Corazones traspasados de profundas heridas: Entender el abuso en la familia

Corazones traspasados de profundas heridas:
Entender el abuso en la familia

Por el Dr. Jason B. Whiting
Facultad de Vida Familiar de la Universidad Brigham Young

Liahona, Octubre 2020

En cualquier relación podrían establecerse patrones dañinos que al detectarlos se podría revelar el abuso o detenerlo antes de que comience.

Hace poco, recibí una llamada de un acongojado padre de familia. Su hija Jenna (los nombres se han cambiado) asistía a la universidad en otra ciudad y había comenzado un noviazgo que iba a paso acelerado. El novio, Jake, impulsaba la idea de casarse y limitaba la comunicación que Jenna tenía con sus padres. Ella les pedía disculpas y les explicaba que todo se debía al intenso amor y deseo que Jake tenía de que pasaran tiempo juntos en pareja.

Ellos se preocuparon al enterarse de que Jake tenía una exesposa y un hijo, de los cuales no le había hablado a Jenna. Llamaron a la exesposa y esta les dijo que Jake tenía mal genio y era celoso. Cuando Jake se enteró, se enfureció. Dijo que los padres de Jenna eran “dominantes” y señaló una ocasión en la que a ellos no les pareció una broma sarcástica que él hizo sobre la inteligencia de Jenna. Jake insistía de forma irónica en que Jenna debía tomar sus propias decisiones y dejar de comunicarse con ellos. Los padres de ella comenzaron a desesperarse cuando sus llamadas y textos ya no recibían respuesta.

Todas las personas desean tener una familia feliz, pero aun cuando tratan de vivir el Evangelio, las relaciones pueden llegar a ser dañinas. Algunos problemas son el resultado de malentendidos y fricciones que se presentan comúnmente en todas las familias. Sin embargo, en un hogar con un ambiente sano, las personas piden disculpas por su mal comportamiento y liman asperezas, mientras que en las situaciones dañinas hay patrones constantes de crueldad o maltrato que se convierten en abuso.

El abuso doméstico y el Evangelio

“Habéis quebrantado los corazones de vuestras tiernas esposas y perdido la confianza de vuestros hijos” (Jacob 2:35).

El abuso o maltrato consiste en realizar actos con el fin de lastimar o controlar, y en una variedad de conductas que podrían incluir abandono, manipulación, críticas verbales y violencia física o sexual1. Lamentablemente, la conducta abusiva es común y algunos expertos calculan que alrededor de una cuarta parte de los menores de edad en todo el mundo son maltratados de forma física, sexual o emocional2. Entre los adultos también hay elevados índices de victimización; cerca de una de cada cuatro mujeres y uno de cada diez hombres reciben maltrato físico por parte de su cónyuge.

El abuso se puede dar en cualquier relación y tanto hombres como mujeres pueden ser los que lo cometen. No obstante, los hombres son más propensos a controlar y a cometer actos de violencia física y sexual, mientras que hay más probabilidad de que las mujeres sean atemorizadas, dominadas y lastimadas gravemente por el cónyuge3.

El abuso perjudica el alma tanto del transgresor como el de la víctima y va en contra de las enseñanzas del Salvador. Los profetas modernos han declarado que las personas “que maltratan o abusan de su cónyuge o de sus hijos […], un día deberán responder ante Dios”4. Los agresores a menudo hacen caso omiso de los principios del Evangelio o se aprovechan de ellos. Por ejemplo, asesoré a un matrimonio en el que el esposo andaba en líos de faldas y se gastaba sus ahorros en apuestas, pero en lugar de disculparse, presionaba a la esposa para que ella lo perdonara e insistía en que en ella permanecía “el mayor pecado” si no lo perdonaba. Él desestimaba el dolor que ella sentía y aseguraba estar bien con Dios o de lo contrario, no sería obrero del templo. Cuando la esposa habló con líderes de la Iglesia, él restó importancia a sus engaños y exageró las preocupaciones de ella, asegurando que estaba deprimida. El esposo rechazaba “los principios […] del respeto, del amor [y] de la compasión”5, y maltrataba a su esposa. El esfuerzo de ella por vivir los principios del Evangelio no podía corregir un problema que él estaba creando. Cada uno de nosotros puede caer en conductas dañinas. Ciertas características son comunes en todos los tipos de abuso y, mientras más graves y frecuentes sean, menos sana será la relación. A continuación, hay cinco patrones habituales de abuso que pueden servir para detectar conductas dañinas en nosotros mismos o en los demás.

