¿Qué clase de hombres y mujeres habéis de ser?

¿Qué clase de hombres y mujeres habéis de ser?

Obispo H. David Burton
Obispo Presidente

Charla fogonera para adultos solteros • 2 de noviembre de 2008 • Universidad Brigham Young


La hermana Burton y yo, junto con algunos integrantes de nuestra familia; que incluye a tres estudiantes de BYU, un estudiante de la Universidad del Estado de Utah, y una bonita amiga, Crystal Ming, que asiste al instituto de religión en la Universidad de Washington; estamos complacidos de estar con ustedes en esta tarde del día de reposo. A Bárbara y a mí en verdad nos encanta asociarnos con la nueva generación. Nos gusta su exuberancia; encomiamos su fidelidad; les amamos por lo que han logrado en sus jóvenes vidas y por lo que logran al servir con gran distinción al Señor y los unos a los otros. Les amamos por la virtud y bondad que reflejan sus rostros y emanan de su presencia aquí esta noche.

Hace dos semanas participamos en un devocional para los obreros del Templo de Nauvoo, muchos de estos maravillosos hermanos son varias generaciones mayores que la mayoría de ustedes. Sentimos la presencia de un maravilloso espíritu en esa ocasión en esa gloriosa casa. Sentimos ese mismo espíritu al visitarles a ustedes esta noche, aunque ustedes me intimidan un poco al reunirse en grandes números, tanto en este edificio tan especial de este hermoso campus universitario como en muchos otros lugares alrededor del mundo, vía satélite o por otro medio tecnológico.

Nunca olvidaré mi primera experiencia al hablar en una conferencia general de la Iglesia. La invitación que recibí decía que yo debía hablar durante 14 minutos en la sesión del domingo por la mañana y después del presidente Howard W. Hunter. No hace falta mencionar que las circunstancias me resultaron muy intimidantes en esa ocasión. Como una semana antes de la conferencia general, me encontré al élder Russell M. Nelson en un pasillo y me preguntó cómo iba con mi mensaje y le confié que me estaba costando mucho prepararlo. Entonces, me di cuenta de que la única razón por la que él sabía que yo iba a discursar era porque su invitación indicaba que él hablaría después de mí. Armado con este dato tan importante, osadamente le pregunté al élder Nelson por qué alguien tan novato y despavorido como yo había sido puesto entre el presidente Hunter y él. Se quedó pensando un momento y entonces con esa chispa acostumbrada en sus ojos dijo: “Obispo, la única razón que se me ocurre es que usted fue puesto allí por inspiración para hacernos lucir bien”. La intimidación se elevó al máximo después de esa breve conversación.

“¿Qué será de ti en la vida?”

Hace casi medio siglo, justo antes de mi experiencia misional en Australia, tuve la gran bendición de trabajar en una tienda de golf para un extraordinario escocés y golfista profesional. Se llamaba Alex McCafferty. Él no era de nuestra fe, y aunque había vivido por más de 25 años entre Santos de los Últimos Días, no comprendía realmente nuestra doctrina ni el Evangelio. Era un hombre espléndido como patrón, y siempre estaré agradecido por su generosidad y muchos favores. La orientación paciente que me brindó en cuanto a los pormenores del juego de golf me ayudó a encontrar el éxito en algunas experiencias juveniles de competición y me ha permitido disfrutar toda una vida de golf recreativo. En ocasiones su lenguaje, envuelto en su marcado acento escocés, era un poco subido de tono. Cuando mi desempeño no alcanzaba las expectativas de Alex o cuando yo cometía un error al atender a un cliente, con una suave pero firme voz escocesa, él profería una palabrota seguida de la misma pregunta: “David, mi muchacho, ¿qué será de ti en la vida?”.

Aún recuerdo las palabras exactas que él me dijo cuando finalmente me armé de valor y le informé que había aceptado el llamado de un profeta de Dios para servir durante dos años como misionero en Australia y que, por lo tanto, tendría que renunciar a mi trabajo. En esa ocasión su respuesta fue precedida por varias palabrotas y la declaración: “David, mi muchacho, no llegarás a ser nadie si te revoloteas por el mundo hablando de tu religión”.

