Tres  Aspectos del Libre Albedrío

Tres  Aspectos del Libre Albedrío

por el élder Thomas S. Monson
del Consejo de los Doce
Liahona Noviembre 1973


Me gustaría discutir con vosotros los tres aspectos del libre albedrío: el derecho de elegir, la responsabilidad de elegir y los resultados de la elección. ¡Cuán agradecido estoy porque un Padre Celestial sabio y amoroso nos dio el libre albedrío! En el principio, después de haberle señalado a Adán los árboles del Jardín de los cuales podría comer libremente, el Señor dirigió su atención hacia un árbol particular y le indicó que no debía participar de su fruto. Luego agregó: “. . . no obstante, podrás escoger según tu voluntad, porque te es concedido. . .” (Moisés 3:17).

Se nos ha dado el derecho de elegir. William C. Gregg ilustró esto bellamente en las palabras de su poema:

“El hombre tiene libertad
De escoger lo que será;
Mas Dios la ley eterna da,
Que El a nadie forzará.
El con cariño llamará,
Y luz en abundancia da;
Diversos dones mostrará,
Mas fuerza nunca usará.”
(Himnos de Sión, No. 90.)

Tenemos también la responsabilidad de elegir; no podemos ser neutrales; no existe un punto medio. El Señor sabe esto; Lucifer también lo sabe. Existe una gran contienda por las almas de los hombres. Por un lado Lucifer ha pintado atractivamente sus señales en el camino. ¿Las habéis visto? Son brillantes y muy tentadoras; y dicen lo siguiente: “Comed, bebed y divertidos, porque mañana moriréis.” “Es la cosa más popular.” Otra quizás diga: “Sólo una vez no importa.”

Por otra parte, el Señor ha preparado sus señales para nuestra guía, y dicen: “Lo que sembrareis, eso también segaréis.” (Véase Gálatas 6:7.)

“Hay una ley, irrevocablemente decretada en el cielo antes de la fundación de este mundo, sobre la cual todas las bendiciones se basan;

“Y cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa.” (D. y C. 130:20-21).

Por lo tanto tenemos que seguir uno de los dos caminos. A nosotros se nos ha dado la responsabilidad de elegir.

Los hombres inteligentes han inventado ciertas defensas para prevenirnos del peligro. Durante mi servicio en la Fuerza Naval de los Estados Unidos, el sonar sé encontraba en sus primeras etapas de experimentación. Aquellos de vosotros que habéis estado en el servicio militar sabéis que el sonar es el aparato que se utiliza para detectar la presencia de submarinos, naves y otros obstáculos. Se captan vibraciones; el operador se acostumbra a escuchar un sonido constante. Cuando se aleja del modelo normal, sabe que el peligro es inminente y puede prevenir a los oficiales de la nave a fin de que se pueda alterar el curso.

Si el hombre puede inventar esta clase de aparato para prevenirnos del desastre, ¿no parece razonable que el Señor colocara un aparato de prevención dentro de sus hijos preciosos, para amonestarlos cuando se encuentran alejados de su sendero? Quisiera testificaros que tenemos tal luz guiadora; nos dará resultado, ¡pero debemos utilizarlo! Me refiero al silbo dulce y apacible del Espíritu Santo.

“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26).

Además del derecho de elegir y la responsabilidad de dicha acción, debemos considerar los resultados de nuestras elecciones.

Mis pensamientos se remontan a la época en que estaba por cumplir dieciocho años. Todos teníamos mucho temor. La Segunda Guerra Mundial aún continuaba, y cada joven sabía que tenía que hacer una elección. No había mucho para escoger: podía elegir ingresar al ejército o a la marina. Yo me alisté en la última.

En la oficina de reclutamiento había cuarenta y cuatro jóvenes. Nunca olvidaré a los cortantes oficiales que se nos acercaron para presentarnos las alternativas. Dijeron: “Ahora, jóvenes, tienen que hacer una importante decisión. Por una parte, pueden ser inteligentes y elegir unirse a la marina regular; pueden alistarse por cuatro años, y recibir la mejor educación escolar. Se les dará toda oportunidad posible porque la Marina los considera su propiedad. Si deciden no seguir este curso, pueden ingresar a las reservas navales. Hasta estos momentos la Marina no tiene demasiado interés en dichas reservas. No recibirán educación; serán enviados a servir en el mar, y nadie sabe cuál será el futuro.”

Entonces nos pidieron que firmáramos en la línea punteada. Me volví hacia mi padre y le dije: “¿Qué hago, papá?”

Con una voz ahogada por la emoción, contestó: “No sé nada acerca de la Marina.” Esa era la situación de cada padre que se encontraba allí ese día.