  1. La crueldad

“… con su lengua engañan; veneno de áspides hay debajo de sus labios […]; [su] boca está llena de maldición y de amargura” (Romanos 3:13–14).

Un hombre vino a verme para que le diera terapia en contra de la voluntad de su esposa, quien se burlaba de él debido a que “necesitaba ayuda”. En la Iglesia ella era amable y piadosa, pero en casa la crueldad de su actitud condescendiente ardía como un latigazo. Le criticaba su ingreso y tildaba su ocupación en la docencia de “empleo de mujer”. A su hijo le decía: “Espero que no termines siendo un pelele como tu papá”, y en conversaciones telefónicas que tenía con su madre a diario, ambas menospreciaban a su respectivo esposo. Las personas que critican a los demás creen tener motivos justificados para causar dolor y “se deleitan en que otros […] padezcan” (Doctrina y Convenios 121:13). Esos familiares quebrantan los mandamientos de Jesús de “no juzg[ar]” y “no conden[ar]” (Lucas 6:37) cada vez que denigran, muestran repugnancia o insultan.

  1. El engaño

“… estás poseído de un espíritu de mentira, y has desechado el Espíritu de Dios” (Alma 30:42).

El engaño es una constante en el abuso, ya que los que lo cometen restan importancia a sus actos, culpan a los demás y tergiversan las palabras. Eso confunde a las víctimas, como lo explicó una participante en mi investigación: “[Mi esposo se ponía] furioso, después se disculpaba y entonces decía: ‘De todas maneras es culpa tuya’ […], una y otra vez, hasta que comencé a creerlo”6. Esa negación de la realidad de la otra persona, al presentar información falsa para hacerla dudar, deja a la víctima confundida e insegura en cuanto a sus recuerdos y opiniones. Al igual que otras formas de engaño, se emplea esa táctica con el fin de manipular conversaciones y de dar una imagen falsa.

Aquellos que abusan de otras personas se niegan rotundamente a reconocer que su actitud es hiriente y a menudo asegurarán que ellos son las víctimas. Cuando Jenna manifestó descontento por las críticas de Jake hacia los padres de ella, este se enojó e insistió en que ella lo estaba “insultando” a él. Jake estaba entre “los que claman transgresión […], y ellos mismos son hijos de la desobediencia” (Doctrina y Convenios 121:17). Él no solo fomentaba su falsa versión de los hechos, sino que también se irritaba con la realidad7.

  1. Las excusas

“… reconoce tus faltas y la maldad que hayas cometido” (Alma 39:13).

Una persona humilde siente pesar al lastimar a los demás, se arrepiente y trata de mejorar; mientras que una que comete abuso se resiste a la voz de la conciencia poniendo excusas. Uno de las participantes en mi investigación señaló: “El maltrato físico me hacía sentir terrible, pero luego pensaba que no habría sucedido si ella se hubiese quedado callada”. En el caso de él, su “aflicción no era para arrepentimiento” (Mormón 2:13), sino que era sustituido por amarga ira y reproches.

En una ocasión, le dije a una mujer casada a la que le daba terapia que nunca la había visto mostrar la tristeza que es según Dios por todos los años de críticas hacia su esposo. Su respuesta no fue de pesar, sino de enfado: “¡Ah bueno, una cosa más que no estoy haciendo!”. Las personas que cometen abuso rechazan la responsabilidad, son irritables y se ponen a la defensiva. Además, se ofenden con facilidad por detalles pequeños.

  1. El orgullo

“… con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a sí mismo” (Filipenses 2:3).

El orgullo incluye el sentirse con derechos y el egocentrismo. Un hombre arremetía contra su esposa y sus hijos cada vez que consideraba que estos “le faltaban al respeto”. Si la opinión de ellos era contraria a la de él, le “estaban quitando autoridad” o “no estaban siendo obedientes”. El orgullo es competitivo y se concentra en el poder y en ganar. En cambio, en una familia sana hay un entorno de cooperación, hay equilibrio en equidad y los integrantes “obra[n] rectamente unos con otros” (4 Nefi 1:2). Los cónyuges deben ser compañeros iguales8, de manera que cada uno pueda expresar sus ideas y se valoren todas las opiniones.

