La pureza en pensamiento y obra

La pureza en pensamiento y obra

El presidente Gordon B. Hinckley exhorta a los Santos de los Últimos Días a elevarse “por encima de la maldad del mundo”. Aun cuando nos recuerda que “es un desafío trabajar en el mundo y vivir por encima de su inmundicia”, nos pide que seamos fuertes y que “nuestra integridad personal… [gobierne] nuestros actos” (“Los pastores del rebaño” , Conferencia General, abril 1999). Su consejo reafirma el mandato del Señor de que debemos “practicar la virtud y la santidad delante de [él] constantemente” (D. y C. 46:33).

Una vida pura emana de los pensamientos puros. El presidente David O. McKay concretó el proceso:
“Siembra un pensamiento y cose­charás un acto;
“Siembra un acto y cosecharás un hábito;
“Siembra un hábito y cosecharás un carácter;
“Siembra un carácter y cosecharás un destino” (citando en Conference Report, abril de 1962).

Aunque no siempre podemos evitar que los pensamientos impuros entren en nuestra mente, sí podemos evitar que se queden allí. Cuando era consejero del Obispado Presidente, el obispo H. Burke Peterson nos dio un importante consejo:

Primero, debemos impedir que entren en nuestra mente el torrente de… cuentos, chistes, fotografías y conversaciones vulgares y un sinnú­mero de otros productos satánicos…

“Ahora, suponiendo que hayamos cortado este torrente completa­mente —digo cortado por completo y no tan sólo disminuido—, el segundo paso que debemos dar es desarrollar un sistema de filtros que limpiará la gran represa de nuestra mente, de modo que los pensamientos vivifi­cantes que surjan de ella puedan ser nuevamente puros, aptos para el uso…

“El secreto para limpiar nuestro espíritu de cualquier impureza no es muy complicado. Comienza con una oración cada mañana y termina con una oración de rodillas cada noche; éste es el paso más importante que yo conozco en el sistema purificador…

Segundo, un refinamiento adicional debe acompañar al sistema de filtración: una medida de pureza espiritual se puede encontrar en el estudio diario de las Escrituras; éste no tiene que ser largo, pero sí diario…

Tercero, alimenten su espíritu haciendo cosas agradables por otras personas, cosas que seguramente ellas no esperan. Que sean sencillas y que se realicen diariamente. Podría ser un alegre saludo, una visita breve a una persona enferma, una llamada telefónica o una nota…

“Finalmente, escojan un manda­miento con el cual aún estén luchando y denle una sincera opor­tunidad de bendecir su vida” (“Purifiquemos nuestro espíritu” , Liahona, febrero de 1981).

El presidente Spencer W. Kimball en cierta ocasión relató la siguiente fábula para ilustrar la forma en que el recto vivir y la pureza de pensamiento afectan a una persona:

Lord George había llevado una vida muy agitada; había sido deshonesto, borracho, jugador y estafador, y su rostro reflejaba la clase de vida que había llevado; sus facciones reflejaban una expresión maligna.

Un día se enamoró de una sencilla joven campesina que se llamaba Jenny Mere, a quien le propuso matrimonio. Ella le respondió que jamás se casaría con un hombre cuyo rostro fuera tan malévolo y que si contraía matrimonio, lo haría con un hombre que tuviera en la cara una expresión bondadosa, capaz de reflejar el verdadero amor.

Lord George decidió cambiar su vida; sabía que la joven no se casaría con él tal como él era, así que un día fue a ver un hombre que era famoso por las máscaras de cera que fabricaba. El hombre seleccionó la máscara apropiada, la calentó y la fijó al rostro de Lord George. Cuando éste se miró en el espejo, vio reflejada la imagen de un hombre bondadoso que irradiaba amor. Su apariencia sufrió tal cambio que Jenny Mere pronto aceptó casarse.

Compraron una casita en el campo que tenía un pequeño huerto. En poco tiempo Lord George encontró que toda su vida cambiaba; comenzó a interesarse en la naturaleza y en el mundo a su alrededor. Se llenó de bondad y amor.

Pero Lord George no se contentó con empezar una nueva vida, sino que también hizo lo posible por enmendar las faltas del pasado. Trató de restituir todo el dinero que habido ganado por medio de la deshonestidad, y, con el correr del tiempo, su carácter se volvió más recto y sus pensamientos se tornaron más puros.

