Despertad, Vosotros defensores de Sión

Despertad, Vosotros defensores de Sión

Por el presidente Stephen L. Richards
Primer consejero de la primera presidencia
Discurso dado en la Conferencia General de Octubre de 1951


“Despertad defensores de Sión!
El enemigo está a las puertas del hogar
Que cada corazón sea como de león
Inflexible y arrogante al andar.”

Estas son las líneas con que empieza un himno militante del difunto Charles W. Penrose, escrito en ocasión en que un gran peligro amenazaba a las comunidades de los Santos de los Últimos Días durante su establecimiento en los valles de las montañas. El enemigo un ejército con una misión opuesta a las libertades, intereses y aspiraciones de la gente. La llamada del clarín, la cual hacía eco a las proclamaciones de sus dirigentes, electrizó a la gente. “Como un solo hombre” respondieron a su llamamiento. No se sabe que haya habido disensión alguna. Los defensores salvaron a Sión!

Yo creo, hermanos y hermanas, en la Iglesia restaurada de nuestro Señor, que entre las conveniencias y necesidades urgentes de la hora, está el emitir otra llamada a combate hoy día. No me agradaría ser tildado de “alarmista”, pero lo soportaría si supiera que con una llamada militante así, iba a lograr levantar los ánimos de nuestra gente hasta un estado de alarmarse con respecto a las siniestras condiciones que nos amenazan.

“El enemigo está a las puertas de nuestros hogares”. No es un ejército de hombres marchando con su equipo militar, como el de hace casi cien años. Y los hogares que hemos de defender no son las casas en que habitamos.

Hoy el enemigo es mucho menos tangible y discernible; se encuentra vastamente propagado y es engañoso. Sus métodos son múltiples y es mucho más difícil prepararse para la defensa porque el enemigo de hoy ataca tanto dentro como fuera de la Iglesia.

Si en el tiempo que se me ha concedido en esta conferencia, puedo añadir algo, aunque sea pequeño, a las amonestaciones de mis hermanos, que pueda servir para advertir a nuestra gente de los peligros que confrontamos, estaré altamente agradecido a mi Padre Celestial.

Repito, el enemigo de hoy toma muchas formas. Sin embargo, creo que pueden por lo general clasificarse bajo este título “Seguir los caminos del mundo”. Conozco pocas cosas tan saludables para un Santo de los Últimos Días como el mantener en mente la diferencia que hay entre Sión y el mundo.  Ambos términos son algo confusos porque se usan con varios significados y aplicaciones. Ambos tienen aplicación geográfica y los dos tienen importancia teológica y moral.

Para mi propósito aquí hoy, me referiré a Sión como a una condición y no a un lugar al estilo del mundo. “. . .de cierto, así dice el Señor, regocíjese Sión, porque Sión es, los puros de corazón”. D. y C. 97:21.

No hay muralla que circunde a Sión o al mundo; pero para alguien de discernimiento, están más separados que si cada uno de ellos estuviera rodeado de murallas inescapables. Sus conceptos subyacentes, filosofías y propósitos difieren completamente entre uno y otro. La filosofía del mundo es vanidad, egoísmo materialismo e incredulidad. La filosofía de Sión es humildad, no servilismo pero una disposición a reconocer la soberanía de Dios y confianza en su providencia.

Los críticos de Sión confunden la humildad con debilidad. En su ignorancia o miopía, han omitido observar que, generalmente hablando, los humildes de la tierra han sido sus más graves benefactores, en ciencia, gobernación y en los grandes movimientos para la elevación de la humanidad, siendo el primero entre todos, el Autor de la humildad, nuestro Señor y Salvador. Algunas veces es difícil comprender cómo la humildad puede ser un principio de fuerza y poder y cómo las grandes victorias de la vida han recaído en los humildes.

Creo que la explicación es ésta. El vanidoso no está en posición de llamar en su ayuda a la más grande y efectiva fuerza del mundo —el Espíritu de Dios. El humilde depende y descansa en este poder; no le falla. Las batallas por la rectitud y la libertad, que es un dote divino, pueden siempre ganarse si aquellos que las emprenden son merecedores de la Victoria. Esta es la explicación y la lección que más que cualquier otra necesita el mundo hoy.

