La voz del Espíritu

La voz del Espíritu

por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Liahona Septiembre 1995


Los que escuchen la voz del Espíritu serán iluminados por ese Espíritu; aquellos que escuchen la voz del mundo se extraviarán. Ustedes, ¿a cuál voz escucha­rán y a cuál creerán?

Reconozco profundamente la res­ponsabilidad que tengo de ense­ñar cosas sagradas; sé muy bien que el mundo en el que vivimos está haciéndose cada vez más distinto del que yo he conocido; los valores morales han cambiado; la decencia y el respeto básicos por las cosas buenas se están acabando, y los está reemplazando un vacío de principios morales.

Para los Santos de los Últimos Días, hay un pasaje importante que se encuentra en Doctrina y Convenios: “…dad oído a la voz del Dios viviente” (D. y C. 50:1). La voz del Espíritu es accesible para todos. El Señor dijo: “…el Espíritu da luz a todo hombre [y toda mujer]… que escucha la voz del Espíritu” (D. y C, 84:46). Luego continúa diciendo que “todo aquel que escucha la voz del Espíritu, viene a Dios, sí, el Padre” (D. y C. 84:47).

Algunas personas están tratando de encontrar la vida abundante. Pablo recalcó que es “el espíritu [el que] vivi­fica” (2 Corintios 3:6). De hecho, el Salvador declaró: “…las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:63).

¿Cuáles son los frutos del Espíritu? Pablo dijo que son: “…amor, gozo, paz, paciencia, benigni­dad, bondad, fe, mansedumbre, tem­planza” (Gálatas 5:22-23). El gozo que buscamos no es un placer emocional pasajero, sino un gozo interior cons­tante derivado de una larga experiencia y confianza en Dios, Ralph Waldo Emerson declaró: “La integridad moral es una victoria perpetua que se celebra, no con llantos ni con exclamaciones de gozo, sino mediante la serenidad, la cual es un gozo fijo o constante” (“Character”, en The Complete Writings of Ralph Waldo Emerson, Nueva York: Wm. H. Wise StCompany, 1929, pág. 268).

Al enseñar a su hijo Jacob, Lehi declaró: “…existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25). A fin de lograr este gran objetivo, debemos “[dar] oído a la voz del Dios viviente” (D. y C. 50:1).

Quiero testificar, como testigo viviente, que el gozo se logra al escuchar al Espíritu, porque yo lo he sentido. Tal como los nefitas, las personas que viven el evangelio aprenden a vivir “de una manera feliz” (2 Nefi 5:27). Por todo el mundo, en los muchos países en donde se ha establecido la Iglesia, los miembros podrían agregar sus testimonios al mío. Hay abundante evidencia que veri­fica que la promesa de paz, de esperanza, amor y gozo son dones del Espíritu. Nuestras voces se unen en una súplica unida para que todos los hijos de Dios participen también de estos dones.

“Tantas clases de idiomas [voces] hay”

Pero escuchamos otras voces. Pablo declaró: “Tantas clases de idiomas [voces] hay,… en el mundo” (1 Corintios 14:10) que compiten con la voz del Espíritu. Tal es la situación que existe en el mundo. La voz del Espíritu está siempre presente, pero es callada. Isaías declaró: “Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre” (Isaías 32:17).

El adversario trata de sofocar esta voz con una multi­tud de voces estridentes, persistentes, persuasivas y suti­les: voces murmuradoras que idean injusticias falsas, voces plañideras que aborrecen el trabajo y el tener que enfrentar problemas, voces seductoras que ofrecen tenta­ciones sensuales, voces suaves que nos adormecen deján­donos susceptibles a las tentaciones carnales, voces intelectuales que profesan tener refinamiento y superiori­dad, voces orgullosas que nos empujan a confiar en el brazo de la carne, voces aduladoras que nos llenan de orgullo, voces cínicas que destruyen la esperanza, voces divertidas que promueven la búsqueda de placeres, y voces comerciales que nos tientan a gastar “dinero en lo que no tiene valor” y a trabajar “en lo que no puede satisfacer” (2 Nefi 9:51), y voces delirantes que siembran el deseo de placeres efímeros.

