Una época muy favorecida

Una época muy favorecida

por el presidente Gordon B. Hinckley
Liahona Septiembre 1995

Ésta es la época más grandiosa de la historia del mundo y ustedes, jóve­nes, son los beneficiarios de ella. En la actualidad gozamos de un gran despliegue de conocimiento, luz y verdad por medio del Evangelio restaurado de Jesucristo.

Tengo un intenso sentimiento de gratitud y optimismo con res­pecto a la juventud de la Iglesia. Al decir esto, no quiero decir que todo marche bien con todos ellos; hay muchos que están pasando por dificultades y también muchos que viven muy por debajo de lo que esperamos de ellos.

Pero, aun al considerar estos hechos, tengo gran confianza en nuestra juventud; los considero la mejor generación de jóvenes que ha habido en la historia de la Iglesia. Los felicito, pues siento en el corazón gran amor, res­peto y aprecio por ustedes.

Pedro, el Apóstol de antaño, hizo una declaración notable y profética:

“Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9).

No conozco otras palabras que se presten con mayor precisión para describirlos a ustedes, o que les brin­den un ideal más noble para formar y guiar su vida.

Hace algún tiempo leí una carta dirigida al editor de un periódico, en la que se criticaba con vehemencia a la Iglesia. En ella se formulaba una pregunta algo parecida a ésta: “¿Cuándo van los mormones a dejar de ser diferentes y a integrarse al resto de la población?”

Casi al mismo tiempo, llegó a mi escritorio una copia de un discurso que pronunció el senador Dan Coats, del estado de Indiana, en el que mencionaba un estudio que se había hecho con respecto a los pro­blemas de la juventud de los Estados Unidos, en el que se llegó a la siguiente conclusión:

“El suicidio es actualmente la segunda causa principal de muerte entre los adolescentes… Más de un millón de muchachas adolescentes quedan embarazadas cada año. El ochenta y cinco por ciento de los jóvenes adolescentes que dejan embarazadas a jovencitas al final las abandonan.

“…Entre los grupos minoritarios, el homicidio es hoy día la causa principal de muerte de los jóvenes de quince a diecinueve años de edad.

“Cada año, el abuso de las drogas cobra víctimas cada vez más jóvenes al tomar estas drogas más y más fuertes. Un tercio de los estudiantes del último año de la escuela secundaria se embriagan una vez a la semana”.

Ustedes, los varones jóvenes, son un real sacer­docio. Si son dignos, disfrutarán de la influencia consoladora, protectora y orientadora del ministerio de ángeles. Ningún miem­bro de realeza terrenal alguna posee una bendi­ción tan sublime como ésa.

El informe llegaba a una alar­mante conclusión: “La causa básica del sufrimiento… es el comporta­miento profundamente autodestructivo, o sea, el alcoholismo, las drogas, la violencia y la promiscuidad. Es una crisis que se origina en la forma de proceder y de creer de la persona. Es una crisis del carácter” (Imprimís, sept. de 1991, pág. 1).

Cuando leí aquellas aseveracio­nes, me dije: Si es así el resto de los jóvenes de los Estados Unidos, entonces quiero hacer todo lo que esté a mi alcance por persuadir y exhortar a nuestros jóvenes a mante­nerse alejados de todo eso.

Naturalmente, sé que en todo país hay millones de jóvenes que llevan una vida sana y buena, pero nadie puede cerrar los ojos ante el hecho de que en todo el mundo hay una epide­mia que afecta a millones de jóvenes. Es una enfermedad que proviene de la pérdida de principios, del aban­dono de las normas de la moralidad.

Vuelvo a mencionar las elocuen­tes palabras del apóstol Pedro, al mismo tiempo que hago una petición y ofrezco una invitación: “Vosotros sois linaje escogido”. Cuán cierto es. Pese a todos los problemas que afrontamos, considero que ésta es la etapa más grandiosa de la historia del mundo. Y ustedes, los jóvenes de esta generación, forman parte de ella; ustedes son los beneficiarios; los frutos de esta época están al alcance de ustedes para bendecir su vida si tan sólo los aprovechan y viven dig­nos de ellos.

En la actualidad, disfrutamos de más comodidades, de más oportuni­dades, de más beneficios de la cien­cia y de la investigación que cualquier otra generación de la historia de la tierra. No sé por qué he sido tan bendecido al haber nacido en esta etapa tan favorecida; pero estoy profundamente agrade­cido por ello y esperar que ustedes también lo estén.

Además de esta florescencia de conocimiento, se ha llevado a cabo la restauración del Evangelio de Jesucristo. Se han restaurado en la tierra todos los principios, los pode­res, las bendiciones y las llaves de las dispensaciones anteriores. Por medio de inequívoca revelación, se ha reci­bido conocimiento de la realidad de la existencia de Dios nuestro Padre Eterno y de Su Hijo Amado, nuestro Salvador y Redentor.

Juan el Bautista ha venido a la tierra y ha conferido el Sacerdocio de Aarón, “…el cual tiene las llaves del ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados…” (D. y 0. 13:1).

Pedro, Santiago y Juan han res­taurado en la tierra el divino poder que les dio el mismo Jesús cuando, en la carne, les dijo:

“Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos” (Mateo 16:19).

