¿Por qué Enseñar a Naciones Cristianas?

¿Por qué Enseñar a
Naciones Cristianas?

Un discurso dado por el aposto Ezra Taft Benson
el 30 de septiembre de 1949
en la Conferencia General de la Iglesia.


El Maestro seleccionó a sus Doce. Los nombró; los envió con el mensaje: “Arrepentíos, que el reino de los cielos se ha acercado”. Se fueron a las ovejas perdidas de la Casa de Israel y después, bajo dirección divina, a los Gentiles, también. Otros fueron llamados, y los setenta, después de su primera misión, volvieron gozosos, ya que aun los diablos se les habían sujetado en el nombre de Jesucristo.

Había un espíritu de armonía entre los miembros, un espíritu de hermandad; existía el espíritu de unidad. Gozaron de ricos dones espirituales. Ordenanzas simples fueron administradas por hombres que tenían autoridad y habían sido comisionados. Se caracterizó el ministerio apostólico por cada evidencia de que aquellas personas empleadas en ese ministerio tenían autoridad divina para llevar el mensaje del evangelio y de administrar en los asuntos del reino. Salieron sin sueldo, porque el Maestro había dicho: “de gracia recibisteis, dad de gracia”. Pedro, aparentemente el apóstol mayor, dirigió las actividades de la Iglesia.

En 44 D.C. se convocó un concilio de los miembros de la Iglesia en Jerusalén, presidiendo el apóstol San Pedro. Según los registros, bajo la inspiración del Espíritu Santo se ajustaron ciertas discordias en aquella conferencia. Después, los apóstoles fueron esparcidos; persecuciones fueron amontonadas sobre ellos; y hasta donde sabemos nosotros, nunca volvieron a reunirse en una conferencia general de la Iglesia. Las actividades de Pablo se centraron en Antioquía, pero durante el período entre 63 D.C. y 100 D.C. parecía que la mayoría, si no todos, de los apóstoles originales, quienes tenían la autoridad de dirigir el reino, de dirigir los asuntos de la Iglesia, se habían ido del mundo.

Las olas de persecución continuaron, entró la disensión, la influencia política se hacía evidente por todos lados. Según los escritores del segundo siglo, quienes generalmente son ignorados por los líderes religiosos del mundo hoy día, las enseñanzas eran ortodoxas en grado razonable durante el primer siglo y los principios del segundo siglo después del advenimiento del Maestro. Pero aun durante ese período, había evidencias de que estaba principiando una apostasía. Al venir Constantino al trono del imperio romano, se mostraba un espíritu de tolerancia hacia todos los grupos religiosos. Finalmente, la tolerancia aumento hacia los cristianos hasta que el mismo Constantino más o menos defendió su causa.

Grandes cambios ya se evidenciaban Algunos quieren que creamos que más o menos en este tiempo el obispo de Roma llegó a ser la cabeza de la Iglesia. Había muchos obispos presidiendo sobre congregaciones locales —iglesias se las llamaba—, pero ninguno de ellos tenía autoridad como había sido dada a los Doce, para dirigir los asuntos de la Iglesia. De hecho, los registros indican que cuando menos dos obispos de Roma, murieron mientras aún todavía vivía Juan el Apóstol. Evidentemente, uno vivía cuando Juan recibió su última grande revelación recordada en el libro de Apocalipsis. Ninguno de éstos tenía autoridad, ni la reclamó, de dirigir la Iglesia establecida por Cristo y sus apóstoles.

Al concilio convocado por Constantino, el emperador, en 325 D.C. (Concilio de Nicea), que aparentemente fue la primera conferencia convocada después de aquélla celebrada en Jerusalén en 44 D.C, se nos dice que asistieron solamente la sexta parte de los obispos, y que el obispo de Roma estaba ausente de esa junta importante. El emperador dirigió el concilio aunque ni siquiera había sido bautizado. Según los registros que tenemos, evidentemente no había ninguna unidad ni inspiración del Espíritu en el concilio, pero fuerzas e intriga fueron utilizadas en un esfuerzo de lograr una unidad política para propósitos políticos. De hecho, parece que nuestras mejores autoridades indican que debía de haber sido aproximadamente en el año 354 D.C. antes de que Pedro, el Apóstol, jamás fuese mencionado como obispo.

Pero mucho antes de este tiempo, se veían evidencias de apostasía. La corrupción de los principios sencillos del evangelio, la introducción de filosofías paganas, la injustificable y desautorizada adición de ciertas ceremonias, cambios en la organización y dirección: todas estas evidencias y aún más se veían.

No hay tiempo ahora para discutir detalladamente los cambios hechos, pero podemos tomar como ejemplo la simple ordenanza del bautismo, administrada por inmersión, por aquellos que tienen autoridad, después de lo cual las manos del sacerdocio fueron puestas sobre las cabezas de los miembros bautizados y el Espíritu Santo conferido. Poco después de la muerte de los apóstoles, la ordenanza fué grandemente modificada. La manera de bautizar fue cambiada. Llegó el tiempo cuando un bautismo fué reconocido aun si el hombre que lo administró no tenía ni reclamaba tener autoridad. Aun llegaron al extremo de decir que la autoridad no era necesaria. El bautismo de niños fue introducido. A los adultos, quienes se bautizaban, les trataban como niños, alimentándolos con leche y miel por un período. El uso de aceite fué introducido en la ordenanza.