Con ello me refiero no sólo a los producidos por las drogas o el alcohol, sino a la búsqueda de experiencias peligrosas que desafían a la muerte a fin de experimentar nada más que la emoción resultante. La vida, incluso la nuestra, es tan valiosa que somos responsables ante el Señor de ella, y no debemos tratarla a la ligera; una vez que se acaba, no se puede recuperar. Existen tantas manifestaciones de esto que no las mencionaré por temor a darle a alguien alguna idea de cómo se podría hacer. Como dijo el presidente Joseph F. Smith: “El cono­cimiento del pecado incita a cometerlo” (Doctrina del Evangelio, pág, 367).

La generación que va creciendo será acosada por mul­titudes de voces que les dirán cómo deben de vivir, cómo satisfacer sus pasiones, cómo tenerlo todo; tendrán a su alcance más de quinientos canales de televisión; habrá toda clase de programas para computadora (“software”), módems interactivos, bases de datos y boletines de com­putadora; habrá autoediciones, antenas parabólicas y cadenas de comunicaciones que los sofocarán con infor­mación. Los canales locales de cable transmitirán única­mente las noticias locales.

Todos estaremos bajo un mayor escrutinio; habrá menos lugares en donde encontrar paz y serenidad. La generación que va creciendo será bombardeada con iniquidad y per­versidad como ninguna otra. Al meditar sobre estas posibi­lidades, acuden a mi mente las palabras de T. S. Eliot: “¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido con el cono­cimiento? ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido con la erudición?” (Chorases from “The Rock”, en The Complete Poems and Plays, 1909-1950, Nueva York: Harcourt, Brace & World, Inc., 1971, pág. 96).

Indudablemente, algunas personas serán engañadas y llevarán vidas de desilusión y tristeza; otras gozarán la promesa registrada en Jeremías: “…Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón” (Jeremías 31:33). De ciertas maneras, será más difícil ser fieles en el futuro, tal vez aún más difícil que tirar de carros de mano a través de las llanuras, como lo hicieron los pioneros mormones. Cuando alguien perdía la vida en las llanuras del antiguo Oeste de los Estados Unidos, sus restos eran sepultados y los carros de mano seguían adelante; pero los sobrevi­vientes abrigaban la esperanza por el alma eterna de ese ser querido. No obstante, cuando alguien muere espiri­tualmente en las llanuras del pecado, quizás esa espe­ranza sea reemplazada por el temor por el bienestar eterno del ser querido.

Muchos de los jóvenes de la actualidad, debido a las influencias mundanas a su alrededor, quieren tenerlo todo y lo quieren ya; muchos no tienen deseos de ahorrar ni de trabajar, y estos deseos egoístas e impacientes nos hacen susceptibles a la tentación. El Libro de Mormón identifica cuatro clases de tentaciones que Satanás emplea: la ganancia, el poder sobre la carne, la populari­dad y la búsqueda de las concupiscencias de la carne y de las cosas del mundo (véase 1 Nefi 22:23).

La táctica de Satanás es “desviar sus corazones de la verdad, de manera que sean cegados y no comprendan las cosas que están preparadas para ellos” (D. y C. 78:10). Él se vale de una cortina de humo que obscurece nuestra visión y desvía nuestra atención.

Cuando el Salvador visitó el con­tinente americano, la gente tuvo que prestar atención a fin de comprender Su voz.

El presidente Heber J. Grant declaró: “Si somos fieles en el cumplimiento de los mandamien­tos de Dios, Sus promesas se cum­plirán al pie de la letra… El problema es que el adversario de las almas de los hombres ciega sus mentes; les echa tierra en los ojos, por así decirlo, para cegarlos con las cosas de este mundo” (Heber J. Grant, Cospel Standards, Salt Lake City; The Improvement Era, 1969, págs. 44—45).

Como Santos de los Últimos Días, ¿cómo habremos de saber cuáles voces escuchar y creer? Las implicaciones de todo esto son enormes.

Usar prudentemente el albedrío

Primeramente, si hemos de sobrevivir, debemos hacer uso prudente de nuestro albedrío. Amalekí nos dice cómo podemos saber cuál camino escoger: “…porque nada hay, que sea bueno, que no venga del Señor; y lo que es malo viene del diablo” (Omni 1:25). Todo momento requiere que hagamos una elección, una y otra vez, entre lo que viene de Dios y lo que viene del diablo. Así como cada gota de agua afecta el paisaje, así nuestras elecciones constantes dan forma a nuestro carácter. Quizás el vivir el evangelio eterno día con día sea más difícil que morir por la Iglesia y el Señor.

