Escuchad y Obedeced

Escuchad y Obedeced

por Marion G. Romney
del Concilio de los Doce.
Discurso dado en la Conferencia General de la Iglesia
el 8 de abril de 1950


Es sólo una cuestión de tiempo, si el pueblo no se arrepiente de sus pecados, hasta que guerra vendrá, y no sólo guerra sino pestilencia también, hasta que la familia humana desaparecerá del mundo. Existe en este mundo solamente una manera por la que podemos gozar de paz y felicidad. . . arrepentíos y tornaos al Señor. Esa es la única manera. En estas palabras el presidente Smith introdujo el tema de esta conferencia en la sesión primera el jueves pasado.

Esta declaración penetró mi corazón como lumbre, porque no la acepté como la declaración de un hombre, sino como la palabra de Dios dada por medio de su profeta a esta generación viviente. Deseo decir unas cuantas palabras acerca de este tema. Me recuerda la declaración elocuente de Alma.

¡Oh, si fuera yo un ángel y se me concediera el deseo de mi corazón, para salir y hablar con la trompeta de Dios, con una voz que estremeciera la tierra, y proclamar el arrepentimiento a todo pueblo!

Sí, declararía yo a toda alma, como con voz de trueno, el arrepentimiento y el plan de redención: Que deben arrepentirse y venir a nuestro Dios, para que no haya más dolor sobre toda la superficie de la tierra. (Alma 29:1-2).

En verdad aquí está una consumación devotamente deseada.

En el diario del profeta José Smith, bajo la fecha de marzo 1 de 1842, él hizo la siguiente anotación:

A la súplica del Sr. John Wentworth, redactor y propietario del Chicago Democrat, yo he escrito el siguiente bosquejo de la subida, progreso, persecución y fe de los Santos de los Últimos Días (History of the Church, tomo IV, p. 535).

El bosquejo así presentado lo concluyó el profeta escribiendo los Artículos de Fe, el cuarto de los cuales dice así:

Creemos que los primeros principios y ordenanzas del evangelio son, primero: Fe en el Señor Jesucristo; segundo: Arrepentimiento; tercero: Bautismo por inmersión para la remisión de pecados; cuarto: Imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo.

Notaréis que en el orden de sucesión seguido por el Profeta, el arrepentimiento como un principio del evangelio es antecedido por la fe en el Señor Jesucristo. Es claramente demostrado por los tres artículos antes del que he citado, que para obtener esta fe se requiere primero, creencia en Dios como nuestro Padre Eterno, en Jesucristo como su Hijo Amado, y en el Espíritu Santo; y segundo, la aceptación de las doctrinas de que los hombres serán castigados por sus propios pecados, y que mediante la expiación de Cristo pueden ser salvos mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio.

A uno que cree en estas verdades y que en la luz de ellas tiene fe en el Señor Jesucristo, el arrepentimiento no significa solamente “el volverse tristemente de un camino pecaminoso” como ha sido definido, sino, en adición a eso, significa que mediante el arrepentimiento él puede ponerse a sí mismo dentro del alcance de la sangre expiatoria de Jesucristo, para que así pueda ser limpiado de los efectos de sus transgresiones y obtener el perdón de ellas. Su arrepentimiento es una preparación para el bautismo por inmersión para la remisión de sus pecados y la recepción del Espíritu Santo.

Aunque el volverse de un camino pecaminoso es comendable y deseable, el “arrepentimiento saludable” como lo dice Pablo, es inseparablemente conectado a los otros primeros principios del evangelio.

Muchas personas serias y sinceras están reconociendo la necesidad que los hombres tienen de arrepentirse de su mala conducta y se les está motivando a que vuelvan a Dios. Esto es bueno hasta cierto punto, pero el único pueblo que puede llamar a los habitantes de la tierra al arrepentimiento verdadero, es el de los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. La razón por la que esta declaración tan grande es verdadera, es que tal llamamiento al arrepentimiento no puede ser hecho sin autorización divina.

El declarar tal arrepentimiento bajo autorización divina, como el presidente Smith declaró al principio de esta conferencia, es de ninguna manera una novedad. No era nuevo en el día del Profeta. Es tan viejo como este mundo. En la mañana de la existencia temporal de esta tierra, un ángel comisionado por el Señor mismo declaró el arrepentimiento al primer hombre mortal, diciendo:

. . .y te arrepentirás e invocarás a Dios en el nombre del Hijo para siempre jamás.

Y Dios el Señor llamó a todos los hombres en todas partes, por el Espíritu Santo, y les mandó que se arrepintiesen:

Y cuantos creyeran en el Hijo, y se arrepintieran de sus pecados, serían salvos; y cuantos no creyesen ni se arrepintiesen, serían condenados; y las palabras salieron de la boca de Dios como firme decreto; por consiguiente, se cumplirán. (Moisés 5:8, 14-15).

