“No puedes vivir tu propia vida”

“No puedes vivir tu propia vida”

Por Edgar A. Guest

(Translation of the book “You Can’t Live Your Own Life” by Edgar A. Guest, copyright 1928, used with permission of the Reilly & Lee Co., Chicago, U.S.A.) (El autor es un famoso periodista y poeta nacido en Birmingham, Inglaterra en 1881. Fue educado en las escuelas públicas de Detroit, Michigan, donde comenzó como reportero).


No me importa lo que piensa la gente,” dijo un joven amigo mío, nervioso y genial, hace pocos días. “Tengo mi propia vida que vivir.”

¡Muchacho tonto! No se daba cuenta de que hablaba necedades. No podemos vivir nuestras propias vidas en el sentido egoísta que él pensaba, por la sencilla razón que no son nuestras para vivir. Mi vida pertenece a mi esposa, a Bud y Janet, a mis amigos. La tuya pertenece a otro grupo de personas.

Nuestro acto más pequeño afecta a los que nos quieren y que creen en nosotros. No hay vida sobre la tierra tan humilde, ni aparentemente tan insignificante, que no toque alguna otra vida. En verdad, hay pocos individuos que no son para alguien las personas más importantes del mundo.

Hace años, cuando yo era reportero policíaco del “Free Press” de Detroit, fui atraído una mañana temprano por una muchedumbre que se juntaba cerca de una caja esquinera de alarma de policía. Crucé la calle para ver lo que pasaba. Encontré a un joven muy embriagado y beligerante en custodia de un policía.

“Sólo un borracho cualquiera”, dijo uno de los mirones mientras yo codeaba paso por la caterva.

El muchacho luchaba contra el arresto. Su ropa estaba rota y su cara rasguñada y sucia. De repente cesó la beligerancia y empezó a llorar.

“Por favor, déjeme ir a casa, Agente,” suplicó como un niño. “No quiero deshonrar a mi familia. Esto matará a mi madre”.

“Sí,” gruñó el policía; “pero, lo malo con vosotros es que no pensáis bastante pronto en los familiares”.

Alguien rio. Y en este momento llegó el camión de patrulla, y el joven fue llevado a la cárcel.

No fue más que un incidente trivial en la vida de una gran ciudad, pero nunca me he olvidado de él. A lo mejor no le olvidaré jamás. He oído ese grito, “Esto matará a mi madre,” incontables veces después. Es a menudo la primera frase que cae de los labios de jóvenes ofensores que han sido aprehendidos.

Pero los jóvenes no son los únicos que piensan demasiado tarde.

“Yo podría aguantar el castigo yo mismo,” dijo un ciudadano una vez prominente en un pueblo medio-occidental que había malversado y había sido llevado a la justicia, “si no tuviera que pensar en lo que mi esposa y mis hijos deben sufrir mientras esté en la prisión. ¡Ojalá que hubiera muerto antes de robar ese dinero!”

Se había acordado demasiado tarde que su vida pertenecía a otros; pero tenía razón al sugerir que su muerte les hubiera sido más fácil a sus seres queridos para aguantar que la deshonra que les trajera encima. Hay angustias más amargas, y heridas más crueles, que las infligidas por la muerte. Hay memorias dolorosas que jamás dejan de sentirse; llagas del espíritu que nunca se curan.

A veces nos descorazonamos y nos permitimos a sentir que no valemos mucho. En este pensamiento yace la tragedia. Cuanto más viejo me pongo, tanto más firmemente estoy convencido de la tremenda importancia del individuo.

El interés de la naturaleza no está en el individuo sino en la especie, dicen los científicos. Y en el mundo natural puede ser verdad eso. Ciertamente parece que la naturaleza mata los débiles para que los fuertes sobrevivan.

El instinto incita a los animales a pelear para alimento y para sus vidas, pero yo no creo que saben por qué luchan. Los gatos y leones no tienen ningún deseo de mejorarse o de alegrar a otros. Los insectos y pájaros y peces no tienen ningunos sueños ni altas aspiraciones. No sienten vergüenza y tristeza; la memoria no perpetúa sus congojas. Por un solo acto egoísta o innoble no puede ninguna bestia del campo traer deshonra y humillación sobre sus prójimos.

Con seres humanos es distinto. Todo bebé entra en el mundo cargado con una carga mucho más preciosa que plata u oro. En sus chiquiticos dedos impotentes yacen las esperanzas y sueños y alegría de otros muchos. Su nacimiento hace padre y madre de marido y esposa. Los padres de esposo y mujer se hacen abuelo y abuela. Y hay tíos y tías y primos y viejos amigos y vecinos, cuyas vidas son tocadas y cambiadas por la llegada de esta nueva vida.

Es importante a todas estas personas que la criatura crezca a la niñez sana y alegre, y más tarde que haga de su vida algo en que todos pueden tener orgullo. El infante no sabe esto, por supuesto, ni el niño al principio. A menudo el adulto no se da cuenta de ello hasta demasiado tarde. Pero permanece la verdad que cada uno de nosotros es un instrumento de alta potencia para gozo o tristeza para los otros.

Yo trate de dar este pensamiento a una clase de graduandos de la secundaria en junio pasado. Había 130 jóvenes y señoritas en la tribuna y el auditorio estaba lleno con padres y amigos admirativos. La escena es familiar, pero siempre me impresiona. Esta mañana parecía que tenía más nudos en la garganta que nunca. Me imaginé que sabía lo que pasaba por las mentes de todos esos padres y madres. Podía verme a mí mismo sentado algún día en tal congregación y a mi propio hijo miembro de tal clase. Me preguntaba que exactamente en qué pensaban esos jóvenes y señoritas detrás de mí. Cuando fue llamado mi nombre, todo lo que había pensado decir se me había escapado.

