Una Voz que llama

Una Voz que llama

Albert R. Lyman
Liahona Septiembre de 1952


Una voz clara llama, llama desde el mero polvo de América a los hijos de los antiguos habitantes. Ella llama a los hijos de las tribus nativas quienes siguieron las veredas viejas, cazaron en las florestas, y quienes vivieron en libertad en las montañas y vegas antes de la venida del hombre blanco.

¿Quiénes son estas tribus? Se llaman indios, pero fue un error que recibiera tal nombre. Mucho antes que fuesen llamados indios se llamaban laminitas. Su pueblo numeroso ocupaba la América de Norte a Sur y del Este al Oeste. Cuando se dividieron en muchas tribus con nombres separados, se les olvidó el nombre general por el cual habían sido conocidos.

La historia de esta nación lemanita es el registro más importante que ha sido traducido al español, desde que se tradujo la Biblia. Da fuerte testimonio de la Biblia, y fue predicho por profetas de la Biblia, quienes dijeron que vendría, con la Biblia, uno en las manos del Señor para llevar a cabo sus propósitos.

Este registro es el Libro de Mormón. Es una voz de amor y aseguranza de profetas de entre la gente antigua laminita al remanente errante de su posteridad. Nada de comparación se ofrece de ningún otro lugar. Es una historia de su pueblo en la antigua América; y las palabras de hombres grandes y jefes fuertes diciéndoles quiénes son, qué han de hacer con las cosas importantes en el plan del Señor, y llamándoles a que vuelvan de sus vías viejas y volver a buscar la herencia prometida.

Este mensaje ha venido a esta generación por el don y poder de Dios; no podía venir en otro modo. Hay evidencia grande acompañándolo que muestra que es, en verdad, un registro de los laminitas, y de valor más grande que cualquier otra cosa que podían haber ofrecido. Hace mil quinientos años (1500), fue escondido por el mandato del Señor para preservarlo de las guerras terribles que hacían que la tierra se mojara de sangre. Ha venido como cumplimiento de las promesas del Señor a las generaciones rectas que vivían hace muchos siglos.

Es imposible dar más que una porción de lo que vale saber tocante a este Libro de Mormón, pero, el registro asimismo se consigue por los que lo desean leer.

Podía, este registro, ser llamado la Biblia del hemisferio poniente, inspirado por el mismo Espíritu Santo y dan do testimonio de las mismas cosas que se enseñan en la Biblia, la cual vino del Este. Juntos, los dos libros están más lejos de la crítica de sus enemigos que cuando uno está solo. La Biblia es uno de los testigos principales del Libro de Mormón, y, en cambio, el Libro de Mormón es el testigo más poderoso que ha venido en tiempos modernos de la divinidad de la Biblia.

La Historia de los laminitas toma principio en el tiempo cuando el Señor escogió a Abrahán para ser el padre del pueblo escogido. Las promesas del Señor hechas a Abrahán y a su posteridad, y especialmente las promesas del Señor a José, son de gran importancia para los laminitas.

A José le fue prometido que sería “Un ramo fructífero. . . cuyos vástagos se extienden sobre el muro”. En cumplimiento de esa promesa el Libro de Mormón nos relata que dos familias de la tribu de José fueron amonestadas por el Señor que salieran de Jerusalén antes que fuese destruida. Esto fue unos seiscientos (600) años antes de Cristo. El Señor les dijo que los guiaría a una tierra de promisión preparada para ellos, “una tierra escogida sobre todas las demás”.

Fueron dirigidos por el desierto de Arabia a las playas del mar donde construyeron un barco. Luego los guio a través de las aguas grandes, a América.

El libro nos dice como estas dos familias vinieron a ser una nación grande, como el Señor los prosperó cuando guardaron sus mandamientos, y como sufrieron con guerra o hambre al hacer lo malo.

Después que el Cristo fue crucificado en Jerusalén, él vino en su cuerpo resucitado a esta gente, aquí en Amé rica. Muchas de las palabras que él les habló son una parte del registro del Libro de Mormón. Les dijo cosas importantes que les pasarían en los últimos días. Les dijo que sus hijos caerían en pecado, que perderían los registros sagrados de su pueblo, que se les olvidaría lo que él les había dicho, y que irían errantes en obscuridad, no sabiendo quiénes ni de dónde habían venido. Les dijo que después de muchas generaciones y cuando su gente hubiera caído en obscuridad, les llamaría otra vez, restaurando su Escritura perdida, y cuando se arrepintieran y se hicieran dignos de su presencia vendría otra vez entre ellos.

