Pastores, Corderos y Maestros Orientadores

Pastores, Corderos y Maestros Orientadores

Élder Russell M. Nelson
del Quórum de los Doce Apóstoles
Liahona Abril 1999

“Las obras que me habéis visto hacer, ésas también las haréis; porque aquello que me habéis visto hacer, eso haréis vosotros”.


Una vez alguien dio este sabio consejo: “Contempla los grandes campos, pero cultiva los pequeños”, el cual parecería ser muy apropiado para los maestros orientadores. Yo, por lo menos, me volví mejor como maestro orientador cuando mi pers­pectiva pasó a ser más global que local Me di cuenta de que este mundo sería mucho mejor si todos tuvieran buenos maestros orienta­dores. Y si esa perspectiva global es beneficiosa, cuánto más valioso sería tener una perspectiva eterna.

Si el deseo del Maestro se cumpliera, la fe aumentaría sobre la tierra y el convenio sempiterno de Dios se establecería. Porque El ha expresado la esperanza de “que todo hombre hable en el nombre de Dios el Señor, el Salvador del mundo” (D. y C. 1:20). Todo poseedor del sacerdocio podría hacerlo al prestar servicio como maestro orientador.

En los tiempos conflictivos que se avecinan, cuando los miembros de la Iglesia tengan que pasar por grandes pruebas y aflic­ciones, considero que el tierno cuidado de maestros orientadores compasivos puede literalmente salvar vidas espirituales.

A medida que he contemplado los grandes campos de este planeta, se ha intensificado aún más el sentido de aprecio que tengo por mi hogar y los vecinos cercanos. He podido expresar en forma importante esos sentimientos de cariño en la orienta­ción familiar. Mi esposa y yo estamos muy agradecidos por la bendición de tener maestros orientadores que nos han dado, a nosotros y a nuestra familia, el aliento que hemos necesi­tado . A lo largo de los años, dondequiera que hemos vivido, agra­decemos el hecho de haber tenido maestros orientadores que han demostrado poseer cuatro caracterís­ticas de la orientación familiar eficaz. Nuestros maestros orientadores han:

  • Cumplido fielmente con las citas que concertaron de antemano.
  • Llegado preparados con breves mensajes relacionados con las nece­sidades del momento, determinados previamente con nosotros, en calidad de padres.
  • Comprendido cuando no hemos tenido mucho tiempo para aten­derlos y han limitado el tiempo de sus visitas.
  • Suplicado, por medio de la oración, que el Espíritu del Señor esté con nuestra familia.

Regresando a la perspectiva más amplia, muchas denominaciones religiosas y otros grupos bieninten­cionados del mundo de hoy concen­tran su atención en conceptos y frases que implican la plena satisfac­ción, la realización y el avance propios, lo cual me hace pensar en si en realidad han olvidado o han puesto de lado los dos grandes mandamientos. Jesús dijo:

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.

“Este es el primero y grande mandamiento.

“Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37-39; véase también D. y C. 59:6).

Los dos grandes mandamientos actúan en perfecta armonía ya que la obediencia al primero se manifiesta mediante la obediencia al segundo: “…cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes, sólo estáis al servicio de vuestro Dios” (Mosíah 2:17).

El Señor reveló la recompensa por el servicio desinteresado cuando dijo: “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo él que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 16:25; véase también Mateo 10:39).

Mucho tiempo atrás, se estableció una norma de conducta hacia los demás: “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Mateo 7:12).

Jesús, que se llamó a sí mismo “el buen pastor”, fue quien estableció ese principio. De manera apropiada, los pastores estuvieron entre los primeros que recibieron la anuncia­ción de Su nacimiento (véase Lucas 2:8-18). El es nuestro Pastor, y noso­tros somos las ovejas de Su rebaño (véase Salmos 23:1). El utilizó esa metáfora a menudo en Sus ense­ñanzas:

“Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen,

“así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas” (Juan 10:14-15; véase también Juan 10:11, 27; D. y C. 50:44).