Titubeo al decirlo, pero me veo forzado a hacer la aserción aunque pueda parecer altamente presuntuoso para muchos de los que lo oigan, que la Iglesia Restaurada de nuestro Señor, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, está en mejor posición, está más específicamente cargada de responsabilidad y tiene mayor sabiduría revelada que cualquier otra institución, para enseñar al mundo esta lección vital que tan grandemente necesita.

Al asentar esto, no intento despreciar a los rectos y puros de corazón del mundo. No tengo tiempo para tratar de definir su relación con Sión del reino. Ellos recibirán la recompensa del Señor por sus propias bondades y una gratitud duradera por su contribución al bienestar de la humanidad.

Efectivamente podemos traer esta lección al mundo, únicamente mientras construimos Sión y la protegemos de sus enemigos. Con la indulgencia de ustedes y esperando no ofender, me propongo enumerar algunos de los ataques provenientes del mundo, sus filosofías y sus prácticas, que el astuto e insidioso enemigo está haciendo contra Sión.

Empezaré con el hogar, la más fundamental institución de la sociedad. El enemigo está atacando nuestro concepto de procedencia divina de que el matrimonio es un pacto eterno entre un sacerdote y una sacerdotisa del Más Alto encargados de la sagrada misión de traer hijos al mundo, para guiarlos en seguridad de vuelta a la presencia de Dios de donde sus espíritus vinieron. El presidente Clark nos dio ayer un discurso de lo más impresionante y aclarador sobre este asunto. El llenar esta misión requiere sacrificio. La creciente práctica del mundo eliminaría ese sacrificio.

Emanciparía a la mujer (creo que así es como lo llaman). No permitiría que ellas estuvieran en casa tanto tiempo como en el pasado. Ellas estarían mejor educadas en una cultura general y en responsabilidades cívicas, lo cual suena muy bien y parece muy deseable, a excepción de un serio defecto en el programa. Esta práctica mundana en muchos casos lleva a la mujer fuera di su hogar la mayor parte del tiempo y absorbe su atención a tal extremo, que ya no puede prestar, y no presta a los de su familia todo el amoroso, paciente e inteligente cuidado que ellos se merecen y necesitan. Hay madres que han dedicado ostensiblemente su trabajo de club al mejoramiento social; para quienes los problemas de la sociedad a quien sirven han llegado a ser sus únicos hijos. Hay otras detracciones frívolas que alejan a las madres de sus hogares. Estas se justifican alegando que las madres necesitan más reposo y más libertad con respecto a las responsabilidades del hogar. Admitimos que tales razones deben ser ciertas en casos de mujeres que nunca han descubierto el arte de llevar una vida feliz y contenta en sus hogares con sus familias. En Sión decimos a las madres, es cierto, necesitan de alguna diversión. A pesar de que amen la vida de hogar, siempre es deseable una tregua en sus trabajos.

La Iglesia presenta muchas oportunidades para servir en campos sociales, educacionales, de caridad, de la misión y de recreación, ustedes encontrarán una felicidad más duradera y más satisfacción en una sesión de la Sociedad de Socorro, que en una partida de bridge; y generalmente hablando, sus diversiones sociales serán siempre mejores, en compañía del esposo. El mundo está haciendo de las mujeres unas mariposas y del hogar una prisión.

Tal vez el más serio aspecto de este ataque del enemigo hecho a nuestros hogares, radica en la arbitraria reducción del número de la familia. Los proponedores de esta doctrina mundana se vuelven más audaces cada año. Ellos pretenden apoyarse en los pronósticos matemáticos con respecto al incremento de población y la limitada provisión para el abastecimiento de la tierra. Ellos pretenden el mejoramiento de la raza por medio de la limitación. Han estado haciendo estas demandas por muchos años y han ganado muchos adeptos a su causa, especialmente entre los así llamados “inteligencia del mundo.”

La mayor parte del mundo ha estado bajo la dirección de esta inteligencia de restricción de nacimientos durante muchos años. Y ¿dónde estamos nosotros? Nosotros poseemos más confort físico, tal vez más educación. ¿Tenemos mejor gobierno? ¿Estamos progresando más en desarrollar las virtudes cristianas entre los hombres? ¿Tenemos más hermandad, paz y generosidad?