Por accidente, algunos de sus viejos amigos descubrieron su paradero; fueron a su huerto y trataron de convencerlo de que volviera a la vida de maldad que había llevado. Como él se negó, lo atacaron iracundos y en la lucha le hicieron jirones la máscara.

Lord George inclinó la cabeza; pensó que era el fin de su nueva vida y la ruina de su matrimonio. Al verlo allí, con la cabeza inclinada y la máscara sobre el césped al lado de sus pies, su esposa corrió y cayó de rodillas frente a él y, al observar su rostro, ¿qué creen que vio? Sí. Línea por línea, rasgo por rasgo, su rostro había adquirido las mismas facciones y la misma expresión de bondad que tenía la máscara.

Después de contar este relato, el presidente Kimball dijo: “Sin duda alguna, la vida que llevamos y los pensamientos que tengamos se reflejan plenamente en nuestro rostro” (véase “Sed dignos poseedores del sacerdocio”, Conferencia General, octubre de 1975).

¿De qué manera nuestros pensamientos afectan nuestras acciones?

El presidente David O. McKay a menudo habló sobre este tema. En varias oportunidades declaró que: “Los pensamientos son las semillas de nuestros hechos, y los preceden… El deseo constante y el esfuerzo del Salvador fue el de implantar en la mente de los hombres pensamientos correctos, motivos puros, ideales nobles, sabiendo y estando consciente de que las palabras y las acciones correctas inevitablemente seguirían”. (Stepping Stones to an Abundant Life).

El vivir rectamente implica vivir con pensamientos limpios. Nefi es un gran ejemplo. El hijo de un gran Profeta, Nefi buscó recibir revelación igual que su padre. Su rectitud fue premiada, y más tarde él mismo llegó a ser el Profeta de su pueblo.

Nefi nos da una idea de cómo logró vivir honradamente cuando dijo:

“Porque mi alma se deleita en las Escrituras, y mi corazón las medita, y las escribo para la instrucción y el beneficio de mis hijos. He aquí, mi alma se deleita en las cosas del Señor, y mi corazón medita continuamente en las cosas que he visto y oído” (2 Nefi 4:15–16).

El élder Bruce R. McConkie dijo: “Si meditamos en nuestro corazón las cosas correspondientes a la rectitud, llegaremos a ser personas rectas”. Podemos decirlo de otra manera: “El Señor ha dicho que no mora en templos impuros, sino en los corazones de los justos es donde mora” (Alma 34:36). Los pensamientos puros nos ayudan a vivir de tal manera que el Espíritu del Señor more en nosotros; y si tenemos la compañía del Espíritu Santo, llegará el momento en que nuestra vida será purificada.

Mientras luchamos por cultivar la pureza, el tercer miembro de la Trinidad puede ser un preciado compañero, “El Espíritu Santo… nos ayuda a vencer nuestras debilidades y a resistir la tentación; inspira la humildad y el arrepentimiento; nos guía y nos protege en formas mila­grosas; y nos otorga sabiduría, ánimo divino, paz interior, [y] el deseo de cambiar”.

Si seguimos al Espíritu y nos esfor­zamos por obedecer los manda­mientos del Señor, avanzamos de manera firme hacia una pureza personal que se refleja en un comportamiento y pensamientos cristianos. Avanzamos hacia la máxima recom­pensa prometida por el Salvador mismo: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8).

Nuestros pensamientos ejercen influencia en nuestras acciones. Los pensamientos y deseos puros nos llevan a vivir rectamente, mientras que los pensamientos malvados provocan la pérdida del Espíritu del Señor y nos conducen a hacer maldad.

Para mantener una mente limpia siempre debemos esforzarnos por pensar acerca de las cosas de Dios; siempre debemos buscar las verdades del Evangelio y orar constantemente. Nos son prometidas grandes bendiciones si así lo hacemos. El Señor ha dicho: “Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios… El Espíritu Santo será tu compañero constante” (D. y C. 121:45–46).

Podemos mantener puros nuestros pensamientos si evitamos estar cerca de la maldad. Cuando nos acosa un mal pensamiento, de inmediato debemos comenzar a pensar en algo que nos inspire. Puede ser un himno, un pasaje de las Escrituras u otro buen pensamiento. Podemos comenzar a orar tan pronto un mal pensamiento entre en la mente.□

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