  1. El dominio

“… cuando intentamos […] ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres […], los cielos se retiran” (Doctrina y Convenios 121:37).

A pesar de que valoramos el albedrío, es sorprendente la frecuencia con la que los familiares se dicen el uno al otro cómo deben pensar, sentirse y actuar. Incluso hay quienes para ejercer mando intimidan, avergüenzan, dejan de mostrar amor por un tiempo o amenazan. Un hombre casado tenía estrictas expectativas de que su esposa debía preparar el desayuno todos los días a cierta hora, cumplir ciertas peticiones en las relaciones íntimas y escuchar sus “inquietudes”, las cuales normalmente tenían que ver con maneras en que ella podía mejorar. Controlaba la forma en que ella gastaba el dinero y se irritaba si no respondía rápidamente a sus textos.

Una madre de familia expresaba constantemente su desilusión con su hija adolescente cada vez que esta se mostraba triste o no se portaba a la altura de las normas de la madre. Si las expectativas no se cumplían o si su esposo le expresaba sus inquietudes, ella les daba a todos la “ley del hielo” con frialdad.

La esperanza y la sanación

“Yo he oído tu oración, he visto tus lágrimas. He aquí, yo te sanaré” (2 Reyes 20:5).

Si bien el abuso es desgarrador, el cambio siempre es posible. Las víctimas pueden acudir a recursos espirituales o profesionales, y procurar el poder de la expiación del Salvador para que les sane sus heridas. Si necesita ayuda, vaya a abuse.ChurchofJesusChrist.org.

Las personas que han cometido abuso deben arrepentirse y buscar ayuda. Ello requiere “desc[ender] a lo profundo de la humildad” (3 Nefi 12:2) y asumir plenamente la responsabilidad de la conducta propia. El cambio consiste en más que promesas que se mantienen por un tiempo breve y esfuerzos superficiales. El dolor que implica el arrepentimiento es desgarrador y hay quienes no están dispuestos a hacerlo, lo cual deja a las víctimas con decisiones difíciles a fin de protegerse9.

El Padre Celestial está pendiente de nosotros al igual que ese angustiado padre de familia que me llamó en cuanto a la situación de su hija. El amor de Dios es “como la anchura de la eternidad” (Moisés 7:41) y Él siente un profundo dolor cada vez que Sus hijos se lastiman el uno al otro. En una conmovedora conversación con Enoc, Él se lamenta diciendo: “He allí a estos, tus hermanos; son la obra de mis propias manos […], y también he dado mandamiento, que se amen el uno al otro […], mas he aquí, no tienen afecto y aborrecen su propia sangre” (Moisés 7:32–33). Los cielos y la tierra lloran cada vez que los cuerpos y las almas son heridas. No obstante, con humildad, con el poder de Dios y con ayuda profesional cuando sea necesaria, es posible acabar con la conducta dañina y establecer un hogar donde reine la dignidad, la seguridad y el amor.


Descubra más

Para encontrar información adicional o para ponerse en contacto con recursos profesionales y otros recursos de utilidad, visite el sitio web de la Iglesia sobre el abuso en abuse.ChurchofJesusChrist.org.

Para averiguar más sobre cómo ayudar a las víctimas, lea el recuadro “¿Cómo puedo ayudar? Para amigos y líderes” en la versión digital de este artículo en liahona.ChurchofJesusChrist.org o en la aplicación Biblioteca del Evangelio.


¿Cómo puedo ayudar? Para amigos y líderes

“… est[amos] dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo” (Mosíah 18:9).

Muchos de nosotros conocemos a víctimas de abuso, ya sea que estemos al tanto de su situación o no. Los miembros que sufren de abuso o maltrato acudirán a los líderes, y casi todos tenemos amigos o familiares que han sido maltratados. Las personas ajenas a la situación normalmente son comprensivas, pero quizá no sepan cómo ayudar. Se pueden considerar las siguientes pautas al ministrar a personas que afronten este problema.