“Jóvenes y señoritas,” yo comencé impetuosamente, “estáis mirándoles a la cara a vuestros padres, madres y amigos. Hoy sus caras son vivas y sonrientes, porque están orgullosos de vosotros y de vuestro logro. Podéis ver vosotros mismos cuan alegres les habéis hecho. Este es un gran día para vosotros, pero es un día aún más grande para ellos, porque señala el cumplimiento de uno de sus sueños para vosotros. Al rato, cuando recibís vuestros diplomas, oiréis aplaudir ruidosamente a vuestros seres queridos, y los veréis alegrarse.

“¡Qué cosa tan maravillosa es tener el poder de alegrar a tantas personas! Pero ¡oh! ¡Cuán tremenda responsabilidad lleva consigo tal poder! Porque si rompéis la fe de ellos, si por un minuto os olvidáis de que lo que sois y hacéis es importante para ellos, si por un momento descuidado y egoísta deslizáis en vergüenza y deshonra, las vidas de todas estas personas alegres serán entristecidas. Recordad esta escena durante toda la vida. Ayudará a guardaros fieles a la confianza que descansa en vosotros”.

Hace unos días en mi club, un amigo que se sentaba conmigo a merendar llamó a otro amigo del otro lado del comedor, “Tu hijo pasó a verme esta mañana. !Qué muchacho tan fino es!”

¡Qué lástima que ese joven no haya podido ver la cara de su padre lucir de orgullo y satisfacción! En esa sola mirada, el joven se hubiera dado cuenta de cuánto depende de él. El orgullo en su hijo es la alegría más grande que pueda venir a un hombre. Y el mozo que se decide a darle a su padre ese gozo logrará mucho para sí mismo.

Borracho como estaba, ese muchacho de la caja de alarma se daba cuenta de que era importante para alguien. Hasta el momento de su arresto, su conducta le había parecido su propio asunto particular. ¿A quién importaba si se emborrachaba o no? Tenía su propia vida que vivir, y la viviría para agradarse a sí mismo. Pero cuando fue detenido súbitamente por el brazo de la ley sobre su hombro, su imaginación le mostró la cara de su madre y la verdad— demasiado tarde.

Yo voy a tratar de ayudarles a mi hijo y a mi hija a servirse de su imaginación temprano en el juego de la vida. Les enseñaré a ponerse la pregunta hoy y cada día, ¿Es esto una cosa sabía qué hacer, o tonta? ¿Prosperan los hombres y crecen en la estimación de sus vecinos de esta manera? ¿Son respetadas y admiradas las mujeres que se portan así? ¿Es éste el camino a una vida gozosa, cómoda y amigable? o ¿conduce al desdén y degradación?”

Yo creo que uno de los deberes más importantes de los padres es ayudarles a sus hijos a emplear su imaginación. El otro día oí una buena historia de un padre que comprende su tarea. Este hombre es pintor de casas, poco instruido en los libros, pero a pesar de eso muy sabio. Había enviado a su hijo a la escuela superior, y la noche que el joven regresó a casa con su diploma el padre le llamó a su alcoba.

“Hijo mío,” dijo, “ha llegado el momento para que yo tenga una plática contigo. Mañana sales a buscar empleo, y de aquí en adelante vivirás por tus propios esfuerzos. Yo he hecho todo lo posible por ti. Ahora, esto es lo que quiero que sepas: No hay más que dos empresas en el mundo, y tienes que escoger entre ellas.

“En una de estas empresas tendrás que trabajar ocho horas al día, seis días a la semana. Recibirás el jornal de un hombre, y estarás libre en las noches para hacer lo que quieras. Hasta que te cases y tengas un hogar propio, puedes vivir aquí, cambiarte la ropa, cenar con tu madre y conmigo, y, si gustas, salir más tarde con tus amigos. Puedes tener una novia y con ella ir al teatro de vez en cuando; puedes tener amigos, viajes de vacaciones, vecinos, y todo lo que hace una vida normal y contenta. Habrá días cuando tu trabajo parezca monótono; pero si emprendes esa tarea, siempre tendrás libertad y el derecho de gozar de esas cosas que más te agraden.

“La otra empresa, de la cual acaso hayas oído y la cual puedas ser tentado a aceptar, no te pagará sueldos regulares. Recibirás ‘algo por nada’ —pero lo harás como violador de la ley. Con el tiempo estarás trabajando para el Estado, doce horas al día en la más miserable de fábricas con los más desdichados de los hombres. Al anochecer, te cerrarán la puerta con llave; dormirás sobre un catre duro y angosto. No tendrás novia, ni diversión, ni amigos, ni padre y madre con quienes cenar, ni ninguna esperanza que anticipar.

“Helas aquí, hijo mío — las dos empresas que te esperan. ¿Cuál vas a escoger?”

Y el jovencito que relató esto a un amigo mío agregó:

“Es todo lo que dijo mi papá; pero esa noche yo lo pensé todo para mí mismo, y yo decidí que quería hacer algo de mí. He oído hablar a la pandilla en la esquina de las calles del ‘dinero fácil,’ pero ni una vez mencionaron el precio que tiene que pagar. Yo no me había dado cuenta de que había precio que pagar, hasta que mi papá me lo dijo”.

La falta de imaginación es a menudo la madre de la tragedia, porque prohíbe que nos demos cuenta de nuestra importancia —para otros. Sin imaginación, fallamos en ver cuántos pueden ser concernidos en nuestros errores. Un muchacho descuidado manejando un coche se cree solo. Piensa que si hubiera accidente, él mismo sería el único lastimado. Si se sirviera de su imaginación, él sabría que todos los miembros de su familia y sus amigos se están paseando con él en el coche. No puede dañarse a sí mismo sin lastimarles a ellos.

