Las leyes de Dios y la de los hombres

Las leyes de Dios y la de los hombres

Élder Alvin R. Dyer
Conferencia General octubre de 1965


Al hallarnos reunidos otra vez en este histórico edificio en presencia de los profetas de Dios, tanto los que han partido como los vivientes; al sentir la fe que irradian los santos, nos decimos: Esta es la paz que sobrepasa todas las cosas. Aquí hay verdadera compresión. Hay un antiguo proverbio que describe lo contrario:

“El que ama la transgresión ama la rencilla; el que exalta su puerta busca quebranto.” (Proverbios 17:19)

Esta mañana al escuchar al presidente McKay, se nos recordó la influencia que un hombre bueno puede ejercer sobre otros. Al estar cerca de él me vino a la memoria un verso que muchas veces he asociado con nuestro presidente:

Pasó a mi lado, me dio su mano, una palabra reveló su esencia, y al alejarse de mi presencia me he dado cuenta, ¡no soy el mismo!

En los Artículos de Fe de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, hay dos declaraciones que en particular se refieren a la conducta cívica del hombre y a su comportamiento espiritual.

La obediencia a los mandatos de la ley a que hace referencia una de las declaraciones y las instrucciones espirituales de la otra, proveen al hombre la más grande oportunidad de lograr éxito, felicidad y verdadero progreso personal.

Me refiero primeramente al décimo segundo artículo de fe: “Creemos en estar sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes y magistrados; en obedecer, honrar y sostener la ley.”

Las agencias gubernamentales tanto locales como nacionales nos informan del increíble aumento anual del crimen y otras violaciones a la ley y el orden. Dichos atentados, cometidos tanto por individuos como por grupos, han llegado a tal grado, que directa o indirectamente afectan la seguridad de todos. Es obvio que las violaciones a la ley provienen que el hombre se niega a obedecer ciertas leyes que considera incompatibles con el modo de vida a que aspira.

Son pocas las personas que violan todas las leyes, pero también son pocas las que las obedecen todas.

El ritmo decadente de la vida del hombre moderno posiblemente se deba a que ha usurpado el derecho de respetar tan sólo aquellas leyes que le parecen bien, rechazando y violando las que no le parecen buenas.

Charles E. Whittaker, juez de la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos, en la actualidad ya jubilado, hizo esta significativa declaración en cuanto a las condiciones de los Estados Unidos, y lo que dijo respecto a dicho país, bien puede aplicarse a cualquier otro país en donde existan leyes constitucionales para protección de los ciudadanos. Dice:

“Obedezcamos las leyes buenas y violemos las malas’. Pero, ¿quién va a ser el árbitro que determinará qué leyes son buenas y cuáles son malas? ¿Acaso esta filosofía no invita al hombre a violar las leyes que le disgustan? Si permitimos que el hombre obedezca las leyes que le agradan solamente, ¿no estamos cambiando libertad por caos? Aunque con justificado orgullo nos jactamos de tener un gobierno de leyes y no de hombres, debemos reconocer que aún está virtud puede perderse, y que ningún individuo queda protegido por la ley a menos que todos seamos iguales ante ella y se requiera la obediencia. Si el gobierno favorece a unos y desdeña a otros, no habrá hombre que tenga a salvo sus justos derechos. Tal concepto sería una burla a la doctrina constitucional de “protección para todos por parte de la ley’,”

El otro artículo de fe a que me quiero referir es igualmente importante. Se relaciona con las leyes espirituales que permiten al hombre lograr la perfección, llevando una existencia justa y ordenada cuyos resultados se harán sentir hasta la vida eterna, como continuación de la preexistencia y la vida mortal.

“Creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios.” (Noveno artículo de fe.)

Por las acertadas palabras del apóstol Pablo nos damos cuenta de la diferencia entre las leyes de Dios y las de los hombres. Porque la sabiduría de Dios, en vigor desde antes que el mundo existiese, está escondida a los ojos del hombre, así como también lo están las cosas que Él ha preparado para su existencia futura. Dice Pablo:

“Pero hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios destinó antes de los siglos para nuestra gloria,

“La que ninguno de los gobernantes de este mundo conoció, porque si la hubieran conocido. . .”

“Lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por humana sabiduría, sino con las enseñadas por el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual.” (7 Corintios 2:7-8, 13.)

Es evidente que desde el comienzo de su existencia terrenal, el hombre ha dependido de Dios para recibir orientación. Es decir, de la fuente de toda inteligencia, de la presencia o el trono de Dios el Padre, ha emanado y ha llegado al hombre por revelación—el medio divino de comunicación entre Dios y el hombre—la sabiduría concerniente a las eternidades, a la vida, la existencia terrenal y al destinó del hombre.

Un antiguo profeta declaró cómo llegaría este conocimiento al hombre y dijo:

“Porque no hará nada Jehová el Señor sin que revele su secreto a sus siervos los profetas. “ (Amos 3:7.)

Desgraciadamente el hombre no está dispuesto a aceptar todas las revelaciones de Dios. Y muy a menudo, como hemos observado respecto a las leyes físicas o naturales, el hombre adopta la actitud de elector en cuanto a las leyes de Dios que obedecerá.

Swinglio, el reformador suizo, indicando hasta qué grado el hombre desde el principio ha falsificado y cambiado las leyes de Dios para ajustarlas a sus condiciones, hizo la siguiente declaración en Zurich en 1523, la cual es tan cierta hoy como en ese entonces:

“Desde los tiempos más remotos, Dios ha dado a conocer su voluntad a la raza humana. . . . Sus palabras son claras en todo sentido, pero los arreglos y las enseñanzas humanas, durante muchos siglos y especialmente en nuestros tiempos, las han confundido y oscurecido a tal grado, que la mayoría de los que se llaman cristianos, saben poco o nada acerca de la voluntad divina, y sólo conocen una adoración imaginaria y una santidad equivocada, basada solamente en lo externo.” (Citado por James L. Barker, The Protestors of Christendom, pág. 182.)

La revelación continúa de Dios a sus siervos los profetas en cada dispensación de la vida mortal, y especialmente en nuestros tiempos, es esencial para preservar la pureza de la comunicación divina. Los conocidos cambios que el hombre ha hecho con las leyes divinas que Dios ha revelado para la salvación de la humanidad, sólo pueden rectificarse a medida que Dios las restituya. Alguien que no haya recibido revelación de Dios o que no obedezca la comunicación divina de dicha fuente, no puede reclamar con justicia la distinción de pertenecer a su Iglesia o a su reino.

Podemos parafrasear las palabras del juez Whittaker concernientes a la ley de los países y aplicarlas a las revelaciones de Dios. Si el hombre sólo obedece las leyes de Dios que le agradan, ¿a dónde llegará? ¿Acaso no significará cambiar el camino hacia la perfección por una existencia insípida y sin propósito?

El profeta Moroni, cuya estatua corona la cúspide del templo adyacente a este edificio, habló de la ventaja de la revelación de la siguiente manera:

“Y también os hablo a vosotros que negáis las revelaciones de Dios y decís que ya han cesado, que no hay revelaciones, ni profecías, ni dones, ni sanidades, ni hablar en lenguas, ni la interpretación de lenguas.

“He aquí, os digo que aquel que niega estas cosas no conoce el evangelio de Cristo; sí, no ha leído las Escrituras; y si las ha leído, no las comprende.

“Pues, ¿no leemos que Dios es el mismo ayer, hoy y para siempre, y que en él no hay variación ni sombra de cambio?” (Mormón 9:7-9.)