Les dijo que después de mucho tiempo hombres blancos cruzarían las grandes aguas, hombres blancos a quienes él llamó “gentiles”. Les dijo que “estos gentiles esparcirán mi pueblo. . . y mi pueblo será desterrado de entre ellos”. Pero no estarían sin esperanza.

Vemos que fueron cumplidas sus palabras en parte cuando vino el gran conquistador Hernán Cortés, en 1519, para hacer con unos pocos hombres, 570, la conquista de una nación de 20 millones de gentes. Con la conquista de México, por Cortés, y la conquista de lo demás de América por otros grandes soldados, los laminitas o “indios” llegaron a estar sujetos a los “gentiles”. Pero todavía eran laminitas, y aunque algunos españoles se casaron con los indios, todavía la mayor parte de la gente mexicana es descendida directamente de aquellos profetas. Y casi todos tienen, por lo menos, una parte de la sangre escogida de José en sus venas.

Jesús dijo que cuando los gentiles rechazaran la plenitud de su evangelio que se les fuese predicado, entonces él recordaría el convenio que había hecho con la gente antigua y les traería el Evangelio a los laminitas. Les prometió Jesús a los padres de los laminitas que haría una obra grande y maravillosa entre sus hijos en los últimos días.

Uno de sus profetas antiguos, inspirado por el Señor, dijo que cuando este libro saliere entre los gentiles, algunos lo creerán, y lo traerán a los laminitas. Entonces sabrán los laminitas de sus padres, y que vinieron de Jerusalén, y que han descendido de la casa de Israel. El evangelio de Jesucristo será predicado entre ellos, y se les restauraría un conocimiento de las vías del Señor. Y luego las escamas de tinieblas caerán de ellos y serán bendecidos por el Señor.

Entre los padres de los laminitas, los registros fueron guardados por profetas y hombres santos designados a aquella responsabilidad, pero cuando la gente empezó a hacer guerra de mar a mar, destruyendo cada cosa que les impedía, el Señor mandó que los profetas escondieran los registros sagrados en la tierra, para quedarse allí hasta el tiempo designado para su restauración.

El Libro de Mormón fue traído al mundo por el poder de Dios hace más de cien años, ahora muchas de sus profecías maravillosas se han cumplido. Desde su publicación, misioneros han ofrecido el Evangelio restaurado a las gentes de muchas naciones. Algunos han creído, pero la mayoría lo ha rechazado mientras el mundo está enfermo con guerras y rumores de guerras en igual manera como el Libro de Mormón había predicho. Ahora es el tiempo que este mensaje sea llevado a los laminitas, para que se despierten de su estupor y vuelvan a las vías de sus padres rectos.

Mormón, uno de estos profetas, y él, por el cual el Libro tiene su nombre, escribió sobre el registro unas palabras de súplica un poco antes de que fuera muerto. Fue él uno de los últimos en hablar la palabra de Dios entre su gente, y cuando él había visto la matanza terrible de 120,000 hombres con sus esposas e hijos, escribió en la angustia de su alma a esta generación, exhortándola al arrepentimiento y diciendo: “Sabed que es necesario que os arrepintáis, o de otro modo no podréis salvaros. . . Sabed que os es necesario venir al conocimiento de vuestros padres y que os arrepintáis de todos vuestros pecados e iniquidades y que creáis en Jesucristo. . . y sed bautizados en su nombre y aceptad el evangelio de Jesucristo”.

Mormón dijo también que con la restauración del Libro de Mormón a los laminitas, recibirían la Biblia, y que el Libro de Mormón les sería enviado para que creyeran en la Biblia, porque si creyeran en uno, creerían en el otro.

Junto con Mormón estaba su hijo Moroni, también un profeta grande, y destinado a ser el último de entre su pueblo. Después que su padre había sido matado, Moroni completó los registros y los sepultó en una colina desde la cual iban a hablar en lo futuro, como si fuera del polvo.

Con las últimas palabras que Moroni escribió, el relató como todo hombre puede saber que el Libro de Mormón es la verdad. Explicó que “Cuando recibáis estas cosas, os exhorto a que pidáis a Dios, el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, que os declare si estas cosas son verdaderas; si así lo hiciereis con un corazón contrito y con una sincera y verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo”. (Moroni 10:4)

Nosotros que le traemos este registro somos comúnmente llamados “mormones” porque creemos el registro de sus padres. Somos los “pocos entre los gentiles” quienes han aceptado el mensaje del libro. Ahora se lo ofrecemos con testimonio solemne, que es la verdad. Lo hemos probado en la manera que el profeta de su gente dijo que podía ser probado, y nos es claro en nuestro entendimiento. Lo tenemos para los que lo quieren leer. Rogamos que todos los laminitas vuelvan y anden otra vez, como anduvieron sus padres, en las vías del Señor.

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