¿No es posible condenarnos a nosotros mismos a la mediocridad porque no permitimos que nuestra imaginación nos enseñe nuestras posibilidades? Nos acostumbramos a la idea que no valemos mucho. Nos olvidamos de que nuestras vidas pueden ser formadas y moldeadas por nuestra propia voluntad de hacer y ser.

Un buen nombre, una vida útil, contentamiento —ninguno de estos es el resultado de la suerte. Los hombres no van arrastrados por la corriente a altas posiciones por casualidad. El ordinario ciudadano benigno, honesto, de pensamiento limpio, que ha hecho un éxito de sí mismo, ha considerado la vida como su oportunidad. Ha reconocido su propia importancia como un individuo.

En el campamento los Boy Scouts se divierten a veces con un juego muy interesante: Los caudillos de patrulla dan a cada muchacho un sombrero lleno de desperdicios —pedacitos de estaño, clavos, mecate, papel, lona, cualquier cosita recogida del suelo. Se le otorga un premio al muchacho que construya de este material que da poca esperanza el artículo más ingenioso. Se juzgan los artículos acabados tanto por utilidad como por pericia.

Yo presencié el fallo, el verano pasado, y fui impresionado por la variedad de cosas que se pueden hacer de casi nada. Se me ocurrió, al examinar las bujerías, que estábamos verificando no solamente cuáles eran los mejores artículos sino también cuáles eran los muchachos que sabían aprovecharse de sus oportunidades.

La vida es como ese juego de los Exploradores. Nos da trozos de alegría y tristeza; nos entrega amigos, esperanzas, y desilusiones. Y probamos nuestro valor por lo que hacemos de estas cosas.

El accidente del nacimiento nos pone en el mundo, y el milagro de la muerte nos saca de él. Pero entre la vejez y la juventud, nosotros somos por mayor parte los moldeadores de nuestros propios destinos. Un sinnúmero de cosas pueden arrebatarnos, pero sólo una cosa puede levantarnos. Y eso es la voluntad de sacar el mayor provecho de cada oportunidad que la vida nos da.

Es imposible medir la influencia de un individuo.

“Yo le conocía cuando. . .” es una expresión muy humana. Representa el deseo de todo hombre y mujer de expresar interés en la vida de otro. Si el mozo que hace veinte años entregaba los abarrotes a nuestra puerta es ahora dueño de un gran negocio, tenemos orgullo en el pensamiento que una vez sus pies atravesaban nuestro pequeño sembrado de césped. Hasta nos gusta pensar que tal vez algo que cogió de nosotros se refleja en su éxito.

Como el triunfo de uno que hemos conocido nos deleita, así también el fracaso de otro nos apena. El más casual de conocidos puede causarnos una punzada de tristeza. Tal vez leemos con poco sentimiento de un accidente que ha derribado un desconocido absoluto, pero que aparezca en el registro un nombre que conocemos por casualmente que sea, y todo el asunto se pinta de otro color.

Es imposible no tomar interés en otros. Una vez que hayan cruzado nuestros senderos, llegan a ser una parte de nuestras vidas. Que el vagabundo a la puerta de atrás perpetre un crimen, o salve la vida de un niño, y todos los vecinos saldrán para platicar de él. Si ha ultrajado la decencia, los que le han dado de comer se arrepentirán del hecho; si se ha convertido en héroe, todos los que le han visto o dado de comer se jactarán de ello.

Lo que haces y lo que te acontece significa mucho para tu amigo. Puedes probar esto por considerar por un momento lo que la vida de tu amigo significa para ti.

Si un hombre es tu amigo, puede hacerte romper una cita de negocios, detenerte de tu juego de golf, o estorbar tus vacaciones. Puedes despertar en la mañana determinado a seguir al pie de la letra el programa que te has trazado, y a pesar de eso dentro de una hora puedes ver que la necesidad de ti de tu amigo es más grande que tu necesidad de ganancia egoísta o gloria. Que vengan las noticias que él está enfermo o en dificultades, y cierras bruscamente tu escritorio y vas volando en su ayuda. ¿Hay una defunción en su familia? Estás a su lado, y allí te quedas hasta que no haya nada más que puedas hacer para darle consuelo o ayudarle.

¿De qué se tratan todas estas fiestas de regreso? ¿Por qué llevó la gente de Atlanta a Bobby Jones sobre sus hombros cuando volvió a ellos con el campeonato británico de golf? Para centenares de los que se juntaron alrededor de él y gritaron y vitorearon, el campeonato no fue más que la excusa para celebrar algo mucho más importante. Si Bobby Jones hubiera sido un tenista o un jinete victorioso, o si hubiera escrito una canción o libro que ganara un premio, el regocijo se hubiera efectuado de la misma manera. ¡El gozo estribaba en el joven!

¡Bobby Jones de Atlanta! ¡Su Bobby Jones! ¡Bobby Jones, su compañero de juego y campeón; Bobby Jones, el chicuelo que habían visto crecer, el hijo de sus amigos, el condiscípulo de sus hijos e hijas! ¡Este mozalbete había triunfado sobre los golfistas del mundo! Y en hacerlo, los había hecho a todos orgullosos y alegres.

“¿Oíste lo del joven Jack?” me preguntó un amigo hace unos días.

“No. ¿Qué le ha pasado?”

“Le han ascendido y dado su segundo aumento de sueldo, y apenas tiene un año con la compañía. Su padre está loco de contento”.

“Tú pareces estar contento con ello, también,” le dije.

“Lo estoy,” dijo mi amigo. “Estoy tan orgulloso como si fuera mi propio hijo. Sus padres eran vecinos nuestros hace unos años y yo tomé bastante interés en Jack. Por cierto, yo le conseguí su primer empleo. Está haciendo bueno. ¡Será un gran hombre algún día!”

