La Inmortalidad y Vida Eterna del Hombre

La Inmortalidad
y Vida Eterna del Hombre

por el élder Milton R. Hunter
del primer concilio de los setenta
en la conferencia general de la Iglesia, el 4 de abril de 1949


Ciertamente es una experiencia que le hace a uno estar serio, el ocupar este puesto, mis hermanos y hermanas, y mirar las caras de esta grande multitud de Santos de los Últimos Días que han venido aquí para adorar al Señor. Humildemente oro y confío que el Espíritu del Señor me atienda en lo que diga esta mañana.

Muy dentro del corazón de casi cada persona que ha vivido en este mundo, Dios ha puesto una esperanza —sí, más que eso— aun un deseo vivo de vivir después de la muerte. La inmortalidad del hombre es un concepto universal. Un estudio de religiones antiguas revela que cualquier religión que fué popular con sus adherentes y que llegó a ser una religión prominente logró esa popularidad por prometer a sus miembros que después de su estancia en este mundo experimentarían una feliz, gloriosa y bendita inmortalidad. Esto es cierto hoy día también.

A través de las varias edades, cuando Dios ha revelado principios del evangelio a sus santos profetas, siempre les ha dado esa gran idea que el hombre vivirá por las eternidades.

Hace un poco más de cien años cuando el plan del evangelio se restauraba al profeta José Smith en nuestra dispensación, las varias denominaciones Cristianas tenían el concepto de que el hombre viviría después de la muerte, sin embargo, su entendimiento de ellos del mudo venidero era muy indeciso y vago. Tenían poca información relativa a nuestra vida premortal, y sus conceptos de la vida después eran muy incorrectos en muchos aspectos. Por lo tanto, llegó a ser necesario que nuestro Padre Celestial revelara al mundo otra vez una abundancia de conocimiento relativo a la inmortalidad del hombre, y que señalara el camino a seguir para ganar la vida eterna. Como resultado de las preocupaciones de Dios por sus hijos, el profeta José Smith tradujo el Libro de Mormón. Contiene mucha doctrina tocante a la vida futura. El también recibió las maravillosas revelaciones recordadas en las Doctrinas y Convenios. La sección setenta y seis es la revelación más grande relativa a la vida después que se puede hallar en cualquier libro del mundo. José recibió la Perla de Gran Precio en que encontramos mucha información tocante al concilio de los dioses y nuestra existencia premortal.

No solamente tenemos las enseñanzas de los profetas y revelación sobre la inmortalidad del hombre, sino tenemos mucha evidencia absoluta. La mejor evidencia de todas de que ustedes y yo somos inmortales, que seguiremos viviendo después que hayamos salido de esta vida, es el hecho de que Jesucristo, después de su crucifixión, salió del sepulcro. Apareció a muchas personas en y cerca de Jerusalén, así mostrando que era inmortal y extendiendo a la humanidad la promesa de que como él había resucitado de la muerte, así lo harían todos los hombres.

Leemos en el libro de Mateo que al tiempo de la resurrección del Salvador se abrieron los sepulcros de los santos que habían vivido vidas buenas en la mortalidad, y éstos aparecieron a muchas personas en y cerca de Jerusalén. Estos santos podrían haber sido tales personas como Abraham, Isaac, Jacob, José, Noé, y los otros santos profetas y sus esposas que pertenecían a la “Iglesia del Primogénito”.

Después de su resurrección, Jesucristo también apareció a los nefitas que vivían en esta tierra. En una de esas ocasiones les dijo que le trajeran a él sus registros. Al leer ese registro, preguntó si Samuel el lamanita no había profetizado que cuando Cristo fuera resucitado los sepulcros de los antiguos santos serían abiertos y que aparecerían al pueblo nefita. Se le dijo que así eran las profecías y que esas profecías se habían cumplido. Por consiguiente él dijo al historiador nefita que escribiera esa gran profecía y su cumplimiento en sus registros para que ustedes y yo en los últimos días pudiéramos saber a ciencia cierta que seguiríamos viviendo después de la muerte; que somos seres inmortales así como mortales.