Dudo que exista en todo el mundo un lugar o institución que se compare a una gran familia con la inculcación de principios de generosidad y mutua consideración, altas cualidades del carácter tan indispensables para la solución de los problemas del mundo.

Yo sé que hay familias grandes malas, así como hay familias pequeñas malas, pero hablando en extensión, presumo que hay mil veces más oportunidades de encontrar un gran director para una buena causa, en una familia de diez que en una de uno. Ahora, si me descuido, voy a resultar debatiendo este tema. No quiero hacerlo, primero, porque estoy seguro de no poseer todos los argumentos y podría ser corregido por los que pueden juzgar; y en seguida, porque nosotros los de Sión no tenemos que debatir este asunto. Nosotros sabemos y conocemos la doctrina emanada de las revelaciones del Señor.

Sabemos que él ha mandado henchir la tierra por medio de los hogares de su gente, como el presidente Clark dijo ayer. El Señor se apiade de aquellos que se sujetan a su censura por negarles la entrada a los hijos espirituales que él quiere enviar a la mortalidad, y el Señor tenga misericordia de aquellas parejas sofisticadas que pervierten la sagrada institución del matrimonio por conveniencias sociales y gratificaciones personales egoístas.

Ahora, padres y madres de la Iglesia, después de oír estos comentarios, algunos pensarán que carezco de simpatía para el sacrificio que hacen las madres y para las dificultades que recaen sobre los padres al tener que criar una familia en estos días de opresión económica. Los que piensan así tienen razón en parte y en parte están errados.

No tengo mucha simpatía hacia un padre, Santo de los Últimos Días, que decide que no puede venir un hijo al hogar hasta que una casa de diez o quince mil dólares haya sido construida y amueblada y el dinero para cubrir los gastos esté en el banco, y que dejará que su esposa trabaje para poder lograr esa llamada seguridad económica. No tengo mucha simpatía para las parejas de los Santos de los Últimos Días que no tienen fe en que si ellos hacen la voluntad de Dios, él los bendecirá.

Siento simpatía, sin embargo, por los padres que en estos días hacen esfuerzos hercúles por sostener a sus hijos en las vías de la virtud y la verdad. Siento simpatía por las pacientes noches de desvelo, de atroz ansiedad de los padres que no saben dónde están sus hijos y qué están haciendo; y mi corazón sangra por los inocentes que son víctimas de la desgracia traída a sus familias por los pecados de los necios.

Estoy persuadido, mis hermanos, de que no existe medida de remedio que ofrezca y prometa más alivio para los apuros domésticos que afectan a esposo y esposa y a padres e hijos, que el firme establecimiento del sagrado y religioso carácter de la vida de familia, matrimonio en la Iglesia y en el Templo; y como un ajuste necesario a eso, el restablecimiento del principio dado por Dios de sacrificarse en desempeñar las obligaciones fraternales y filiales.

Queremos relevar de su faena a la madre. Si yo pudiera, pondría una lavadora de trastos en cada hogar, pero los buenos padres y madres con la visión del hogar otorgada a ellos en el evangelio restaurado, no quieren ser relevados de la obligación de gastar sus fuerzas y energías, y de dar sus vidas por los hijos de Dios confiados a su cuidado.

Existe otra amenaza a Sión que tal vez trasciende todas las otras en seriedad e importancia. Se trata del ataque del enemigo a nuestro tradicional concepto de la pureza moral personal. Este ataque es tan maligno y repugnante a nuestro sentido de la decencia y virtud, que no lo discutiré ante esta respetuosa asistencia. Debo contentarme con el deseo de que Dios, que ve nuestra necesidad, venga en nuestro rescate y que él despierte un gran poder en Sión en contra de este enemigo devastador; que cada mujer, hombre y niño entre nosotros pueda ser fortalecido con el arma de la rectitud y la virtud para que el ofensor pueda ser reprendido y obligado a arrepentirse hasta lo más profundo, y que los centinelas en las torres, los oficiales y sacerdotes de la Iglesia estén alertas contra el enemigo, que desempeñen sus solemnes oficios y nos protejan.