Bueno, yo no le conseguí a Jack su primer empleo, y no le conozco tan bien como mi amigo; pero sí conozco a su padre y madre. Y su éxito me ha puesto a mí feliz, también.

No es a menudo que sonreímos o lloramos solos.

Hace varios años, cuando era noticiero, un incendio destruyó una fábrica de zapatos y dos trabajadores fueron quemados fatalmente. Me tocó a mí llevar las noticias trágicas a las familias acongojadas.

Recuerdo vivamente la escena al caminar por la angosta callejuela en la cual había vivido uno de esos hombres. Los niños jugaban en las aceras en el sol de verano. Una mujer colgaba su lavado. Un grupo de amas de casa estaban paradas alrededor de una carreta regateando con un vendedor por sus legumbres. Otra mujer del otro lado de la vía trabajaba en su huerta, y mirándola desde el pórtico de la casa vecina estaba una viejita canosa en su mecedora.

Era una calle pacífica y alegre cuando entré en ella. Pero cuando la abandoné unos pocos momentos más tarde, estaba en un alboroto de tribulación. El chillido de pesar de la viuda agobiada cambió instantáneamente el aspecto de toda la vecindad. El vendedor ambulante dejó de regatear sobre el precio de sus vegetales para saber por qué una mujer se había desmayado en su pórtico. Los niños cesaron de jugar, y los vecinos salieron de sus casas para enterarse de lo ocurrido. La risa volvió a resonar en aquella calle hasta muchos días después, de la manera que retumbaba aquella tarde cuando me aventuré en aquella vecindad con mis tristes nuevas.

Se lo debemos a nuestros amigos ser leales a la fe que tienen en nosotros.

Hace años, cuando apenas empezaba a publicar mis versos, recibí una carta de un amigo de Grand Rapids, Michigan. Alguna línea mía le había llamado la atención y fue conmovido a escribirme una palabra de apreciación.

“Eddie,” terminó esa nota apresurada, “quiero que sepas que te estimo tanto, que si jamás hicieras algo que disminuyera mi opinión de ti, me lastimaría sin remedio.”

Sin duda mi amigo se ha olvidado de esa frase; pero yo no la olvidaré nunca. Siempre he sentido que soy importante para aquel hombre; que no me conviene nunca desilusionarle.

La vida de indulgencia propia y la sabia no viajan el mismo camino. Para una, hay que abandonar la otra. Rara vez encontrarás a la Sabiduría sentada en el escalón de la puerta delantera de la Tontería. La Vieja Idea Tardía solloza, “¡Qué tonta he sido!” Mejor escuchar la amonestación susurrada de la Presciencia, “No seas tonta”.

Bill Brown (y eso no es su nombre) daría todo lo que posee hoy en día si pudiera hacer volver una hora disparatada. Hasta hace pocos meses, Bill era un ciudadano respetado. Felizmente casado, padre de tres hijos buenos, próspero en los negocios, era admirado por todos los que le conocían.

Pero Bill tenía una idea tontísima en su cabeza. Pensaba que no importaba mucho lo que hacía mientras él mismo estaba seguro de que no hacía nada malo. Y en ese espíritu Bill se juntó una noche con una fiesta “alegre.” No hay ningún daño, argüía Bill, en ponerse un poco bullicioso de vez en cuando.

Pero cuando un automóvil chocó a las dos de la madrugada, y el joven chofer y una mujer fueron muertos, y otra mujer y otro hombre y Bill: fueron llevados al hospital, ni Bill podía convencerse de que había hecho lo sabio y correcto.

Físicamente, Bill se restableció eventualmente; pero su esposa e hijos están pagando todavía el precio de su desatino. Han sido lastimados más allá de la recuperación. ¡Y todo esto porque el amable y bonachón de Bill no había aprendido que su vida no era suya propia para vivir!

Lo que le debo al Prójimo

Toda mi vida he oído del hombre que se ha levantado por sus propios esfuerzos. Se ha escrito acerca de él en todas las principales publicaciones del mundo. Ha escrito de sí mismo con frecuencia —no siempre en un espíritu de orgullo, sino a menudo con un deseo de inspirar a otros aún al sacrificio de su propia modestia.

El hombre que “se ha hecho” ha llegado a ser el símbolo de la energía e industria en nuestra vida nacional. Yo creo que es más verdaderamente americano que cualquiera otra cosa. Nos hemos encariñado con él. Cultivamos nuestro conocimiento mutuo y anunciamos su valor.

Como mozalbete me alimenté con libros del tipo “De campesino a senador.” Se nos ha dicho repetidamente a todos nosotros que ninguna puerta está cerrada al joven con valor, habilidad e integridad. La verdadera grandeza, en la creencia popular, se hace casi siempre a sí misma.

Yo aprendí eso, y antes lo creía. Ya que tengo más edad y he conocido a muchos hombres, grandes y a otros, todavía creo firmemente en las posibilidades de grandeza en cada muchacho americano sano. El hijo del campesino puede ser senador; el muchacho en la granja desconocida de Illinois puede elevarse a la Presidencia de los Estados Unidos; puede haber, y sin duda hay otro Henry Ford caminando trabajosamente, como en sueños, hacia la escuela rural esta misma mañana; los capitanes de la industria del mañana puede que estén vendiendo periódicos en las esquinas de las calles, y sin duda los periódicos de aquí a treinta años estarán escribiendo de ellos como “hechos por sí mismos”.

A pesar de todo esto, yo he llegado a la conclusión que no hay tal cosa como un hombre que se ha elevado a sí mismo.

Nunca he conocido a nadie que haya logrado la meta que llamamos el éxito, solo y sin ayuda. No hay tal cosa como solitario en el juego de la vida. Para ser un gran caudillo, un hombre tiene que tener seguidores. Para tener seguidores, un hombre tiene que tener amigos.

