Cuál es su Pensamiento en su Corazón

Cuál es su Pensamiento en su Corazón

Por el élder Dallin H. Oaks
del Quórum de los Doce Apóstoles

El siguiente discurso fue dado en un servicio devocional llamado Una Noche con una Autoridad General el 8 de febrero de 2013.


Mis queridos consiervos: desde hace mucho tiempo he tenido interés en la enseñanza de nuestra juventud. En el año 1967—antes de que hubieran  nacido muchos de ustedes—nuestra hija mayor empezó a asistir al seminario matutino en Chicago. Durante la mayoría de los más de cuarenta y cinco años que han pasado desde entonces, he tenido, hijos, nietos, y ahora una bisnieta que han asistido a un seminario, a un instituto o a una universidad en el Sistema Educativo de la Iglesia. Como maestros, administradores, empleados y misioneros en el SEI, y como compañeros de estos siervos del Señor, sus responsabilidades son vitales en preparar a la creciente generación para sus responsabilidades en la Iglesia y Reino de Dios.

I.

Nuestra juventud es asombrosa en su fe y devoción hacia lo que es bueno y recto. Son superiores al medirlos con cualquier criterio justo. Por ejemplo, un estudio reciente mostró que el porcentaje de jóvenes mormones que son fieles a su fe y asisten con regularidad a los servicios de la Iglesia es el más alto que en cualquier otro grupo religioso en los Estados Unidos. 1 Creo que nuestra juventud y los adultos jóvenes son mejores que cualquier generación anterior. Sin embargo, necesitan nuestra ayuda para reforzarlos en contra de las desviaciones y las maldades que los rodean, que son muy intensas y persuasivas. En un discurso dado a una audiencia del SEI semejante a esta hace cerca de una década, el Presidente Boyd K. Packer dijo que: “el mundo está descendiendo en una espiral a un paso cada vez más rápido.” 2   En la re-dedicación del Templo en Boise, Idaho en noviembre de 2012, el Presidente Thomas S. Monson declaró que nuestros miembros jóvenes “caminan en un mundo saturado con las sofisterías de Satanás.” 3

Las dificultades que enfrentan quienes enseñan el evangelio—los padres y maestros llamados o contratados—son magnificadas por la tecnología moderna a la que tienen acceso instantáneo sus jóvenes alumnos.   La hermana Julie B. Beck, ex presidenta general de la Sociedad de Socorro, lo describió así hace unos años: “Por todos lados hay mensajes en los medios que están contra la familia, y nuestros jóvenes están muy conectados con los medios. . . . Cada vez más, nuestra juventud no ve la razón de formar familias o de casarse a pesar de todas las enseñanzas que les den. Están siendo insensibilizados sobre la necesidad de formar familias eternas.”4

Hablaré sobre algunos de esos mensajes contra la familia y sugeriré algunas cosas que podemos enseñar para contrarrestarlos. En el contexto de la enseñanza de las escrituras en secuencia, ustedes son responsables de enseñar la doctrina básica del matrimonio y la familia. Mi mensaje tiene la intención de ayudarles en ese esfuerzo. Trato de añadir algo a la reciente derrama inspirada de lo alto de las ayudas para fortalecer el papel de los miembros jóvenes en apresurar la obra del Señor en esto últimos días.5

II.

Algunas veces las cosas más importantes que podemos enseñar—las que más necesitan nuestros alumnos—son las que damos por hechas. Podemos descuidar el enseñar las verdades simples y básicas porque creemos que ya las comprenden todos. Por ejemplo, consideren la importancia fundamental de esta verdad bíblica enseñada por el profeta Isaías: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dice Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8-9).

El capítulo 9 de segundo Nefi tiene una enseñanza semejante sobre las necedades de los hombres instruidos que no escuchan el consejo de Dios (véase 2 Nefi 9:28).  En el libro de Lucas leemos la respuesta de Jesús a los fariseos que se “burlaban” de Él por Sus enseñanzas: “Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; pero Dios conoce vuestros corazones, pues lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación” (Lucas 16: 14-15).

En base a estas escrituras, llego a la conclusión de que los seguidores de Cristo piensan de manera diferente a la de otros. Conocí esa idea cuando era joven y estudiaba leyes en la Universidad de Chicago.  Criado en territorio mormón con muy poco contacto con  personas de otras creencias, me sentí intrigado cuando supe que un empleado de tiempo parcial en la biblioteca de leyes estaba estudiando para el ministerio, buscando conseguir el título de Doctor en Divinidad.  Imagínense mi sorpresa cuando me enteré por nuestras conversaciones que, aunque él creía que Jesucristo era “un gran maestro,” no creía que Él era el Hijo divino de Dios.

