A los obispos de la Iglesia

A los obispos de la Iglesia

Presidente Gordon B. Hinckley
Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días
Capacitación de Líderes – El Obispado y el Sacerdocio – 19 de Junio de 2004


Recordatorios de servicio

Hemos escuchado muy buenos consejos. El presidente Monson ha bosquejado para ustedes las respon­sabilidades de un obispo; los élderes Ballard y Eyring han contestado pre­guntas hechas por obispos y el obis­po Burton y el élder Holland han dado instrucciones respecto al cuida­do del Sacerdocio Aarónico. Tengo la seguridad de que todo ha sido de mucha ayuda.

Soy consciente de que deben estar cansados, así que no me extenderé mucho. Primero, quiero invitarlos a mi oficina en el Edificio de la Administración de la Iglesia aquí en Salt Lake City. Es una oficina más grande y más bonita de lo que nece­sito o merezco. Yo no la construí, si­no que la heredé y estoy rodeado de cosas interesantes que me animan a hacer lo mejor, sean cuales fueren las circunstancias.

Aquí tengo una pequeña esta­tua del Salvador resucitado. La estatua original más grande, esculpida por Thorvaldsen, está en Copenhague, Dinamarca, donde hace poco estuve y la vi. Es un constante recorda­torio de Él, en cuyo servicio estamos embarcados.

Aquí tengo una pe­queña estatua del profeta José Smith, quien es mi gran inspira­ción. Testifico que en verdad él fue un profeta de Dios, preordenado para venir en este tiempo de la obra del Señor a fin de servir como el primer Presidente de la Iglesia, nuestro gran vidente y revelador.

Al sentarme junto a mi escritorio, detrás de mí hay un cuadro de Brigham Young. Sé que siempre está mirando por encima de mi hombro y no puedo escapar el ser consciente de ello. Una y otra vez, cuando me enfrento con un proble­ma desconcertante, le miro y le pregunto: “Presidente Young, ¿qué haría usted?”. Creo que me sonríe, y me dice: “Ya hice mi parte, ahora usted haga la suya”.

Aquí hay una escultura interesante que muestra a mi abuelo sepultando a su esposa y a su medio hermano en algún lugar de la vasta pradera que cruzaron en 1850 rumbo al valle de Salt Lake. En él veo la fe y la determi­nación que hicieron que tomara a su pequeña niña y la trajera al valle del Gran Lago Salado. Sé que no importa cuán arduamente yo trabaje, nunca será tan fuerte como él lo hizo, y que tampoco pagaré un precio tan alto por el servicio que rindo. Él fue presi­dente de estaca cuando sólo había 25 estacas en toda la Iglesia.

Aquí está el busto de mi padre, quien también fue presidente de estaca. Presidió la estaca más extensa de la Iglesia con más de 15.000 miembros. Entre paréntesis, quisiera decir que yo también presidí una estaca y mis dos hijos han servido como presiden­tes de estaca, así que en nuestra familia te­nemos cuatro generaciones de presidentes de estaca. Creo que sé algo de lo que conlleva dicha res­ponsabilidad.

Aquí hay una pe­queña escultura inte­resante que representa a un grupo de diáconos. Uno de ellos se ha sacado los zapatos y son típicos muchachos inquietos. Ellos son un recordatorio de nuestra obligación para con el Sacerdocio Aarónico.

Justo detrás de ustedes hay un cuadro en la pared. En esta pequeña foto estoy con Ronald Reagan, cuan­do fue presidente de los Estados Unidos. Es un recordatorio de que quienes seguimos al Señor Jesucristo también vivimos en el mundo de César.

Llamados por inspiración

Ahora permítanme cambiar esta presentación personal y hablarles de manera informal a cada uno de ustedes como si estuvieran sentados al otro lado del escritorio.