Mormón también compara aquello que “invita e induce a pecar” y aquello que “invita e induce a hacer lo bueno continuamente” (Moroni 7:12-13). Luego nos da la clave para saber elegir:

“…en vista de que conocéis la luz por la cual podéis juzgar, la cual es la luz de Cristo, cuidaos de juzgar equivocadamente…

“Por tanto, os suplico, herma­nos, que busquéis diligentemente en la luz de Cristo, para que podáis discernir el bien del mal; y si os aferráis a todo lo bueno, y no lo condenáis, ciertamente seréis hijos de Cristo” (Moroni 7:18-19).

No podremos pasar por esta vida con luz prestada; la luz de la vida debe formar parte de nuestro ser; la voz que debemos aprender a escuchar es la voz del Espíritu.

Considerar el Propósito de la vida

Segundo, debemos tener un propósito; todos necesita­mos tener un propósito en la vida. Como miembros de la Iglesia de Cristo, debemos considerar el fin de nuestra salvación (véase D. y C. 46:7).

El Señor declaró: “…si vuestra mira está puesta única­mente en mi gloria, vuestro cuerpo entero será lleno de luz y no habrá tinieblas en vosotros” (D. y C. 88:67). El apóstol Santiago amonestó que “el hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos” (Santiago 1:8). Y Orson Hyde declaró: “La mente concentrada posee gran poder; es el agente del Todopoderoso, inves­tida con un tabernáculo mortal, y debemos aprender a disciplinarla, concentrándola en un solo propósito” (en Joumal of Discourses, 7:153).

Cuando el Salvador visitó el continente americano, los nefitas más rectos tuvieron que aprender a prestar estricta atención a fin de comprender Su voz.

“…oyeron una voz como si viniera del cielo; y miraron alrededor, porque no entendieron la voz que oyeron; y no era una voz áspera;… no obstante, y a pesar de ser una voz suave, penetró hasta lo más profundo de los que la oyeron, de tal modo que no hubo parte de su cuerpo que no hiciera estremecer; sí, les penetró hasta el alma misma, e hizo arder sus corazones” (3 Nefi 11:3).

Escucharon la voz por segunda vez y no la compren­dieron; cuando la escucharon por tercera vez, “…aguza­ron el oído para escucharla; y tenían la vista fija en dirección del sonido; y miraban atentamente hacia el cielo, de donde venía el sonido” (3 Nefi 11:5).

Es importante saber que hay huestes invisibles que nos protegen así como lo hicieron con Elíseo de antaño. Cuando el rey de Siria envió ejércitos con carros y caba­llos para capturar al profeta, llegaron de noche y sitiaron la ciudad. El criado de Elíseo, al ver el gran ejército, se atemorizó y le preguntó al profeta:

“¡Ah, señor mío! ¿Qué haremos?…

“Y oró Elíseo, y dijo: Te ruego, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea. Entonces Jehová abrió los ojos del criado y miró; y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo y de carros de fuego alrededor de Elíseo” (2 Reyes 6:15, 17),

En respuesta a la atemorizada súplica de su criado, Elíseo declaró: “No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos” (2 Reyes 6:16).

Creo que hay huestes invisibles que nos protegen cuando tratamos de hacer la voluntad del Señor. Recuerden las palabras de Elíseo: “Más son los que están con nosotros que los que están con ellos”.

Fortalecer el testimonio

Tercero, debemos fortalecer nuestro testimonio. En esta vida, todos necesitamos fijarnos metas espirituales. Una de las formas en que podemos saber cuál es el pro­pósito de nuestra vida es recibir una bendición patriar­cal. A un excelente jovencito que hace poco recibió su bendición patriarcal, se le dijo que muchos de sus ante­pasados que habían pagado un terrible precio por el evangelio se encontraban presentes mientras él la reci­bía. Nuestra bendición patriarcal es un medio muy importante mediante el cual podemos saber en cuanto a nuestro propósito en la vida.

A medida que obtengamos conocimiento en cuanto al plan de salvación y aprendamos por qué estamos aquí y a dónde vamos, nuestros testimonios serán fortalecidos. Además, al andar por medio de la fe, se afirmarán en nuestro corazón las experiencias espirituales que fortale­cerán nuestra fe y nuestro testimonio.

Esta es una generación escogida; nuestras mujeres tie­nen un gran destino. El presidente Spencer W. Kimball escribió: “Es una gran bendición el ser mujer en la Iglesia hoy día. La oposición en contra de la rectitud nunca ha sido tan grande, pero al mismo tiempo, las oportunidades para lograr nuestro mayor potencial tampoco han sido mayores” (Woman, Salt Lake City: Deseret Book Company, 1979, pág. 2).