Con ingenuidad le pregunté “¿A qué iglesia perteneces?”

Me contestó: “Eso no importa.  Aceptaré cualquier posición que me ofrezca una buena situación; enseñando, predicando o asesorando.”

Este hombre deseaba hacer lo que él consideraba bueno, pero le faltaba la fundamental creencia en el Padre, y en Su  Hijo, y en el Espíritu Santo que yo pensaba que todos los cristianos creían en ella. Cuando llegamos al propósito y la práctica de la religión, obviamente él pensaba de manera diferente que yo.

Ese es mi tema. Describiré la realidad y la importancia del hecho de que en muchos temas importantes acerca de la religión, los Santos de los Últimos Días piensan de manera distinta a muchos otros.

III.

Cuando digo que los Santos de los Últimos Días “piensan de manera distinta,” no sugiero que tenemos una manera de razonar diferente en el sentido de cómo pensamos. Me estoy refiriendo al hecho de que en muchos temas importantes, nuestras suposiciones—nuestros puntos de partida o premisas principales—son diferentes a las de muchos de nuestros amigos y asociados. También son diferentes de los muchos supuestos que actualmente se usan en los medios de comunicación y en otros casos. Por ejemplo, debido a que los Santos de los Últimos Días conocemos el plan de nuestro Padre Celestial para Sus hijos, sabemos que esta vida mortal no es una obra de un solo acto atrapada entre un pasado desconocido y un futuro incierto. Esta vida es el segundo acto en una obra de tres actos. Su propósito está definido por lo que se ha revelado acerca de nuestra existencia espiritual en el primer acto y nuestro destino final en el tercer acto. Debido al conocimiento de este plan así como de otras verdades que Dios ha revelado, partimos de supuestos distintos de quienes no comparten nuestro conocimiento. Como resultado, llegamos a conclusiones diferentes en muchos temas importantes que los demás juzgan en base a sus opiniones acerca de la vida mortal.

En ciertas maneras nuestra experiencia es la misma de la del Apóstol Pedro registrada en el capítulo dieciséis de Mateo. Jesús le dijo a Sus Apóstoles que pronto iría a Jerusalén y sufriría muchas cosas a manos de los ancianos, y de los principales sacerdotes y de los escribas y finalmente sería muerto.

“Y Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reprenderle, diciendo: Señor, ten compasión de ti mismo. ¡En ninguna manera esto te acontezca! Entonces él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás! Me eres tropiezo, porque no entiendes lo que es de Dios, sino lo que es de los hombres” (Mateo 16: 22-23).

Pedro no entendió “lo que es de Dios, sino lo que es de los hombres” cuando comentó que Jesús no fuera muerto en Jerusalén. Al razonar en base a la sabiduría de los hombres, llegó a la conclusión equivocada. Si en esa ocasión, Pedro hubiera razonado en base a “lo que es de Dios”—en el plan que requería que el Salvador muriese—no habría sido reprendido. Entonces él habría tenido lo que las escrituras describen como la “mente del Señor” o la “mente de Cristo” (Romanos 11: 34; 1 Corintios 2: 16; D. y C. 102: 23; véase también 2 Nefi 9:39), la cual incluye la capacidad de entender y pensar claramente acerca de la aplicación de las verdades y las enseñanzas eternas del evangelio a las distintas circunstancias que enfrentamos en la mortalidad.

Vivimos en un mundo en el cual muchos abogan y practican cosas que son contrarias a “lo que es de Dios”; Su plan de salvación. Esto produce muchos de los malos entendidos y de la oposición que enfrentan nuestros jóvenes de parte de sus amigos y asociados. Por ejemplo, estamos rodeados por asociados y una cultura que sostienen que no es malo tener relaciones sexuales sin estar casados. Una encuesta reciente reporta que el 53 por ciento del pueblo americano así lo cree.6 Similarmente, en mi discurso en la conferencia de octubre de 2012, cité el hecho de que en un período reciente, el 41 por ciento de todos los nacimientos en los Estados Unidos, venían de mujeres que no estaban casadas.7 La mayoría de estos nacimientos fueron de parejas que estaban cohabitando; o sea, viviendo juntos sin estar casados.  El que las parejas, sin estar casadas, tengan y críen hijos, es algo muy común y es aceptado por muchos.