Brinde apoyo en lugar de instrucciones. Escuchar del dolor de alguien es alarmante, por lo que podríamos reaccionar con emociones fuertes y dar consejos como: “tienes que irte ahora mismo” o “habla con un abogado”. Poner presión rara vez resulta útil, a menos que esté en riesgo la integridad física de la persona. En esos casos, es importante ponerse en contacto con autoridades, refugios para mujeres o líneas directas de ayuda. En casos de niños que hayan presenciado o sufrido abuso o maltrato físico o sexual, se debe informar a los servicios de protección infantil. Sin embargo, en la mayoría de los conflictos, las víctimas se benefician más del apoyo en lugar de que se les fuerce a hacer algo, lo cual puede causar que prefieran guardar silencio o que no se respete su albedrío. Las personas que se encuentran en situaciones perjudiciales afrontan decisiones difíciles que normalmente ya han considerado por algún tiempo. Es mejor escucharlas con atención y hacerles preguntas para comprender los detalles de la situación, en lugar de ponerles más presión.

No juzgue ni sermonee. En la Iglesia tenemos ideales elevados en cuanto a la familia y muchas personas sienten que no están a la altura de ellos. En las familias donde la interacción es problemática, ese abismo se hace más grande, lo cual es causa de mayor vergüenza y de que se mantengan las situaciones en secreto. Las personas que están desesperadas por mejorar las cosas suelen ser las que están siendo maltratadas y culpadas. Si una tercera persona dice cosas como: “¿hiciste algo que ocasionó el enojo?” o “si actúas con paciencia y perdón, seguramente que la situación mejorará”, la persona afectada podría sentirse más culpable. Este es uno de los motivos por los que aquellos que sufren tribulación dudan en hablar de ella, ya que no desean que se les vea como víctimas ni sentirse peor por sus deficiencias.

Tome el asunto en serio. Algunas personas que se abren en cuanto al maltrato que reciben se topan con actitudes de escepticismo o de duda. Eso puede suceder debido a que los demás tienen percepciones incompletas y a veces erróneas. Por ejemplo, existe el mito de que solo los villanos que lucen amenazantes cometen actos de violencia. Sin embargo, el abuso en las familias lo cometen personas comunes y corrientes que presentan una buena apariencia en público. Es una realidad que cuesta trabajo comprender. ¿Cómo es posible que nuestro amigo que es un amable maestro de la Escuela Dominical tenga su lado tenebroso en casa? Si la situación no encaja con las ideas preconcebidas de quien escucha, se podría desestimar o minimizar el asunto. No obstante, investigaciones muestran que las acusaciones falsas de abuso, en particular las que provienen de personas que tienen menos poder en su familia, son raras y que muchas víctimas no dicen nada en absoluto. Todas las quejas de abuso se deben tomar con seriedad y se debe comenzar por creerle a la persona.

No se apresure a juzgar. A menudo, los líderes y los profesionales escuchan historias contradictorias de los familiares involucrados y se puede caer en la tentación de tomar partido. En algunos casos, resulta obvio saber quién es la víctima y quién es el infractor, pero en otros casos muchas personas son culpables y es casi imposible esclarecer la verdad. Una realidad que aumenta la confusión es que, aunque es importante creerles a las víctimas, muchas personas que cometen abuso tienen una personalidad agradable, también asegurarán que ellas son las víctimas y podrían pintar a sus víctimas como los agresores. Por ejemplo, un cónyuge dominante podría adelantarse a una cita con un obispo o con un terapeuta para contar historias que perjudiquen a su pareja. Las personas ajenas a la situación a menudo suponen que pueden detectar mentiras, pero los mentirosos crónicos se ponen una máscara que es muy convincente. El Señor advierte a los líderes que “hay hipócritas entre vosotros, los cuales han engañado a algunos” (Doctrina y Convenios 50:7), y a veces ese engaño confunde a quienes tratan de ayudar.

Esté al pendiente de las señales de alarma. Hay un sinnúmero de formas en las que ocurre el maltrato en las familias, pero hay ciertas señales de advertencia que se deben tratar más a fondo si un líder o un conocido se entera de ellas. Algunas incluyen los puntos que se presentan en este artículo: la crueldad, el engaño, las excusas, el orgullo y el dominio. Además, es una mala señal si hay celos, monitoreo, acoso, historias sumamente contradictorias, presión en cuestiones de intimidad o de dinero, o negativa a recibir ayuda. Todo caso de violencia física o sexual siempre debe tomarse en serio y tratarse con profesionales. Si hay menores de edad involucrados como víctimas o testigos, se debe informar del abuso.