Cuando el Buen Pastor se despidió de Sus discípulos, impartió importantes instrucciones: “…Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. El le dijo: Apacienta mis corderos” (Juan 21:15; cursiva agre­gada).

Debido a que los manuscritos disponibles del Nuevo Testamento se encuentran en griego, se obtiene una nueva percepción del significado de las palabras del versículo arriba citado, y que se pusieron en cursiva, cuando éstas se estudian en ese idioma. En el versículo anterior, la palabra apacienta proviene del término griego bosko, que también significa “nutrir o pastorear”. La palabra corderos proviene del dimi­nutivo ¿rrraon, que quiere decir “corderito”.

“[Jesús] volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas” (versículo 16; cursiva agregada).

En este versículo, la palabra pastorea proviene de un término dife­rente, poirnaino, que también signi­fica ‘“atender o cuidar”. La palabra ovejas proviene del término probaton que significa “ovejas maduras o adultas”.

“[Jesús] le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas” (versículo 17; cursiva agregada).

En este versículo, la palabra apacienta proviene de nuevo del término griego bosko, que significa nutrir. La palabra ovejas nuevamente se tradujo del término probaton que significa “ovejas maduras o adultas”.

Entonces, estos tres versículos en realidad contienen tres mensajes diferentes en griego:

  • Los corderos pequeños deben ser nutridos para que crezcan.
  • Las ovejas deben ser atendidas.
  • Las ovejas deben ser nutridas.

Por lo tanto, una de las señas más concretas de la Iglesia restaurada de Jesucristo es el establecimiento de un sistema metódico por medio del cual a cada preciado miembro, ya sea joven o viejo, hombre o mujer, se le brinde la atención y la nutrición espiritual que el Señor ha decretado para cada uno de los miembros de Su rebaño. Dentro de ese sistema se encuentra el programa del sacer­docio de los maestros orientadores.

En la parábola del Salvador de la oveja perdida, que se registra en el Nuevo Testamento, El preguntó: “¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?” (Lucas 15:4).

Cuando el profeta José Smith hizo la traducción inspirada de ese versí­culo, lo modificó para indicar que el Pastor tenía que dejar las noventa y nueve ovejas e ir al desierto a buscar la que se había perdido (véase Joseph Smith Translation, Lucas 15:4).

El concepto de que el hombre deje su entorno diario para ir al desierto a rescatar es muy convin­cente para mí. ¡Qué ejemplo para los maestros orientadores!

Hace poco hablé con un descon­solado presidente de estaca que con lágrimas en los ojos me contó que uno de sus hijos adultos había perdido la fe en el Señor y se había alejado de la Iglesia. Me dijo: Ahora extiendo la mano con más diligencia para ayudar a los miembros menos activos de mi estaca, con la esperanza de que en algún lugar alguien haga lo mismo y busque a mi oveja perdida y la rescate”.

Quien rescata a una oveja del Señor trae dicha a muchos:

“Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso;

“Y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido” (Lucas 15:5-6).

EL FUNDAMENTO DOCTRINAL DE LA ORIENTACIÓN FAMILIAR

El fundamento doctrinal de la orientación familiar ha sido insti­tuido por el Señor. En la revelación sobre la organización y el gobierno de la Iglesia, que se encuentra en la sección 20 de Doctrina y Convenios, se encuentran registradas las siguientes indicaciones:

‘‘El deber de los élderes, presbíteros, maestros, diáconos y miembros de la Iglesia de Cristo… [es] enseñar, exponer, exhortar, bautizar y velar por la iglesia” (versículos 38, 42).

“El deber del presbítero es predicar, enseñar… y visitar la casa de todos los miembros, y exhortarlos a orar vocalmente, así como en secreto, y a cumplir con todos los deberes familiares” (versículos 46-47).

“[Un élder debe] visitar la casa de todos los miembros, exhortándolos a orar vocalmente, así como en secreto, y a cumplir con todos los deberes familiares.

