!Lo que ha efectuado Dios por medio de Su siervo José¡

!Lo que ha efectuado Dios
por medio de Su siervo José¡

por el presidente Gordon B. Hinckley
Liahona Febrero 1997

José Smith habló, basándose en su propia experiencia, de su incomparable visión del Padre y del Hijo, a los que vio y oyó.


Siempre me emociona la letra del notable himno de William W. Phelps: “Al gran Profeta rindamos honores. Fue ordenado por Cristo Jesús a restaurar la verdad a los hombres y entregar a los pueblos la luz” (“Loor al Profeta”, Himnos, número 15).

En la vida y el ministerio del profeta José Smith ocurrieron indiscutiblemente grandes cosas, así como notables acontecimientos, que han dado origen a un patrimonio que continuará acrecentándose entre el género humano. Él fue el siervo del Señor de éstos, los últimos días, que fue escogido para dar testimonio otra vez del Cristo resucitado.

A un mundo plagado de dudas sobre la realidad de la Resurrección, José Smith le testificó de un modo categórico del Cristo resucitado y viviente. Ese testimonio se expresó de muchas formas y en diversas circunstancias. En primer lugar, habló, basándose en su propia experiencia, de su incomparable visión del Padre y del Hijo, a los que vio y oyó. Eran dos Personajes separados, distintos de forma y sustancia, de cuerpo y de voz, que hablaron con él como habla cualquiera a su compañero (véase Éxodo 33:11).

He intentado representarme en la imaginación aquel 6 de abril de 1830, la fecha en la que se organizó la Iglesia. Desde la sencilla cabaña de troncos de los Whitmer, había de comenzar a crecer en forma constante esa organización mundial en envergadura y en número, hasta llegar a tener en la actualidad millones de miembros.

En segundo lugar, como el instrumento por medio del cual salió a luz el Libro de Mormón, José Smith ha dado testimonio del Salvador a todos los que han leído y leerán ese libro. El mensaje de éste que se reitera constantemente es el testimonio del Mesías prometido que vino a la tierra, dio Su vida por los pecados de toda la humanidad y se levantó triunfante de la tumba como las “primicias de los que durmieron” (1 Corintios 15:20).

En tercer lugar, José Smith dio testimonio del Señor viviente por medio de la Iglesia que lleva el nombre de Jesucristo. Se espera que los miembros de ella den testimonio de Él, en cuyo nombre se reúnen y prestan servicio, y que lo hagan tanto por precepto como por ejemplo.

En cuarto lugar, José Smith testificó del Señor resucitado en la ocasión en la que, mediante el poder de su oficio profético, pronunció estas extraordinarias palabras:

“Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!

“Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre;

“que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (D. y C. 76:22-24).

Por último, selló ese testimonio con su sangre, y murió mártir por las verdades que había dicho sobre el Redentor del mundo, en cuyo nombre él había llevado a cabo su ministerio.

El profeta José Smith fue un testigo supremo del Cristo viviente.

EL CRECIMIENTO DE LA IGLESIA

He intentado representarme en la imaginación aquel 6 de abril de 1830, la fecha en la que se organizó la Iglesia. Los pocos que creían en la misión de José se reunieron aquel día, el cual fue designado por revelación divina como el indicado tras haber transcurrido “mil ochocientos treinta años desde la venida de nuestro Señor y Salvador Jesucristo en la carne” (D. y C. 20:1).

Uno se pregunta si alguno de aquel grupo, aparte de José Smith, que había visto la visión profética, habrá tenido alguna noción de la grandiosidad de la obra a la que daban comienzo. Desde una región rural de Fayette, Nueva York, desde la sencilla cabaña de troncos de los Whitmer, había de comenzar a crecer en forma constante una organización mundial en envergadura y en número, hasta llegar a tener en la actualidad millones de miembros.

Al reflexionar en el crecimiento que ha experimentado la Iglesia desde aquel entonces, nuestros pensamientos se remontan a los capítulos de aquella épica y dolorosa migración desde las tierras de labrantío del estado de Nueva York hasta el valle del Gran Lago Salado y, de allí, a las naciones de la tierra.

Después de la organización de la Iglesia, no tardó la persecución en levantar su horrible cabeza. Se tomó la decisión de trasladarse a Kirtland, Ohio.

