Jesús como maestro divino

Jesús como maestro divino

(Traducción del libro “The Master’s Art” de Howard R. Driggs)


“Y en él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. (Juan 1:4)

Si algún maestro desea desarrollar la habilidad de interpretar, enseñar, y aplicar los principios del Evangelio, tiene que seguir los pasos del Maestro. El conocer sus métodos perfectamente es entender claramente todos los principios fundamentales de la buena educación progresista. Siendo esto verídico, podríamos concluir este tema siguiendo los consejos del Salvador: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Sígueme”.

Pero esto no es suficiente para nuestros propósitos. Aún las claras palabras prácticas de nuestro Maestro, el gran Maestro Ejemplar y artístico, deben ser interpretadas y traducidas en interpretaciones prácticas en la vida de hoy en día, para que podamos apreciar su significado presente y darles aplicación vivida en nuestros trabajos cotidianos.

Mucho del éxito en la vida del Maestro se debía a su personalidad Divina. Nació siendo director de hombres. Como el Hijo de Dios poseía atributos de divinidad, lo cual daba a sus palabras una impresión inherente que hacía a todos los hombres escucharle con respeto. Enseñaba “como alguien que tiene autoridad y no como los Escribas”.

Pero eso no era todo. Aún la Divinidad debe obedecer ciertas leyes para triunfar en su llamamiento. Las enseñanzas del Maestro no son una excepción a esta regla. Ejemplificaba todos los principios básicos sobre los cuales toda enseñanza está fundada para llegar al éxito.

Estudiando los elementos que hicieron las enseñanzas del Maestro tan efectivas, estos diez fundamentos cuando menos son los sobresalientes…

  1. —Tenía un verdadero amor para los hijos de Dios.
  2. —Tenía una firme creencia en Su misión para servir y salvar a la humanidad.
  3. —Tenía un entendimiento claro, simpatizaba con el género humano I y comprendía sus necesidades vitales.
  4. —Era un estudiante constante y diligente. “Conocía la ley y los profetas”. Conocía la historia y las condiciones sociales de su tiempo.
  5. —Podía discernir la verdad. La sostenía intransigiblemente.
  6. —Su facilidad de palabra le permitía llegar y retener a sus escuchas de todas clases y condiciones.
  7. —Su habilidad creativa al presentar una lección las hacía vivir para siempre.
  8. —Guiaba a los individuos a tener “hambre y sed de Justicia”.
  9. —Sus enseñanzas inspiraban bondad activa— un deseo de aplicar el Evangelio en una forma que edificara.
  10. —Demostró su fe por medio de vivirla valerosa y constantemente.

Con todas estas cualidades básicas, ¿qué otra cosa podía ser más que el Maestro Divino del Evangelio?

El amor para el trabajo de Dios y sus hijos es el primer requisito para triunfar en esta obra de amor. Ningún mensaje suena verdadero a menos que salga del corazón que está lleno de esta misma verdad. Los niños responden al amor genuino y a la simpatía y los viejos [no son más que niños crecidos. Para ser en realidad servicial a otros, debemos estar interesados en su bienestar.

El amar sinceramente a los hijos de Dios es amarle a El mismo.

Una cosa tras otra prueba el amor del Salvador para sus semejantes. En cada hecho de su vida demuestra la gran solicitud que les tiene, principalmente hacia los humildes y los débiles se demuestran sus simpatías: llevó sus cargas, compartió sus dolores, curó sus enfermedades, y perdonó sus pecados; y mientras les ayudaba con palabras de bondad les enseñaba el camino de la vida y de la salvación.

Jesús trazó la línea de la verdad. Siempre era justo, ya fuera con amigos o enemigos. No transigió con el mal; sin embargo era muy misericordioso con aquellos que habían errado para ayudarles a ver la luz, y restituirlos al verdadero camino.

Una creencia firme en el verdadero Evangelio de Jesucristo es la segunda cosa esencial que hace triunfar la enseñanza del Evangelio. Si hace falta el entusiasmo nuestras enseñanzas no podrán penetrar en una manera convincente a los corazones de nuestros discípulos. Cada lección hasta cierto punto, debe reflejar el mismo espíritu del Día de Pentecostés.