“En todos estos deberes, el presbí­tero debe ayudar al élder, si la ocasión lo requiere” (versículos 51-52).

“El deber del maestro es velar siempre por los miembros de la iglesia, y estar con ellos y fortale­cerlos;

“y cuidar de que no haya iniquidad en la iglesia, ni aspereza entre uno y otro, ni mentiras, ni difamaciones, ni calumnias;

“y ver que los miembros de la iglesia se reúnan con frecuencia, y también ver que todos cumplan con sus deberes” (versículos 53-55).

Se dieron instrucciones adicio­nales con relación a la manera de formar parejas de compañeros en la obra del Señor:

“Y si de entre vosotros uno es fuerte en el Espíritu, lleve consigo al que es débil, a fin de que sea edifi­cado con toda mansedumbre para que se haga fuerte también.

“Llevad, pues, con vosotros a los que son ordenados con el sacerdocio menor, y enviadlos delante de vosotros para fijar citas, [y] preparar la vía” (D. y C. 84:106-107).

Al reflexionar en las oportuni­dades de prestar servicio en la Iglesia que tuve en las diferentes ciudades en que hemos vivido mi esposa y yo, son pocas las experiencias que han sido más gratificadoras que las que tuve como maestro orientador. Algunos de los hermanos y hermanas que conocimos por intermedio de esos contactos, que en esa época no habían sido muy activos en la Iglesia, han sido llamados como presidentes de estaca, presidentes de misión, presidentes de organizaciones auxi­liares y como presidentes y directoras de las obreras de templo. Tanto ellos como algunos de sus familiares han llegado a ser amigos muy queridos para nosotros.

Las oportunidades de llevar a cabo ia orien­tación familiar proporcionan el medio por el cual puede desarrollarse un aspecto impor­tante del carácter de una persona: el amor al servicio por encjma de uno mismo. De esa forma, nos llegamos a parecer más al Salvador, que nos ha instado a emular Su ejemplo.

Para la orientación familiar se necesita tener mucha energía. Recuerdo ocasiones en las que me sentía tan cansado como resultado de las exigencias de días difíciles pasados en la sala de operaciones (además de los deberes relacionados con las necesidades familiares y las responsabilidades en la Iglesia), que no siempre esperaba con entusiasmo el pasar las horas del anochecer llevando a cabo la orientación fami­liar. Sin embargo, casi sin excepción regresaba a casa más lleno de vigor y de felicidad que cuando me había ido. En muchas ocasiones le comenté a mi esposa que las recom­pensas de un maestro orientador no son remotas, sino que, por lo menos para mí, han sido inmediatas.

Además, en este mundo de gloto­nería y avaricia, se recibe una cierta satisfacción al brindar servicio a los demás por amor y no por una recom­pensa monetaria. Pienso que el apóstol Pedro sintió ese mismo júbilo cuando escribió:

“Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto;

“no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey.

“Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria” (1 Pedro 5:2-4).

Reconozco que lleva tiempo adquirir la disciplina y el deseo de poner primero la preocupación por los demás antes que nuestro propio interés personal.

Esa ennoblecedora transición comienza cuando hacemos el convenio bautismal:

“…y ya que deseáis entrar en el redil de Dios y ser llamados su pueblo, y estáis dispuestos a llevar las

cargas los unos de los otros para que sean ligeras;

“sí, y estáis dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo, y ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas…

“os digo ahora, si éste es el deseo de vuestros corazones, ¿qué os impide ser bautizados en el nombre del Señor, como testimonio ante él de que habéis concertado un convenio con él de que lo serviréis y guardaréis sus mandamientos, para que él derrame su Espíritu más abundantemente sobre vosotros?” (Mosíah 18:8-10; véase también D. y C. 20:37).

Las oportunidades de llevar a cabo la orientación familiar propor­cionan el medio por el cual puede desarrollarse un aspecto importante del carácter de una persona: el amor al servicio por encima de uno mismo. De esa forma, nos llegamos a parecer más al Salvador, que nos ha instado a emular Su ejemplo: “¿Qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy” (3 Nefi 27:27; véase también Juan 13:15; 1 Pedro 2:21; 3 Nefi 18:6, 16).