He tomado tanto tiempo en mi esfuerzo por señalar a qué debemos temer en la intromisión de conceptos y prácticas mundanos en la vida y virtud del hogar, que he dejado muy poco tiempo para mencionar otros aspectos de gran peligro que confrontamos. Confío, sin embargo, en que la seriedad de estos temas garantizará una breve consideración sobre ellos.

El enemigo está atacando nuestra unidad. Nosotros los de Sión hemos gozado de una reputación de lo más poco común por nuestra unidad en propósito y obra. Esta ha venido porque siempre ha sido nuestra disposición de seguir y obedecer a nuestros directores. Nuestros críticos, que no han comprendido nuestros conceptos, que han observado nuestros votos unánimes al sostener a los oficiales, y otras evidencias de nuestra acción concertada, lo han llamado obediencia ciega, inducida por cierta clase de temor u otra compulsión.

No tengo tiempo para analizar y mostrar los falsos conceptos de esta crítica, pero, de plano, niego su validez. La obediencia que nosotros rendimos es voluntaria y no ciega sino inteligente; y la unión que manifestamos surge de una común comprensión de nuestros propósitos y una común devoción a la ejecución de ellos. Nosotros buscamos y gozamos de la influencia del Espíritu Santo, lo cual en los mayores aspectos de la vida, motiva nuestra semejanza. Nuestra unanimidad responde a ese Espíritu.

Esta condición no es generalmente predominante en el mundo. División, puntos de vista divididos y debates sobre eso, se recomiendan. Tal vez cuando la gente no sabe hacia dónde va y carece de objetivo definido, la crítica y el debate son recomendables. Hombres y mujeres dentro y fuera de la Iglesia omiten observar esta distinción.

Desean debatir nuestros objetivos. Han olvidado que estos han sido puestos por Dios para nosotros y están más allá de todo debate. Parece que piensan que nuestra unidad nos empequeñece. Esta es una doctrina del mundo. No tiene cabida en Sión.

Una amenaza a nuestra unidad se deriva de increíbles antagonismos personales que se desarrollan en controversias de partidos políticos. La Iglesia, a la vez que se reserva el derecho ele abogar por principios de equidad, justicia y libertad en el gobierno, la integridad política en los oficiales y la participación activa de sus miembros, y el cumplimiento de sus obligaciones en asuntos cívicos, no ejerce coacción en la libertad de los individuos para hacer sus propias elecciones y afiliaciones. Estoy autorizado por el presidente McKay para decir que cualquier hombre que represente lo contrario, lo hace sin autoridad ni justificación de hecho.

Es razonable presumir que los hombres puedan concebir diferencias y opiniones honradas con respecto a política gubernamental. En América y en muchos otros países, ha sido adoptado un  sistema de orden para la determinación de las consecuencias resultantes de tales diferencias. Con tales métodos a la disposición, ¿por qué habían los hombres de permitirse animosidades contra sus oponentes? principalmente aquellos que son hermanos en Sión.

Espero con todo mi corazón que los hombres del Sacerdocio, tal vez del mismo quorum, y las mujeres hermanas en la Iglesia no permitirán sentirse como extraños en ningún grado por estas consideraciones, y que siempre subordinarán tales diferencias y sus propias ambiciones personales a la obtención de la elevada y exaltada meta hacia la cual han empeñado su eterna sumisión —la construcción del reino de Dios. He estado en esta Iglesia por cerca de 35 años, llenando asignaciones para instalar a los oficiales en estacas, barrios y misiones y nunca he preguntado a uno solo de ellos acerca de su política y en muy pocas ocasiones he tenido algún conocimiento sobre ese asunto. Creo que mis propias experiencias han sido comparables a las de mis hermanos. Nosotros hemos sido de buena fe con ustedes, mis hermanos en la Iglesia; ahora pedimos a ustedes ser de buena fe el uno para con el otro.