Como parte de esta gran revela­ción de conocimiento, de luz y ver­dad, ha salido a luz el Libro de Mormón, que declara la realidad de la existencia del Hijo de Dios.

En verdad, ustedes son un linaje escogido. Espero que se desarrolle en su corazón un intenso sentimiento de gratitud a Dios, que ha hecho posible que ustedes vinieran a la tierra en esta maravillosa etapa de la historia del mundo.

Ustedes, los varones jóvenes, son un real sacerdocio; han recibido el mismo sacerdocio que ejerció Juan, el que bautizó a Jesús de Nazaret. Si son dignos, disfrutarán de la influen­cia consoladora, protectora y orien­tadora del ministerio de ángeles. Ningún miembro de realeza terrenal alguna posee una bendición tan sublime como ésa. Vivan para reci­birla; sean dignos de ella.

Pedro habla de una “nación santa”, de una vasta congregación de los santos de Dios: hombres y mujeres que andan en santidad delante de Él y que reconocen a Jesucristo como su Salvador y su Rey. ¡Qué gran privilegio es ser ciu­dadanos de esa nación santa! Nunca menospreciemos sus derechos, privi­legios y responsabilidades.

La descripción final del apóstol Pedro: “pueblo adquirido por Dios”, es decir, un pueblo singular.

Desde luego que son singulares. Si el mundo sigue sus actuales inclina­ciones y si ustedes son obedientes a las enseñanzas y a los principios de esta Iglesia, se convertirán en un pueblo aún más singular y extraordi­nario a la vista de los demás.

Deben aumentar su edu­cación, perfeccionar su pericia, pulir sus habilida­des para que cumplan con responsabilidades de importancia en la socie­dad de la cual pasarán a formar parte.

Como Santos de los Últimos Días, se les han enseñado principios de origen divino, los cuales se basan en los mandamientos que el Señor escribió en las tablas de piedra [véase Éxodo 31:18] cuando Moisés habló con Jehová sobre el monte. Ustedes los conocen.

Los principios que se les han ense­ñado también se basan en las bien­aventuranzas sobre las que Jesús habló a la multitud. Estas, junto con otras de las divinas enseñanzas del Señor, constituyen un código de valores éticos, un código de doctri­nas divinas con las que ustedes ya están familiarizados y que tienen la obligación de vivir.

A ellas se han añadido los precep­tos y los mandamientos de la revela­ción de los últimos días.

Combinados, esos principios, leyes y mandamientos básicos y de origen divino, deben constituir su sistema de valores. Si se rigen por ellos, les prometo que gozarán de gran paz y felicidad, progreso y logros. Al grado que no les rindan obediencia, recogerán los frutos de la desilusión, la tristeza, la desdicha e incluso la tragedia.

No pueden seguir con impunidad prácticas que no estén de acuerdo con los principios que se les han enseñado. Les insto a elevarse por encima de los sórdidos elementos del mundo que los rodea.

No pueden darse el lujo de beber cerveza u otros licores que les priven del autodominio; no pueden usar- tabaco y al mismo tiempo vivir de acuerdo con los principios que el Señor ha establecido para guiarlos. El uso y la distribución de drogas ilegales se deben evitar de igual forma que se evitaría cualquier enfermedad espantosa.

No pueden darse el lujo de invo­lucrarse, en ningún grado, con la pornografía en ninguna de sus for­mas. Ustedes simplemente no pue­den darse el lujo de participar en prácticas inmorales ni dejar caer las barreras de la restricción sexual. Las emociones que se suscitan dentro de ustedes y que hacen que los muchachos se sientan atraídos hacia las chicas y a éstas atraídas hacia los muchachos son parte de un plan divino, pero deben restringirse, dominarse y controlarse, o si no, los destruirán y los harán indignos de muchas de las grandes bendiciones que el Señor tiene para ustedes.

Ustedes no pueden darse el lujo de hacer trampa en la escuela, de hurtar en las tiendas, o de hacer ninguna cosa por el estilo.

Ustedes no pueden darse el lujo de hacer cosa alguna que no esté totalmente de acuerdo con los pre­ceptos, las enseñanzas y los princi­pios que el Dios de los cielos ha establecido por Su amor a ustedes y Su deseo de que en su vida abunde lo bueno y la felicidad.

Tampoco pueden darse el lujo de desperdiciar su tiempo pasando lar­gas horas viendo programas frívolos y dañinos frente al televisor. Hay cosas mejores que pueden hacer. El mundo en el que se desplazarán será sumamente competitivo, por lo que es preciso que mejoren su prepara­ción académica, que refinen sus aptitudes, que adquieran pericia en algún campo a fin de que cumplan responsabilidades importantes en la sociedad de la cual formarán parte.

Les pido que reflexionen un momento en la razón por la que están aquí, bajo el plan divino de su Padre Celestial, y en el inmenso potencial que tienen para hacer el bien durante la vida que Dios les ha dado.

Sepan que les amamos, que les apreciamos, que confiamos en uste­des, sabiendo que dentro de poco ustedes asumirán cargos de liderazgo en la Iglesia y quizás otras grandes responsabilidades en el mundo en el que viven. □

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