Normas de Dignidad

Normas de Dignidad

Élder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Capacitación de líderes 11 de enero de 2003


Hermanos, piensen por un mo­mento en la experiencia más feliz que hayan tenido en su servicio en la Iglesia. Ahora, piensen en la experiencia más triste que hayan tenido. Para la mayoría de nosotros, ambos momentos estarán relaciona­dos con la gente. Sus momentos más felices y los míos han sido cuando al­guien que amamos y servimos decidió vivir las normas de dignidad del Señor y cosechar bendiciones de ello; y el momento más triste, pudo haber sido cuando alguien cosechó infelicidad al no haber vivido de acuerdo con esas normas.

Las normas del Señor

El Señor establece normas para bendecirnos. Piensen en esas bendi­ciones. A quienes cumplan con esas normas, Él les promete la ayuda del Espíritu Santo, les promete paz perso­nal; la oportunidad de recibir orde­nanzas santas en Su casa; y, a aquellos que perseveren en vivir Sus normas, les promete que tendrán la vida eter­na. Vivirán en familia, en la presencia de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo Amado.

El Señor ha puesto normas acerca de qué debemos ser y qué debemos hacer para ser dignos de Sus bendi­ciones. Todo misionero lo ha visto en acción; yo lo vi. Lo vi cuando bauticé a un joven grande y fuerte de veinte años, que al sacarlo del agua, me asió y me dijo una y otra vez con una son­risa en su rostro: “¡Estoy limpio!”. Parte de lo que corría por su cara era agua de la pileta bautismal, pero tam­bién había lágrimas de gozo que sa­lían de sus ojos.

Más tarde, después que mi compa­ñero y yo colocamos las manos sobre su cabeza para confirmarlo miembro de la Iglesia y conferirle el don del Espíritu Santo, él buscó un momento aparte para hablar con nosotros. Su rostro resplandecía cuando nos dijo: ‘Cuando ustedes tenían las manos so­bre mi cabeza, sentí como un calor que me recorría desde la cabeza hasta el pecho. Era como fuego’.

Bautizamos a casi veinte personas en esa ciudad; pero él fue el único, que yo recuerde, que nos dijo clara­mente que había recibido las bendi­ciones que se prometen mediante el bautismo por el agua y el Espíritu. Todas las demás personas que bautizamos habían deseado el bautismo. Todos ellos tuvieron por lo menos cierta confirmación del Espíritu de que aquello que enseñábamos era verdad, pero con él nos aseguramos de que guardaba las normas, las nor­mas del Señor para el bautismo.

Ustedes recuerdan la norma de Doctrina y Convenios: “Además, por vía de mandamiento a la iglesia con­cerniente a la manera del bautismo: Todos los que se humillen ante Dios, y deseen bautizarse, y vengan con co­razones quebrantados y con espíritus contritos, y testifiquen ante la iglesia que se han arrepentido verdadera­mente de todos sus pecados, y que están dispuestos a tomar sobre sí el nombre de Jesucristo, con la determi­nación de servirle hasta el fin, y verda­deramente manifiesten por sus obras que han recibido del Espíritu de Cristo para la remisión de sus peca­dos, serán recibidos en su iglesia por el bautismo” (D. y C. 20:37).

Al haber cumplido ese joven las normas de dignidad del Señor, me­diante el bautismo y el don del Espíritu Santo, el Señor le concedió las bendiciones. Hay también normas de dignidad para recibir el Sacerdocio de Melquisedec, y hay normas para recibir las bendiciones del templo del Señor. Son normas elevadas e invaria­bles, y nosotros no tenemos el dere­cho de alterarlas ni ignorarlas cuando recomendamos a alguien para esas bendiciones sagradas.

La norma del Señor de dignidad in­cluye algunos mandamientos que no podemos quebrantar. Debemos ser castos, debemos pagar un diezmo jus­to, debemos guardar la Palabra de Sabiduría, debemos ser honrados y debemos guardar esos mandamientos con fe en el Señor Jesucristo, con un corazón humilde y arrepentido.