Empiezo expresando mi amor y aprecio por ustedes. Les agradezco el gran espíritu de consagración que de­muestran. Los amo por su fe y lealtad, oro por ustedes. Ustedes, obispos, tienen una responsabilidad tan seria y exigente, y son un factor muy impor­tante en la obra de la Iglesia.

Nadie más, ni siquiera el presiden­te de estaca, ni el presidente de quórum, ni el presidente de misión, ni siquiera las Autoridades Generales in­fluyen tan directamente en la vida de los miembros de la Iglesia.

En los primeros días de esta obra había sólo un obispo, el obispo Partridge, de quien el Señor dijo: “Su corazón es puro delante de mí, por­que es semejante a Natanael de la antigüedad, en quien no hay engaño” (D. y C. 41:11).

Hoy, tal como nos lo ha recordado el presidente Monson, hay 18.641 obispos en todo el mundo y 7.773 presidentes de rama. Ninguno de us­tedes solicitó esa responsabilidad; ustedes fueron llamados bajo la dirección del Todopoderoso y espero que nunca lo olviden, que el Señor los ha llamado. Cuando se desanimen, como estoy seguro de que todos se sienten ocasionalmente, piensen en el hecho de que han sido divinamente llamados, que fueron llamados sólo después de que su presidente de es­taca se preocupó y oró para que fuese guiado por el Santo Espíritu para se­leccionarlos a ustedes.

Cómo compartir la obra

Sé que sus cargas son muy pesa­das, lo cual ha sido evidente en esta reunión. Deseo con todo mi corazón que pudiésemos hacer algo para ali­viar su carga, y lo hemos intentado. Hemos conversado sobre el asunto en forma extensa para encontrar la manera, pero no podemos encoger la amplitud de su responsabilidad, la cual fue establecida por el Señor cuando designó sus diversos deberes. Pero si siguen las sugerencias de esta reunión de capacitación, se van a be­neficiar grandemente.

Vuelvo a recalcar que es muy importante que deleguen todo lo que puedan. Descubrirán que otros pueden llevar a cabo alguna respon­sabilidad igual que ustedes, o posi­blemente aún mejor.

El consejo que Jetro le dio a Moisés se aplica a ustedes. Se en­cuentra en el capítulo 18 de Éxodo. Moisés había asumido la responsabili­dad de juzgar todo el día, todos los días, a medida que el pueblo le traía sus problemas. Jetro lo observó y le dijo a Moisés:

“No está bien lo que haces.

“Desfallecerás del todo, tú, y tam­bién este pueblo que está contigo; porque el trabajo es demasiado pesa­do para ti; no podrás hacerlo tú sólo.

“Oye ahora mi voz…

“Escoge tú de entre todo el pue­blo varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que abo­rrezcan la avaricia…

“Ellos juzgarán al pueblo en todo tiempo; y todo asunto grave lo trae­rán a ti, y ellos juzgarán todo asunto pequeño. Así aliviarás la carga de so­bre ti, y la llevarán ellos contigo.

“Si esto hicieres… tú podrás soste­nerte…” (Éxodo 18:17-19, 21-23).

Tienen a tantas personas con quie­nes compartir la carga: los conseje­ros, las presidencias de los quórumes de élderes, los líderes de los grupos de sumos sacerdotes, las presidencias de la Sociedad de Socorro, las presi­dencias de los Hombres Jóvenes y de las Mujeres Jóvenes, los oficiales de la Escuela Dominical y cada miembro de su barrio. Al poner a trabajar a más personas, más aliviarán su propia carga y al mismo tiempo traerán bendiciones a la vida de todos los que sirven y, como Jetro le dijo a Moisés: “Tú podrás sostenerte”.

Siéntese a solas con lápiz y papel. Pídanle al Señor que les guíe. Después, anoten todas las cosas que les preocupen y vean lo que en for­ma razonable puedan delegar.

Ellos pueden cometer algunos errores y ustedes podrían desear que lo hagan mejor. No se preocupen, ayúdenlos a hacer lo correcto y luego déjenlos que lo hagan.

