Un Testimonio, Nuestra posesión más Valiosa

Un Testimonio,
Nuestra posesión más Valiosa

Thorpe B. Isaacson
del Obispado General
Liahona Mayo 1953


Presidente McKay, presidente Richards, presidente Clark, y mis amados hermanos y hermanas, estoy agradecido por la oportunidad de estar aquí en esta gran conferencia de la Iglesia, donde podemos ser edificados espiritualmente y fortalecidos en nuestra fe, porque seguramente hemos sentido el Espíritu del Señor aquí en cada sesión de la conferencia, y hemos sido edificados en nuestra fe y fortalecidos en nuestro testimonio.

Estamos aquí para recibir instrucciones y para escuchar las palabras de los profetas, videntes, reveladores y siervos de Dios, nuestro Padre.

El Señor dijo en las Doctrinas y Convenios, sección 88:63:

Acercaos a mí, y yo me acercaré a vosotros; buscadme diligentemente, y me hallaréis; pedid, y recibiréis; tocad, y se os abrirá.

Es mi humilde y sincero deseo y oración que mi Padre en los cielos se me acerque mientras les hablo ahora, y les agradeceré un interés en sus oraciones y fe. Esta, para mí, siempre es una asignación difícil, y agradezco al Señor su influencia sostenedora que he sentido en otras ocasiones. El Espíritu del Señor ha estado aquí en rica abundancia. Antes de que se diera principio a la conferencia, las autoridades generales nos juntamos, y con una oración hermosa ofrecida por el hermano Lee, seguramente sentimos la influencia del Señor. Nos hemos congregado en su nombre. Estamos reunidos para dar testimonio de la veracidad de su obra.

Antes de decir más, quiero rendir homenaje, como fué sugerido ayer por los hermanos Stayner Richards y Cowley, a mi esposa. Soy un hombre de esos a quienes se les hace difícil decir las cosas que deben decir tan a menudo como deben decirlas. Hoy es el día de su cumpleaños, y quiero que ella sepa que la aprecio mucho. Estoy agradecido que ella me tomó por la mano, como el hermano Cowley tan bellamente lo ha expresado. Estoy agradecido que ella me haya dado ánimo al saber que he estado desanimado y desalentado. Estoy agradecido por la fe de ella. Todo lo que hago de importancia alguna, debo acreditarlo en grande medida a ella y a mi Padre en los cielos.

Hace algún tiempo, estaba en este gran Tabernáculo un señor del este junto con su esposa e hijo, un hombre con quien me había asociado en negocios pero que nunca antes había venido aquí. Al entrar aquí y después de haber escuchado el programa de música me dijo, “Hay algo diferente aquí. ¿Qué es?” Yo le di un Libro de Mormón, y entonces nos dimos un paseo por la manzana del Templo, y volvió a preguntármelo, y le dije, “Es algo difícil explicarlo, pero quisiera decirle lo que yo pienso que es. Esta es una casa de oración y si usted pudiera leer la oración que se ofreció al dedicarla, sabría que es un edificio sagrado y la cosa que lo hace diferente es que el Espíritu del Señor está aquí”. Después de un rato él habló y dijo: “Bueno, tiene que ser algo como usted ha dicho”.

Quiero dirigir unas cuantas palabras a la juventud de la Iglesia, los jóvenes y las señoritas, y las parejas jóvenes casadas. Quisiera decirles unas cuantas palabras con referencia al valor de su testimonio personal, probablemente su posesión más preciosa.

Me doy cuenta de que en estos días se pone mucho énfasis en la educación, y así debe ser. La Iglesia siempre ha fomentado y apoyado la educación. Desde que los peregrinos llegaron a estos valles, la Iglesia ha sostenido y apoyado escuelas y universidades, seminarios e institutos. Las autoridades han creído en la educación, pero también han hecho hincapié en que sea educación espiritual y religiosa para el corazón y alma del joven.