En virtud de que amamos a la gen­te que servimos, todos nosotros deseamos hacer lo mejor para elevar a los hijos de nuestro Padre Celestial hacia la fidelidad y la pureza necesa­ria para tener todas las bendiciones del Señor. Hermanos, mi propósito de hoy es encontrar la forma de hacerlo.

Ustedes saben dónde empezar, por medio de su propia experiencia y porque las Escrituras nos dicen cómo lo hicieron los profetas. Comiencen por sostener las normas del Señor claramente y sin pedir disculpa. Y cuanto más el mundo se aleje y se burle de ellas, más intrépidos debe­mos ser nosotros para aplicarlas.

Comencemos con la norma que el Señor ha establecido para recibir una recomendación para el templo. El ayudar a la gente a alcanzar esa norma es una gran prueba para nuestro lide­razgo. La norma es bastante elevada; tiene que serlo. Aquellos que la cum­plan son dignos de entrar en la Casa del Señor; deben ser lo suficiente­mente puros para ir a donde el Señor mismo pueda ir.

Las entrevistas para obtener una recomendación para el templo

Hablaremos acerca de cómo un obispo o presidente de rama debe lle­var a cabo la entrevista para dar la pri­mera recomendación para el templo y, por su intermedio, veremos con más claridad todo lo que debemos ha­cer para ayudar a la gente a elevarse a las normas de dignidad del Señor.

Para que ello sea más fácil de visua­lizar, imaginen que son un obispo o presidente de rama que está a punto de entrevistar a alguien para darle su primera recomendación para el tem­plo. Antes de que el solicitante llegue, ustedes se han preparado para la en­trevista; han orado para recibir el don de la inspiración, ya que sólo por me­dio de la revelación de Dios podrán tener éxito.

Se aseguran completamente de que la entrevista sea en privado y de haber programado el tiempo necesa­rio para no tener que apresurarse.

Comencemos con lo que hacen al entrar la persona. Hagan que se sienta bienvenida, y vean la forma de decirle que representan al Señor en esa en­trevista. Las respuestas a las preguntas que le hagan certificarán, por su inter­medio, la dignidad de esa persona an­te el Señor. Deben decirle que deberá desear entrar en la Casa del Señor só­lo si está libre de toda práctica impú­dica, pecaminosa, impura o innatural, y por lo tanto, es digna de la compa­ñía del Espíritu Santo. Deben hacerle saber que han orado pidiendo el espí­ritu de discernimiento, tanto para ella como para ustedes.

Aun cuando piensen que conocen muy bien la dignidad de la persona a raíz de entrevistas anteriores, deben hacerle todas las preguntas del libro de recomendaciones; sin añadir nin­gún requisito. Las respuestas satisfac­torias a esas preguntas les permitirán saber si esa persona está preparada para entrar en el templo.

Las tres primeras preguntas les brindarán una excelente oportunidad. Cada una de ellas menciona: “Tiene un testimonio…” La primera es acer­ca de la Trinidad, la segunda sobre la expiación de Jesucristo y la tercera acerca de la Restauración del Evangelio en los últimos días. Cada una se puede contestar con una sola palabra: “Sí”. Sin embargo, en lugar de pasar directamente a la próxima pregunta, sería prudente invitar a los miembros a expresar sus sentimien­tos. Podrían preguntarle qué significa para ella la Expiación o qué piensa del profeta José Smith. Al contestar, am­bos sentirán al Espíritu Santo dar testimonio. Eso ayudará a la persona a responder con sinceridad todas las preguntas subsiguientes y a ustedes les será posible discernir su dignidad.

Luego, hagan la pregunta siguien­te, acerca de sostener a los líderes de la Iglesia en su calidad de siervos lla­mados de Dios. A pesar de que no va­yan incluidas las palabras: “Tiene usted un testimonio”, una respuesta afirmativa es un testimonio de que esa persona sabe, mediante el Espíritu Santo, que el Señor llama a Sus sier­vos en Su Iglesia.