Afortunadamente, en muchos países los índices de abuso están disminuyendo y la concientización del público en cuanto a la agresión de todo tipo va en aumento1. Sin embargo, hay muchas personas que aún sufren en soledad y “los sollozos de sus corazones ascienden a Dios” (Jacob 2:35). Tendamos una mano a esos corazones heridos mostrando amor y apoyo semejantes a los de Cristo.

Recursos para líderes

Los líderes que se enteren de casos de abuso en los que haya menores de edad involucrados como víctimas o testigos deben llamar a la línea de ayuda de la Iglesia que se encuentra en counselingresources.ChurchofJesusChrist.org.

“La voz que expresa un testimonio sincero, que pronuncia fervientes oraciones y que canta los himnos de Sion, puede ser la misma voz que vitupera y critica, que avergüenza y denigra, que ocasiona dolor y destruye el espíritu de uno mismo y con ello, el de los demás. ‘De una misma boca proceden bendición y maldición’, se lamenta Santiago. ‘Hermanos [y hermanas] míos’, dice, ‘esto no debe ser así’ [Santiago 3:10]”.
Élder Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles, “La lengua de ángeles”, Liahona, mayo de 2007, pág. 16.


  1. Para recibir más información sobre la violencia física, véase abuse.ChurchofJesusChrist.org. Si desea más información sobre el abuso y la agresión sexual, véanse Benjamin M. Ogles, “Agency, Accountability, and the Atonement of Jesus Christ: Application to Sexual Assault” (devocional de la Universidad Brigham Young, 30 de enero de 2018), speeches.byu.edu; y Chieko N. Okazaki, “Healing from Sexual Abuse” (conferencia de la Universidad Brigham Young, 23 de octubre de 2002).
  2. Véase Maryam Ajilian Abbasi, Masumeh Saeidi, Gholamreza Khademi, Bibi Leila Hoseini, Zahra Emami Moghadam, “Child Maltreatment in the World: A Review Article”, International Journal of Pediatrics, tomo III, nro. 1, 2014, págs. 353–365.
  3. Véase Hamby, S., “Current controversies: Are women really as violent as men? The ‘gender symmetry’ controversy”, en Claire M. Renzetti, Jeffrey L. Edleson y Raquel Kennedy Bergen, Sourcebook on Violence Against Women, 3ª edición, 2018, págs. 78–82.
  4. “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, mayo de 2017, pág. 145; véase también abuse.ChurchofJesusChrist.org.
  5. “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”.
  6. Jason B. Whiting, Megan Oka y Stephen T. Fife, “Appraisal distortions and intimate partner violence: Gender, power, and interaction”, Journal of Marital and Family Therapy, 2012, suplemento: 1:113–149.
  7. Véanse otros ejemplos en las Escrituras sobre no admitir la verdad en Juan 3:19–21Hechos 7:542 Nefi 1:25–262 Nefi 4:13.
  8. Véase “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”; véase también H. Burke Peterson, “El injusto dominio en el matrimonio”, Liahona, junio de 1990, págs. 17–23, para recibir más información sobre la doctrina de la igualdad y ver preguntas que pueden considerarse respecto a las relaciones bajo convenio.
  9. Las personas que se encuentran en situaciones de abuso suelen afrontar decisiones en cuanto a cómo protegerse a sí mismas o a otras personas, así como si deben establecer límites en sus interacciones con aquellos que las lastiman. El presidente James E. Faust (1920–2007) abordó el tema de la difícil situación de una persona que está atrapada en “una relación prolongada y aparentemente irremediable que destruye la dignidad de una persona como ser humano” (“Enriquezcan su matrimonio”, Liahona, abril de 2007, pág. 3); véase también la sección “Ayuda para las víctimas” del sitio web sobre la prevención del abuso o maltrato, a fin de obtener más información y opciones.
  10. Véase Bureau of Justice Statistics, National Crime Victimization Survey, Concatenated File, 1992–2015 (U.S. Department of Justice); Steven Pinker, The Better Angels of Our Nature: Why Violence Has Declined, 2011.
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