Su relación con el Santo Espíritu debe ser una estrecha relación de tra­bajo. Aun el trabajo temporal de la Iglesia, lo cual les incumbe más, es de naturaleza espiritual.

El obispo que ora de rodillas es algo hermoso. Ustedes no pueden realizar esta obra sin la ayuda del Señor. Él es su perenne fortaleza y no les fallará porque están sirviendo en Su causa.

La influencia de los obispos

A veces recuerdo mis años mozos. Viví en la misma casa, en el mismo barrio y con el mismo obispo desde el tiempo en que me bendijeron de bebé hasta cuando fui a la misión. Nuestro obispo sirvió durante más de 20 años. El barrio era grande y te­níamos más de 1.500 miembros. Había cinco quórumes de diáconos y, de alguna manera, nos conocía a to­dos porque nos llamaba por nuestros nombres y nosotros siempre nos dirigíamos a él o nos referíamos a él como obispo Duncan.

Nunca se le vio abrumado con la responsabilidad de administrar tan extenso barrio; siempre me dio la im­presión de ser un hombre feliz, con una sonrisa, con entusiasmo en su comportamiento. Aparentemente el mundo era bueno para él; tenía una responsabilidad pesada en su trabajo porque fue gerente de división de un gran negocio por largo tiempo.

Tenía una maravillosa familia que nunca carecía de su atención.

Sus dos consejeros eran iguales: fuertes, capaces, alegres y deseosos de trabajar.

Contemplo mi vida en ese barrio y en mi mente busco en vano a un jovencito o a una jovencita que no es­tuvieran activos o que no siguieran activos durante su vida. Debió de ha­ber algunos, pero no puedo pensar en ninguno.

Repito, amábamos a nuestro obis­po; confiábamos en él. En nuestras oraciones familiares, siempre lo re­cordábamos ante el Señor.

He tenido a muchos obispos des­de aquel entonces; ahora los barrios son más pequeños, pero todos son administrados en forma capaz. Cada obispo ha sido un hombre bueno, fiel, dedicado y capaz. Los obispos deben ser los mejores hombres en la familia de la Iglesia y mi experiencia ha confirmado que ustedes lo son.

Consejo para los obispos

Hermanos, al concluir esta reu­nión, rápidamente quiero agregar dos o tres pensamientos sobre asun­tos específicos.

A veces los obispos pasan por alto a quienes han llegado a ser indignos de tener una recomendación para el templo. Ellos eran dignos cuando se les dio la recomendación, pero des­ pués fallaron en el pago de sus diez­mos o en el cumplimiento de otras normas. En tales circunstancias, aun­que a ustedes les sea incómodo, de­ben tratar el asunto en privado con la persona y, si es necesario, pedirle su recomendación dándole la seguridad de que se la devolverán cuando otra vez sea digna. Al hacerlo, siempre tra­ten con bondad y brinden ánimo.

Tengan en cuenta especialmente a los jóvenes. Las mujeres jóvenes son tan importantes como los hombres jóvenes. Cultiven una relación tal que ellos sean directos y abiertos con us­tedes. Muchos tienen miedo de con­tarles sus desventuras a sus padres. Ustedes son los únicos a quienes pueden acudir.

Ustedes saben cuán importantísi­mo es guardar las confidencias. La confianza depositada en ustedes es enorme y nunca la deben traicionar.

Cuando haya una confesión de abuso o informes de abuso, no du­den en llamar al teléfono de ayuda para recibir instrucciones.

Cuando haya una anotación en la cédula de un miembro, no lo llamen a ninguna situación en la que pueda hacer daño a otros. Esto es suma­mente importante.

Quiero recalcar otro asunto que se trató con anterioridad, esto es el ser­vicio misional.