Hace más de cien años Jesucristo apareció a José Smith en varias ocasiones. Cuando hizo esas apariciones, Cristo era un resucitado, glorificado y celestializado Dios. Entremezclado entre esas visitaciones, aparecieron al profeta José otros seres que habían vivido en este mundo en tiempos antiguos. Tales personas como el ángel Moroni, Pedro, Santiago, y Juan, Juan el Bautista, Moisés, Elías, Miguel, Rafael, y otros visitaron a José Smith. Cada aparición, desde luego, añadió testimonio sobre testimonio relativo a la inmortalidad del hombre y la vida eterna que, los rectos que viven sobre esta tierra, finalmente logran.

En la doctrina de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tenemos un entendimiento algo comprensivo de nuestra vida anterior. Se nos enseña que ustedes y yo somos hermanos; de hecho, todos los hombres, mujeres y niños que jamás han venido a este mundo somos hermanos, porque todos éramos hijos e hijas de Dios el Padre Eterno y nuestra Madre Eterna en aquel reino espiritual antes de que viniésemos a la mortalidad. También por revelación hemos aprendido que los dioses celebraron un concilio preparatorio antes de poblar este mundo en el cual se discutieron y proclamaron los planes para la mortalidad.

Probablemente de todos los seres humanos que han vivido en este mundo, cuando menos la mayoría de ellos han preguntado: “¿A dónde vamos al morir?” En esta ocasión quisiera decir a todos los Santos de los Últimos Días que el lugar a. donde ustedes y yo iremos al morir se determinará, en grande medida, por la manera en que vivimos mientras estamos aquí —quiero decir nuestro destino final, la meta por la cual luchamos. Tenemos el verdadero plan de salvación, el evangelio de Jesucristo, con todas las ordenanzas del evangelio; todas las enseñanzas, incluyendo el Sagrado Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios. Son nuestras todas estas cosas que son necesarias para llevarnos otra vez a la presencia de Dios y exaltarnos en gloria celestial. Sabemos, por lo tanto, lo que será nuestro destino como miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días si vivimos según cada palabra que sale de la boca de Dios. También, con todo el poder, sacerdocio, ordenanzas, doctrinas, oportunidades y bendiciones que son nuestros, sabemos que si pecamos bastante, tenemos el poder de condenarnos a nosotros mismos, aun de arrojar nuestra alma al infierno. Los profetas han proclamado que donde mucho se da, mucho se requiere de nuestras manos.

A un Santo de los Últimos Días la muerte no es una cosa tan seria. No importa mucho cuántos años vivimos en este mundo. La cosa de importancia es como vivimos. ¿Estamos preparados para ver al Padre Eterno y su Hijo Unigénito? Si la muerte nos sobreviniera en cualquier momento, ¿estaríamos preparados para ir al otro mundo y al fin llegar al reino celestial de Dios? Eso debe ser la meta de ustedes y también la mía. Debemos vivir una vida tan limpia y pura cada día, rindiendo obediencia a todos los principios y ordenanzas del evangelio de tal manera que estemos listos para morir cuando la muerte nos sobrevenga.

Cada persona que muere irá a un mundo conocido como el mundo de los espíritus. Los que hayan vivido vidas rectas aquí en la mortalidad encontrarán allí un paraíso, un cielo, un lugar de paz, de gozo, de oportunidad, de progresión. Y los que hayan vivido vidas malas se encontrarán en el mundo de los espíritus como si estuvieran en una prisión. Leemos en segunda de Pedro que mientras el cuerpo del Salvador yacía en el sepulcro, su espíritu fué al mundo de los espíritus y abrió las puertas del evangelio a aquellos que fueron ahogados en el diluvio en los días de Noé. Esas personas habían sido privadas de oír el evangelio, estando en la prisión durante ese largo período de tiempo de más de dos mil años.