Las mujeres han sido tan abundantemente bendecidas con los dones espirituales de los cuales habló) Pablo: fe, esperanza y amor (véase 1 Corintios 13:13). Por esa razón, parte de su destino es ser ejemplos de las sublimes virtudes femeninas al cumplir con su papel de madre, de maestra y de ser la influencia refinadora que es tan importante para nuestra familia y para la Iglesia. Las mujeres son la corona sublime de la raza humana.

Debemos aprender y obtener un testimonio del plan de salvación, “…después de haberles dado a conocer el plan de redención, Dios les dio mandamientos de no cometer iniquidad” (Alma 12:32). Debemos aprender en cuanto a nuestra relación con nuestro Padre Celestial; al andar por medio de la fe, habremos afirmado en nuestro corazón experiencias espirituales que fortalecerán nues­tra fe y testimonio.

Escudriñar las escrituras y seguir el consejo que se nos da

Cuarto, debemos escudriñar las Escrituras, las cuales son “la voz del Señor y el poder de Dios para salvación” (D. y C. 68:4). El Señor también dijo en cuanto a Sus palabras: “Porque es mi voz la que os las declara; porque os son dadas por mi Espíritu, y por mi poder las podéis leer los unos a los otros;… Por tanto, podéis testificar que habéis oído mi voz y que conocéis mis palabras” (D. y C. 18:35-36).

«Y oró Elíseo, y dijo: Te ruego, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea. Entonces Jehová abrió los ojos del criado, y miró; y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Elíseo» (2 Reyes 6:17).

Quinto, debemos adquirir una convicción del llamamiento divino de las Autoridades Generales y estar dis­puestos a seguir su consejo. Quisiera impartir el siguiente consejo a los miembros de la Iglesia:

Honren el sacerdocio, ustedes son una generación escogida; ustedes, los hombres, forman parte de un sacerdocio real. Ustedes, los hombres y las mujeres, sin duda fueron elegidos antes de la creación de este mundo y fueron reservados para venir a la tierra en este tiempo. Les amamos; confiamos en ustedes; sabemos que ten­drán la capacidad para vencer los obstáculos que se interpongan en su camino a fin de llevar adelante la obra del Señor; sabemos que es difícil. Ustedes están viviendo en una época en que se hace cada vez más difí­cil tomar decisiones moralmente correctas, pero siempre deben tener presente que alguien les escucha y les pro­tege. Si ustedes apoyan y sostienen a aquellos que poseen el sacerdocio, recibirán una influencia estabilizadora en su vida.

Sean moralmente limpios. Tanto los jóvenes como las señoritas deben tener la creencia de que vale la pena ser verídicos y fieles. Los placeres mundanales no se compa­ran con el gozo celestial. Quizás no sea demasiado popu­lar evitar ciertas cosas, o hacer otras, pero es mejor estar solo y en lo correcto que estar equivocado eternamente. Aconsejamos a los jóvenes que entablen amistad con aquellas personas que puedan ayudarlos a mantener sus normas en vez de quebrantarlas. Los jóvenes deben aprender a vivir guiándose por sus propias normas mora­les. No obstante que quizás pierdan el sentimiento de la importancia de las normas, o que hayan cometido algu­nos errores, no deben permitir que Satanás destruya su propia estimación hasta el grado de que se sientan total­mente desalentados. Exhortamos a los jóvenes a que lle­ven consigo y con frecuencia lean el folleto La fortaleza de la juventud, y que den oído a sus padres y líderes. No hay problema que no se pueda resolver con la ayuda del Señor.

Aconsejamos a los jóvenes que disfruten del período de su juventud; no busquen entrar en el mundo de los adultos con demasiada prisa; no pierdan el gozo de convertirse en jóvenes adultos rectos. Les exhortamos a que gocen del trato social con el sexo opuesto, que se hagan de amigos, que tengan confianza en sí mismos y en su futuro. Deben aprender a trabajar y también a esperar.

