Viviendo Conforme a la luz

Viviendo Conforme a la luz

Por el Presidente George Albert Smith
Liahona Junio 1951

Encontramos en el mundo un  gran número de hombres y mujeres muy buenos quienes, según su pun­to de vista, están procurando hacer el bien, pero comparativamente, hay muy pocos que tienen una seguridad satisfac­toria del plan y los propósitos de nuestro Padre Celestial para el progreso de sus hijos.

Seguramente nosotros como Santos de los Últimos Días debemos apreciar el co­nocimiento que el evangelio nos da, y de­bemos mostrar nuestra gratitud viviendo conforme a la luz de la verdad y ense­ñándola a otros.

El mormonismo, como es llamado, es el evangelio de Jesucristo; por consiguien­te, es el poder de Dios para la salvación a todo aquel que cree y obedece sus en­señanzas. Pero no son aquellos que sola­mente dicen, “Señor, Señor”, que gozan del compañerismo de su Espíritu, sino aque­llos que hacen su voluntad. Y si no somos más perfectos en nuestras vidas, si no so­mos más justos de lo que son aquellos que no han recibido un conocimiento de es­tas verdades, nos encontraremos atrás de ellos en recibir las bendiciones de nuestro Padre Celestial. Pero si obedecemos sus mandamientos, conservándonos limpios y sin mancha de los pecados del mundo, su poder descansará sobre nosotros, y cada generación en la Iglesia edificará sobre las virtudes de la generación que la ante­cedió.

Recuerden esta admonición: “Mas bus­cad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán aña­didas”. (Mateo 6:33.) Es sobre este pun­to que quiero llamarles la atención. Si los Santos de los Últimos Días guardan los mandamientos de Dios, serán felices; si se conservan puros y sin mancha de los pecados del mundo, el evangelio tal como es enseñado por la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días redimirá al mundo por causa de la perfección de sus hombres y mujeres. Pero aquellos que con egoísmo se dedican a las cosas de es­te mundo, y a las aspiraciones egoístas de altas posiciones, ignorando o quebrantan­do las leyes naturales de Dios en su bus­ca del placer, y sembrando las semillas de disolución por permitir que sus pasiones más bajas les dominen, no sólo serán infe­lices sino que se marchitarán y morirán, y una raza más digna habitará la tierra.

Mis hermanos y hermanas, no me pre­ocupo sobre qué será el resultado de esta obra, mas esto es lo que me interesa: Con­sérvense limpios y puros y heredarán la tierra, porque su Padre Celestial lo ha de­clarado. Dejen que su luz brille de tal manera que la pureza de sus vidas testi­ficará de su fe en el Señor.

Demos testimonio en nuestros hechos diarios, así como en nuestra conversación, de que creemos que ésta es la obra del Padre, y recibiremos un gozo inexplicable, y los hijos que crecen en nuestros hogares se aumentarán en fe y humildad. Les será añadido y les será dado poder para hacer a un lado los dardos del adversario que son dirigidos hacia ellos, y en vez de la miseria que ha afligido a los hijos de hombres, por causa de la maldad, habrá consuelo, paz y felicidad; y habitará en esta tierra una raza de hombres y mujeres quienes tendrán la fuerza de carácter pa­ra hacer a un lado las perversidades de la vida.

Dios conceda que seamos dignos de nuestra herencia, que seamos dignos de las bendiciones que él pone dentro de nues­tro alcance, que día por día podamos de­cir dentro de nuestras almas: “Padre, en­séñame tu voluntad, y yo ejecutaré la obra”.

Si este es nuestro deseo, si este es nuestro anhelo, entonces nuestros hijos se­rán elevados a un nivel más alto donde puedan edificar, y de generación a gene­ración crecerá una raza de gente más fuerte—un pueblo que podrá acercarse más y más a nuestro Padre que está en los cielos.

Estas cosas me llaman la atención, mis hermanos y hermanas; es una condición natural; y estoy agradecido por la espe­ranza que inspiran en mi pecho.

Estoy agradecido por la pureza de las vidas de los hombres y mujeres que per­tenecen a la Iglesia de nuestro Señor, y estoy agradecido de que por todo el mun­do hay otros quienes, viendo los efectos de una vida pecaminosa, procuran con sin­ceridad evitar sus errores, y animan a otros a que hagan lo mismo.

En las palabras de un gran profeta de Israel, yo diría a los Santos de los Últimos Días: “Obtened el Espíritu de Dios en vuestros corazones y retenedlo: Nos guia­rá a toda verdad; será una panacea para todos nuestros males; nos ayudará a mi­rar hacia adelante a la venida del Reden­tor resucitado, confiados de que otra vez vendrá en las nubes del cielo”.

Poseyendo ese Espíritu, nuestra ambi­ción no será una de egoísmo, sino que con caridad en nuestros corazones para con toda la humanidad, amor para con todos los hijos de nuestro Padre, nos asociare­mos con ellos día por día, y la influencia que irradiemos será una de amor y bon­dad que tendrá una influencia para el bien sobre cada hijo de nuestro Padre Ce­lestial con quien nos encontramos.

Que el Señor les bendiga; que su paz esté en sus corazones; y que su luz ilumi­ne su camino, a fin de que día por día puedan conocer el camino que él desea que sigan. Que su Espíritu y bendiciones descansen sobre todo Israel, y que las ora­ciones de los Santos de los Últimos Días y de todos los hombres buenos en todas par­tes asciendan al cielo, para que los cora­zones de los hombres se aparten de las mal­dades de esta vida, a fin de que deseen volver a Dios y guardar sus mandamien­tos.

Y que las lecciones que aprendemos de la asolación causada por el tumulto de los elementos de este mundo sean las que volverán nuestros corazones hacia el cie­lo y nos harán más bondadosos y más ca­ritativos para con nuestros semejantes.

Que Dios bendiga a todo Israel, y a todos los hombres y mujeres en todas par­tes que procuran vivir rectamente y ha­cer bien a sus semejantes, es mi oración en el nombre de Jesucristo. Amén.


Un gran número de personas me han preguntado; “¿Qué será el destino del mundo? Muchas naciones están en la miseria; nuestro propio país está inquieto y turbado. ¿Cuándo tendremos paz? ¿Cómo se logra­rá? He dado la respuesta breve de que el precio de la paz es la justicia. Y no habrá una paz que merezca esa designación bajo ningunos otros términos. —Jorge Alberto Smith.

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