Algunas personas con quienes he hablado tienen la idea de que cuando mueren, de repente todos sus pecados serán lavados, y serán blancos y gloriosos, puros y limpios, de una manera automática y milagrosa. No es así. Según los profetas antiguos, especialmente los del Libro de Mormón, sostenido por revelación moderna, cuando morimos, si somos sucios, quedaremos sucios. El hecho de morir no nos cambia ni en el menor grado. Somos personajes dobles; poseemos un cuerpo de espíritu que mora en nuestro cuerpo físico. La muerte es una separación del cuerpo espiritual del cuerpo físico. Todos nuestros buenos hechos, nuestros hechos malos; el conocimiento que hemos adquirido; nuestros hábitos, nuestras inclinaciones buenas y malas, residen en el espíritu. El personaje de espíritu contiene la personalidad o en otras palabras, el espíritu es la verdadera persona. Entendiendo esta doctrina, sabemos que cuando muramos seremos en el otro mundo exactamente lo que nos hemos hecho de nosotros mientras vivíamos en la mortalidad. Solamente hay una manera, que sepa yo, por la cual podemos purificarnos, y esta única manera es por el arrepentimiento. Será más fácil arrepentirnos ahora de las cosas de las cuales debemos arrepentimos, que si aplazamos el día de nuestro arrepentimiento hasta que vayamos a ese otro mundo, sobrepujando allí esas desventajas; por eso diré, “hoy es el día de prepararnos para ver a Dios”. Permítanme citar las palabras de uno de los antiguos profetas nefitas tocantes al mismo sujeto:

Porque, he aquí, que esta vida es el tiempo que tiene el hombre para prepararse a comparecer ante Dios; sí, he aquí, el día de esta vida es el día en que el hombre debe ejecutar su obra.

…si no mejoramos nuestro tiempo mientras estemos en esta vida, entonces viene la noche de tinieblas, durante la cual no se Puede hacer nada. (Libro de Mormón, Alma 34:32-33.).

Cada persona, después de salir de esta vida, quedará en el mundo de los espíritus por un cierto período de tiempo para seguir preparándose para entrar a la presencia de Dios. En ese mundo de espíritus hay mucha actividad. Allí se enseña el evangelio de Jesucristo a los que no lo recibieron aquí en la mortalidad, y especialmente a los que anteriormente no tuvieron la oportunidad. Cuando aquellas personas en el mundo de los espíritus hayan recibido el evangelio, la obra en los Templos que hacemos los mortales consuma la obra para que ellos acepten a Jesucristo y al plan de salvación allí en el mundo de los espíritus. El mundo de los espíritus es, entonces, otro estado probatorio para que los hijos e hijas de Dios que quieran puedan prepararse para encontrarle.

Después de nuestra estancia en el mundo de los espíritus viene la resurrección. Habrá una resurrección universal para cada hombre, mujer, y niño. Así como todos morimos, todos nos resucitaremos del sepulcro. Amulek declaró:

. . . Os digo, que este cuerpo mortal es levantado para ser un cuerpo inmortal; esto es, de la muerte, aun de la primera muerte, a la vida, para que no tunera más, uniéndose sus espíritus a sus cuerpos, para no ser separados nunca más, formando los dos una entereza espiritual e inmortal, de modo que no puedan más ver corrupción. (Ibid. 11:45.)

Jesucristo vino al mundo y murió por los pecados del mundo. Rompió las ligaduras de la muerte y resucitó, siendo las primicias de la resurrección. Puso en operación la ley de resurrección y así dio como un obsequio a cada hombre, mujer, y niño, resurrección, o en otras palabras, inmortalidad. Así es que todos, los inicuos tanto como los rectos, gozaremos de inmortalidad.

Después de la resurrección, viene el gran juicio. Cada persona que ha vivido o que vivirá en este mudo —cada hombre, mujer, y niño— se parará delante de Dios para contestar por la vida que haya vivido aquí en la mortalidad, y también para contestar por la vida que haya vivido en el mundo de los espíritus.