Hemos oído algunos informes de que algunos jóvenes piensan que la misión es tan sólo una opción y, por tanto, no planifican sus vidas tenien­do en cuenta el servicio misional. Otros han interpretado que elevar las normas significa que sólo los jóvenes más destacados se requieren en el campo misional.

Necesitamos más misioneros. El mensaje de elevar la norma en los requisitos misionales no fue una señal para enviar a menos misioneros sino un llamado para que los padres y los líderes trabajen con los hombres jóvenes más temprano para preparar­los mejor para el servicio misional y mantenerlos dignos de tal servicio. Todos los hombres jóvenes dignos que sean física y emocionalmente capaces deben prepararse para servir en esta obra tan importante.

Hay una constante necesidad de matrimonios misioneros porque reali­zan un maravilloso servicio en todo el mundo. Ustedes no tienen que esperar a que se presenten como voluntarios. Los sacrificios relacionados con el servicio al Señor a tiempo completo bendecirán abundantemen­te a los matrimonios, a sus familias y a la gente a la que sirvan.

Con respecto a las misioneras jó­venes, ha habido un malentendido sobre un consejo anterior acerca del servicio de las hermanas solteras co­mo misioneras. Necesitamos algunas jóvenes; ellas realizan un trabajo des- tacable y llegan a hogares a los que los élderes no pueden llegar, pero debe tenerse en cuenta que las her­manas jóvenes no tienen la obliga­ción de ir a la misión. No deben pensar que tienen un deber compara­ble con el de los jóvenes, pero algu­nas desearán ir. Si es así, ellas deben buscar el consejo de su obispo y de sus padres.

Ahora, ésta es la clase de cosas de las que sólo ustedes pueden hacerse cargo.

El servir con integridad

Hay otro asunto delicado que quiero mencionar. Si ustedes y su fa­milia necesitaran alguna vez ayuda de bienestar, traten el asunto en forma confidencial con su presidente de estaca y sigan su consejo.

Tengan cuidado, hermanos. Ustedes son los siervos del Señor, son los obispos de los barrios y el ad­versario sabe que si puede desviarlos a senderos prohibidos habrá logrado gran parte de su obra de maldad. Rechacen la tentación, manténganse alejados de cualquier clase de peca­do, vivan de acuerdo con las más ele­vadas normas del Evangelio, vivan con integridad todo el tiempo y en toda circunstancia.

No descuiden a su empleador ni se aprovechen de él; denle la medida completa por la compensación que les brinda; no usen el tiempo de él ni sus propiedades para realizar su ser­vicio de obispo.

Repito lo que ya se ha dicho, no descuiden a su familia. Parafraseando al Señor: “¿De qué le sirve al hombre que salve a su barrio y pierda a su familia?”.

Programen su tiempo para que realicen sus noches de hogar. Son muy importantes y serán el medio para proteger a su familia a través de los años. Pasen tiempo con su amada compañera. No pueden tener éxito como obispo sin la ayuda de su esposa.

Una experiencia de regocijo

Ahora, mis queridos hermanos, que el cielo los favorezca. Éste es un tiempo extenuante en su vida, pero hay gran regocijo y satisfacción tam­bién. Llegará el momento cuando sean relevados y en ese momento sentirán en su corazón una tristeza profunda y dolorosa y se darán cuen­ta de que el Señor habrá estado con ustedes, de que habrán tenido una experiencia rica y maravillosa, de que habrán sobrepasado su capacidad natural debido a la ayuda del Señor

y de que habrá sido una de las expe­riencias de más gozo en toda su vida.

Repito, les hago llegar mi amor. Cuánto amo a los obispos de esta Iglesia y a los presidentes de rama también. Les dejo mi bendición y mis oraciones, a fin de que sean fortaleci­dos para la obra y para que por me­dio de ese fortalecimiento ustedes progresen como nunca antes.

Que Dios los bendiga, mis herma­nos. Lo ruego todo en el sagrado nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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