Parábola de una Madre

Parábola de una Madre

Por Temple Bailey


La joven madre puso su pie en la senda de la vida.

—”¿Es largo el camino?” preguntó ella.

—Su guía le respondió: “Sí, y el camino es duro, y tú serás anciana antes de llegar a su fin pero la terminación será mejor que el principio”.

Pero la joven madre estaba feliz, y no creía que algo podría ser mejor que esos años. Así que jugó con sus hijos, recogía flores para ellos al lado del camino, y los bañó en los arroyos puros. El sol brillaba sobre ellos, y la vida era buena. La joven madre exclamó:

—”Nada podría ser más bello que esto”.

Entonces anocheció y vinieron tempestades. La senda estaba obscura, y los niños temblaron de miedo y del frío. La madre los acercó y los cubrió con su manto, y los niños dijeron:

—”Oh Madre, no tenemos temor porque estás cerca de nosotros, y sabemos que ningún daño nos puede sobrevenir”.

—Y la madre dijo: “Esto es mejor que la luz del día porque he enseñado el valor a mis hijos”.

Amaneció; y en frente de ellos había un cerro. Al subirlo los niños se cansaron, pero ella siempre les decía:

—”Tengan paciencia y en un ratito llegaremos a la cima”.

Así que los niños subieron y cuando llegaron a la cima dijeron: “Nunca pudiéramos haber llegado sin ti, mamacita”. Y la madre, mientras descansaba esa noche, miraba a las estrellas en el cielo y dijo:

“Este día ha sido mejor que ayer, porque mis hijos han aprendido la fuerza en la presencia de dificultades. Ayer les di valor, hoy les di fuerza”.

Y al día siguiente vinieron nubes extrañas que obscurecieron la tierra—nubes de guerra, odio y maldad, y los niños andaban a tientas y tropezaban, y la madre dijo:

—”Miren hacia arriba; alcen la vista a la luz”.

Los niños alzaron la vista y vieron arriba de las nubes una gloria sempiterna, que los guio y los llevó más allá de la obscuridad. Esa noche la Madre dijo:

—”Este es el mejor día de todos, porque he enseñado a mis hijos acerca de Dios”.

Los días, los meses y los años pasaron, y la madre se envejeció, era pequeña y frágil. Pero sus hijos eran altos y fuertes, y ella caminaba con valor. Cuando era difícil el camino ellos ayudaban a su madre; cuando era escabroso la llevaban porque estaba pequeña y ligera.

Al fin llegaron a una colina, y más allá de la colina podían ver un camino brillante y una puerta de oro que estaba abierta.

La madre dijo:

—”He llegado al fin de mi jornada, y ahora sé que el fin es mejor que el principio, porque ahora mis hijos pueden caminar solos y también sus hijos después de ellos”.

Y los hijos respondieron:

—”Tú siempre caminarás con nosotros, mamá, aun cuando hayas entrado por la puerta”.

Y ellos se detuvieron y la vieron seguir hacia adelante sola y las puertas se cerraron tras de ella. Entonces los hijos dijeron:

—”No la podemos ver, pero aún está con nosotros. Una madre como la nuestra es más que una memoria—es como si en verdad estuviera presente.


Cuando pienso de nuestras madres, las madres de nuestros hijos, y comprendo que bajo la inspiración del evangelio viven vidas virtuosas, puras, honorables, fieles a sus esposos, sus hijos y a sus convicciones del evangelio, ¡oh, cómo se llena mi alma de amor puro hacia ellas; cuan nobles y santas, cuan escogidas, cuan deseables e indispensables son para la realización de los propósitos de Dios y el cumplimiento de sus decretos!.

—Joseph F. Smith.

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