Alma, el gran profeta nefita, un día estaba predicando esta doctrina a su pueblo. Les explicó que cada hombre, mujer, y niño, “Libres y esclavos,. . . ambos justos e injustos”, serían resucitados y se les requeriría pararse delante del juicio de Dios. Allí serían considerados responsables por la vida que vivieron como mortales, por cada hecho, sí, por cada palabra que hablaron, y por cada cosa que pensaron. Ustedes y yo somos seres responsables, aun por las cosas que pensamos. Para citar:

Porque nuestras palabras nos condenarán, si, seremos condenados por todas nuestras obras; no nos encontraremos sin mancha: y nuestros pensamientos nos condenarán también. (Ibid 12:14.)

En esa ocasión Alma también explicó que Dios dividiría a la gente en dos grupos. Miraría a los miembros de un grupo y sonreiría. Ellos serían los rectos. Les proclamaría que podrían entrar a su presencia. Entonces grande sería su gozo. Luego miraría a los que componían el otro grupo, y ellos se sentirían avergonzados por causa de las vidas que habían vivido aquí en la mortalidad, y pedirían que las montañas los cubriesen y los escondiesen de la presencia de Dios. Pero no sería así. Tendrían que quedar en su presencia para ser juzgados, y cada rodilla se doblaría y cada lengua confesaría que él era el Cristo; que sus juicios eran verdaderos y justos. Y entonces oirían la voz de Dios diciéndoles que se apartaran de él por causa de las vidas inicuas que habían vivido.

Este es el grupo de que hablan la9 escrituras diciendo que llorarían y crujirían los dientes porque habrían perdido la gran bendición de la vida eterna y celestial.

Después de ese juicio, según revelación moderna, la mayoría de los habitantes del mundo serán asignados a uno u otro de tres reinos, mundos, o grados de gloria. Estos se nombran las glorias telestial, terrestre, y celestial. La ley por la cual seremos vivificados al tiempo de la resurrección determinará el mundo a que seremos asignados. Escuchemos la palabra del Señor sobre el asunto:

Porque, a pesar de que mueren, ellos también se levantarán, cuerpos espirituales.

Aquellos que son de un espíritu celestial recibirán el mismo cuerpo que fué el cuerpo natural; aun vosotros recibiréis vuestros cuerpos, y vuestra gloria será aquella gloria por la que vuestros cuerpos son vivificados.

Vosotros que sois vivificados por una porción de la gloria celestial, recibiréis entonces de la misma, aun la plenitud.

Y aquellos que son vivificados por una porción de la gloria terrestre, recibirán entonces de la misma, aun la plenitud.

Y también los que son vivificados por una porción de la gloria telestial, recibirán entonces de la misma, aun la plenitud.

Y los que quedaren, también serán vivificados; sin embargo, volverán otra vez a su propio lugar, para gozar de lo que quieren recibir, porque no quisieron gozar de lo que pudieron haber recibido. (D. y C. 88:27-32.)

De los Santos de los Últimos Días sus intereses son por la gloria celestial. No tenemos mucho interés por los otros dos grados porque se nos promete por revelación que los que van a la gloria celestial y reciben exaltación son miembros de la Iglesia del Primogénito que han vivido según cada palabra que ha salido de la boca de Dios, siendo humildes y fieles en sus actividades aquí en la vida. Somos herederos, por lo tanto, de la gloria celestial. La puerta a la gloria celestial es fe, arrepentimiento, bautismo, y confirmación; y entonces, por supuesto, ya que los Santos entran al reino de Dios por cumplir con esos requisitos, aseguran su llamamiento y elección al rendir obediencia a todas las ordenanzas y doctrinas del evangelio de Jesucristo de día en día por toda esta vida mortal. Esos son los que morarán en la presencia de Dios.