En una revelación dada a José Smith en Kirtland, Ohio, en junio de 1833, el Señor explicó por qué algunos que habían sido ordenados no fueron elegidos. Dijo:

“Los que no son escogidos han cometido un pecado muy grave, pues andan en tinieblas al medio día.” (Doctrina y Convenios 95:6)

De la misma manera, los que son hijos de la luz, habiendo sido hechos participantes de las revelaciones de Dios, pero no las obedecen, también caminan en tinieblas al medio día. Un ejemplo de las revelaciones de Dios es la concerniente a la responsabilidad que los padres tienen de enseñar a sus hijos a andar rectamente delante de Dios y de sus semejantes. En la antigüedad un profeta de Dios declaró:

“Instruye al niño en su camino, Y aún cuando fuere viejo no se apartará de él.” (Proverbios 22:6)

La correcta interpretación de esta escritura implica rectitud por parte de los padres y la enseñanza de la misma a sus hijos. En nuestra propia época, previniendo la gran necesidad de proteger nuestros hijos y la estabilidad de la familia, la cual es la base de toda civilización, el Señor ha restituido esta comunicación divina a los padres y ha dicho:

“Pero yo os he mandado criar a vuestros hijos conforme a la luz y la verdad.” (Doctrina y Convenios 93:40.)

Hablando luego del desorden y la confusión que surgirían por causa de la desobediencia a este mandamiento del Señor, continúa con la siguiente escritura que dirigió a un compañero del profeta José Smith:

No les has enseñado a tus hijos e hijas la luz y la verdad, conforme a los mandamientos; y aquel inicuo todavía tiene poder sobre ti, y ésta es la causa de tu aflicción.

“Ahora te doy un mandamiento: Si quieres verte libre, has de poner tu propia casa en orden; porque hay en tu casa muchas cosas que no convienen.” (Ibid., 93:42-43)

Los cientos de miles de familias mormonas que están obedeciendo este consejo divino, han logrado desprender orden del caos existente; rectitud de propósitos de la falta de dirección; mayor aprecio por el individuo, lo cual es agradable ante Dios, y un conocimiento mejor de los verdaderos valores, lo cual aumenta la capacidad personal, restringiendo las cosas superficiales.

Si en verdad los líderes de las naciones pudieran comprenderlo así, el hogar recto y bien ordenado es el remedio para los problemas más serios. Es allí donde se encuentra a Dios, si queremos aceptarlo así, comunicándose con sus hijos y señalándoles el camino.

En una carta recibida recientemente del secretario ejecutivo de uno de los grupos cristianos más grandes de los Estados Unidos, a quien, de acuerdo con su solicitud, se le envió un compendio del manual del programa de la Noche de Hogar para la Familia, dijo:

“El Manual del Programa de la Noche de Hogar para la Familia nos ha inspirado y elevado.”

Otras revelaciones de Dios se han dado y se están dando continuamente a los profetas, y mediante su obediencia, sin disfrazar o enmendar las que no nos gustan, podemos encontrar las respuestas y desarrollar nuestra capacidad para cumplir con el propósito de nuestra existencia terrenal.

Es una gran fuerza impulsora saber que tenemos entre nosotros a un profeta de Dios y la oportunidad de seguir sus consejos y su dirección. Recuerdo que cuando era niño, asistí con mi padre a una reunión del sacerdocio. Me senté a su lado con mis manos entre las suyas durante casi toda la reunión, especialmente desde que el orador, el apóstol James E. Talmage, habló de los peligros y engaños que caracterizarían estos últimos días, los cuales pondrían a prueba la fe de los miembros. Uno de los hombres que estaban en la reunión se puso de pie y le preguntó al hermano Talmage lo siguiente: “¿Qué será lo que deberemos hacer en ese día?” Y nunca olvidaré la respuesta: “Hermano, asegúrate que sigues el consejo y la dirección del profeta, porque es el representante de Dios aquí en la tierra y él sabrá qué hacer.”

Les testifico que Dios ha revelado su deseo y voluntad al hombre en estos días, restaurando leyes divinas, mediante la obediencia a las cuales el hombre puede lograr salvación y exaltación; que desde que se anunció esta última y más grande dispensación del evangelio de Jesucristo por medio de José Smith hasta este mismo momento, ha habido profetas vivientes que están en comunicación con Dios para salvación del género humano y han presidido su Iglesia y reino aquí sobre la tierra con dicho propósito. Les doy este testimonio en el nombre de Jesucristo. Amén.

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