Allí, los primeros miembros de la Iglesia edificaron su hermoso templo y, en la oración de la dedicación de éste, el joven Profeta imploró a los poderes del cielo que la Iglesia “salga del desierto de las tinieblas, y resplandezca hermosa como la luna, esclarecida como el sol e imponente como un ejército con sus pendones” (D. y C. 109:73). Sólo que el cumplimiento de esa oración no había de llevarse a cabo de inmediato. La paz que los santos llegaron a tener en Kirtland la hicieron añicos las injurias, los apuros económicos y el que malvados embrearan y emplumaran el cuerpo de su líder.

En Misuri, los miembros de la Iglesia construyeron otro poblado, el cual esperaban fuese Sión; pero esa esperanza la destrozaron los tiros de los fusiles, la quema de las casas, los gritos amenazantes de las turbas que los acosaban de noche, la orden ilegal de expulsión, a lo que siguió la dolorosa marcha a través de las tierras bajas de las riberas del río Misisipí y el cruce de este río a un refugio temporario en el estado” de Illinois.

El Profeta no viajó con los exiliados que huían. Durante el crudo invierno de 1838-1839, lo encarcelaron en la fría y sórdida celda de una cárcel de Misuri, tras haber sido arrestado por acusaciones falsas.

Desolado, desamparado, solo y triste, clamó en medio de aquellas circunstancias: “Oh Dios, ¿en dónde estás?” (D.yC. 121:1).

José Smith fue el siervo ordenado de Dios, y fue levantado para que llegase a ser el poderoso Profeta de esta dispensación: “…vidente, traductor, profeta, apóstol de Jesucristo”.

EL CUMPLIMIENTO DE LA PROFECÍA

En la respuesta revelada a esa oración, llegaron estas admirables palabras proféticas: “Los extremos de la tierra indagarán tu nombre, los necios se burlarán de ti y el infierno se encolerizará en tu contra;

“en tanto que los puros de corazón, los sabios, los nobles y los virtuosos buscarán consejo, autoridad y bendiciones de tu mano constantemente ” (D. y C. 122:1-2).

Mis hermanos y hermanas, todos los que formamos parte de este gran Reino que se ha establecido entre las naciones de la tierra somos el cumplimiento de esa profecía, como lo es la institución de la misma Iglesia.

José Smith nunca vio la época en la que vivimos, excepto por medio de su visión de vidente; murió en aquel caluroso y húmedo 27 de junio de 1844, en Carthage, Illinois.

El élder John Taylor, que en esa ocasión estaba con el Profeta, resumió su obra con las siguientes palabras: “José Smith, el Profeta y Vidente del Señor, ha hecho más por la salvación del hombre en este mundo, que cualquier otro que ha vivido en él, exceptuando sólo a Jesús… Vivió grande y murió grande a los ojos de Dios y de su pueblo” (D.yC. 135:3).

Ahora, tras haber transcurrido 167 años desde la organización de la Iglesia, nos sentimos inclinados a exclamar: “¡Lo que ha efectuado Dios por medio de Su siervo José!”

Les doy mi testimonio de él, de que fue el siervo ordenado de Dios, este José, que fue levantado para que llegase a ser el poderoso Profeta de esta dispensación: “…vidente, traductor, profeta, apóstol de Jesucristo” (D. y C. 21:1). A ese testimonio añado otra palabra de testificación: que los miembros de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce Apóstoles son los que hoy en día poseen todas las llaves del sacerdocio que se le otorgaron a José Smith, junto con el ejercicio de esas llaves bajo la dirección del sucesor legal de José, el Presidente de la Iglesia.

El Señor describe la iglesia que se organizó hace 167 años como “la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra, con la cual yo, el Señor, estoy bien complacido, hablando a la iglesia colectiva y no individualmente” (D. y C. 1:30). Su historia está matizada de hechos heroicos y hoy se eleva como una torre de fortaleza, un ancla de seguridad en un mundo inestable; su futuro está asegurado como la Iglesia y el Reino de Dios.

Ruego que vivamos sus enseñanzas y que trabajemos para cumplir con los propósitos del Señor al buscar, individualmente, modelar nuestra vida a la manera de su verdadero y viviente Líder, el Señor Jesucristo.

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