La Felicidad en el Hogar

La Felicidad en el Hogar

por el élder Harold B. Lee
del Concilio de los Doce
el 21 de septiembre de 1952 en El Paso, Texas


Quisiera seguir con el mismo pensamiento añadiendo una o dos observaciones.

No deseo disminuir ni por un momento nada de lo que se ha dicho.

Quisiera llevarles con el hermano Callis al sur (de los Estados Unidos), al tiempo cuando vi un gran hombre prepararse para morir. Él se preparó tan confidentemente para morir como los hombres se disponen a salir a un viaje. El último día antes de ir a las sesiones de conferencia para organizar las estacas, les dijo a los hermanos, —quiero que me lleven a una pequeña iglesia que es muy vieja. Quiero verla una vez más. Así que él y yo y uno de los hermanos que sabía dónde se hallaba esa antigua iglesia, fuimos a ese lugar. La pequeña y primera iglesia en Jacksonville, Florida, había sido vendida y la usaban como vivienda.

El hermano Callis salió del automóvil y sólo dio vuelta en la esquina donde se halla una casa muy humilde; era una pequeña y ya vieja choza que se encontraba allí en la esquina; y como un hombre que se ha preocupado con pensamientos que lo llevan años atrás, él anduvo repetidas veces alrededor de aquella finca. Él había olvidado que nosotros estábamos allí y ninguno de nosotros nos atrevimos a preguntarle ni hablarle ni molestarle en su ensueño. Y cuando había dado la vuelta por la finca, aquella vieja iglesia, volvió a nosotros y nos dijo: —Hermanos, aquí tuve yo una de las experiencias más grandes de mi vida. Dijo él que en esa humilde choza la hermana Callis y él vivían cuando estuvieron allí en su primera misión. Aquello fué antes de que él fuera llamado a presidir. Fueron enviados allí para hacer la obra misionera, pagando sus propios gastos.

No tenían mucho dinero, y tenían que sostenerse con muy poco. Mientras llevaban a cabo su misión la hermana Callis dio a luz a gemelos. Y probablemente a causa de que ella estaba tan debilitada por la falta de buena alimentación la vida de los pequeñitos no tuvo buen principio. Y dentro de pocas semanas después de su nacimiento mostraron síntomas de enfermedad, y se agravó el asunto tanto que se perdió esperanza. Cuando los médicos también perdieron toda esperanza el hermano Callis dejó a la hermana Callis postrada en la cama en la choza y entró solo en la pequeña capilla que estaba junto a la casa, cerró la puerta, se arrodilló detrás del pulpito y su oración según me dijo a mí, era algo así: —Mírame pues, Padre Celestial, aquí estoy ofreciéndote mi tiempo y dinero para predicar el Evangelio en tú Iglesia y quiero que salves la vida de mis niños. Dijo que demandó bendiciones de Dios y se levantó y salió de allí lleno de ira. Dijo que volvió a la choza e informó a Graciela, siempre le llamaba Graciela, de la oración que había ofrecido. Ella le contestó, —Charlie, ¡no hablaste a nuestro Padre Celestial así! —Él contestó que sí, y ella dijo, — ¡Me levantaré de aquí y los dos iremos y nos arrodillaremos y oraremos a nuestro Padre Celestial! —Esta vez su amada Grace acompañándolo, fué a la capilla y ambos se arrodillaron. Esto es lo que dijo ella cuando estaba pacificando su espíritu tempestuoso: —Padre Santo, amamos a nuestros niñitos, pero si no es tu voluntad que ellos vivan con nosotros está bien. Para tí será la honra y la gloria. Tu voluntad oh padre, no la nuestra, sea hecha.

Dijo él que se levantaron después de aquella oración y había una dulce paz celestial en su ser. Eso es lo que una buena mujer hace por su esposo. Es ella quien parece de alguna manera prepararse para afrontar las crisis de la vida.

Algunas de las horas más negras de nuestras vidas son necesarias para traernos cerca del velo. Cuan delgado llega a ser el velo en ocasiones cuando una persona está cansada y su alma está atormentada, ocasiones cuando se siente desalentado, cuando el deseo de comer, de beber o de dormir no importa, cuando es indiferente si los zapatos están boleados y la ropa limpia o si hace frío o calor. Hay momentos en que otras cosas son tan importantes que estas cosas temporales se deshacen o llegan a ser como la nada. Y esas son las ocasiones cuando el alma hace plegarias a él que es el único que puede ayudar.