Toda persona que se esfuerce sinceramente por parecerse más al Buen Pastor será bendecida. Su promesa y Su desafío son reales: “Mi siervo eres tú; y hago convenio contigo de que tendrás la vida eterna; y me servirás y saldrás en mi nombre y reunirás mis ovejas” (Mosíah 26:20).

Recuerden que el Salvador es nuestro ejemplo y, al leer Su divino mandato, imagínenlo llevando a un pequeño cordero sobre los hombros: “…vosotros sabéis las cosas que debéis hacer en mi iglesia; pues las obras que me habéis visto hacer, ésas también las haréis; porque aquello que me habéis visto hacer, eso haréis vosotros.

“De modo que si hacéis estas cosas, benditos sois, porque seréis enaltecidos en el postrer día” (3 Nefi 27:21-22).

El presidente Ezra Taft Benson hizo la siguiente admonición:

“…El Buen Pastor dio su vida por las ovejas: por ustedes, por mí, por todos nosotros (véase Juan 10:17-18)… El simbolismo del Buen Pastor encuentra su paralelo en la Iglesia de la actuálidad. Las ovejas necesitan ser guiadas por pastores cuidadosos. Muchas andan extra­viadas, algunas atraídas por distrac­ciones temporarias, pero otras completamente perdidas…

“Por medio de la atención del pastor, muchos de los miembros nuevos, los que recién han nacido con respecto al Evangelio, pueden alimentarse con el conocimiento del Evangelio y las nuevas normas que aprenden. Dicho cuidado aseguraría que no volvieran a los malos hábitos y a las viejas amistades. Si tuvieran el cuidado afectuoso de un pastor, muchos de nuestros jóvenes, nues­tros corderos, no se encontrarían extraviados. Y si se encontraran en estas condiciones, el bastón del pastor, o sea, un brazo cariñoso, los llevaría al redil. Por medio del interés del pastor, muchos de los que ahora no pertenecen a la majada pueden hacerse volver a ella. Algunos que se han casado fuera de la Iglesia y viven la vida del mundo exterior pueden aceptar la invita­ción de regresar al redil” (véase “Un llamado al sacerdocio: Apacienta mis ovejas”, Liahona, julio de 1983, págs. 69-70).

Al prever los tiempos conflictivos que se avecinan, cuando los miem­bros de la Iglesia tengan que pasar por grandes pruebas y aflicciones (véase D. y C. 1:12-23; 101:4-5), considero que el tierno cuidado de maestros orientadores compasivos puede literalmente salvar vidas espi­rituales.

“Pues, ¿qué pastor hay entre voso­tros que, teniendo muchas ovejas, no

las vigila para que no entren los lobos y devoren su rebaño?…

“Y ahora os digo que el buen pastor os llama; y si escucháis su voz, os conducirá a su redil y seréis sus ovejas; y él os manda que no dejéis entrar ningún lobo rapaz entre voso­tros, para que no seáis destruidos” (Alma 5:59-60).

La seguridad personal a través de las tribulaciones de la vida no se puede garantizar con la riqueza, ni con la fama ni con los programas gubernamentales, sino se recibe al hacer la voluntad del Señor, que da instrucciones para la protección espiritual de Sus santos. Sus misericordiosos mandamientos, con el poder forta­lecedor y protector para apoyar toda ley natural, permiten cariño­samente que haya tiernas manos que cuiden bien a Sus hijos.

El Buen Pastor cuida amorosa­mente a todas las ovejas de Su rebaño y es nuestro deber ayudarle en esa importante obra. Es nuestro el privilegio de ser portadores de Su amor y de añadir nuestro propio amor a los amigos y a los vecinos -—alimentarlos, atenderlos y nutrirlos— como el Salvador desea. Al hacerlo, demostramos una de las características divinas de Su Iglesia restaurada sobre la tierra. □

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s