Desde aquel entonces hasta ahora, los hombres han vivido sobre la tierra, y particularmente en las Américas, bajo este firme decreto. Tal como ha sido en lo pasado, así tiene que continuar siendo, porque el Señor Todopoderoso lo ha dicho. Me parece, por lo tanto, que la necesidad más desesperada en este tiempo es el arrepentimiento, y con prisa, porque es más tarde de lo que pensamos. Hace mucho tiempo, en 1829, que el Señor dijo:

He aquí, el mundo está madurando en la iniquidad; y es preciso que sean instados los hijos de los hombres, tanto los gentiles como la casa de Israel, a que se arrepientan. (D. y C. 18:6).

Repetidas veces en lo pasado, cuando los hombres han arrostrado la destrucción, el Señor ha mandado a sus siervos autorizados a declararles el arrepentimiento como el modo de escape. “Y aconteció que Noé exhortó a los hijos de los hombres a que se arrepintiesen”, y aunque “no escucharon sus palabras”, él continuó su predicación al pueblo, diciendo:

Creed y arrepentíos de vuestros pecados y bautizaos en el nombre de Jesucristo, el Hijo de Dios. . . y si no hacéis esto, las aguas vendrán sobre vosotros. Sin embargo, no escucharon. (Moisés 8:24).

Melquisedec, el rey de Salem, fué comisionado por el Señor y declaró el arrepentimiento a su pueblo. El,

. . . habiendo ejercido una fe poderosa, y recibido el oficio del sumo sacerdocio según el santo orden de Dios, predicó el arrepentimiento a su pueblo. Y he aquí, se arrepintieron; y Melquisedec estableció la paz en la tierra durante sus días; por tanto, fue llamado el príncipe de paz,. . . (Alma 13:18).

Sobre nuestro amado país de América, Dios, repetidamente, ha comisionado sus siervos a que llamen al pueblo al arrepentimiento para que puedan escaparse de la destrucción. El profeta Eter vino en los días de Coriántumr, rey de la nación Jaredita, y bajo la dirección del Señor, buscó a Coriántumr personalmente y le profetizó, diciendo:

. . . que si se arrepentía él, y toda su casa, el Señor le daría el reino y perdonaría la vida a los del pueblo;

de lo contrario, serían destruidos, así como toda su casa, con excepción de él. . .

Y sucedió que Coriántumr no se arrepintió, ni los de su casa, ni los del pueblo; y las guerras no cesaron;. . . (Eter 13:20-22).

Hace quince siglos y medio, por causa de su injusticia, el resto de la raza nefita estuvo en una lucha de muerte sobre este continente con sus hermanos, los lamanitas. Entre ellos estuvo el gran profeta y caudillo, Mormón, al cual el Señor dijo:

. . . Clama a este pueblo: Arrepentíos, y venid a mí, y sed bautizados, y estableced de nuevo mi iglesia, y seréis preservados.

Y amonesté a este pueblo, pero fue en vano; y no comprendieron que era el Señor el que los había librado, y les había concedido una oportunidad para arrepentirse. Y he aquí, endurecieron sus corazones contra el Señor su Dios. (Mormón 3:2-3).

Por lo tanto, ellos, tanto como los Jareditas, fueron destruidos de sobre la faz de la tierra. Esto aconteció a pesar de las gloriosas promesas hechas en el Libro de Mormón, algunas de las cuales fueron citadas esta mañana por el presidente Young. Todas esas promesas fueron condicionadas sobre el arrepentimiento.

El mundo en el cual vivimos está enfermo casi hasta la muerte. La enfermedad de que padece no es nueva. Es tan vieja como la historia. Su nombre es la injusticia. La curación para ella es el arrepentimiento. El Señor previo nuestra extremidad hace mucho tiempo y prescribió el remedio. El primero de noviembre de 1831, él dijo:

. . . yo, el Señor, sabiendo las calamidades que sobrevendrían a los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, y le hablé desde los cielos y le di mandamientos;

y también a otros di mandamientos de proclamar estas cosas al mundo;. . .(D. y C. 1:17-18).

Dos cosas que el Señor había hecho en preparar la vía de escape están aquí citadas. Primeramente, él había dado mandamientos, y segundo, había comisionado a hombres para proclamarlos.

Uno de los mandamientos fué éste:

Escuchad, oh pueblo de mi iglesia, dice el Señor vuestro Dios,. . . .

Dad oído y escuchad, oh habitantes de la tierra. Escuchad unánimes, vosotros los élderes de mi iglesia, y oíd la voz del Señor, porque él llama a todos los hombres y manda a todos en todas partes que se arrepientan. (D. y C. 133:1, 16).

Y aquí está la comisión:

Escuchad, oh élderes de mi iglesia. . . escuchad y obedeced.

He aquí, de cierto os digo, que os doy este primer mandamiento de que salgáis en mi nombre, . . .

Y saldréis por el poder de mi Espíritu, de dos en dos, predicando mi evangelio en mi nombre, alzando vuestras voces como si fuera con el son de trompeta, declarando mi palabra cual ángeles de Dios. (D. y C. 42:1-2, 4, 6).

Y, ¿qué debemos declarar?

