No Profanarás el Nombre de Dios

No Profanarás el Nombre de Dios

De un discurso del apóstol Spencer W. Kimball
dado el 29 de marzo, 1953, “Columbia Broadcasting System”.


Jesús perfeccionó su vida y llegó a ser nuestro Cristo. Se derramó la sangre preciosa de un Dios, y Él llegó a ser nuestro Salvador; su vida perfeccionada fué dada, y llegó a ser nuestro Redentor su expiación por nosotros lo hizo posible que regresáramos a Nuestro Padre Celestial, y, sin embargo, cuan inconsiderados, cuan in-apreciativos son la mayoría de los beneficiarios. ¡La ingratitud es el pecado de las edades!

Grandes números profesan una creencia en El y en sus obras; sin embargo, son relativamente pocos los que le honran. Millones se llaman Cristianos; sin embargo, raras veces se arrodillan en gratitud por Su don supremo, su vida. No solamente esto, sino también deshonran su nombre y viciosamente o sin pensar blasfeman con los mismos nombres de que se debe hablar solamente en reverencia o adoración.

Un día en el hospital me llevaba de la sala de operación un ayudante que tropezó, y brotaron de sus labios enojados blasfemias viciosas con una combinación de los nombres del Salvador. Aun medio sin sentido, me retrocedí e imploré:

“¡Por favor! ¡Por favor! Es mi Señor cuyo nombre usted vilipendia”. Hubo un silencio profundo, entonces una voz callada susurró: “Lo siento”. Él había olvidado por el momento que el Señor había mandado a todo su pueblo:

No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano. (Éxodo 20:7.)

Recientemente presencié un drama presentado en un teatro de la ciudad de San Francisco. El drama había gozado de mucho éxito en Nueva York. Había sido aclamado mucho. Pero los actores, indignos de desatar la correa de las sandalias del Señor, blasfemaban su sagrado nombre en su común, vulgar habla. Repitieron las palabras del dramaturgo, palabras profanando el nombre sagrado de su Creador. La gente rió y aplaudió, y cuando yo pensaba en los escritores, los actores y la audiencia, el sentido vino sobre mí de que todos eran participantes del crimen, y recordé el castigo en el libro de Proverbios para los que condonan el mal: El aparcero del ladrón aborrece su vida; oirá maldiciones, y no lo denunciará. (Proverbios 29:24.)

Recientemente tomé un libro, extensivamente circulado, altamente recomendado, y me quedé espantado de la profana y vulgar conversación en él, y me retrocedí al usar los caracteres en una manera fea los nombres sagrados de la Deidad. ¿Por qué? ¿Por qué es que los autores se venden tan barato y profanan sus talentos dados de Dios? ¿Por qué profanan y blasfeman? ¿Por qué toman ellos en sus labios sucios y escriben con sus plumas sacrílegas los nombres de su propio Creador, los sagrados nombres de su Redentor? ¿Poiqué ignoran su mandamiento positivo?

Y no juraréis en mi nombre con mentira, ni profanarás el nombre de tu Dios: Yo Jehová. (Lev. 19:12.)

En un almuerzo para los hombres del servicio militar, hombres cerca de mí contaron cuentos vulgares usando los nombres sagrados del Dios del cielo como si hablaran inocentemente, y los oradores profanaron el micrófono con lenguaje impropio.

¿Cuáles son los nombres sagrados que deben ser hablados y escritos tan cuidadosamente? Isaías canta:

Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado sobre su hombro: y llamarse su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de Paz. (Ibid. 9:6.)

Y otros nombres con que Él se refiere a sí, son: Hijo del Hombre, el Señor, el Salvador, el Hijo de Dios, Redentor, Alpha y Omega, Emmanuel, Dios Todopoderoso.

En esta última dispensación el Señor amonesta:

Porque, he aquí, de cierto os digo, que hay muchos que están bajo esta condenación, quienes toman el nombre del Señor en vano, no teniendo la autoridad. (D. y C. 63:61-62.)

Por lo tanto, cuídense todos los hombres de cómo toman mi nombre en sus labios;

En la playa un día un grupo de jóvenes había conducido su coche demasiad lejos en la arena y estaba bien atascado. Los esfuerzos combinados de todos ellos no eran suficientes para sacarlo. Ofrecí ayudarlos, pero el lenguaje vil que empleaban me repeló. Los jóvenes estaban usando los nombres sagrados de su Creador como si fuera él una creación de ellos. Me retrocedí de sus blasfemias y los dejé. Su entrenamiento había sido insuficiente, o, como sus padres, habían olvidado la importancia de estos mandamientos de Dios que Él había dado casi con el mismo suspiro:

No matarás… No cometerás adulterio… No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano. . . (Éxodo 20:13-14, 7.)

Aunque el castigo de muerte no se imponga ahora como antiguamente, blasfemar, como cometer adulterio y matar, es un pecado tan grave como antes era, aunque sea muy común entre nosotros y parcialmente aceptado en nuestro mundo.

Informado de que sus hijos e hijas estaban disipándose en sus hogares, en ansiedad por ellos, Job

. . .ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos. Porque decía Job: Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado a Dios en sus corazones. (Job 1:5.)