La educación ha traído gran encomio a la Iglesia y a este Estado. Recientemente había cuatro educadores haciendo un estudio de la eficacia del sistema de educación de una de las grandes universidades de este Estado. Todos eran de la parte oriental de los Estados Unidos; ninguno de ellos era de este Estado; estudiaban las tendencias de la educación aquí. Hicieron una investigación detallada, y hace poco el presidente del comité vino a mí y me dijo, “Hemos descubierto dos factores sobresalientes pero poco usuales tocante a la educación en Utah”. Somos un Estado chico y pobre, y como aprendimos del doctor Woodward, hablando esta mañana a los trabajadores en el plan de bienestar, nada más tres por ciento de la tierra del Estado puede ser labrado, por lo tanto no somos un Estado rico. Los dos factores que, según el gran educador, le causaron asombro eran: 1) Hay un porcentaje mayor de personas de 25 años o más que se han graduado en la escuela secundaria que en cualquier otro Estado de la nación; 2) hay un porcentaje mayor de personas de 25 años o más que se han graduado en una universidad que en cualquier Estado de la nación. Eso es un tributo grande a nuestros padres peregrinos y a la Iglesia y al Estado.

Pero quisiera decirles, también, algo que dijo Newton N. Riddell cuando hablaba de educación religiosa y espiritual.

El que conoce libros conoce mucho; el que conoce la naturaleza conoce más; pero el que conoce a Dios ha alcanzado el límite de sabiduría humana.

A los jóvenes, su testimonio personal les dará gran felicidad; un testimonio de la divinidad del Salvador del mundo, nacido en Belén, un testimonio de las enseñanzas del Salvador, de la vida del Salvador, su crucifixión en el Calvario, de la resurrección del Salvador de la tumba. ¿Para qué? Para que ustedes y yo pudiéramos tener vida eterna.

Sí, un testimonio personal de la restauración del evangelio en esta dispensación, de la visita del Padre y del Hijo al profeta José Smith, un testimonio como el que expresó el presidente José Fielding Smith con palabras tan hermosas. Fué verdaderamente un siervo de Dios Entonces selló ese testimonio con su sangre, como hizo también su noble hermano Hyrum. Jóvenes, ustedes sí tienen un testimonio de que esto es verdadero, y les dará consuelo en la hora cuando lo necesitan.

Sí, el objeto de todas las enseñanzas del evangelio es promover la fe y edificar el testimonio. Sin una convicción personal, o sin un testimonio personal, a nuestra enseñanza le puede faltar ardor y luz. Testimonio inspira testimonio; convicción engendra convicción.

He aprendido, y estoy agradecido que lo he aprendido, que después que hayamos recibido un testimonio personal, es necesario reforzarlo constantemente. Puede que hayamos tenido experiencias que han promovido nuestra fe, y muchos sí las hemos tenido; puede que aun hayamos presenciado milagros, y algunos los hemos presenciado. Se ha dicho que nuestro testimonio es un concepto vivo, basado sobre evidencia, prueba, y revelación. Puede haber sido adquirido por estudio y oración, pero si nuestro testimonio deja de crecer, al fin puede dejar de ser.

Por lo tanto, nos conviene a todos nosotros tratar diariamente de mejorar nuestra vida y portarnos como debemos.

Para quedar vivo y eficaz, nuestro testimonio necesita ser constantemente cultivado y fortalecido. Un testimonio del evangelio de Jesucristo y de la misión del profeta José Smith es una bendición que debemos buscar anhelosamente, el cual, obtenido, lucirá como un faro para otros, y las antorchas de otros serán encendidas por su llama. Pero si nuestro testimonio cesa de dar luz, lo perderemos.