¿Cómo debería responder nuestra juventud cuando sus asociados y hasta sus maestros en las escuelas llegan a la conclusión que el matrimonio ya no es importante y que los hijos no tienen ninguna desventaja si sus padres no están casados?  Igualmente, ¿cómo deberían responder a las propuestas conocidas para redefinir a la familia?  Sugiero que es preferible que nuestros jóvenes se abstengan de discutir con sus asociados sobre esas aseveraciones o propuestas. Estarán mejor si responden identificando los premisas o suposiciones mundanas que enfrentan y luego identificando las diferentes suposiciones o premisas que guían el pensamiento de los Santos de los Últimos Días.  Esto no causará que estén de acuerdo con las personas que no comparten nuestra fe, pero puede desviar la discusión hacia las verdaderas causas del desacuerdo en vez de discutir sobre las conclusiones.

Aquí está otra ilustración: Una escuela del pensamiento moderno, muy poderosa e influyente, es la del “relativismo moral,” la idea de que no hay malo o bueno absolutos. Detrás de esa idea está el supuesto de que no hay Dios o, que si hay un Dios, que no ha dado mandamientos que sean aplicables a nosotros en la actualidad. Esa idea pone a sus adherentes en la misma posición del pueblo infortunado al que el profeta Mormón describió diciendo que “están sin Cristo y sin Dios en el mundo;. . . como paja que se lleva el viento” (Mormón 5: 16).

Obviamente, los Santos de los Últimos Días empiezan con una premisa diferente: hay un Dios que es la fuente de leyes eternas, y Él nos ha dado mandamientos que establecen lo bueno y lo malo en muchas de las decisiones. También, en el tercer acto de Su plan eterno, seremos responsables hasta el punto en que nuestros pensamientos y hechos hayan estado en armonía con esos mandamientos. Nos oponemos al relativismo moral, y debemos ayudar a nuestra juventud a evitar el ser engañados y persuadidos por los razonamientos y las conclusiones que se basan en premisas falsas.

IV.

¿En dónde buscamos las premisas con las cuales empezamos nuestro razonamiento sobre la verdad o aceptabilidad de las distintas propuestas? Nos anclamos en la palabra de Dios, que se encuentra en las escrituras y en las enseñanzas de los profetas modernos. A menos que nos anclemos a estas verdades como las principales premisas y supuestos, no podemos estar seguros de que nuestras conclusiones sean verdaderas. El estar anclados a la verdad eterna no nos protegerá contra la tribulación y la persecución que predijo Jesús (véase Mateo 13:21), pero nos dará la paz que viene de la fe en Jesucristo y el conocimiento de que estamos en el sendero hacia la vida eterna. Recuerden a sus alumnos las siguientes enseñanzas, que son el punto de partida para nuestro pensamiento sobre muchas ideas y tendencias modernas.

Pensamos de manera diferente a mucha gente en el mundo acerca de los asuntos familiares a causa de lo que sabemos del propósito y la naturaleza eternos de nuestras relaciones familiares. Nuestra proclamación sobre la familia declara que “el matrimonio entre un hombre y una mujer es ordenado por Dios” y que “la familia es fundamental en el plan del Creador para el destino eterno de Sus hijos.”8 Al  saber que el matrimonio es esencial para el plan eterno de Dios, los Santos de los Últimos Días persisten en el principio religioso de que el matrimonio es principalmente una institución para la procreación y la crianza de los hijos. También nos adherimos a la experiencia probada de que el matrimonio es la mejor institución para el bienestar económico, político y moral de la familia humana. Y como el Presidente Spencer W. Kimball lo dijo hace mucho: “Sabemos que cuando las cosas están mal en la familia, las cosas estarán mal en cualquier otra institución de la sociedad.”9

Rechazamos la idea moderna de que el matrimonio es una relación que existe primordialmente para la satisfacción de los individuos que lo contraen, y que cualquiera de ellos lo pueda terminar a su voluntad. Nos enfocamos en el bienestar de los hijos, no solamente en el nuestro.