Tal vez te mayor amenaza a ambos, nuestra unidad y el progreso en Sión, estriba en la indiferencia y negligencia. Estas deficiencias no son nuevas. Han existido hasta cierto punto a través de nuestra historia. Estoy forzado a creer que se han aumentado como una fuerza aterradora en los años recientes. Creo también que esa penosa indiferencia hacia el deber y la oportunidad, es en grande medida aplicable a “Seguir los caminos del mundo”.

Un hombre del sacerdocio, diremos, se asocia en negocios, en el club y en otras capacidades con un hombre del mundo. Este hombre puede ser su vecino. El ve a su vecino en una mañana de domingo en el pórtico de su casa fumando su pipa y leyendo el periódico, o le ve salir para un juego de golf, o a una partida de pesca. Todo parece de reposo y agradable para él y entonces se olvida de quién es y donde está. Se olvida de que ha sido comisionado como un servidor de Dios y se olvida de que está en Sión; y, olvidándolo, sale de Sión al mundo; no de un solo paso, a veces tan gradualmente, que el cambio es casi imperceptible para él y le repugna reconocer su nuevo estado.

Se persuade a sí mismo de que esta vida es fácil y confortable y muy agradable.

Entonces va más lejos —más de lo que intentó. Sucumbe a muchas prácticas que una vez aborreció. Deja de pagar sus diezmos y el remordimiento de conciencia que antes tuvo por abandonar su deber, se calma gradualmente. Él está confortablemente fuera de Sión. Después de un tiempo llega a darse cuenta de que sus hijos que están creciendo, se encuentran muy dispuestos a seguir sus propias prácticas así como él sigue las del mundo.

También empieza a ver cómo su querida y devota esposa está sufriendo un gran disgusto y chasco. Ella guarda gran reserva por las promesas hechas en su matrimonio y se da cuenta de que las bendiciones eternas se obtienen sólo por la fidelidad de ella y de su hombre. Ella ve que él está perdiendo su sacerdocio por la negligencia. Esto la entristece y si la conciencia de él no está muy muerta, percibe su tristeza. Tiene el poder para cambiar, para contentar los corazones de su esposa e hijos, pero carece de valor y resolución.

Los hábitos del mundo se han afianzado en su alma con un ciento de tentáculos. Él no puede arrancárselos. Se desespera; y así, algún día recibe un golpe —una muerte, una tragedia, un amigo, su obispo tal vez, o el presidente del quorum, o un misionero. Al final, la luz que había perdido se reenciende en él. El Espíritu de nuevo habita en él. En penitencia y humildad él pide a gritos “Oh Dios perdona mi negligencia”.

Gracias al Señor porque hay perdón y misericordia para los que se arrepienten y sobrepujante alegría por la reforma de aquellos que han errado. Que ningún hombre entre nosotros se avergüence de su sacerdocio. Nunca vendrá a su vida nada tan grande como eso.

Una cosa más y terminaré. Hay una amenaza del mundo para nuestras enseñanzas teológicas y para la fe de la juventud. Esporádicamente, siempre ha sido así, pero en los años recientes se ha pronunciado más. No es un ataque del enemigo hecho de frente. Nunca hemos tenido mucha dificultad en afrontar cargos y críticas abiertos. El enemigo está atacando emboscada mente, con tiradores ocultos y quinta columnistas, con trampas tendidas al imprudente.

Una parte de la propaganda es que no hay garantía para las interpretaciones oficiales de las doctrinas y puntos de vista de la Iglesia, que cada quien puede leer e interpretar por sí mismo y adoptar sólo lo que él escoja de la doctrina y que él puede clasificar las revelaciones como esenciales o no esenciales. Estos propagandistas, o son ignorantes, o desconocen la declaración del Señor de que “ninguna profecía de la Escritura es de particular interpretación” (2 Pedro 1:20). Ellos menosprecian la ortodoxia como tal y se vanaglorian de pensar liberalmente. Muchos de ellos se mantienen leales a la Iglesia y algunos puede ser que crean honradamente que están haciendo un favor y un servicio a la Iglesia al sostener sus conceptos de amplia mentalidad.