Las preguntas que siguen en la en­trevista para la recomendación para el templo incluyen si vive la ley de castidad, si actúa con rectitud con su fami­lia, si está afiliado o apoya a algún grupo apóstata, si se esfuerza por cumplir con los convenios, si es hon­rado, si paga un diezmo íntegro y si guarda la Palabra de Sabiduría.

Las respuestas a todas esas pregun­tas requieren una evaluación perso­nal; lo cual significa que para responder esa persona debe conocer bastante la norma del Señor, y signifi­ca que ha tomado la decisión de ser honrada, cueste lo que cueste.

Eso es en particular importante y difícil en relación con la norma de castidad cuando se entrevista a solici­tantes jóvenes y solteros. La norma del Señor es breve y clara: no se de­ben tener relaciones sexuales con na­die, excepto con el marido o la esposa. La corriente del mundo ha ex­traviado a algunos jóvenes antes de casarse, haciéndoles creer que no han violado la norma de castidad, cuando en efecto lo han hecho. Algunos pue­den pensar que son castos, cuando no lo son, y otros justificar sus peca­dos al pensar: “Si el obispo no hace preguntas detalladas sobre los actos sexuales, yo no tengo por qué confe­sarlos y arrepentirme”.

Ustedes deben orar para pedir re­velación y actuar con prudencia. Cada persona es diferente y ha vivido expe­riencias distintas. Deben también te­ner particular cuidado de no hablar con los demás sobre la vida sexual pri­vada de un solicitante casado. Deben ser siempre recatados y nunca poner tentaciones en la mente de la persona que entrevisten mediante las pregun­tas que hagan o lo que digan.

Sin embargo, en el caso de un soli­citante soltero, deben indagar lo sufi­ciente con el fin de saber si la persona es casta, según las normas del Señor.

Si se sienten inspirados para hacerlo, podrían utilizar la declaración que se encuentra en el folleto Para la forta­leza de la juventud. En él, hay tres páginas en las que la norma se explica lo suficientemente detallada para dar guía a la gente soltera.

Obispos, si ven que en esas entre­vistas deben explicar muchas veces la norma de castidad o lo que significa un diezmo íntegro, ello les dará la pauta de que las personas deben estar más preparadas.

Antes de la entrevista

Antes de invitar a los miembros pa­ra tener la entrevista para recibir su primera recomendación para el tem­plo, pueden brindarles la oportunidad de asistir a un seminario de preparación para el templo. Los presidentes de estacas o los obispos pueden orga­nizar esos seminarios e invitar, según se sientan inspirados, a aquellos miembros menos activos, a los nue­vos miembros de la Iglesia, a los miembros adultos que todavía no ha­yan recibido la investidura y a los que sí la han recibido pero que hace mu­cho que no han renovado su recomendación. Toda persona que se invite a ese seminario debe leer minu­ciosamente y con oración el nuevo y maravilloso folleto Cómo prepararse para entrar en el Santo Templo.

Para ese seminario hay un manual para el maestro titulado Investidos de lo alto. Escuchen la primera frase bajo el párrafo que describe quiénes de­ben asistir: “Los participantes del cur­so deben tener el deseo de ir al templo y ser dignos de poseer la reco­mendación. Si todavía no han recibi­do una, deben prepararse para recibirla” (1995, pág. IV).

Obispos y presidentes de rama, eso quiere decir que las personas de­ben alcanzar la norma de dignidad an­tes de asistir a la entrevista para la recomendación para el templo, y de­ben comenzar el seminario de prepa­ración viviendo ya la norma de digni­dad.

