La certeza de la Resurrección

Conferencia General del 4 de abril de 1969

La certeza de la Resurrección

Por el presidente Spencer W. Kimball (1895–1985)

Después de testificar del Señor resucitado, Pedro y Juan dijeron:
“…porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”.


Hace unos años, durante la época navideña, recorrimos los senderos por donde anduvo Jesús. Pasamos unas horas preciadas en donde, según se cree, estaba el huerto de Getsemaní, y tratamos de imaginar los sufrimientos por los que Él pasó antes de Su crucifixión y resurrección. Estuvimos cerca de los lugares donde Él oró, donde lo aprehendieron y donde lo juzgaron y condenaron.

Fuera de los muros de la ciudad subimos la colina de piedra, marcada por pequeñas cuevas que en uno de sus lados redondeados tiene el aspecto de una calavera, y nos dijeron que ese sitio era Gólgota, el lugar donde el Salvador fue crucificado. Luego bajamos por el otro lado de la colina hasta el escarpado risco y entramos por una abertura del tamaño de una ventana chica a otra cueva toscamente labrada en la roca donde se dice que yació Su cuerpo.

Pasamos algunas horas en el jardincito que hay junto al sepulcro y nos empapamos en la historia del Evangelio referente a Su sepultura y resurrección, que allí tuvieron lugar. En medio de reflexiones y oración leímos sobre la llegada de las mujeres al sepulcro, sobre el ángel del Señor que hizo rodar la piedra de entrada y sobre el desconcierto de los asustados guardias.

“Ha resucitado”

Nos imaginamos que veíamos a los ángeles con refulgentes vestiduras cuando le hablaron a María, diciendo: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?

“No está aquí, sino que ha resucitado”.

El Señor había predicho: “Es menester que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado y resucite al tercer día” (Lucas 24:5–7).

Recordamos el diálogo entre María, los ángeles y el Señor:

“Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto”.

Ella “se volvió y vio a Jesús que estaba allí; pero no sabía que era Jesús.

“Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré.

“Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni!, que quiere decir, Maestro.

“Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; pero ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:13–17).

El significado de la Pascua de Resurrección

A veces, nuestras celebraciones de acontecimientos notables parecen verse afectadas por un colorido mundano y no nos damos cuenta cabalmente de la importancia que tiene el motivo por el cual los celebramos; esto se aplica a la Pascua de Resurrección, en la que muchas veces celebramos el día festivo en lugar del profundo significado de la resurrección del Señor. Desdichados son de verdad los que pasan por alto la divinidad de Cristo y Su naturaleza de Hijo de Dios; ciertamente compadecemos a los que consideran el supremo milagro de la Resurrección “como una experiencia subjetiva de los discípulos y no un acontecimiento histórico real”.

En verdad nosotros sabemos que es real. Cristo le dijo a Nicodemo hablándole de Sí mismo:

“De cierto, de cierto te digo que de lo que sabemos, hablamos, y de lo que hemos visto, testificamos; pero no recibís nuestro testimonio” (Juan 3:11).

Entonces recordamos lo que testificó Pedro:

“Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hechos 2:36).

“Pero vosotros negasteis al Santo y al Justo…

“y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de entre los muertos, de lo que nosotros somos testigos” (Hechos 3:14–15).

Valerosamente, Pedro y Juan declararon otra vez ante el concilio:

“…sea notorio a todos vosotros y a todo el pueblo de Israel que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano…

“Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:10, 12).

Cuando los del concilio amenazaron a los dos apóstoles y les mandaron callar y no enseñar esos conceptos en el nombre de Jesús, éstos contestaron diciendo: “Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios;

“porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hechos 4:19–20).

“Y los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran poder, y había abundante gracia sobre todos ellos” (Hechos 4:33).

El testimonio de Pedro

También nosotros sabemos que la Resurrección es un hecho real. Pedro dijo al concilio de perseguidores:

“El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole de un madero…

“Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, que ha dado Dios a los que le obedecen” (Hechos 5:30, 32).