Ningún hombre se ha hecho, enteramente a sí mismo. No puede hacerse, y no se hace. Por todo el camino, otros han hechos sus contribuciones a la fama y gloria de uno.

Cada uno de nosotros somos la suma de nuestros propios esfuerzos, más los dones de otros. Cuántos de nuestros hechos de los cuales somos más orgullosos, son nuestros propios, y cuánto vino de manos amigables, sólo nosotros sabemos, y eso vagamente.

El gozo del cumplimiento se hace presunción y arrogancia cuando uno se olvida de la ayuda que ha recibido, y se supone el autor exclusivo de su propio logro.

Yo he tenido hasta aquí una vida afortunada y de bastante éxito. Todo me ha ido bien. He tenido mi porción de dificultades, pero nunca he estado en un foso del cual he tenido que luchar solo para salir. Siempre los amigos han estado listos para ayudarme.

Otros han nivelado la vía escabrosa para mí. He tenido muchos “tirones” en un carro benigno que iba por mi camino; muchos paseos rápidos en un auto por carreteras donde posiblemente no hubiera tenido la fuerza o valor o fe para seguir adelante a solas; y me encuentro hoy donde estoy —todavía no en la cima, yo espero —descansando sobre los hombros bondadosos de incontables amigos.

Yo le debo mucho a mi prójimo. Ha hecho mucho para mí. En realidad, el prójimo me ha hecho un posible. No puedo contar aquí todos los favores benévolos y la ayuda que he recibido durante los años; pero estoy seguro de que son parte de mí y de mi éxito.

El prójimo empezó a tomar interés en mí y en mi bienestar cuando era niño asistiendo a la escuela y trabajando en mi tiempo ocioso en una botica, tratando de hacerme útil.

Era pequeño de estatura, pero con voluntad. Yo creo que debía de haber atraído primero la atención del prójimo por tener que estirarme a plena longitud dentro del mostrador para alcanzar lo que quería. Ya poco importa lo que le causó el notarme. Lo importante es que sí me notó y conoció mi nombre. Ese fue verdaderamente el principio de mi conocimiento del prójimo.

En esa botica conocí a hombres de todas las ocupaciones. Hay tres que se destacan hoy en mi memoria encima de la multitud de otros que diariamente entraban y salían. Uno era banquero; otro comerciante, y el tercero era en esa época tenedor de libros del Detroit Free Press (Prensa Libre).

No lo sabía entonces, pero ahora sé, que yo estaba jugando con tres oportunidades. Cada uno de esos tres hombres tenía en su poder el moldear mi carrera. Lo que sería mi futuro no dependía enteramente de mi propia elección. El prójimo había de tener su decir en el asunto. Si el banquero o el comerciante hubieran hablado primero, es posible que el periódico nunca hubiera oído de mí. Si no hubiera hablado ninguno, puede ser que la farmacia todavía me reclamara. Pero el prójimo me quitó de la fuente de sodas más pronto de lo que yo hubiera esperado. El tenedor de libros del Free Press resolvió el problema.

Me ofreció empleo los sábados en la tarde en el departamento en que se contaba la circulación de ese periódico. Me apresuré a aprovechar la oportunidad. Durante los meses de verano trabajé todo el tiempo, y además cuidé del tablero del score de béisbol, lo cual era entonces parte del programa de publicidad del periódico.

Ese fue mi principio. Ese fue el comienzo del interés activo del “prójimo” en mí. El tenedor de libros se ha desvanecido de mi vida, pero su lugar ha sido tomado por veintenas de otros que han contribuido casi diariamente con algo de sí mismos y de lo suyo a mi felicidad. Me uní a mi periódico en 1895, y de ese día hasta el de hoy mi nombre ha estado regularmente en su nómina. Espero conservarlo allí hasta que la muerte escriba “30” después de mi última línea de copia—siendo ésa la manera en que los periodistas indicamos que ha concluido el relato.

Como reportero no pudiera haber tenido éxito sin el prójimo. El me dio las mejores noticias.

Yo obtuve el crédito por haberlas conseguido; pero fue a menudo el amigo en el uniforme del policía, o en el traje civil del detective, quien de veras lo merecía. Yo era joven en esa época y me creía mucho. Yo tenía la idea que yo lo hacía todo; pero ya sé cuánto dependía yo para mi éxito de otros con quienes tenía contacto.

La anécdota exclusiva de un periódico viene siempre de algún otro. Tiene que venir de alguna parte. No es el producto de la imaginación del reportero, ni es creada por su propia habilidad.

En mi caso, el prójimo era a veces, alto en puesto público; a veces patrullaba una ronda, a veces era conserje de un edificio; una enfermera en un hospital, el chófer de una ambulancia; a veces era un prisionero en una cárcel, o un tabernero, o un ministro, o un misterioso amigo anónimo que hablaba por teléfono; pero quienquiera o lo que fuera, contribuyó a mi éxito.

Cuando yo cubría la ronda policíaca, el jefe de detectives era amigable conmigo. Me quería a mí y yo le quería a él; nos llevábamos bien el uno con el otro, pero yo hubiera fallado en mí deber para con mi periódico si hubiese entregado únicamente las historias que él quería anunciar. Cuando hacía pública una historia, la daba a todos los reporteros. No podía ni quería tener favoritos. Sus noticias no habían de ser exclusivas. La artimaña del buen reportero era conseguirlas antes de que el jefe las anunciara.

Esta es mi deuda al prójimo. El me daba a conocer los secretos.

“¿Dónde consiguió esa historia que publicó esta mañana?” me bramó el jefe una tarde.

“No puedo decirle,” le repliqué.