Hermanos, ¿se dan cuenta por qué? Por ejemplo, si en la entrevista, la norma de castidad se debe explicar gráficamente detallada, existe la posi­bilidad de una reacción muy adversa. Muchos de nosotros conocemos el dolor, el desaliento y la prueba de fe que se hacen presentes cuando a las personas se les dice en la entrevista que no son dignas de ir al templo. A pesar de que haya contestado las pre­guntas con las respuestas adecuadas, ustedes podrían decir al término de la entrevista: “Siento que no debo fir­marle su recomendación esta vez, vol­vamos a reunirnos de nuevo dentro de poco”. Eso quizás dé lugar a una confesión, que debió haber ocurrido antes. La confesión es una bendición, ya que el miembro podría así comen­zar el proceso redentor del arrepenti­miento.

Pero el tiempo del arrepentimiento podría ser más largo. Sería mucho me­jor si a la persona se le hubiera ense­ñado las normas antes. No sólo hubiera estado preparada para contes­tar las preguntas con confianza duran­te la entrevista para la recomendación para el templo, sino que cuanto antes hubiera vivido las normas, más fortale­cida hubiera estado contra de la tenta­ción. La entrevista para la recomendación para el templo puede ser un momento de gozo cuando el arrepentimiento es completo y los miembros sienten la paz de saber que han cumplido con la norma del Señor.

Ayuda a la familia y a otras personas

Hermanos, en virtud de sus llama­mientos, ya tienen el poder necesario para ayudar a los miembros a elevarse para alcanzar las normas del Señor; sin embargo, los obispos y presiden­tes de rama tienen muchas obligacio­nes que cumplir y no pueden preparar solos a cada solicitante. Necesitan ayuda.

Obispos, hay algo sencillo que pue­den hacer. Piensen en los nombres de las personas que necesitan prepara­ción para entender y vivir las normas de la Casa del Señor; escriban sus nombres y oren por ellos.

Háganse la siguiente pregunta: ¿Qué deben saber esas personas acer­ca de las normas y de cómo obtener la fe necesaria para vivirlas?” Para cada una será un poco diferente; por lo que un programa no se ajusta para todos, sino que necesitan ayuda para ajustarse a ellos.

Pero hay cosas que todos necesi­tan. Necesitan conocer las normas y después recibir el testimonio de que el vivirlas les brindará felicidad. Es necesario que deseen esa felicidad y que tengan un testimonio del Espíritu de que el no vivir las normas les traerá sufrimiento, en esta vida y en la venidera.

Por consiguiente, háganse esta pre­gunta: “¿Dónde encontrará esa perso­na la ayuda individual que necesita?” Se darán cuenta de que lo que cada miembro necesita ya está establecido.

Comiencen con las familias. La fami­lia es dónde mejor se enseñan las nor­mas y dónde por lo general se obtiene ese testimonio. Los padres pueden ser claros y constantes acerca de las nor­mas, como nadie. Sin embargo, mu­chos no hacen todo lo que debieran.

Por tanto, deberán reunirse en consejo con el fin de buscar la revela­ción y saber qué impide a las familias de su unidad obedecer su responsabi­lidad solemne de enseñar a sus hijos “a comprender la doctrina del arre­pentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposi­ción de manos” (D. y C. 68:25). El Señor se los hará saber al deliberar en consejo y orar. Ustedes sabrán enton­ces qué hacer y qué no hacer; y sus fa­milias recibirán un poder mayor.

Muchos miembros no tienen pa­dres ni familias fieles a su alrededor. A ellos los deben enseñar los líderes del quórum o de clase, o los líderes de los Hombres Jóvenes y las Mujeres Jóvenes. Quizás no tenga suficientes miembros activos para llenar todos los cargos, pero aún así debe asegu­rarse de que toda persona que se pre­pare para las bendiciones del templo tenga a alguien que se preocupe por ella. Alguien que ha sido apartado pa­ra enseñarles, alguien a quien tam­bién se le han enseñado las normas del Señor y que sabe de las bendicio­nes que se proporcionan por vivir di­chas normas. El cómo hacerlo en su unidad será otra pregunta importante para analizar con sus consejos.