El Manual de la Iglesia explica: “Por designio divino, tanto el hombre como la mujer son esenciales para traer hijos a la vida mortal y proporcionar el mejor ambiente para criarlos y educarlos.”10

Nuestra proclamación sobre la familia declara: “Los hijos merecen nacer dentro de los lazos del matrimonio y ser criados por un padre y una madre que honran sus votos matrimoniales con completa fidelidad.”11

Nuestra creencia de que se nos manda “honrar los votos matrimoniales con completa fidelidad” introduce la siguiente premisa fundamental declarada en la proclamación sobre la familia: “que Dios ha mandado que los sagrados poderes de la procreación han de emplearse sólo entre el hombre y la mujer legítimamente casados como esposo y esposa.”12

Dicha declaración no es políticamente correcta, pero es verdadera, y somos responsables de enseñar y practicar su verdad. Obviamente, eso nos coloca contra muchos de los supuestos y las prácticas del mundo actual—el nacimiento de millones de niños inocentes de madres sin casar— es tan solo una  ilustración.

La siguiente verdad básica que cito de la proclamación sobre la familia es un principio cuyas implicaciones van mucho más allá de lo que entiende nuestra juventud. Requiere cuidadosa atención y una enseñanza inspirada: “El ser hombre o el ser mujer es una característica esencial de la identidad y del propósito premortales, mortales y eternos de la persona.”13

La característica eterna del género tiene muchas consecuencias. Una de ellas es explicada en esta declaración en el Manual 2: “La naturaleza masculina y femenina de los espíritus es tal que se completan el uno al otro. Se ha dispuesto que el hombre y la mujer progresen juntos hacia la exaltación.”14

Los espíritus de los hombres y las mujeres “se completan el uno al otro” porque son diferentes, y “progresan juntos hacia la exaltación” entre otras cosas, al honrar esas diferencias divinamente creadas.

Por tanto, la proclamación de la familia declara:  “Por designio divino, el padre debe presidir la familia con amor y rectitud y es responsable de proveer las cosas necesarias de la vida para su familia y de proporcionarle protección. La madre es principalmente responsable del cuidado de sus hijos. En estas sagradas responsabilidades, el padre y la madre, como compañeros iguales, están obligados a ayudarse el uno al otro.”15

Nos regocijamos en los roles del hombre y la mujer que se apoyan el uno al otro dentro del plan de Dios.

Los hombres y las mujeres han de ser diferentes, sin embargo, para cumplir el plan de Dios han de estar unidos inseparablemente en una relación de apoyo mutuo. La hermana Elaine S. Dalton Presidenta General de las Mujeres Jóvenes, les dio este importante consejo a los estudiantes de BYU:

Señoritas, ustedes darán el ejemplo de la feminidad y la maternidad virtuosas. . . . También serán quienes darán el ejemplo de la vida familiar en una época en que las familias estarán bajo ataque, en que se estén redefiniendo y desintegrándose. Entenderán su papel y sus responsabilidades. . . .

Jóvenes, ustedes serán quienes sabrán que el poder del sacerdocio—el poder de actuar por Dios en la tierra—solo puede obtenerse mediante la pureza. Y usarán ese poder del sacerdocio para bendecir a generaciones.

La pureza y virtud en las vidas de todos ustedes atraerán las miradas de todo el mundo en estos últimos días.16

Todos nosotros—hombres y mujeres por igual—encontramos la felicidad verdadera y duradera si  entendemos y nos regocijamos en los roles distintos en el plan de salvación de Dios.

Por supuesto, vemos la necesidad de corregir algunas deficiencias existentes desde hace mucho  en las protecciones legales y las oportunidades para las mujeres. Pero en nuestra conducta personal, creemos, como lo enseñó hace mucho tiempo el Presidente Gordon B. Hinckley al hablar del sector privado, que cualquier esfuerzo “para crear un género neutral de lo que Dios creó como masculino y femenino traerá más problemas que beneficios.”17

La proclamación de la familia termina con la petición de “fortalecer a la familia y a mantenerla como la unidad fundamental de la sociedad,” y exhorta a los “ciudadanos responsables y a los funcionarios de gobierno de todas partes para que fomenten aquellas medidas designadas a fortalecer a la familia.” 18

Cuando empecemos a medir las propuestas y las prácticas modernas con lo que sabemos del plan de Dios y las premisas dadas en la palabra de Dios y las enseñanzas de Sus profetas vivientes, debemos esperar que nuestras conclusiones diferirán de las personas que no piensan de ese modo. Pero estamos firmes en esto debido a que sabemos que esto nos pone eternamente en un lugar seguro. Muchos otros no estarán de acuerdo, pero nuestra explicación del por qué pensamos de esta manera les dará a otros un mejor entendimiento de nuestras posiciones.

V.