Quisiera prevenirlos en cuanto a una doctrina com­pletamente falsa que se ve con cada vez más frecuen­cia; por falta de un nombre mejor, me referiré a ella como “arrepentimiento premeditado”, que significa pecar a sabiendas, con la idea de que el arrepenti­miento posterior les permitirá gozar las plenas bendi­ciones del evangelio, tales como el casamiento en el templo o una misión. En una sociedad que cada vez se vuelve más inicua, es muy difícil mezclarse con la mal­dad sin quedarse contaminado. Nefi previó la necia doctrina del arrepentimiento premeditado de la siguiente manera:

“Y también habrá muchos que dirán: Comed, bebed y divertíos; no obstante, temed a Dios, pues él justificará la comisión de unos cuantos pecados; sí, mentid un poco, aprovechaos de alguno por causa de sus palabras, tended trampa a vuestro prójimo; en esto no hay mal; y haced todas estas cosas, porque mañana moriremos; y si es que somos culpables, Dios nos dará algunos azotes, y al fin nos salvaremos en el reino de Dios” (2 Nefi 28:8).

En cuanto a aquellos que enseñan esa doctrina, el Señor dice: “…la sangre de los santos clamará desde el suelo contra ellos” (2 Nefi 28:10).

Debido a la insensibilidad general y a la dureza del corazón de tantas personas en el mundo, no sé cómo el Señor vaya a disciplinar a esta generación que va cre­ciendo. En los tiempos bíblicos, el Señor envió “ser­pientes ardientes” entre la gente (véase Números 21:6). Después que mordieron al pueblo, el Señor pre­paró un remedio para que fuesen sanados. Tal como le mandó el Señor, Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre una asta, y para ser sanados, aquellos que habían sido mordidos sólo tenían que mirar esa ser­piente (véase Números 21:8-9). Eso fue demasiado sencillo para muchas personas y “por causa de la sencillez de la manera, o por ser tan fácil, hubo muchos que perecieron” (1 Nefi 17:41).

Seguir la voz del espíritu

He sugerido una solución sencilla para seleccionar el canal al que debemos sintonizarnos; escuchar la voz del Espíritu y seguirla. Esta es una solución antigua, e incluso eterna, y quizás no sea popular en una sociedad que siempre está en busca de algo nuevo.

Más aún, esta solución requiere paciencia en un mundo que demanda gratifi­cación instantánea; es tranquila, pacífica y sutil, en un mundo al que tanto le gusta aquello que es estridente, incesante, que tiene un paso acelerado, que es pasa­jero, extravagante y vulgar; una solución que pide que seamos contemplativos, mientras que nuestros compa­ñeros buscan placeres mundanales; una solución que requiere que los profetas nos hagan “[recordar] siempre estas cosas, aunque [nosotros] las [sepamos] y [este­mos] confirmados en la verdad presente” (2 Pedro 1:12). Quizás esto parezca una tontería en una época en que no vale la pena recordar gran parte de la infor­mación trivial a la que estamos expuestos.

Todos concordamos en que el escuchar y seguir al Espíritu es una solución que ha existido a través de los tiempos y se aplica a este mundo que rápidamente se aburre si no tiene aquello que es intenso, variado y nuevo; esa solución requiere que andemos por la fe en un mundo gobernado por la vista (véase 2 Corintios 4:18; 5:7). Debemos apreciar las verdades espirituales con los ojos de la fe eterna, mientras que las masas de seres humanos dependen solamente de las cosas tempo­rales, aquello que se puede saber únicamente mediante los sentidos físicos.

En una palabra, esta solución de escuchar al Espíritu y de seguirlo quizás no sea demasiado popular; quizás no dé como resultado el que obten­gamos ganancia o poder en este mundo, pero, “esta leve tribula­ción momentánea produce en nosotros un cada vez más exce­lente y eterno peso de gloria” (2 Corintios 4; 17).

Debemos aprender a meditar sobre las cosas del Espíritu y a responder a Sus susurros; no debemos dar oído a la estática ocasionada por Satanás. Al ponernos en sintonía con el Espíritu, “tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él” (Isaías 30:21).

El prestar atención a la “voz del Dios viviente” (D. y C. 50:1) nos brindará “paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero” (D. y C. 59:23). Estos son los más grandes de todos los dones de Dios (véase D. y C. 14:7).

Ruego con Pablo “ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo…

“para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu;

“para que habite Cristo por la fe en vuestros corazo­nes, a fin de que, arraigados y cimentados en amor,

“[conozcáis] el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (Efesios 3:14, 16-19).

Creo y testifico que los nuestros son espíritus espe­ciales que fueron reservados hasta esta generación para permanecer firmes en contra de los vientos de la maldad, para permanecer rectos y derechos con las pesadas cargas que tendremos que llevar; confío en que seremos fieles a la gran tarea que yace delante de nosotros. □

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