Sentía grande angustia. Sus huesos le dolían; su carne estaba dolorida; su corazón probado; sus esperanzas habían desaparecido, sin embargo, cuando su esposa se rebeló, diciendo:

…¿Aun retienes tú tu simplicidad? Bendice1 a Dios, y muérete.

fiel Job la redarguyó severamente:

Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatúas, has hablado. (Ibid. 2:9-10.)

Un día un grupo de jugadores de basquetbol subió al camión en donde iba yo. Parecía que competían entre sí para ver quién podría blasfemar más vilmente. Quizá lo aprendieron de hombres de más edad. Yo sé que no se dieron cuenta completamente.

El profeta Isaías llamó al arrepentimiento a los

…que juran en el nombre de Jehová, y hacen memoria del Dios de Israel, más no en verdal ni en justicia:

En el servicio militar uno oye mucha profanación. Los oficiales menores a menudo maldicen a sus inferiores al dar sus órdenes, y muchas veces parece que los jóvenes del servicio militar creen que son más viriles cuando blasfeman y profanan el nombre de Dios.

El presidente Jorge Washington hizo patente que la profanación en el servicio militar ni era necesaria ni justificada. Corno jefe supremo del ejército, era él el responsable por estas palabras:

…Muchas órdenes directas han sido dadas en contra de la abominable costumbre sin significado de blasfemar; a pesar de eso, el general observa, con mucha tristeza, que eso prevalece, aun más que nunca. Sus sentimientos son constantemente lastimados por las maldiciones e imprecaciones de los soldados, cada vez que les puede oír. El nombre de Aquél Ser, por cuya bondad se nos permite existir y gozar de las comodidades de la vida, es incesantemente blasfemado y profanado de una manera tan desenfrenada como es ofensiva. Por lo tanto, por consideración de religión, decencia, y orden, el general espera y confía que los oficiales de cada rango usen su influencia y autoridad para refrenar un vicio que es tanto sin provecho como es malo y vergonzoso. Si los oficiales lo hicieran una regla inviolable reprimir y, si eso no fuese bastante, castigar a los soldados por ofensas de esta naturaleza, no fallaría en producir el efecto deseado.

Muchas personas se excusan por maldecir, diciendo que los diez mandamientos fueron dados hace miles de años a un pueblo lejano, pero debe recordarse que Él no los dio solamente con poder a los israelitas, pero también los reiteró con énfasis a los judíos en el Meridiano del Tiempo y aun en nuestra dispensación los ha repetido para nuestro propio bienestar y guía.

Al joven de Jerusalén que preguntó cuál era la vía a la salvación, Cristo dijo: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”. (Mateo 19:17).

El inquiridor ansioso preguntó:

“¿Cuáles?”

El Señor entonces le repitió los diez mandamientos. Todavía eran aplicables. También dijo en su Sermón del Monte:

No juréis en ninguna manera… (Ibid. 5:34.)

Pablo, el apóstol, condenó a personas que blasfemaban, diciendo:

Sepulcro abierto es su garganta; con sus lenguas tratan engañosamente; veneno de áspides está debajo de sus labios;

Cuya boca está llena de maledicencia y de amargura. (Romanos 3:13-14.)

“58 Santiago protestó en contra del mal:

Pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado…

De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, no conviene que estas cosas sean así hechas.

Los que somos descuidados e inconsiderados, y los que somos viciosos y rebeldes, debemos recordar que no podemos tomar en vano el nombre del Señor con impunidad.

En el teatro y sobre el teléfono, oídos y ojos sensitivos son diariamente ultrajados por el uso injustificable y blasfemo de los nombres del Señor Nuestro Dios. Se usan presuntuosa y pecaminosamente los nombres del Redentor en el club, en la finca, en círculos sociales, en negocios, y en cada ocupación de la vida. Pero hay algunos que aman al Señor y hablan su nombre reverentemente.

En una ciudad chica de Idaho, un hombre bueno maneja un taller mecánico y ha persuadido a sus mecánicos a refrenarse de maldecir o profanar. Sus clientes lo anotan y les gusta. Aun los viciosos no objetan a la limpieza de su negocio.

Cuando estaban construyendo la Catedral de San Pablo, esta noticia fue puesta para los empleados:

Puesto que entre trabajadores y otros se oye con demasiada frecuencia la costumbre irreligiosa de maldecir, a la deshonra de Dios y desprecio de la autoridad; y con el fin de que tal impiedad sea completamente desterrada de estas obras, que son destinadas para el servicio de Dios y la honra de la religión, se ordena que blasfemar profanamente será razón suficiente para despedir a cualquier empleado.

Ahora, dediquémonos de nuevo a actividades reverentes, a una expresión de gratitud a nuestro Señor por su sacrificio incomparable. Recordemos el mandamiento nuevo:

Por lo tanto, cuídense todos los hombres de cómo toman mi nombre en sus labios. (D. y C. 63:61.)

 

  1. En la traducción inglesa de la biblia dice “curse God and die”, o sea “maldice a Dios y muérete”.
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