En un discurso en la conferencia general de octubre de 2009, mencioné otros ejemplos de las maneras en que otros piensan de manera diferente a los Santos de los Últimos Días fieles.19 Esos ejemplos que tenían que ver con la posible confusión ocasionada por las demandas opuestas entre el amor y la ley, son lo suficientemente importantes para volverlas a mencionar aquí ya que ocurren dentro de las relaciones amorosas, hasta dentro de las familias Santo de los Últimos Días. En el primer ejemplo un joven adulto que está en una relación de cohabitación les dice a sus afligidos padres: “si de verdad me amaran, me aceptarían junto con mi compañera al igual que aceptan a sus hijos casados.” Este joven está afirmando que el amor paternal debe eliminar a los mandamientos de Dios. Es obvio que los padres que entienden el propósito y el efecto de los mandamientos de Dios y sus propias responsabilidades piensan de otra forma. Aunque no aprueban las conductas que violen los mandamientos de Dios, no excluyen a un hijo o hija de su círculo familiar o de su amor.

Otros dos ejemplos se relacionan con el efecto del amor de Dios. En uno, una persona rechaza la doctrina de que una pareja debe estar casada por la eternidad para poder disfrutar de la relación familiar en la otra vida. Declara: “Si Dios realmente nos amara, no creo que trataría a los esposos de esta manera.” En el otro ejemplo, una persona dice que su fe ha sido destruida por el sufrimiento humano que Dios permite que sea infligido sobre alguna persona o un pueblo, y concluye: “Si hubiera un Dios que nos ama, no permitiría que pasara esto.”

Las personas que piensan de esta forma piensan equivocadamente que el amor de Dios es tan grande y tan incondicional que misericordiosamente los eximirá de obedecer Sus leyes o las condiciones de Su plan. Piensan al revés al partir de su conclusión equivocada y suponen que los fundamentos de la ley eterna de Dios deben adherirse a sus propios conceptos. Pero están confundidos en su forma de pensar. El amor de Dios no substituye a Sus mandamientos o a Su plan.

Quienes entienden la relación entre el amor de Dios y Su ley saben que: “hay una ley, irrevocablemente decretada en el cielo antes de la fundación de este mundo, sobre la cual todas las bendiciones se basan; y cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa” (D. y C. 130: 20-21).

La misericordia no puede robar a la justicia (véase Alma 42: 25).  Quienes obtienen la misericordia que está disponible gracias al gran amor de Dios por Sus hijos son “aquellos que han guardado el convenio y observado el mandamiento” (D. y C. 54: 6).

Este principio fundamental nos ayuda a entender el porqué de muchas cosas, como la justicia y la misericordia que son equilibradas por la Expiación. También explica el por qué Dios no evita que Sus hijos usen el libre albedrío. El albedrío—nuestro poder para elegir—es fundamental en el plan que nos trae a la tierra. Típicamente, Dios no interviene para evitar las consecuencias de las elecciones de algunas personas a fin de proteger el bienestar de otras personas—aunque se maten, se hieran o se injurien el uno al otro—ya que esto destruiría Su plan para nuestro progreso eterno (véase Alma 42: 8). Aunque Dios no evitará esas decisiones (véase Mosíah 24: 14-15), Él nos bendecirá para que soportemos las consecuencias de las decisiones de otros. Y aquellos a quienes se les corten o se les reduzcan sus oportunidades mortales debido a las elecciones de otros, eventualmente tendrán todas las bendiciones y oportunidades pues les serán ofrecidas por la misericordia y la Expiación de Jesucristo.

Las consecuencias eternas y la justicia de Dios al respetar  las decisiones de Sus hijos—o sea su albedrío—culminan en lo que hemos llamado el tercer acto, nuestro destino eterno en el plan de nuestro Padre Celestial. El Juicio Final que se efectúa allí explica muchas cosas acerca del propósito y el efecto de nuestra difícil jornada mortal. En la revelación moderna leemos: “A todos los reinos se ha dado una ley” (D. y C. 88:36). Por ejemplo, “Porque el que no es capaz de obedecer la ley de un reino celestial, no puede soportar una gloria celestial. Y el que no puede obedecer la ley de un reino terrestre, no puede soportar una gloria terrestre. Y el que no puede obedecer la ley de un reino telestial, no puede soportar una gloria telestial” (D. y C. 88: 22-24).

En otras palabras, el reino de gloria al cual seamos asignados en el Juicio Final no se determina por el amor sino por la ley que Dios nos ha dado—a causa de Su amor—que nos califica para la vida eterna, “que es el mayor de todos los dones de Dios” (D. y C. 14: 7).  Quienes conozcan esa verdad de seguro pensarán de manera diferente a quienes no la conocen.

VI.