Cuando uno se encuentra en esas condiciones, conoce el poder que le abrió las puertas para Pedro; conoce los poderes que dieron a Pablo solaz cuando peligraba que se hundiera el barco en que se encontraba. Fué el mismo poder que acompañó a José, el mismo poder que acompañó a Lucy Mack, la santa madre del Profeta la noche antes que enterraran a su hijo. Dos días antes José e Hyrum habían sido muertos y ahora ella veía la procesión y los restos de sus hijos pasar y entrar en la sala de la mansión del Profeta. Fué ella quien entró en la recámara y oró ; —¡ Oh, Padre, dame valor para soportar esta última pena!— pero cuando ella vio la tristísima escena y oyó los llantos del esposo, padre y hermano, fué algo más de lo que pudo soportar y cayó desmayada al piso exclamando, —Oh, Señor, ¿por qué has permitido que mi familia sufra así?—. La levantaron a sus pies y oyó una pequeña voz, como si alguien le susurrara en el oído, —Me he tomado a tus dos hijos para mí, para que tengan descanso—. Se levantó y vio los restos de sus dos hijos y pensó verlos sonreír y pensó oírlos decir. Madre, no llores por nosotros. Predicamos al mundo el evangelio de Cristo y nos mataron por nuestro testimonio. Su triunfo es por un pequeño momento pero el nuestro es para una eternidad.

Y según dice su historia, —Volví a la recámara y me arrodillé una vez más y di gracias a Dios que había sido privilegiada de ser la madre de unos hijos como José e Hyrum—. Allí está el valor de la mujer. Allí están las bendiciones de una amorosa compañera. Suyo es el deber, de ustedes las mujeres, de fortalecernos a nosotros débiles hombres. Suya es la fuerza, el poder y la espiritualidad de preparar a sus esposos día a día para que sean más fuertes, más valientes, más capaces de afrentar las obligaciones y triunfos de la vida.

Mientras que yo ocupaba el puesto de presidente de estaca, un obispo viejo y fiel, el obispo Graham, a quien el hermano Kimball y algunos de ustedes conocen como el consejero del Templo, me contó una experiencia muy interesante.

Cuando este hermano era obispo, había en su barrio una familia que carecía de muchos de los elementos de la vida, puesto que era un tiempo de mucho desaliento económico, y el papá ganaba poco dinero; de modo que tenían que gastar el dinero con mucho cuidado. El señor tenía una pequeña oportunidad de divertirse puesto que iba todos los días a su trabajo, mientras su esposa permanecía en casa cocinando, limpiando, y lavando sin un momento de diversión día tras día. Al fin, con amargos pensamientos ella pensó que ya no podía aguantar más e hizo una cosa terrible.

Tomó cincuenta centavos que eran destinados para algo más, caminó hasta el centro, y entró a un cine. Cuando el esposo regresó a casa y encontró que ella había ido al cine y había gastado el dinero, él le dijo algo grosero acerca de uno que no podía hacer buen uso del dinero. Entonces ella le dijo que un esposo debía ganar más dinero que el que él ganaba; él entonces dijo más, y ella le contestó y luego se dijeron muchas cosas amargas que sólo esposos aparentemente creen necesario decir. La pareja gestionaba el divorcio cuando el obispo le habló al primer consejero diciéndole que fueran a visitar a la familia.

En el camino el obispo le contó a su consejero lo que había sucedido y le dijo: “Vamos a ver si podemos traer paz y armonía a la familia”. Llamaron a la puerta y fueron admitidos. En cuanto el obispo mencionó el sujeto, empezó el pleito de nuevo, los esposos diciendo todo lo que se les venía a la mente de modo que el obispo no podía decir ni una sola palabra. Los dos se sentían desilusionados y muy amargados y el obispo se sintió algo incapaz. Es una experiencia en sí tratar de ayudar en estos casos. El consejero del obispo se había retirado hacia una ventana, inclinó su cabeza y dijo en oración, “Padre Celestial, estoy aquí esta noche para ayudar al obispo. Inspírame para que pueda decir algo que traiga paz a este hogar”. Cuando la pareja no tenía más que decir, y el obispo había terminado, el consejero, lleno de inspiración, dijo: “¿Puedo hacerles una pregunta ahora?” —”Seguramente”, dijo el obispo. Dirigiéndose a la madre le dijo: “Usted piensa solicitar su divorcio. Vamos a suponer que usted obtuviera su divorcio y el juez le diera custodia de sus dos niños al padre. ¿Cómo se sentiría usted?”

En un momento ella estaba en llantos diciendo: “Si me quitaran a mis hijitos la vida no sería nada para mí”.

Dirigiéndose al padre le dijo: “Vamos a suponer que el juez le diera custodia de los niños a la madre. ¿Qué pensaría usted de eso?”

Con una mirada de desesperación el padre contestó: “Pues si me quitan a mis hijos, es mejor que me entierren debajo de seis pies de césped”.