“Nunca obtendrá otras noticias de este despacho a menos que me diga”, fue su amenaza. A lo cual contesté, “Nunca conseguiría otra buena historia si le dijera.”

Sonrió y se fue. Argüimos eso vez tiras, vez, siempre con el mismo resultado. Nunca le dije; y aunque haya sospechado quién era el otro, nunca estaba seguro. Pero él sabía, y yo sabía, que el prójimo estaba ayudándome a tener éxito.

No quería ser reportero toda la vida. Tenía mis sueños y mis ambiciones. Había mucho que quería hacer. La oportunidad yacía, sin embargo, no enteramente conmigo sino con otros. Yo quería hacer obra creativa. Yo pensaba que podía hacerla, pero nunca la había tratado.

Mi primera tentativa fue un trozo de verso en dialecto. Lo creé. Fue mío. Lo había hecho sin ayuda y solo. Eso fue hecho por mí mismo. Me estremezco al verlo ahora— ¡qué cosa tan cruda e insignificante era! Si yo fuera el editor de la edición del domingo y se me entregara esa obra indiferente, yo dudo que la publicaría.

Afortunadamente para mí el editor dominical era un amigo benigno, bondadoso y servicial. Ahora pienso que vio, no lo que yo había hecho, sino lo que algún día pudiera hacer. Me concedió la plana dominical. Publicó ese primer trocito; e hizo más —publicó mi firma debajo de él. Nunca he dejado de estar agradecido a él. Fue ese acto benigno suyo lo que ha hecho posible todo lo que ha venido a mí después.

Si lo hubiera rehusado, si hubiera señalado la debilidad en él, o si aún hubiera sonreído a causa de la pobreza de su pensamiento, es posible que nunca me hubiera atrevido de nuevo en el campo de la escritura creativa. En lugar de eso, me dio aliento y esperanza.

Él era el prójimo moldeando mi carrera. Me hizo posible, vez tras vez después de eso, publicar más cosas en sus columnas; y a él le debo mucho. Me dio mi oportunidad. .

No se puede vivir felizmente sin el prójimo. Tuvimos una experiencia la otra noche; hacía un frío intenso. Habíamos pasado la tarde con amigos que viven en el campo a unas doce millas de la ciudad. Fuimos en nuestro coche. Aparentemente teníamos todo lo que los seres humanos puedan poseer para seguridad y comodidad.

Pudiéramos haber dicho que estábamos independientes del mundo. Podríamos alcanzar al prójimo, o dejar que él nos alcanzara, según se nos antojara.

A la medianoche emprendimos el viaje de regreso. Por alguna razón u otra, el motor, que hasta ese momento había sido confiable, no arrancó. Nos encontrábamos a doce millas del hogar en una noche cruel, impotentes para movernos. ¿Podríamos vencer esa situación solos y sin ayuda? ¿Teníamos suficiente intelecto o fuerza o dinero o habilidad para sacarnos a nosotros mismos de esa situación vergonzosa? No. Estábamos en un lío y la perspectiva no era alentadora.

Pero salieron nuestros amigos. De alguna parte consiguieron mecates de tendederos. El prójimo trajo su coche y trató de remolcarnos, pero las cuerdas se rompieron y tuvieron que ser abandonadas.

“Espera un momento,” dijo un amigo. “Sé dónde hay un cable de alambre que no se romperá.”

Hasta la fecha no sé en dónde lo consiguió. Todo lo que sé es que cuando volvió traía suficiente alambre para hacer un cable de remolque durable; y con eso para atarnos juntos, el prójimo nos remolcó esas doce millas y nos depositó salvos en frente de la puerta de nuestra casa.

¿A casa, por nuestro propio poder? ¡No! A casa, por el acto afable y bondadoso del prójimo.

A menudo me pregunto que dónde estaría sin el prójimo. Hace tanto por mí. Me dan el crédito por mi columna diaria, pero yo sé que más de una vez el impresor y el redactor me han salvado de los disparates. Me quejo amargamente, a veces, cuando una línea omitida arruina un verso. A menudo gruño al formador por publicar hoy lo que quería guardar para mañana. Pero el hecho verdadero es que los muchachos de la imprenta previenen más errores de los que cometen.

Pero ¿por qué pararnos allí? Todo lo bueno que ha venido a mí ha llegado por medio de la corriente de la  buena voluntad del prójimo. Yo he adquirido lo poco que tengo, no por fuerza bruta ni por combate solo; ha llegado a ser mío porque el prójimo tenía voluntad para permitirme tenerlo, alegre de verme conseguirlo, y anhelante de ayudarme a conseguirlo. Nunca veo un chiquillo vendedor de periódicos en la calle, haciendo su mejor esfuerzo para vender el periódico para el cual escribo, sin que sienta que es un socio en mi empresa personal. A menos que estuviera allí afuera vendiendo ese periódico con éxito, mi posición no duraría mucho. Yo no podría dirigir todos los departamentos yo mismo. La banda de un hombre atrae una poca de atención como curiosidad, pero nunca compite con una orquesta sinfónica en cuestión de música dulce.

He descubierto también esto: Cuando aparezca que yo haya venido al punto donde la oportunidad más grande esté lista para mí, es el prójimo el que prepara la vía. Cada paso importante ha sido guiado por personas bondadosas. Me he aventurado en campos desconocidos, pero nunca solo. El prójimo ha estado siempre allí para animarme y ayudarme.

Lo que mis Vecinos significan para mí

La vida con todo lo que trae de gozo y cuidado, no es una cosa fácil de analizar. No podemos saber cuánto de la vida de un hombre es suyo propio y cuánto se debe a la influencia de otros. El que tuviera solamente su propia fuerza con que luchar y únicamente sus propios recursos para proporcionarle alegrías, sería de veras muy pobre.