El mundo en el que vivimos es como el campo descrito por el Salvador en el evangelio de Mateo. Hasta el tiempo de la cosecha, el trigo que deseamos está creciendo junto con la cizaña que sembró el enemigo, que es el diablo (véase Mateo 13: 24-30, 39). En la parábola del sembrador, Jesús describió el resultado: Cuando la palabra del sembrador cae en pedregales, en las que quien escucha “no tiene raíz en sí”, se ofenderá cuando venga “la aflicción o la persecución por la palabra” (véase Mateo 13: 20-21). Otras semillas caen “entre espinos” y según lo define Marcos, “los afanes de este mundo, y el engaño de las riquezas, y las codicias de otras cosas entran y ahogan la palabra, y ésta se hace infructuosa” (Marcos 4: 18-19). Esta parábola describe la reacción de cualquiera de nosotros que nos ofendemos al sufrir persecución o nos volvemos infructuosos debido a los “afanes de este mundo” o nuestra “codicia de otras cosas.”

Deberíamos aplicar la advertencia que Jesús les dio a sus discípulos de “guardaos de la. . . . doctrina de los fariseos” (Mateo 16: 12). No podemos escapar de las conclusiones, las enseñanzas y de lo que apoyen los fariseos modernos. Debemos vivir en el mundo. Pero la enseñanza de que “no sois del mundo” (Juan 15: 19; 17: 14, 16) requiere que identifiquemos el error y lo saquemos de nuestros pensamientos, de nuestros deseos y nuestras acciones. De esta manera, mediante la fe y confianza en Jesucristo y nuestro conocimiento del plan de nuestro Padre Celestial, podemos seguir adelante con confianza en estos tiempos turbulentos.

Debemos ayudar a nuestros jóvenes a pensar claramente acerca de las verdades del evangelio y la forma de aplicarlas a los desafíos que enfrentan. Quienes lo hagan estarán edificados sobre “la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios,” y calificarán para la promesa profética de que la poderosa oposición del diablo no tendrá poder para arrastrarlos al abismo de miseria porque están sobre un “fundamento seguro” y “no caerán” (Helamán 5: 12).

Testifico de la veracidad de ese fundamento seguro. Testifico que Jesucristo es el Autor y Consumador de nuestra fe. Y testifico que seremos bendecidos cuando nos anclemos a la palabra del Señor y a las enseñanzas de Sus profetas. Testifico de esto en el nombre de Jesucristo, amén.


  1. Robert D. Putnam y David E. Campbell, American Grace: How Religion Divides and Unites Us(Nueva York: Simon &Schuster, 2010), página 138.
  2. Boyd K. Packer, “The One Pure Defense,” discurso a los Educadores de Religión el 6 de febrero de 2004, página 4; ver:  si.lds.org.
  3. “Boise Idaho Temple: Again Hallowed,” Church News,25 de noviembre de 2012, página 5.
  4. Julie B. Beck, “Teaching the Doctrine of the Family,” Transmisión vía satélite de los Seminarios e Institutos de Religión el 4 de agosto de 2009, página 4.
  5. Véase de Sarah Jane Weaver, “Roundtable: ‘Hastening the Work,’” Church News,30 de diciembre 2012, páginas 4-5.
  6. Véase de Tom W. Smith y otros, General Social Surveys, 1972-2010: Cumulative Codebook (marzo de 2011), página 410.
  7. Véase de Joyce A, Martin y otros, “Births: Final Data for 2010,” National Vital Statistic Report61, num. 1 (agosto 28, 2012), páginas 8-9.
  8. “La Familia: Una Proclamación Para el Mundo,” Ensign, noviembre de 1995, página 102.
  9. Spencer W. Kimball, “Families Can Be Eternal” Ensignnoviembre de 1980, página 4.
  10. Manual 2: La Administración de la Iglesia(Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 2010), página 4.
  11. “La Familia,” 129.
  12. “La Familia,” 129.
  13. “La Familia,” 129.
  14. Manual 2:página 3.
  15. “La Familia,” 129.
  16. Elaine S. Dalton, “Prophetic Priorities and Dedicated Disciples,” Discurso en una reunión devocional en BYU el 15 de enero de 2013, página 7; ver: speeches.byu.edu.
  17. Gordon B. Hinckley, “Live Up to Your Inheritance,” Ensign, noviembre de 1983, página 84.
  18. “La Familia,” 129.
  19. Véase “Amor y la Ley”,” Liahona,Noviembre 2009, páginas 26-29.
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