El obispo bajo la inspiración del momento dijo: “¿Y dónde están los muchachos?” La madre sólo pudo señalar hacia la cocina. El obispo entró y encontró a los dos chiquitines, el más grande con el menor sentado en sus piernas. Allí ellos habían estado llorando como si les fueran a romper sus corazoncitos cuando habían oído las palabras que habían dicho sus padres. El obispo llevó los muchachitos a la sala, se sentó con ellos en las rodillas, y siendo en verdad un padre para con los de su barrio, lloró con ellos. Luego dijo: “Hagamos de las sillas un círculo y tengamos una oración”. Y ese gran obispo abrió el corazón al Padre esa noche y le suplicó, “Padre Santo, en esta pequeña casa donde no ha habido mucho dinero, hay dificultad esta noche; necesitan tu espíritu. Déjalo venir, Padre, para que haya paz y felicidad y amor para contrarrestar esta dificultad”. Después de aquella oración, se pusieron de pie, el padre y la madre se miraron el uno al otro por un momento y luego se abrazaron. Viendo esto, los muchachitos corrieron a su padre y madre y se pegaron a sus rodillas en una muestra que confiaban que aquella unión nunca más volvería a ser dividida. El obispo y su consejero salieron, dejando aquella familia con el poder de encontrar la vía hacia Dios, la vía hacia la fuerza, la vía hacia la inspiración de nuestro Padre Celestial, sin la cual ninguna casa puede estar segura y tranquila. Nunca debe uno salir de la casa en la mañana sin invocar las bendiciones del Todopoderoso sobre sí. Nunca debe haber una noche en que uno acuesta a sus pequeñitos sin que invoque el poder del espíritu sobre ellos, porque nadie sabe qué sucederá durante el día o la noche.

Ahora, aquí están ustedes, la juventud vigorosa de esta estaca. Hay muchos de nuestros hombres buenos del ejército en la congregación. El Señor les ha bendecido a ustedes con maravillosas potencialidades. En el pecho de cada bella señorita el Señor ha puesto el anhelo para el compañerismo del hombre. Eso no es un impulso malo, sino es un anhelo enviado del cielo con un propósito santo. El propósito del Señor en esto es traer los jóvenes juntos en su madurez física, para que sus amistades se transformen en cortejos, los cortejos en compromisos y los compromisos en matrimonios; y por el matrimonio sagrado Dios provee el medio por el cual sus hijos espirituales puedan venir al mundo a morar en tabernáculos carnales. Pero Satanás, conociendo el poder inherente de estos instintos creados en el hombre y la mujer, los usa para entrampar la juventud. El trata de incitar a las muchachas a que sean indecorosas en vestirse y desenfrenadas en su apariencia, para que con estas señas seductivas puedan inflamar ese deseo natural para el compañerismo más allá de sus límites naturales. También trata de incitar al joven a contar cuentos indecentes y vergonzosamente aprovecharse de su compañera. En breve, es el intento de Satanás conducirlos a ese pecado mortal que a la vista de Dios es inferior sólo a la destrucción de la vida misma. Para que los hombres y las mujeres se den cuenta de la seriedad de este pecado, el Señor lo ha señalado con el mandato divino: “No cometerás adulterio”. Ahora, juventud tan impresionable andando en el mundo pecaminoso, tengan presente que las modas y recreaciones modernas son intentadas a entramparlos en el pecado. Jóvenes del servicio, ¡cuídense de las mujeres de mala reputación que siempre se encuentran cerca de nuestros campamentos militares! Ustedes son de un linaje real, y les dijo que estén alertos contra la mujer malvada que les invita con mirada desenfrenada y brazos abiertos, invitándoles a que participen de un abrazo profano, el cual les será por derrota, amargura, y remordimiento hasta el fin de sus días. Ustedes, las jóvenes, recuerden que un hombre no quiere a la muchacha si anda con ella con intento de dañarla o violarla. El que les profesa su amor con el propósito de quitarles lo que es tan precioso como la vida misma es un mentiroso movido por un origen malvado. Recuerden que tienen que proteger su virtud como defenderían su vida. Su galardón, jóvenes, vendrá cuando el matrimonio sancionado por el Señor les permita ser los padres de un niño hermoso y saber que ese niño que lleva su nombre es limpio, incorrupto y sin mancha. Su galardón, jóvenes, vendrá cuando se encuentra en sus brazos una criatura bella cuyo grito les será indicación que un alma viviente ha nacido. Sí, esto será su galardón por haber vencido las tentaciones y actividades impías de los débiles. Ahora, recuerden que están en el mundo con un propósito grande, ese propósito es para llevar a cabo la inmortalidad y vida eterna. Hay el cuento del bufón cuyo negocio fué hacer chistes para la diversión de la gente y del rey quienes dedicaron su vida a corromperse con toda clase de cosa lasciva. Una noche la función se había desarrollado en el salón de banquetes y el rey se recostaba en su trono en una manera vergonzosa, bien embriagado de sus vinos y licores. ¡Un rey borracho en su trono, el cual había de representar poder y majestad! Entonces el necio, el bufón con sombrero y campanas dijo con cortesía fingida, “Oh Rey, que seáis leal a la realeza que está dentro de vos”.

Vuelvo a repetir aquella súplica esta noche a ustedes, la juventud quienes están nacidos de la ennoblecida de la raza, en cuyas venas corre la sangre más bendita de todo el mundo. Les digo a ustedes que dondequiera que estén o en cualquiera parte a que vayan, oh juventud de Sión, sean leales a la realeza que está dentro de ustedes, ruego humildemente en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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Una respuesta a La Felicidad en el Hogar

  1. Oscar valentinis dijo:

    Conmovedor relato del Presidente,y también como el Espíritu del Señor penetró en los corazones del matrimonio.Y saber que es la sangre más bendita que corre por nuestras venas me hace sentir más responsable de mis actos.

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