Altar, tienda, pozo

Conferencia General Octubre 1972

Altar, tienda, pozo

por el presidente A. Theodore Tuttle
del Primer Consejo de los Setenta


«Y edificó (Isaac) allí un altar, e invocó el nombre de Jehová, y plantó allí su tienda; y abrieron allí los siervos de Isaac un pozo» (Génesis 26:25).

Aliar, tienda, pozo. Isaac no llegó a ser un Abraham ni un Jacob; no alcanzó las alturas de Abraham llamado «el padre de los fieles,» ni fue tan imponente como su hijo Israel, padre de las doce tribus, y sin embargo es amado y reverenciado; adoró a Dios, veló por su casa y se dedicó a su trabajo. Es recordado simplemente como hombre de paz. La elocuente simplicidad de su vida y su habilidad única para prestar importancia a lo sencillo lo hicieron grande.

Altar, tienda y pozo: su adoración a Dios, su hogar y su trabajo; estas cosas básicas de la vida significaron su relación con Dios, su familia y sus semejantes; las tres atañen a todas las personas sobre la tierra.

Isaac adoró ante un altar de piedra y buscó las siguientes respuestas: «¿De dónde vengo? ¿Por qué estoy aquí? ¿A dónde voy?»

Estas preguntas se las hace todo individuo, y continuarán con nosotros.

Las escrituras bíblicas solas no pueden contestar estas preguntas; sin embargo, la religión revelada proporciona claras y concretas respuestas. La plenitud del evangelio restaurado declara que, antes de que empezara este mundo vivimos con nuestro Padre Celestial en un hogar celestial, donde aprendimos, progresamos y evolucionamos; que allí deseamos anhelantemente venir a esta vida donde podríamos recibir un cuerpo físico; que después de la resurrección volveremos a la presencia de nuestro Padre unidos en una familia eterna, que todo esto se cumplirá mediante la obediencia a los principios y ordenanzas del evangelio.

Sabemos por revelación que nuestro Padre vive, que Jesús es su Primogénito en el mundo espiritual y su Unigénito en la carne. Él es el Cristo, nuestro Salvador y Redentor, y su obra y su gloria es «llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre » (Moisés 1:39).

Sabemos que vive porque se ha presentado a hombres en nuestra época para establecer esta obra de los últimos días. En la actualidad hay profetas y apóstoles vivientes sobre la tierra, llamados por Dios y ordenados para llevar a cabo sus divinos propósitos. Su única verdadera y viviente Iglesia es la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Su Profeta escogido es el presidente Harold B. Lee. Gracias al Señor por la revelación moderna que proporciona sólidas respuestas a las preguntas importantes de la vida, con lo cual encontramos paz.

A fin de conocer la palabra y las obras de Dios, Isaac se arrodilló en sus días ante su altar. Su tienda, un hogar para sí y su familia era sagrada para él, tal como nuestros hogares lo son para nosotros.

Para los Santos de los Últimos Días, el hogar es un lugar sagrado, que sigue el modelo del hogar celestial del cual vinimos. El hogar donde está el sacerdocio es la más elevada unidad espiritual que conocemos.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es una Iglesia para la familia; en su obra misional procura atraer familias antes que a sus miembros separadamente; enseñamos los principios y efectuamos las ordenanzas que unen a las familias por las eternidades. Podemos decir, en verdad, que uno de los propósitos primordiales de esta Iglesia es perfeccionar y exaltar a la familia.

Hoy en día existe un falso concepto con respecto al papel del padre, la madre y los hijos. El profeta José Smith explicó que el destino de la familia es que viva junta como unidad familiar en la gloria celestial. A fin de comprender los debidos roles de cada uno, debemos entender la naturaleza eterna de la vida del hombre, su preexistencia, el propósito de esta vida, y su futuro destino. Nuestra religión comprende todo esto y mucho más.

El hombre está a la cabeza del hogar y es quien ha de presidir y administrar los asuntos del mismo «por persuasión, longanimidad, benignidad y mansedumbre, y por amor sincero; por bondad y conocimiento puro. . .» (D, y C. 121:41- 42).

La mujer es el corazón del hogar. «Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él » (Génesis 2:18).

«Y los dos serán una sola carne;. . .» (Marcos 10:8).

El presidente J. Reuben Clark, Jr., uno de los nobles siervos del Señor, definió el papel de la mujer en la perspectiva eterna. Al hablar de Eva, se refiere a todas las mujeres:

«Por lo tanto vino Eva, ayuda idónea para la misión sacerdotal de Adán . . . Eva, el último ser creado en él . . . mundo . . . Adán la llevó en su pureza . . . radiante y divinamente hermosa, al Jardín que él había engalanado y guardado para ella, al hogar nupcial que él había edificado, al Jardín que desde aquel entonces hasta ahora ha sido el símbolo del cielo en la tierra; allí, para comenzar juntos su vida terrenal, que finalmente había de brindar oportunidad … a incalculables millares de espíritus que entonces esperaban sus tabernáculos mortales, que estos dos les harían posible poseer.