En la gloria celestial hay tres reinos o tres grados. El mayor de estos lo constituyen los que reciben exaltación o vida eterna. Son los que hayan vivido según la ley del sacerdocio o el nuevo y sempiterno convenio de matrimonio, conocido como matrimonio celestial. Los Santos de los Últimos Días, tanto como las personas de todas las edades que han pertenecido a la Iglesia verdadera de Jesucristo, que se han casado por el poder del sacerdocio y que han obedecido todos los convenios del sacerdocio en que hayan entrado, habiendo vivido según todas las enseñanzas del evangelio, ellos son los que serán exaltados en el reino celestial. El Señor nos ha dado su ley sobre esta doctrina, diciendo:

…de cierto te digo, si un hombre se casa con una mujer por mi palabra, que es mi ley, y conforme al nuevo y sempiterno convenio, y les es sellado por el Santo Espíritu de la promesa bajo las manos de aquel que es ungido, a quien he dado este poder y las llaves de este sacerdocio; (y si no cometen ningún pecado para romper ese convenio); …pasarán a los ángeles y a los dioses que están allí, a su exaltación y gloria en todas las cosas, conforme a lo que haya sido sellado sobre sus cabezas, siendo esta gloria la plenitud y continuación de ¡as simientes para siempre jamás.

Entonces serán dioses. (Ibid. 132:19-20.)

El profeta José Smith explicó que esta continuación de “las simientes” para siempre jamás, quería decir el poder de procreación; en otras palabras, el poder de engendrar hijos espirituales bajo el mismo principio por el cual nosotros nacimos a nuestros Padres Celestiales, Dios el Padre Eterno y nuestra Madre Eterna. Por lo tanto, un hombre no puede recibir la exaltación más alta sin una mujer, su esposa, ni puede una mujer ser exaltada sin su esposo. Eso es la plenitud del evangelio de Jesucristo, el plan de salvación. Vida eterna es el mayor don que Dios tiene para aquellos que le aman y obedecen sus mandamientos, y ustedes y yo sabemos cómo obtenerla.

En el grado celestial de gloria hay otras dos divisiones. Las ocupan los ángeles de Dios. Estos ángeles son los que no vivieron según la ley de matrimonio celestial; sin embargo, aceptaron a Cristo y vivieron vidas buenas, pero no aceptaron todas las ordenanzas del evangelio. Y la palabra del Señor relativa al asunto, dice:

Porque estos ángeles no obedecieron mi ley; por tanto, no pueden tener aumento, sino que permanecen separados y solteros, sin exaltación, en su estado de salvación, por toda la eternidad; y en adelante no son dioses, sino ángeles de Dios para siempre jamás.

Mis hermanos y hermanas, ¿a dónde vamos al morir? Como Santos de los Últimos Días esperamos no solamente ir algún día al grado celestial de gloria, pero también recibir exaltación en esa gloria, esto es, queremos recibir vida eterna. Si aceptamos todas las ordenanzas del evangelio de Jesucristo y obedecemos las enseñanzas del evangelio; si vivimos según la ley de matrimonio celestial; si pagamos nuestros diezmos y ofrendas al Señor; si somos puros y limpios en pensamiento y hábito, así guardando nuestro cuerpo como un templo de Dios, limpio y puro como Él quiere que hagamos, entonces en el gran día del juicio oiremos la voz de Dios decirnos algo como esto: “Bien hecho, mis amados siervos. Fuisteis fieles en las pocas cosas que os di para hacer en la mortalidad, podéis, por lo tanto, entrar a mi presencia.” Y, siguiendo parafraseando las Doctrinas y Convenios. “Entonces pasarán los ángeles que están estacionados allí e irán a su exaltación, serán sacerdotes y reyes del Más Alto Dios. Serán como él es.” En otras palabras, tendrán vida eterna. Entonces el juramento y convenio del sacerdocio que ustedes y yo y todos los que poseemos el Sacerdocio de Melquisedec hemos hecho, se realizará. Todo lo que Dios tiene será nuestro. El compartirá con nosotros.

Que esto sea el destino de los Santos de los Últimos Días, oro humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Una respuesta a La Inmortalidad y Vida Eterna del Hombre

  1. Auber Daniel Chapiama Montufar dijo:

    Si estoy sellado a mi esposa…?? Y ella fallece, yo tengo la posibilidad de volver a sellarme..??? Y que pasara después de esta vida con las esposas…?

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