La ordenanza sagrada del sacramento fué cambiada, aquella sencilla e impresiva ordenanza introducida por el Maestro. La doctrina de transubstanciación fué enseñada y aun la idolatría y la adoración de reliquias introducida. Un cambio fué hecho en la selección de oficiales. Los apóstoles, quienes tenían autoridad, habían hecho nominaciones. Ya no seguían el principio de consentimiento común, que había sido una parte de la Iglesia primitiva, que la Iglesia había practicado y seguido. Se les prohibía a los miembros de la Iglesia leer las escrituras, aunque el Maestro había dicho: “Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna”. (Juan 5:39).

Muchas otras prácticas fueron introducidas. Una de las más serias, y estoy seguro que fué de las más abominables en la vista de Dios, fué la venta de indulgencias. La práctica se basaba sobre la teoría falsa de que había un tesoro de mérito —que ciertos santos y otros habían hecho más de lo requerido para su propia salvación— y por lo tanto, había un tesoro disponible, que otros, que por sus vidas malas pudieran faltar en los requisitos para salvación, podrían utilizar. La doctrina de la infalibilidad, la adoración de reliquias, la introducción de la pompa, ceremonia y misterios, el uso de incienso, la adoración de mártires, aplauso para mostrar la popularidad relativa de los predicadores en la Iglesia, y aun la compra de oficio, fueron aprobados y practicados. Rivalidad, contención y desunida era general, probablemente llegando a un colmo cuando el obispo de Roma excomulgó al patriarca de Constantinopla y el patriarca en turno excomulgó al obispo.

Quedaron entonces, iglesias de hombres, sin autoridad, las cuales se habían excomulgado la una a la otra. Seguramente la apostasía estaba completa.

Como la Iglesia restaurada, afirmamos que con la ida de los tiempos de los apóstoles la Iglesia entró poco a poco en una condición de apostasía, que la sucesión del sacerdocio fué rota, y que la Iglesia, como una organización terrenal obrando bajo dirección divina y teniendo autoridad de oficiar en las ordenanzas espirituales, dejó de existir. La historia atestigua a ese hecho. Afirmamos, también, que todo esto fué previsto y predicho por los apóstoles mientras vivían, sí, aun por el Maestro e Su día. La apostasía había empezado durante los tiempos de los apóstoles, y ellos a menudo se referían a ella.

Ya conocen ustedes la cita donde Pablo se refiere a esta condición, cuando se juntaba con los élderes de Efeso por última vez. Él dijo:

Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al ganado (Hechos 20:29.)

Entonces, en su carta a los Tesalonicenses,

No os engañe nadie en ninguna manera; porque no vendrá

—la Segunda Venida del Maestro— sin que venga antes la apostasía… (2 Tesalonicenses 2:3.)

A los Gálatas, Pablo habló de la apostasía que ya había empezado, y se maravilló de que tan pronto se habían apartado del que los había llamado, a otro evangelio. Los redarguyó por hacerlo, e indicó que sólo había un plan del evangelio (Gálatas 1:61-8).

Pedro habló de

. . . falsos profetas en el pueblo, como habrá entre vosotros falsos doctores, que introducirán encubiertamente herejías de perdición… atrayendo sobre sí mismos perdición acelerada.

De hecho, en la grande visión dada a Juan mientras él estaba en la Isla de Patmos, se refiere a las pocas iglesias dignas de mención como “ni frío ni caliente” (Apoc. 3:15). En cuanto a la restauración del evangelio, el muy citado pasaje (Apoc. 14:6-7) es una evidencia clara de que la apostasía iba a ser completa, porque cuando Juan recibió esta revelación, que indicaba una condición entonces futura, vio a un ángel volar por en medio del cielo, “que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los que moran en la tierra”.

Aun en el Antiguo Testamento, los profetas habían profetizado en una manera semejante. Isaías indicó que el mundo iba a inficionarse.

…bajo sus moradores; porque traspasaron las leyes, falsearon el derecho, rompieron el pacto sempiterno. (Isaías 24:5.)

En ningún lugar se refiere a la ley de Moisés como un pacto sempiterno. El pacto sempiterno es el evangelio de Jesucristo. Amos había hablado de una hambre que iba a venir sobre la tierra “de oír palabra de Jehová”, y que las gentes “discurrirán buscando palabra de Jehová, y no la hallarán”. (Amos 8:11).