En el Nuevo Testamento leemos de las experiencias de Saulo de Tarso. El contendía contra la verdad; negaba la divinidad de Jesús. Perseguía a los santos y entonces un día cuando él iba a echarles mano y encarcelarlos, súbitamente fué confrontado por el Maestro. Vio una luz brillantísima, y oyó al Maestro decir, “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Y Saulo dijo, “¿Quién eres, Señor?”‘ Y el Señor dijo, “Yo soy Jesús a quien tú persigues”. (Véase Hechos 9:4-5). Saulo quedó ciego y tuvo que ser llevado por la mano, pero después fué sanado milagrosamente de la ceguedad. Seguramente, si hombre alguno jamás tenía un testimonio para justificar el sentimiento de haber adquirido todo el conocimiento necesario, si una sola experiencia parecía suficiente para que uno pudiera decir, “Basta, no necesito más”, Saulo tuvo esa experiencia. Había sido hecho ver, pero si hubiese quedado satisfecho con relatar su experiencia a sus amigos o si hubiera dejado de crecer, nunca habría llegado a ser el gran apóstol Pablo. Saulo de Tarso fué la bellota, y Pablo, el apóstol, el roble.

Durante lo demás de su vida él enseñó como un gran misionero. En grillos dio su testimonio a reyes, y lo dio en barcos, y en cárceles. Fué inspirado por su propio testimonio, y dio ese testimonio hasta el fin de su vida.

Los jóvenes de la Iglesia desean saber a veces si realmente tienen un testimonio. Puede que pregunten cómo se lo puede ganar. Algunos jóvenes pueden estar desanimados, y pueden comparar su conocimiento y testimonio con los de otros, pero déjenme exhortarles a que no se desanimen. Recuerden siempre que la rosa antes era capullo y que la fruta madura antes lo era también, y que toda cosa grande tuvo un principio humilde.

Sí, es nuestro problema individual, y probablemente un problema continuo, vivir de manera que podamos oír las instigaciones del Espíritu Santo que hemos  recibido, el gran Consolador, el susurro de su queda y pequeña voz.

El Señor una vez dijo:

Pero, a quienquiera que crea estas cosas que os anuncio, yo le visitaré con las manifestaciones de mi Espíritu, y conocerá y dará testimonio de ellas.

Porque por mi Espíritu sabrá que estas cosas son verdaderas; porque persuadirá a los hombres a hacer el bien. Porque toda lo que persuada a los hombres a hacer el bien es de mí, porque el bien no viene de nadie más que de mí. Y yo soy el que lleva a los hombres a hacer el bien. Quienquiera que no crea en mis palabras, no cree tampoco que yo soy; y el que no crea en mí, no creerá en el Padre qué me envió. Porque, he aquí, que yo soy el Padre y la Luz, y la Vida, y la Verdad del mundo.

¡Venid a mí, oh Gentiles!, y os descubriré las cosas más grandes, cuyo conocimiento ha sido escondido a causa de la incredulidad.

¡Venid a mí, olí vosotros, Casa de Israel!, y se os será manifestado cuan grandes cosas ha reservado el Padre para vosotros desde la fundación del mundo; cosas que no han venido a vosotros, a causa de la incredulidad. (Eter 4:11-14).

Jóvenes, el buscar humilde y piadosamente les dará la respuesta. Quisiera decir a todos que cuando tengan dudas, no tienen que preocuparse por saber a dónde ir para la respuesta. El Señor les oirá; él quitará de su mente las dudas.

Es cierto que un testimonio no viene todo de una vez, pero si se desarrolla y se cultiva constantemente, será un poder y fuerza que siempre se dejará sentir.

Como Santos de los Últimos Días, nuestro testimonio no es de por sí bastante. Ya adquirido y reforzado, es nuestro deber como miembros de la Iglesia dejar ese testimonio constantemente ante el mundo, enseñar el evangelio, y traer salvación a las almas de los hombres.

El Salvador dijo:

Y si fuere que trabajareis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este pueblo, y me trajereis, aun cuando fuere’ una sola alma, ¡cuán grande no será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre! (D. y C. 18:15).

Oh, el Maestro debe de haber considerado muy preciosa cada alma; preciosas son en Su vista.

Un filósofo de la antigüedad dijo:

A menos que tengas paciencia con las faltas de un amigo, te traicionas a ti mismo.