Nos sentimos maravillados ante el noble Pedro, que tan completamente recibió plena certeza y que con tan buena disposición tomó sobre sí el manto del liderazgo y el de la autoridad, así como el valor y la osadía de los que tienen inspiración y seguridad. Cuánta fortaleza llegó a tener mientras guiaba a los santos y enfrentaba al mundo con todos sus perseguidores, sus incrédulos y sus dificultades. Y, al ver cómo declaró una y otra vez su conocimiento absoluto, nos regocijamos ante su firmeza cuando encaró a populachos y prelados, y a otras personas que podían quitarle la vida, y proclamó intrépidamente al Señor resucitado, el Príncipe de Paz, el Santo y el Justo, el Príncipe de Vida, el Príncipe y Salvador. Para entonces, Pedro ya estaba seguro y era invencible, y jamás iba a flaquear. Deberíamos sacar gran seguridad de su certeza…

El testimonio de Pablo

El testimonio de Pablo es totalmente decisivo, después de haber oído la voz del Cristo resucitado:

“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Para asegurarse de quién era que le hablaba, Saulo preguntó: “¿Quién eres, Señor?”, y recibió esta certidumbre: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón” (Hechos 9:4–5).

Y entonces, aquel mismo Pablo, que había recobrado el vigor, que había recibido una bendición del sacerdocio y a quien se le había restaurado la vista después de la ceguera, anduvo recorriendo las sinagogas y confundiendo a los judíos de Damasco “demostrando que Jesús es el Cristo” (Hechos 9:22).

Más tarde, Pablo buscó a los apóstoles en Jerusalén y Bernabé, hablándoles por él, “les contó cómo Saulo había visto al Señor en el camino, que le había hablado, y cómo en Damasco había hablado osadamente en el nombre de Jesús” (Hechos 9:27).

Luego, Pablo continúa diciendo:

“Y habiendo cumplido todas las cosas que de él estaban escritas, lo bajaron del madero y lo pusieron en el sepulcro.

“Pero Dios le levantó de entre los muertos:

“Y lo vieron durante muchos días los que habían subido juntamente con él de Galilea a Jerusalén, quienes ahora son sus testigos ante el pueblo…

“la cual [promesa hecha a nuestros padres] Dios nos ha cumplido a nosotros, los hijos de ellos, resucitando a Jesús…

“Y con respecto a que le levantó de entre los muertos para nunca más volver a corrupción” (Hechos 13:29–31, 33–34).

El testimonio de José Smith

El testimonio del profeta moderno, José Smith, nos eleva al dar a la gente la seguridad de la resurrección. El élder George A. Smith cita el último discurso de José Smith en público, en junio de 1844, unos pocos días antes de que lo asesinaran cruelmente:

“…estoy listo para ofrecerme como sacrificio por este pueblo, porque, ¿qué pueden hacer nuestros enemigos? Sólo matar el cuerpo y ahí se acaba su poder. Permanezcan firmes, amigos míos, no vacilen nunca. No traten de salvar su vida, porque el que teme morir por la verdad perderá la vida eterna. Resistan hasta el fin, y seremos resucitados y llegaremos a ser como Dioses, y reinaremos en reinos celestiales, principados y dominios eternos”1.

La pregunta y la respuesta de Job

La pregunta que hizo Job es una que han hecho millones de personas junto al féretro de un ser querido: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?” (Job 14:14).

Y la pregunta se ha respondido de una manera aceptable para muchísimas de ellas, a medida que sienten sobre sí, como rocío del cielo, una gran y dulce paz. Y corazones fatigados por un angustioso sufrimiento han sentido incontables veces la caricia de esa paz que sobrepasa todo entendimiento.

Cuando una profunda serenidad de alma ha llevado nueva y cálida seguridad a pensamientos turbados y a corazones heridos, esa multitud de personas podría repetir con nuestro admirable Job:

“Yo sé que mi Redentor vive, y que al final se levantará sobre el polvo.

“Y después de deshecha ésta mi piel, aún he de ver en mi carne a Dios,

“a quien yo veré por mí mismo; y mis ojos lo verán” (Job 19:25–27).

Job expresó el deseo de que su testimonio se escribiera en libros y se esculpiera en piedra para que las generaciones futuras lo leyeran. Su deseo le fue concedido, pues muchas almas que han leído este extraordinario testimonio han recibido paz.

La visión de Juan

Y, para terminar, voy a leer la visión de Juan el Revelador:

“Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante de Dios; y los libros fueron abiertos; y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida. Y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.

“Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el infierno entregaron los muertos que había en ellos; y cada uno fue juzgado según sus obras” (Apocalipsis 20:12–13).

Y así como la primavera vibrante y lozana sigue al triste y mortecino invierno, toda la naturaleza proclama la divinidad del Señor resucitado, que Él fue el Creador, que es el Salvador del mundo, que es ciertamente el Hijo de Dios.

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