No solamente por la historia, la que es bastante conclusiva, sino también por profecía se nos había informado que iba a haber y que había una apostasía completa de la verdad. Muchos de los tempranos reformadores reconocieron este hecho cuando protestaban contra las doctrinas y prácticas de su día. Wesley, fundador del Metodismo, lamentaba que “los Cristianos se habían vuelto paganos y tenían solamente una forma muerta”. Aun aquí en América, Roger Williams, líder de la primera congregación bautista de América, reconoció, cuando dejaba el ministerio, que no había ninguna autoridad o iglesia divinamente constituida sobre la faz de la tierra, ni que habría tal iglesia hasta que se levantara una teniendo apóstoles y otros oficiales como se encontraban en la Iglesia establecida en el Meridiano de los Tiempos.

Es un hecho atestiguado que cuando José Smith, un joven humilde, entró en el bosque para orar en aquella hermosa mañana de la primavera en 1820, el mundo estaba en un estado de triste apostasía. La contestación dada a él es la mayor evidencia que tenemos de que hubo una apostasía de la verdad. Cuando él vio a los dos seres gloriosos, uno señaló al otro y dijo: “Este es mi Hijo Amado: Escúchalo”. Y después de que José había hecho la pregunta, “¿cuál de todas las sectas es la verdadera?” ¿Qué fué la contestación que recibió? Estas son sus palabras:

Se me contestó que no debería unirme a ninguna, porque todas estaban en error… enseñan como doctrinas mandamientos de hombres, teniendo apariencia de piedad, más negando la eficacia de ella.

De nuevo me prohibió que me uniera a cualquiera de ellas. (P. de G. P., José Smith 2:19-20.)

Más tarde el profeta José Smith recibió mandamiento de salir como instrumento en las manos de Dios y organizar la Iglesia, de publicar al mundo el Libro de Mormón como otro testimonio de la divinidad de Jesucristo, cual libro fué tomado de registros sagrados. Fué organizada la Iglesia, y por revelación su nombre fué dado, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Entonces, después de unos cuantos meses, cuando los élderes estaban unidos en una conferencia especial para considerar el asunto de la publicación de las revelaciones que hasta entonces habían sido recibidas, el Señor habló mediante el profeta y dio una revelación muy significante e indicó que debiera ser el prefacio del Libro de Mandamientos del Señor. En esa revelación, encontramos estas palabras significativas en cuanto a los siervos del Señor, quienes tendrían la responsabilidad de llevar el mensaje al mundo y establecer el reino. Dijo el Señor:

Y también, para que aquéllos a quienes se dieron estos mandamientos tuviesen el poder de poner los cimientos de esta iglesia y de sacarla de la obscuridad y de las tinieblas, la única iglesia verdadera y viviente sobre toda la faz de la tierra, con la cual yo, el Señor, estoy bien complacido, hablando a la iglesia colectiva v no individualmente. (D. y C. 1:30.)

Estas no son nuestras palabras. Son las palabras de El que estableció su Iglesia antiguamente, y por cuyo ministerio ha sido restablecida y restaurada en nuestros tiempos.

Ahora, mis hermanos y hermanas, por eso es que enviamos misioneros al mundo, porque este mensaje es un mensaje para el mundo. Es la verdad restaurada El Señor indicó ese hecho en la misma revelación, en el primer versículo, en donde dijo:

Escuchad, oh pueblo de mi iglesia, dice la voz de aquel que mora en las alturas, cuyos ojos ven a todos los hombres; sí, de cierto os digo: Escuchad, vosotros, pueblos lejanos; y vosotros, los que estáis sobre las islas del mar, escuchad juntamente.

Porque, de cierto, la voz del Señor se dirige a todo hombre y no hay quien escape… (D. y C. 1:1-2.)

Esta restauración del evangelio, esta devolución de la luz y verdad, es para el beneficio de todos los hijos de Dios. Así es que, humildemente salen nuestros misioneros al mundo para proclamar que hubo una apostasía de la verdad, pero por la bondad de Dios los cielos otra vez han sido abiertos y el evangelio revelado al hombre mediante José Smith, el profeta.

Estoy agradecido por este conocimiento. Para mí es la cosa más preciosa del mundo. Ojalá que todos los hijos de Dios que me oyen, y todos los hijos de Dios en todo lugar, pudieran conocer lo bonito del evangelio, y conocer lo que es el poseer el sacerdocio y sentir la confraternidad, la hermandad que tenemos en la Iglesia —sí, conocer la seguridad que viene al corazón del hombre cuando un testimonio de la verdad toca su alma.

En este día les testifico que estas cosas son verdaderas, que ésta es la obra de Dios. Les doy este testimonio sabiendo bien que eventualmente tendré que pararme ante el juicio de Dios, como ustedes, mis hermanos y hermanas, tendrán que hacer. Testifico en toda humildad que Dios ha hablado otra vez de los cielos, después de un largo período de apostasía, que Él ha levantado un profeta, que José Smith fué un instrumento en sus manos para restaurar otra vez al mundo el Sagrado Sacerdocio, la organización de la Iglesia verdadera con todas las bendiciones de que gozaron antiguamente, y aun más, porque ésta es la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos. Les doy este testimonio en toda humildad y con gratitud en mi corazón, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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