Desafortunadamente, algunas personas dentro de la Iglesia que sustentan esas ideas, no se dan cuenta de que están cayendo en una trampa. Están dando ayuda y comodidad al enemigo; están minando sus propios testimonios y los de los demás. Yo prevengo a la Iglesia en contra de ellos y prevengo a cada quien en contra de sí mismo; y les ruego desistir, abandonar sus discusiones antagonistas y unirse en fe a proteger la causa que una vez amaron en su corazón, y que, yo creo, siguen amando aún.

No pocos de esos murmuradores gozan con tocar a José Smith. En una manera un poco sorprendente, se ha vuelto algo popular; estimulado, me imagino, por los libros que han sido escritos para estudiantes y escolares, emprenden agotadora búsqueda en la vida de este gran hombre. En algunos casos, tal vez, el objeto de la búsqueda sea laudable, mostrar como una hazaña las grandes y nobles cosas de la vida y trabajo del Profeta; pero, en muchos de los casos, me temo que el propósito de la búsqueda es meramente exploratorio, con la esperanza de descubrir algo que pueda ser sensacional para leerse y tal vez de ganancia para el escritor. Nunca he podido descubrir ninguna razón substancial para estas inquisiciones afuera de las que he mencionado.

Se trata de una vida vivida recientemente. Muchos de nosotros en esta reunión hemos conocido y hablado con personas que conocieron al Profeta, sin embargo, por la manera en que los buscadores están atrás de él, uno pensaría que era una persona de gran antigüedad y que algo tuvo que ser tomado de excavaciones prehistóricas para descubrir los hechos de su vida. Dudo que haya una persona que haya vivido en los dos últimos siglos, cuya vida haya sido registrada tan ampliamente documentada como la de este hombre, a me nos que sea entre las familias reales, o entre aquellos que han ocupado altos puestos públicos.

Casi cada suceso importante en su vida fué registrado por él mismo, por su madre y por aquellos que lo conocieron íntimamente. Su vida no es un misterio; es un libro abierto, por lo menos para los miembros de la Iglesia que tienen acceso al conocimiento que él trajo al mundo.

Yo reprendo a los miembros de la Iglesia que difamen el honrado nombre del profeta José Smith y a quien en cualquier manera menosprecie su noble trabajo. Haciéndolo destruyen la fe, la propia y la ele otros, y el Señor los hará responsables.

Repito lo que he dicho antes en este pulpito: mi abuelo fué amigo íntimo y compañero de este hombre. Lo conoció íntimamente, tanto como alguien puede conocer a otro. Tuvo oportunidades abundantes como para poder notar cualquier tacha en su carácter y descubrir cualquier fraude en su trabajo. No encontró nada y dejó su testimonio a su familia y a todo el mundo sobre que este hombre fué verdad, que estaba divinamente comisionado para el trabajo que tuvo que hacer y que dio su vida en cumplimiento de su misión, Tengo seguridad completa de que Willard Richards no mintió con respecto a su amigo; y por mi cuenta, independiente del testimonio de mi abuelo, nacido del espíritu en mí, sé que José Smith fue un profeta del Dios viviente, y que él trabajó para él que él fué un instrumento para traerlo a la tierra, es el verdadero reino de nuestro Padre Celestial.

Poseyendo este conocimiento y una profunda reverencia por su ilustre nombre, deploro y lamento los miserables intentos para desacreditarlo; y predigo que tocios se convertirán en nada, que él sobrevendrá todo ataque, que él todavía ganará la estimación y respeto de todo buen hombre y que el Padre lo ha glorificado ya.

Si en algún grado, he podido aclarar nuestra comprensión con respecto a Sión y su relación con el mundo, si el espíritu del Señor ha entrado en los corazones de ustedes, mis hermanos, como para hacer brotar en ustedes un mayor amor por Sión y como para despertar en ustedes una aprehensión más aguda hacia los peligros que el enemigo ha traído a nuestras mismas puertas, y si una resolución de levantarnos y defender a Sión, se ha adueñado de nuestros corazones, me sentiré profundamente agradecido. Y algún día los justos del mundo se sentirán agradecidos porque “vosotros sois la sal de la tierra; más si la sal pierde su sabor, con qué se salará?” Mateo 5:13.

Oh Dios, ayúdanos, a tus hijos favorecidos, a preservar Sión, pido humildemente en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Amén.

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