (D. y C. 4:2), buscar “con empeño las riquezas de la eternidad” (D. y C. 68:31), y ser “valientes en el testimonio de Jesús” (D. y C. 76:79). La moderación no es la respuesta.

Y entonces, ¿cómo podemos evi­tar que nuestros puntos fuertes se conviertan en nuestra ruina? La cua­lidad que debemos cultivar es la humildad; ésta es la gran protectora; la humildad es el antídoto en contra del orgullo; es el elemento catalizador para todo conocimiento, especial­mente las cosas espirituales. Mediante el profeta Moroni, el Señor nos dio esta gran perspectiva en cuanto al papel de la humildad: “…doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos” (Éter 12:27).

Quisiera también agregar que si los hombres y las mujeres se humi­llan delante de Dios, Él les ayudará a evitar que sus puntos fuertes se conviertan en debilidades que el adversario puede explotar para des­truirlos.

Si somos lo suficientemente man­sos y humildes para recibir consejo, el Señor nos puede guiar y nos guiará mediante el consejo que nos den nuestros padres, nuestros maes­tros y nuestros líderes. Los orgullo­sos pueden escuchar solamente el clamor de la muchedumbre, pero la persona que, como dijo el rey Benjamín, se vuelve “como un niño: sumiso, manso, [y] humilde” (Mosíah 3:19), puede escuchar y seguir la voz suave y apacible mediante la cual nuestro Padre Celestial guía a Sus hijos que son receptivos.

Aquellos que se jactan de una supuesta fortaleza han perdido la protección de la humildad y son vulnerables a que Satanás se valga de ese punto fuerte para oca­sionar su ruina. Por el contrario, si somos humildes y dóciles, dando oído a los mandamientos de Dios, al consejo de Sus líderes y a los susu­rros de Su Espíritu, recibiremos guía en cuanto a la manera de utilizar, para fines rectos, nuestros dones espirituales, nuestros logros y todos nuestros otros puntos fuertes. Y podremos recibir guía para saber cómo evitar los esfuerzos de Satanás que desea valerse de nuestros puntos fuertes para hacer­nos caer.

En todo esto, debemos recordar y confiar en la dirección y en la pro­mesa del Señor: “Sé humilde; y el Señor tu Dios te llevará de la mano y dará respuesta a tus oraciones” (D. y C. 112:10).

Testifico que esto es verdadero, y testifico también de nuestro Señor Jesucristo, cuyo sacrificio expiatorio ha llevado a cabo la Resurrección y llevará a cabo toda justicia. □

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3 respuestas a Nuestros puntos fuertes se pueden convertir en nuestra ruina

  1. Alberto dijo:

    Testifico que jamás volveré a acercarme a esta iglesia. Ahora entiendo lo que Dios quiere para mi.

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  2. María Sonnia Carrizo Guerrero dijo:

    María Sonnia Carrizo Guerrero de Plata -permiso comparto mi opinión:
    Excelente,me encantó, no tengo dudas que satanás es el gran engañador, y él puede hacerlo en cualquier momento, engañarnos…¡Si tendremos qué cuidarnos y pedir ayuda a nuestro Salvador Jesucristo!
    MUCHAS GRACIAS!!

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