Tal vez la pregunta más común que cae de los labios de nuestras mujeres es, “¿Qué pensarán los vecinos?” Y la respuesta más general a ese pequeño grito de temor es “¿Qué me importa?”

Yo mismo contesté a mi esposa de esa manera hace unos días, cuando me detuvo en el camino al jardín. Cuando yo tengo que hacer un macizo, no me visto de gala para el trabajo, me visto en mis trapitos para ello. Tengo un viejo pantalón de pana y una camisa de franela azul y un par de zapatos viejos, y me los pongo —y me quito todo el orgullo posible.

Admito que no soy hermoso de ver en esa vestidura. Los forasteros me han tomado, a veces, por un cavador de zanjas. Sin embargo mis vecinos se han acostumbrado a verme así en la primavera. Si se oponen efectivamente a mi apariencia personal en el jardín, han sido demasiado corteses para hablar de ello.

Pero mi esposa me mira anualmente y grita, “¿Qué pensarán los vecinos?”

Y yo, a estilo de hombre, respondo, “¿Qué me importa?”

Este año, mientras trabajaba en el patio, me preguntaba acerca de esto.

¿Qué me importa? ¿Qué significan mis vecinos para, mí? Supongamos que no hubiera vecinos que considerar.

¿Qué si nunca hubiera conocido un vecino? ¿Fuera igual hoy lo que llamo mi vida? ¿Cuánto de ella vino de los que viven alrededor de nosotros?

¿Quién hace que la Avenida Atkinson sea buena calle en que vivir? Seguramente no nosotros solos. Nuestros vecinos tienen que ver con eso. Si su carácter se cambiara a lo peor, no hubiera ni orgullo ni gozo en la casa que hemos llegado a amar. La venderíamos y nos trasladaríamos.

Así es que llegué a la conclusión esa tarde, mientras trabajaba en mi ropa vieja, que sí me importa lo que piensan mis vecinos; y me di cuenta de que por lo que mis vecinos han pensado en el pasado mi vida ha sido enriquecida.

El primer recuerdo registrado de mí es de una vecina. Era la señora de Brown, quien entró a verme unos cuantos días después que nací, y quien me vigilaba de cerca durante los tres primeros años de mi vida. De lo que mi madre me ha dicho, sé que era una mujer buena y bondadosa. Había siempre en su despensa confituras y a su puerta una bienvenida para mí.

Una puerta de hierro cerraba la entrada a su patio. Fue a esta puerta, se me dice, que yo corría siempre que podía escapar del ojo vigilante de mi madre. Muy pequeño para abrirla yo mismo, la sacudía con los puños, gritando a voz en cuello:

“¡B’own! ¡B’own! ¡Déjeme entrar! ¡Favor de dejarme entrar!”

Aún en esos días parece que yo recibía alegría de mi vecina. Desde aquel entonces he tenido muchos vecinos, y jamás uno malo.

El doctor Asselin y su familia viven al lado oeste de nosotros. Siempre estoy seguro de recibir un saludo matinal desde una de sus ventanas. La pequeña Betty, o Dean, u Honor, o Felipe, el bebé, estarán allí para hacerme señas con la mano. Durante las tardecitas de verano, el doctor y yo nos sentamos juntos en el porche delantero, conversando con las señoras, o discutiendo seriamente los problemas de la vida.

Debe ser una existencia solitaria el vivir en una casa lejos de otras. Hace unos días vi desde la ventana del tren una habitación hermosa. Estaba alto en un cerro dominando la vista del valle abajo. Tenía muchas ventanas, pórticos anchos y calzadas lisas y resplandecientes que conducían a ella.

Fué evidente que su dueño la construyera con deseos de reclusión. No había otra casa dentro de una milla. A lo lejos y debajo de él residían las personas que pudieran ver sus vecinos —que tal vez eran en un tiempo sus vecinos.

No me gustaría vivir allí. Echaría de menos, los chiquillos de los vecinos y sus gritos de saludo. Echaría de menos caras sonrientes en las ventanas vecinas. Temería entrar en el jardín, por hermoso que fuera, sabiendo que no vendría nadie, sin invitación, a participar de su esplendor y a acompañarme. Me gusta una puerta cuando su propósito es que pase la gente. Pero no me gustan murallas altas y puertas construidas para excluir a vecinos bondadosos.

No puedo imaginarme aislamiento peor que haberse privado uno de sus vecinos. Una casa alejada es una señal al mundo que sus moradores ya no quieren visitas informales. Llamarán a sus amigos cuando quieren que visiten. Entonces pondrán primorosamente la mesa y vestirán su ropa fina. Será una ocasión apartada especialmente para la amistad y harán una gran ostentación.

Pero tú con la alegre chanza que oíste hoy; tú con las noticias regocijadas de tu hijo que está en la ciudad grande; tú con la congoja y la carga que quisieras descargar; tú con el que acabas de elaborar y que quisieras que nosotros probáramos: tú en mangas de camisa, que quisieras sentarte unos momentos a charlar de los negocios o de la política —tú debes permanecer fuera. Somos suficientes, para nosotros mismos.

Viajaba a casa una tarde después del juego de béisbol con un amigo mío muy rico. Empezó su carrera como un muchacho pobre y se levantó por trabajo diligente. Residí ahora en una casa grande en el barrio residencial exclusivo de Grosse Pointe, cerca de Detroit. En el camino, pasamos la primera pequeña casa que poseyó. Todavía está en la Avenida Cass, ya curtido por la intemperie y descolorado, y ya no suya.

“Eddie”, me dijo, “he allí la casa en que vivía: Creo que tuve más gozo en ese porche delantero que en cualquier otra cosa que he poseído. Por supuesto estamos contentos donde estamos hoy, a orillas del lago. Es hermoso. Hay comodidad y paz. Pero al fin y al cabo, no es la mejor manera de vivir.”