Jóvenes, no pierdan su testimonio. Quizás descubran a veces que tienen dudas. Todos las hemos tenido, creo. Pueden pensar a veces si no está disminuyendo su testimonio, pero dejen que eso les sea una seña, que ese sea el tiempo por venir a uno de sus hermanos, a uno de sus amigos; eso es una seña que deben asociarse con la Iglesia, ser muy activo en ella; es el tiempo de confiar en Dios el Eterno Padre.

Es penoso el destino de aquél que ha perdido su fe y testimonio. Quizá tal persona viva cerca de ustedes o de mí —puede que siga haciendo su trabajo diario, pero él está muy solo. Él es infeliz, y le falta el sentimiento de pertenecer a la sociedad en que vive. Para él, la vida no parece tener propósito; es un hombre que, habiendo tenido un testimonio, lo ha perdido, pero fe y oración pueden causar que regrese a nosotros y efectuar la renovación de su testimonio. Ha acontecido con muchos y acontecerá con otros.

Quiero exhortar a mis amigos, y mis asociados, mis hermanos y mis conocidos, y a todos los hombres, a que pongan a un lado las cosas que les impidan ser activos en la Iglesia. Quisiera decir a todos los hombres que se arrepintieran de lo malo que hayan hecho y que se fueran a su Padre Celestial, y a sus hermanos a quienes aman. No hay razón alguna por qué no puedan ir a sus hermanos. Los amamos; sus obispos los aman; pueden pedirnos cualquier cosa y les trataremos como si fueran verdaderamente nuestros hermanos. No tienen que vivir más tiempo fuera de la Iglesia, no importa lo que les impida ser activos en ella, sea su profesión, sus hábitos, sea que alguien los ha ofendido; no importa lo que sea, olvídenlo. Regresen a la Iglesia, y reciban las bendiciones que el Señor tiene para ustedes. Grande será su gozo; grande será su felicidad.

No nos debe ser difícil arrepentimos. Ninguno de nosotros se siente bien cuando hace lo malo. Todos nos sentimos mejor cuando podemos ir al Señor y pedirle que nos perdone, y cuando podemos ir a nuestros hermanos y estrecha: la mano con ellos y hablarles de nuestras faltas. Seguramente ningún hombre se aprovechará de tal demostración de confianza. Ese es el sentimiento que existe en la Iglesia. Esa es la hermandad que debe haber entre nosotros los hermanos del sacerdocio y entre los hermanos y hermanas de la Iglesia.

Que Dios conceda que cada uno de nosotros tenga un testimonio fuerte para ayudarle en los tiempos difíciles de la vida. Estoy convencido que los hombres más felices son estos, y sé por qué son felices y ustedes también lo saben —es por el gran testimonio que tienen, porque viven cerca del Señor, y participan de su maravilloso y dulce Espíritu.

Que Dios conceda que siempre exista entre nosotros la hermandad de que a menudo habla el presidente Stephen L. Richards. Hace nada más unos días le oí decir algo como esto: “Todo hombre grande se ocupa en alguna causa grande”, y ¿qué causa más grande hay que en la que estamos ocupados, la causa de traer la salvación al alma del hombre, y vida eterna?

Que Dios conceda que seamos fuertes, que siempre nos quedemos cerca del Señor, y cuando él dice, “Acercaos a mí, y yo me acercaré a vosotros”, (véase D. y C. 88:63); que eso sea nuestro privilegio, lo pido en el nombre de Jesucristo. Amén.


La salvación no puede venir sin revelación; es en vano ministrar sin ella. Ningún hombre es ministro de Jesucristo sin ser profeta. Ningún hombre puede ser ministro de Jesucristo excepto que tenga el testimonio de Jesús; y esto es el espíritu de profecía. Dondequiera que la salvación haya sido administrada, ha sido por testimonio. Los hombres que en la actualidad testifican del cielo e infierno, y nunca los han visto; yo diré que ningún hombre sabe estas cosas sin revelación. —José Smith.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s