El matrimonio: Convenios y determinación

El matrimonio: Convenios y determinación
«Viviréis juntos en amor»

El matrimonio es un convenio sagrado que exige amor, determinación y unidad.

Lo que pensamos los Santos de los Últimos Días sobre el matrimonio y la familia tiene un carácter único y hace profundo contraste con algunas prácticas de nuestros días. El Señor le reveló a José Smith, y lo ha confirmado por medio de otros profetas de los últimos días, la importancia y la santidad de este convenio. El conocimiento que tenemos del plan de Dios y nuestros deseos de seguirlo nos hacen diferentes del resto del mundo; nosotros comprendemos la naturaleza eterna del matrimonio y de las relaciones familiares.

El Señor le dijo a José Smith: «Y además, de cierto os digo, que quien prohíbe casarse no es ordenado de Dios, porque el matrimonio lo decretó Dios para el hombre» (D. y C. 49:15).

La elección del cónyuge es una decisión que tiene consecuencias eternas. El élder Dean L. Larsen (del Quorum de los Setenta) dio este consejo: «El momento mejor y más apropiado para preocuparse por los conflictos que puedan surgir sobre los principios esenciales para la felicidad matrimonial es antes de tomar la decisión de casarse.

Algunas de las mayores tragedias ocurren porque las decisiones se tomaron basadas principalmente en impulsos caprichosos y emocionales. Para tener éxito, todo matrimonio requiere un gran esfuerzo generoso y mucha adaptación de parte de ambos compañeros. Cuanto más ideales y propósitos fundamentales tengan en común marido y mujer con respecto a la vida, tanto más posibilidades de éxito habrá en su matrimonio. Cuando existen diferencias, éstas pueden llegar a convertirse en una fuente constante de tensión y contención» («Marriage and the Patriarchal Order», Ensign, septiembre de 1982).

Después de haber elegido un compañero con prudencia y guiados por la oración, es preciso entonces que nos dediquemos con determinación a ese compañero y a los votos y convenios que juntos hacemos con el Señor.

El presidente Ezra Taft Benson dijo lo siguiente: «El matrimonio en sí se debe considerar como un convenio sagrado que se hizo ante Dios. Una pareja casada no solamente tiene una obligación mutua sino que también la tiene hacia Dios, quien ha prometido grandes bendiciones para aquellos que honren ese convenio» («Principios fundamentales en las relaciones familiares perdurables», Liahona, enero de 1983).

En las Escrituras encontramos sólo dos casos en que se nos manda amar con todo nuestro corazón: uno cuando se nos dice: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón» (Mateo 22:37); y el otro: «Amarás a tu esposa [o tu marido] con todo tu corazón» (D. y C. 42:22).

El presidente Spencer W. Kimball explicó el significado de este mandamiento: «Cuando el Señor dice con todo tu corazón, significa que en éste no debe haber cabida para nadie más, ni en el sentido más mínimo…

«El matrimonio presupone una alianza total y una fidelidad plena.

Cada cónyuge toma en matrimonio a su compañero o compañera en el entendido de que se entregan el uno al otro el corazón, apoyo, lealtad, respeto y amor, con toda la dignidad que corresponde.

Cualquier otra manifestación distinta constituye pecado; cualquier sentimiento ajeno al corazón debe ser considerado como transgresión. De la misma manera en que debemos tener ‘la mira de glorificar a Dios’, igualmente debemos tener una mira, un oído y un corazón totalmente consagrados al matrimonio, al cónyuge y a la familia» (La fe precede al milagro).

El Señor no sólo nos mandó amar a nuestro cónyuge con todo nuestro corazón, sino que también dijo: «…te allegarás a [él o] ella y a [ningún o] ninguna otra» (D. y C. 42:22). Este versículo indica otros dos importantes principios necesarios para establecer un matrimonio eterno: la determinación de permanecer (allegarse) y la unidad entre los cónyuges (ningún otro).

La determinación es una fuerza unificadora en un buen matrimonio. Las emociones vienen y van; un día podemos contemplar al ser amado como un modelo de virtudes; y otro día, por motivo de irritaciones o desacuerdos, quizás la misma persona nos cause disgusto.

Las emociones podrán fluctuar, pero la lealtad permanece inalterable. Si la determinación es firme, no nos daremos por vencidos ni cortaremos una relación porque se hayan presentado circunstancias difíciles.

Es preciso que desde el principio nos dediquemos con determinación al matrimonio en sí como institución. Debemos permanecer fieles a ese compromiso hasta que los años de vivir juntos y de compartir experiencias hagan que esa dedicación sea más personal. Las parejas que están realmente dedicadas a su relación y tienen la determinación de hacer que sea buena por lo general tienen un buen matrimonio.

Toda pareja pasa por dificultades, algunas de éstas tan serias como las que se citan en los procesos de divorcio. Pero muchas de las personas que las enfrentan permanecen juntas, resuelven sus problemas, crían a sus hijos y, con el tiempo, consideran que su matrimonio ha tenido éxito y es feliz.