Por muchos que le conocen este hombre es considerado fríamente práctico. No se da al sentimentalismo. Cuando las cosas viejas deben ceder a las nuevas, no es persona que  tenga merced con las viejas.

“Fue en esa casita que de veras vivía,” continuó. “En aquel entonces tenía vecinos. Después de la cena, solía sentarme en ese porche y siempre venía alguien a platicar conmigo. Oía todo lo que sucedía por varias manzanas alrededor. Teníamos amigos que entraban al pasar, a cenar con nosotros.”

“¿Y ahora?” le pregunté.

“Ahora”, contestó, con una sonrisa, “cuando los amigos vienen a comer, han sido invitados una semana antes. Nadie entra de paso a charlar. Muy rara vez voy a mis vecinos o vienen ellos a mí, sin alguna razón especial. Me parece que hemos hecho de la amistad un negocio más que antaño. Por supuesto las demandas sobre nosotros son grandes ahora. No tenemos el tiempo para hacer lo que hacíamos. Pero la gente que todavía tiene tiempo para ser atenta con sus vecinos han de ser envidiados.”

Yo sabía qué quería decir eso. No quería regresar a esa pequeña casa; no me decía que es mejor ser pobre. Hay una ventaja en las riquezas que todo hombre es deseoso de poseer. Meramente expresaba su sentimiento de que no podía llevar arriba consigo parte de la libertad del pasado.

Aveces encuentro un amigo por el sufrimiento. Jim Potter tenía un año de ser vecino mío. Vivía enfrente de nosotros en la Avenida 14, donde comenzamos nuestra vida nupcial. Era dueño de la farmacia en la esquina. Como “Jim Potter” le conocía y le saludaba al encontrarnos. No era más que un conocido pasajero, y cada uno de nosotros conoce a muchos de los tales.

Luego vino la noche en que se nos quitó nuestro primer niño. Me era una lucha en esos días para pasarla, y, me imagino, lo era para él también. Cuando fui a la botica la mañana siguiente, me hizo señas para pasar detrás del mostrador. Le seguí al fondo de la tienda, donde puso sus dos manos benignas encima de mis hombros y dijo:

“Eddie, no puedo decirle lo que tengo en el corazón. ¡Lo siento —lo siento! Sólo quería decir que si— si necesita dinero, acuda a mí.”

¡Sólo un vecino! Puede ser que Jim Potter se haya olvidado del incidente, pero yo no lo olvidaré nunca. Para mí se destaca vivamente; el florecimiento de un vecino en un verdadero amigo.

Hoy en Filadelfia hay un hombre que una vez estaba en el precipicio de la bancarrota. Había llegado al último de sus recursos. Los que eran sus amigos reconocidos habían hecho todo lo que podían por él. Ningún banquero le ayudaría más. Sin embargo ¡él también tenía un vecino! Había platicado con éste unas cuantas veces. Pero no existía lazo entre ellos.

Esa tardecita, desconsolado, descorazonado, roto en espíritu, fue a casa, sabiendo que la mañana traería su ruina. Del otro lado de la calle estaba sentado su vecino, quien notó su apariencia abatida.

“Hay algo malo allí”, le dijo a su esposa. “Me pregunto que qué será.”

La mañana siguiente cruzó la calle a ver al hombre deprimido.

“He estado pensando en usted”, dijo. “¿Está usted en apuros? ¿Hay algo que yo puedo hacer para ayudar?”

El hombre relató su historia.

“Yo le facilitaré el dinero que necesita,” dijo sin vacilación su vecino.

Ese hombre, que estuvo al borde del fracaso, es hoy uno de los comerciantes prósperos de Filadelfia. Lo que ni amigos ni banqueros podían o querían hacer para él un vecino lo hizo. Puedes preguntar que por qué lo hizo. Yo inquirí también, y supe la explicación.

Dijo el vecino: “Yo había visto a ese hombre día tras día con su familia. Conocía sus costumbres; y le conocía por hombre de mérito. Cuando vi que estaba en dificultades, quería ayudarle si podía.”

Así es que sí me importa “lo que los vecinos pensarán,” a pesar de mis protestas al contrario. Cuando me pongo ropa vieja y aparezco cavador de zanjas, cuando me siento en mangas de camisa en mi propio porche delantero fanfarreando vanamente de mi independencia, ¡todo es fingimiento! Secretamente, estoy seguro que ninguno de mis vecinos pensará menos de mí a causa de estas pequeñas infracciones del decoro. Pero si pensara que así lo harían, no las cometería.

Hay una cuadrilla jugando a bolas en nuestro salón esta noche mientras escribo esto. Nosotros estamos en un pequeño cuarto de arriba para dejarles campo. Si tuviéramos una casa lejos en un cerro alto, no habría tales gritos de contienda abajo. Ningún pie lodoso pisotearía nuestras alfombras o dejaría su huella indicadora en la tapicería de nuestros muebles. La casa podía ser ordenada y aseada —pero sería una prisión para nuestro hijo. Su joven vida está llena de compañerismo y diversión, porque tenemos vecinos.

Así es que sí me importa lo que piensan mis vecinos, y sí me importa lo que dicen. Y me alegro de que tengan tanto interés en mi esposa y en mí como nosotros en ellos. De otra manera la vida sería bastante triste.

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Una respuesta a “No puedes vivir tu propia vida”

  1. Nelly dijo:

    Cuánto valemos!!!. Para alegría o tristeza de otros, si las personas se dieran cuenta no dañarían a otris, es lamentable que muchos no valoran y creen tener poder y humilkan. Sé que si 3ntuensi esto mi persona se esforzará por dar lo mejor para hacer sentir mejor a otro.

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