. . . Por lo tanto vino Eva…  a ser creadora de cuerpos…  de modo que pudiese cumplirse el designio y el gran plan de Dios.

Este fue el mandamiento de ella. . .

Desde ese día,…  la mayor gloria de la verdadera femineidad ha sido la maternidad.

¡Qué milagro es la maternidad! ¡Cuán cercano a lo perfecto está la madre! Ella forma en su matriz la estructura más compleja que pueda conocer el hombre. . .

Esta es la tarea y la oportunidad de la esposa y madre; y si ella fallara…  entonces el gran plan fallaría y los propósitos de Dios se frustrarían. . . Esto no debe cambiar jamás. . .

Mas la gloria de la maternidad no se ha alcanzado todavía cuando el hijo llega a este mundo de probación. . . Ella no sólo lo alimenta sino que también lo viste; lo cuida de día y lo vigila de noche . . . lo guía suavemente en sus vacilantes pasos hasta que camina solo . . .

Y de este modo, la madre lo guía hasta que llega al estado adulto,… instruye, guía… al alma para la cual ella formó el hogar terrenal, en su camino hacia la exaltación. Dios da al alma su destino, mas la madre lo guía por la senda.

Cuando las almas regresen a la presencia del Padre de todos, allí estarán las madres dignas para dar la bienvenida a sus hijos dignos. . .» (lnmoríality and Eternal Life, Curso de Estudio del Sacerdocio de Melquisedec, 1969-70 tomo 2, páginas 24-28).

Las esposas y madres llevan a cabo lo que los varones no pueden hacer, y éstos se inclinarán en reverencia y amor ante las madres que efectúan este grande y maravilloso servicio.

Contrastan con esta consideración de la mujer las actuales opiniones que degradan la maternidad y su exaltado papel, que aun perdonan el aborto y sus males concomitantes, que dejan de lado el papel que Dios dio a la mujer. Sería difícil imaginar un papel más exaltado de la mujer y su lugar en el plan eterno que el que ocupa en la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Os invitamos a considerar esto cuidadosamente, por cuanto viene de Dios.

La responsabilidad de la familia viene por decreto divino, y los padres pueden violar este decreto sólo con peligro de su salvación eterna.

Sólo de esta divina relación de propósito determinado de padres e hijos nacen y crecen el gozo y el cumplimiento eternos. El presidente Harold B. Lee ha dicho: «La obra más importante que podáis efectuar por la Iglesia, será la que realicéis dentro de las paredes de vuestro propio hogar.»

A los hijos, Dios amonestó en el grandioso día en que dio la ley en el Sinaí: «Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra» (Éxodo 20:12).

Arrodillado ante su altar, atento a su familia en su tienda, Isaac pasó la mayor parte de sus horas de trabajo vigilando los pozos que había mandado excavar, y de éstos vivían sus rebaños. Su simple dependencia del agua, de la tierra y de sus sembrados no es muy diferente para nosotros en nuestros días, pues el hombre debe trabajar.

Las revelaciones dicen: «todo hombre que tiene que mantener a su propia familia, hágalo. . .» (D. y C. 75:28).

En el principio el Señor decretó: «Con el sudor de tu rostro comerás él pan. . .» (Génesis 3:19).

Siempre, desde su restauración en 1830, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ha animado la economía y fomentado el trabajo como principio imperante entre sus miembros.

Pocos males ha censurado el Señor en nuestros días con mayor vehemencia que la ociosidad:

«No serás ocioso; porque el ocioso no comerá el pan, ni vestirá el vestido del trabajador. . .» (D. y C. 42:42).

«. . . se tendrá al ocioso en memoria ante el Señor… » (D. y C. 68:30). «.. . No habrá lugar para el ocioso, a no ser que se arrepienta y enmiende sus costumbres» (D. y C. 75:29).

Escoja el hombre una ocupación que esté en equilibrio con los otros dos de los tres elementos de que he hablado; que aprenda a dar el trabajo honesto de un día. Que el hombre sepa, en la granja, en la tienda o la oficina, que el trabajo en sí no es un fin sino un medio para un fin noble.

¡Cuán poco han cambiado las cosas desde los días de Isaac! Las cosas que en verdad cuentan, Exite el mismo Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, los mismos papeles que llenar en la familia, la misma necesidad de trabajo.

Altar, tienda, y pozo; estas cosas son fundamentales, y colocadas en la debida perspectiva mediante la palabra revelada de Dios, nos proporcionan de inmediato nuestro mayor cometido y cumplimiento.

Padre nuestro que estás en los cielos, ayúdanos a tus hijos a ver la eternidad en estas cosas y a actuar en concordancia a ello. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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