Cuarenta y dos de los cuarenta y cuatro se alistaron en la marina regular por cuatro años. El número cuarenta y tres no pudo pasar el examen físico de manera que tuvo que alistarse en las reservas.

Entonces llegó mi turno; y os confieso que envié una oración hacia el cielo, con la esperanza de que el Señor la contestara. Y lo hizo. El pensamiento me vino tan claramente como si hubiera oído una voz: “Pregúntales a esos oficiales qué es lo que ellos escogieron.”

Le pregunté a cada uno de esos oficiales veteranos: “¿Escogió la marina regular o las reservas?”

Cada uno de ellos había escogido la última.

Me di vuelta y dije: “Con toda la sabiduría y experiencia que tienen, quiero estar al lado suyo.” Escogí las reservas lo cual significó que me alisté durante el tiempo que durara la guerra. La guerra acabó, y en menos de un año fui relevado honorablemente del servicio. Me fué posible continuar mi educación y tuve el privilegio de servir en muchos puestos en la Iglesia. Quién sabe cómo habría cambiado el curso de mi vida si no hubiese tomado ese momento para acudir a mi Padre Celestial para implorar guía y dirección en lo que para algunos podría haber parecido una decisión sin importancia.

¿Os gustaría saber acerca de un misionero que fué inspirado a tomar una sabía decisión? Era nuevo en la obra, y fué asignado a trabajar en la ciudad de Oshawa, Ontario, Canadá, con un veterano misionero como compañero. Llegaron al hogar de una familia que se apellidaba Pollard; tocaron a la puerta y el señor Pollard los invitó a pasar y a presentar su material. Después de haber escuchado su mensaje y orado con ellos, pareció como si el espíritu del adversario lo hubiese sobrecogido, y se enfadó con los élderes diciéndoles que salieran y que jamás regresaran. Al conducirlos hasta la puerta, les dijo: “De todas maneras ni siquiera pueden decirme que realmente creen que José Smith es un Profeta de Dios.” Cerró la puerta violentamente y los dos misioneros se alejaron.

El misionero joven se volvió hacia su compañero mayor y le dijo: “No contestamos la pregunta del señor Pollard.”

El compañero mayor explicó que sería inútil insistir. Pero el joven élder contestó: “Yo voy a volver; no me sentiré bien hasta que lo haga.”

Regresaron a la casa del señor Pollard y llamaron a la puerta. El la abrió y dijo: “Creí que les había dicho que me dejaran en paz.”

La siguiente decisión requirió toda la fortaleza de carácter y todo el rigor que este joven poseía, ya que su compañero mayor no le prestó mucho apoyo. Escuché al señor Pollard mismo describir la experiencia; dijo: “Ese misionero me miró a los ojos; vaciló por un momento, y luego dijo: ‘Señor Pollard, al salir de su casa, usted hizo la declaración de que nosotros realmente no creíamos que José Smith era un profeta de Dios. Señor Pollard, quiero que sepa que yo sé que José Smith fué un Profeta de Dios, y que esta obra es verdadera.’ ”

Después de esta declaración los misioneros se fueron. Más tarde el señor Pollard me dijo que durante todo ese día y esa noche había continuado oyendo esas palabras como un eco: “Yo sé que José Smith fué un Profeta de Dios. Lo sé. Lo sé. Lo sé.”

A la mañana siguiente llamó a los misioneros por teléfono y les pidió que regresaran. Lo hicieron y le enseñaron el evangelio; tanto a él como a su esposa e hijos. Todos llegaron a ser miembros de la Iglesia. Si hubieseis podido acompañarme a la conferencia de distrito a la que asistí hace algunos años y escuchado a este hombre ponerse de pie y dar gracias a su Padre Celestial por la decisión que hizo un joven misionero de volver y dar su testimonio, vosotros, mis hermanos y hermanas, estaríais ansiosos de escoger lo bueno cuando tuvieseis que tomar una decisión.

No debemos pensar que a fin de recibir las bendiciones de Dios debemos encontrarnos sin falta; Él nos aceptará desde donde nos encontremos, si solo acudimos a Él. Él nos edificará espiritualmente, y con confianza en nosotros mismos.

Os testifico que cuando elegimos hacer aquello que es correcto, los resultados de nuestras elecciones traerán gozo y felicidad a nuestra alma, porque el Señor nos ha dicho:

“. . . Yo, el Señor, soy misericordioso y benigno para con los que me temen, y me deleito en honrar a los que me sirven en justicia y en verdad hasta el fin” (D. y C. 76:5).

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