Con Adán y Eva el Señor estableció la primera relación conyugal. Él mandó que marido y mujer sean «una sola carne» (Génesis 2:24; Efesios 5:31; D. y C. 49:16; Moisés 3:24). Este principio de unión marital comprende todos los aspectos de la relación: el físico, el emocional y el espiritual. Marido y mujer deben vivir juntos en armonía, demostrándose mutuamente respeto y consideración; ninguno de los dos ha de planear ni seguir un curso de acción independiente, sino que deben ambos consultarse, planear y decidirlo todo juntos.

El presidente Kimball dijo lo siguiente: «Cuando decimos que el matrimonio es una sociedad, debemos volver a recalcar el concepto de que el matrimonio es una sociedad total. No queremos que las mujeres de la Iglesia sean socias silenciosas ni limitadas en su función eterna. («Privilegios y responsabilidades de la mujer de la Iglesia», Liahona, febrero de 1979).

¿Puede haber algo más destructivo para la unidad del matrimonio que poner la lealtad que le debemos a nuestro cónyuge en otras personas o en cosas que pudieran afectar nuestra relación? El élder Hugh W. Pinnock (de los Setenta) advirtió: «Nunca os volváis a otra persona cuando tengáis problemas conyugales, a excepción, por supuesto, de un familiar muy cercano que os pueda aconsejar bien, o del obispo, o del presidente de estaca… Y lamentablemente, cuando marido y mujer no hablan el uno con el otro para ventilar sus problemas, a menudo recurren a una persona de su amistad. En esa forma es como comienza el adulterio algunas veces. Puede ocurrir entre vecinos, entre los miembros del coro, entre compañeros de oficina, etc.» («El matrimonio: ¿Un éxito o un fracaso?», Liahona, abril de 1982).

Un matrimonio feliz es una de las bendiciones más grandes de las que podamos gozar. El presidente Kimball dijo: «Si dos personas aman al Señor más que a su propia vida, y luego se aman el uno al otro más que a su propia vida, si se esfuerzan juntos en total armonía teniendo como base el programa del evangelio, por cierto recibirán esta gran felicidad. Cuando marido y mujer asisten frecuentemente al santo templo, se arrodillan para orar en su hogar con su familia, van juntos a los servicios religiosos, se conservan completamente castos, mental y físicamente, de manera que todos sus pensamientos, deseos y amor estén concentrados en un solo ser, el compañero y ambos trabajan unidos en la edificación del Reino de Dios, entonces la felicidad será completa»(Marriage and Divorce).

El presidente Gordon B. Hinckley ha enseñado que “el matrimonio… puede ser frágil; requiere que se le dé cuidado y mucho esfuerzo” (“Caminando a la luz del Señor”, Liahona, enero de 1999).

El esfuerzo del que habla el presidente Hinckley implica esos actos cotidianos de cortesía y amabilidad que hacen de la relación diaria algo extraordinario. El presidente David O. McKay observó que demasiadas parejas contraen “matrimonio considerando la ceremonia como el final del cortejo, en vez del comienzo de un noviazgo eterno… El amor puede morir de inanición, como el cuerpo que no recibe su sustento. El amor requiere de la amabilidad y la cortesía” (Man May Know for Himself: Teachings of President David O. McKay).

Las dificultades matrimoniales serias con frecuencia comienzan por razones aparentemente insignificantes. Los momentos pasajeros de rudeza, de los que uno no se arrepienta, pueden hacerse más frecuentes. Una comunicación deficiente puede hacer que los cónyuges se alejen el uno del otro. Las frustraciones que no se hayan resuelto pueden escalar hasta el punto en que exploten en forma de ira o, inclusive, de abuso.

Sin embargo, el nutrir el amor a cada momento, al final extiende esos momentos de ternura hacia la eternidad. Una forma en que las parejas pueden nutrir el amor es simplemente decir “Te quiero” con frecuencia. Otra forma es orar juntos todos los días. Al orar juntos y el uno por el otro, al buscar respuestas a los intereses comunes, al esforzarse por seguir el consejo divino, tanto los maridos como las esposas se vuelven receptivos a la influencia del Espíritu, el cual llena los corazones con el amor puro de Cristo (Moroni 7:47-48).

Muchas de las actitudes y los comportamientos que debilitan el matrimonio se pueden resumir en una sola palabra: egoísmo. El presidente Hinckley ha dicho: “…encuentro que el egoísmo es la raíz… de la mayoría de [los matrimonios que terminan en divorcio o separación]… El egoísmo es lo contrario “del amor” (Gordon B. Hinckley, “Lo que Dios ha unido”, Liahona, julio de 1991).

El presidente Hinckley ha asegurado a los matrimonios: “Si hacen de la comodidad, del bienestar y de la felicidad de su cónyuge su primer interés, subyugando cualquier interés personal a esa meta más sublime, serán felices y su matrimonio perdurará durante la eternidad” (citado en “Graduares Receive Challenge from Prophet”, Church News, 6 de mayo de 1995). □

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