Obispos, he aquí un cambio que hay que hacer en la forma de dirigir. Piensen en las personas y pregúnten­se: “¿Estoy seguro de que hay alguien llamado para velar por cada miembro? ¿Alguien que pueda prepararlos para elevarse a esas normas y para ser dig­nos del templo de Dios?”.

Recuerden su objetivo: Hacer que toda persona sea responsable, y que sea responsable ante Dios por vivir las normas de Él. Eso significa que las personas que se hayan preparado pa­ra el templo necesitan algo más que alguien que les brinde servicio, necesitan ser llamados para servir a otras personas. De hecho, necesitan servir a otros más de lo que ellos mismos necesitan el servicio. El Señor ha pro­porcionado oportunidades para servir en el barrio más numeroso y en la ra­ma más pequeña de la Iglesia, en cual­quier parte del mundo. Por ejemplo, a todo poseedor del sacerdocio, desde un maestro hasta un sumo sacerdote, y a toda mujer de la Sociedad de Socorro se le puede llamar para visitar a otros miembros en nombre del Señor.

En lo que aparentemente es la res­ponsabilidad muy sencilla de visitar, deben estar presentes el ejercicio de la fe, la meditación de las Escrituras y el rogar a Dios pidiendo ayuda. Piensen en el mandato que el Señor a dado a quienes llamamos “maestros orientadores”. Tomen en cuenta lo que el hacer esa obra lograría para en­señar tanto las normas de dignidad como las bendiciones que se reciben por cumplir con dichas normas:

“El deber del maestro es velar siempre por los miembros de la igle­sia, y estar con ellos y fortalecerlos;

“y cuidar de que no haya iniquidad en la iglesia, ni aspereza entre uno y otro, ni mentiras, ni difamaciones, ni calumnias;

“y ver que los miembros de la igle­sia se reúnan con frecuencia, y tam­bién ver que todos cumplan con sus deberes” (D. y C. 20:53-55).

¿Pueden escuchar en esas palabras un eco de la norma del templo? Ese llamamiento los coloca a ellos en la responsabilidad de elevar a los demás a las normas de dignidad. Todos los llamamientos para servir en el reino de Dios, que se dan en forma apro­piada, son llamamientos para elevarse a las normas de dignidad del Señor y para ayudar a los demás a elevarse a ellas. Para los que las busquen con fe, con esos llamamientos se promete la revelación. Con esos llamamientos, se recibirá un desempeño fiel, un tes­timonio y el perdón por medio de la Expiación. Si el Espíritu Santo se con­vierte en nuestro compañero, las nor­mas se aclararán y las recompensas por cumplirlas serán gratificantes y seguras.

Acercándonos a Él

El Señor nos ha dado Sus normas de dignidad, pero no las ha dado para alejarnos de Él sino para acercarnos más a Él.

Debemos ser intrépidos al soste­ner las normas del Señor ante la gen­te. Las personas deben ser castas, deben pagar un diezmo íntegro, de­ben vivir la Palabra de Sabiduría, de­ben ser honrados. Eso es lo que se requiere del pueblo del Señor. Si fra­casamos en hacer todo lo que esté a nuestro alcance para que ellos se ele­ven hasta alcanzar las normas del Señor, el sufrimiento de ellos caerá sobre nosotros.

Testifico que si sostenemos en alto las normas del Señor, éstas acercarán a la gente al Señor. Más personas, no menos, aceptarán la invitación de los misioneros de entrar por la puerta del bautismo y de unirse a la Iglesia, y muchos más serán verdaderos con­versos, purificados y cambiados. Con las normas en alto, más misioneros irán al campo misional con más po­der, y más de sus miembros entrarán en los templos de Dios con la sensa­ción de que regresan al hogar, dignos de ese sagrado privilegio.

En el nombre de Jesucristo. Amén.

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Una respuesta a Normas de Dignidad

  1. Oscar valentinis dijo:

    Reciéntemente nuestro Profeta nos récordo una promesa del Señor…..yo,el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que OS digo.Esa es una forma de saber porque llegan o no algunas Bendiciones a nuestras vidas.

    Me gusta

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