Y saldréis y bautizaréis en el agua, diciendo: Arrepentíos, arrepentíos, que el reino de los cielos se acerca. (D. y C. 42:7).

Nosotros que hoy tenemos el sacerdocio de Dios, somos herederos legítimos a esta gran comisión. Nuestra es la responsabilidad de oficialmente declarar el arrepentimiento a los habitantes de la tierra. Nadie está exento. Tenemos que cumplir con esta responsabilidad, aunque no sea bien recibido nuestro mensaje. Con respecto a eso, nosotros estamos bajo la misma obligación a esta generación tanto como Ezequiel lo estaba a la casa de Israel en su día. Recordaréis que el Señor le dijo:

Hijo de hombre, yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel; oirás, pues, tú la palabra de mi boca y los amonestarás de mi parte.

Cuando yo diga al malvado: De cierto morirás, y tú no lo amonestas ni le hablas, para que el malvado sea advertido de su mal camino a fin de que viva, el malvado morirá en su iniquidad, mas su sangre demandaré de tu mano.

Pero si tú amonestas al malvado, y él no se convierte de su maldad ni de su mal camino, él morirá en su iniquidad, pero tú habrás librado tu alma. (Ezequiel 3:17-19).

Yo estimo la comisión de declarar el principio salvador del arrepentimiento, como una bendición. Estoy agradecido a mi Padre Celestial por ello, porque hay pocas cosas que me perturban más que una situación angustiosa acerca de la cual no puedo hacer nada. La comisión que llevamos nos da un camino positivo para seguir combatiendo los problemas a los cuales nos enfrentamos. Es un sentimiento cómodo saber que el camino que estamos tratando de ayudar al pueblo a tomar, es el camino que el Redentor querría que tomaran si estuviera él aquí en persona.

A los que pretenden que el camino del arrepentimiento es demasiado lento, sólo puedo replicarles que no hay otra manera. Nuestro profeta así lo ha declarado en esta conferencia. Si no nos despertamos rápido y nos arrepentimos, individualmente, y como naciones, de nuestro respeto ligero hacia la vida humana, falta de castidad, nuestras mentiras y decepciones, nuestra avaricia, envidia, voracidad y anhelo de poder, nuestra embriaguez, falta de humildad, reverencia y oración, nuestra profanación del Día del Señor, nuestra falta de fe en nuestro Señor Jesucristo, y, en fin, de toda nuestra injusticia, encontraremos que es demasiado tarde, porque otras ideas propuestas para remediar la situación actual serán inútiles.

No existe ningún armamento, proyecto gubernamental, organización internacional, ni ningún mecanismo para controlar la; armas que pudieran preservar a un pueblo injusto. “He aquí, te digo que la maldad nunca fué felicidad”, declaró Alma a su hijo vacilante Coriantón; y Samuel, el profeta lamanita, dijo a una generación injusta en su día:

. . . habéis demorado el día de vuestra salvación hasta que es eternamente tarde ya, y vuestra destrucción está asegurada; sí, porque todos los días de vuestra vida habéis procurado aquello que no podíais obtener, y habéis buscado la felicidad cometiendo iniquidades, lo cual es contrario a la naturaleza de esa justicia que existe en nuestro gran y Eterno Caudillo. (Helamán 13:38).

Alma nos ha dado evidencia indisputable de su convicción de que el arrepentimiento es más efectivo que las armas para mantener la paz. Vosotros recordaréis que él fué elegido el juez superior de la nación nefita. Como tal, fué el gobernador del pueblo de Nefi y general en jefe de sus ejércitos. Viendo que muchos de ellos estaban disintiendo y ayudando al enemigo, él, no obstante su propio poder de fortalecer y mandar sus ejércitos, puso los asuntos del estado en otras manos para que él mismo pudiera clamar el arrepentimiento a los disidentes. Las razones por sus acciones extrañas son dadas en la siguiente cita:

Y como la predicación de la palabra tenía gran propensión a impulsar a la gente a hacer lo que era justo —sí, había surtido un efecto más potente en la mente del pueblo que la espada o cualquier otra cosa que les había acontecido— por tanto, Alma consideró prudente que pusieran a prueba la virtud de la palabra de Dios. (Alma 31:5).

Ahora, mis hermanos y hermanas, no hay nada vengativo en el mensaje de arrepentimiento que llevamos. Es un mensaje de salvación y esperanza, y no de condenación. Es nuestro propósito declararlo a nuestros prójimos con caridad y amor, pero en ningún sentido tenemos vergüenza por él. Sabemos que es de Dios. Lo llevamos por su mandato y, confiamos en el poder de su espíritu.

Que el Señor nos ayude a recordar el lugar que el arrepentimiento tiene en el plan de redención, y la necesidad por él en las vidas de los hombres y las naciones, y nuestra comisión de proclamarlo.

Que él nos ayude a hacerlo una práctica diaria en nuestras propias vidas, que cuando lo proclamemos, podamos efectivamente acelerar la llegada de aquel gran día que fué visto por Alma, cuando no habrá “más dolor sobre toda la superficie de la tierra”, es mi humilde oración en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

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