La religión no es una cosa de hechos, sino de sentimientos. No puede ser medida en un fino proceso intelectual. Hay en él “una luz que nunca ha estado en la tierra o el mar”. Esta luz del espíritu, del Espíritu Santo, calienta y vivifica nuestra alma, y abre nuestros corazones para que el espíritu de Dios entre. Muchas de las dulces emociones de la vida no se pueden explicar en palabras; son algo como el tenue reflejo de la puesta del sol—tan delicadas que ni aún el toque del artista puede describirlas. Es como la satisfacción silenciosa subsecuente a la oración sincera, o como el consuelo que proviene cuando uno hace un hecho bondadoso.

El testimonio del Evangelio nos entra en los corazones en la misma manera quieta. Es la seguridad espiritual que satisface el alma del individuo. Este testimonio no se puede irradiar a otros en meras palabras, sino por medio de la comunicación espiritual. Esta verdad está sugerida en las palabras del Maestro cuando dijo: “Las ovejas le siguen porque conocen su voz”.

Cuando un testimonio vivo está en su alma, el maestro, como imán, irradia la silenciosa pero potente influencia en el corazón de todos aquellos que están en contacto con sus enseñanzas. Se infunde con el espíritu que les imparte.

Comprensión apreciativa de aquellos a que se enseña es el tercer requisito para el éxito en la enseñanza. Las personas de todos los tipos no solo quieren honra sino aprecio. Aquilatar su verdadero valor; poder encontrarlos tácticamente en su propio nivel, hablar su mismo idioma en espíritu, si no en palabras, es ganar de todos los seres normales la respuesta colectiva.

Muchos de los incidentes de la vida del Maestro revelan su rara habilidad para leer las mentes y corazones de los hombres —comprender sus vidas internas y sus necesidades vitales. Podía platicar con pescadores, pastores, campesinos, directores religiosos y políticos, con publícanos y pecadores, en palabras que todos ellos podían comprender. Podía sentar a un niño en sus rodillas y bendecirlo; o serenamente reprender a los de corazones avaros y maquinadores de pensamientos inicuos. Su discernimiento de las almas de otros le permitía tratar con justicia a las diferentes personas; su bondad les inspiraba confianza. El cuento de la mujer en el pozo (Juan 4), el joven rico (Mar. 10), la mujer que los Fariseos hubieran apedreado (Juan 8), Nicodemo (Juan 3), y otros muchos de estos incidentes ilustran su poder para tratar con los hombres estudiados de su propia clase y adaptar sus enseñanzas como el individuo lo requiera.

Su aprecio para las criaturas puede comprenderse en uno de sus preciosos dichos: “Dejad los niños venir a mí y no los impidáis; porque de tales es el reino de Dios (Lucas 18:16) Otro de sus dichos un poco modificado, (Mat. 18:3), ofrece a las madres y a las maestras de la primaria una vital sugestión demostrando la forma en que se llega al éxito, en cuanto a los tratos con los pequeños. Excepto que no se conviertan en niños no podrán guiar a los niños al reino de los Cielos. La habilidad de guiar a los estudiantes, jóvenes o viejos, en la senda de la verdad, debe unificarse con ellos. La habilidad para apreciar a la otra persona, ver las cosas desde su punto de vista, es básico para el triunfo de todo maestro. Después de todo, lo que cuenta es lo que el discípulo piensa y siente y no la presentación de la lección.

Completa preparación para su trabajo es el cuarto requisito para el éxito de la verdadera enseñanza. Jesús estaba preparado en todo sentido para su misión. El ejemplo que tenemos cuando aún siendo niño estaba con los sabios y doctores de la ley en el templo discutiendo problemas religiosos y haciéndoles preguntas profundas, revela su anhelante y estudiosa mente. Reveló después su amplio conocimiento de la ley y los profetas. Sin duda, en la escuela formalística de los Judíos, había aprendido de memoria mucha de la Escritura, y obtenido un amplio conocimiento de la historia hebrea. Además estudiaba a la gente a su alrededor. Sobre todo siempre estaba su mente alerta y su corazón abierto para recibir inspiración y conocimiento de su Padre Celestial.

En cuanto al Evangelio que vino a enseñar, lo ejemplificaba en palabras y hechos. Radiaba la luz del Evangelio en cada hecho de su vida. Tenía un conocimiento perfecto del plan de salvación y vida.

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