Un día o dos antes de que yo partiera para mi misión, pasé a despedirme de mi buen amigo Alex. Al estrechar su mano y expresarle mi aprecio, me acercó a él y me puso en la mano un sobre. Ambos teníamos algunas lágrimas en los ojos mientras me dirigía rápidamente hacia mi automóvil. Manejé por varios minutos hasta un parque cercano y en medio de la soledad circundante, leí su nota y encontré que había puesto en el sobre una buena suma de dinero para ayudarme con los gastos de la misión.

Casi un año después, mientras yo servía en Adelaida, Australia, recibí una carta de Alex que decía: “David, mi muchacho, me contaron que un misionero necesita un traje nuevo después de un año, por favor, con este dinero, cómprate uno hecho de la más fina lana escocesa”.

Pocos días después de regresar de Australia, pasé por el campo de golf para renovar nuestra amistad. Alex me preguntó si estaba listo para jugar golf y le dije que mis días de golfista serio habían terminado al vender mis palos de golf y mi auto para sufragar los gastos de la misión; además, ya era hora de que en verdad me pusiera serio respecto a mi formación académica.

Él contestó, empezando con sus acostumbradas palabrotas: “David, mi muchacho, nunca serás nadie en la vida si no juegas al golf, ve directamente a la tienda y escoge un juego de palos de golf que te gusten”.

Hice exactamente eso y después de casi 50 años aún conservo esos palos de golf. Desde luego que no me complació el lenguaje subido de tono de Alex, pero siempre estaré agradecido por las lecciones de honradez, integridad y generosidad que aprendí mientras trabajaba con él.

A través de los años, con frecuencia he reflexionado sobre la pregunta de Alex: ¿Qué será de ti en la vida? Alex expresaba, a su manera, su descontento conmigo. Él cuestionaba mi capacidad para seguir instrucciones, mi atención a las tareas sencillas y mi compromiso con el trabajo. Él también cuestionaba si tenía el deseo de ser un adulto exitoso, productivo y que contribuyera a la sociedad. He reflexionado sobre esos asuntos una y otra vez. Debo admitir que fueron excelentes preguntas en ese entonces y lo continúan siendo en la actualidad. Todavía estoy “en proceso de construcción”. También he concluido que Alex cuestionaba mis logros en la vida más que el trayecto recorrido. Su cuestionamiento, sin embargo, hace que surja la pregunta: ¿Qué constituye el éxito en esta vida?

Cultiven atributos cristianos

Quizás la mejor pregunta en la que debamos concentrarnos no sea si llegaremos a algún lado y así ser exitosos ante los ojos del mundo, sino más bien la pregunta que hizo el Salvador mismo: “Por lo tanto, ¿qué clase de hombres [y mujeres] habéis de ser?” Recordarán que la respuesta en Sus propias palabras fue: “En verdad os digo, aun como yo soy” (3 Nefi 27:27). Aún más, el Salvador señaló: “porque aquello que me habéis visto hacer, eso haréis vosotros” (vers. 21).

¿Qué clase de hombres y mujeres habéis de ser? En mis reflexiones todavía me pregunto: ¿Cuáles son los atributos de una vida cristiana? ¿Cuál es el modelo adecuado a seguir para enfrentar los desafíos de la vida? ¿Qué significa ser “aun como yo soy”? No sé ciertamente todo lo que se espera, pero los atributos como el amar a Dios y al prójimo, la compasión, el ejemplo, la obediencia, el servicio y el guardar los convenios podrían ser algunos.

Hace poco, un conocido de nosotros, y amigo cercano de nuestra hija y de nuestro yerno, falleció después de una aguerrida y larga batalla contra un tumor cerebral. Poco después de su fallecimiento, un amigo envió una prosa a la esposa de nuestro amigo en la que expresaba sus sentimientos. Con el permiso de ellos, comparto esas palabras, no por su excelencia literaria, sino más bien por los sentimientos que transmiten. Comienza así:

“[Estimada] Diane,
por favor, dile a Harold ‘gracias’
por cambiar mi vida,
por ser un ejemplo para mí
de liderazgo en el sacerdocio,
de cuidado por el prójimo,
de generosidad, de incansable servicio,
y en verdad, de amor cristiano.
“Por favor, dile a Harold de los muchos recuerdos
que llevo conmigo cada día,
que me fortalecen,
y me guían,
recuerdos que me dio
cuando serví a su lado.
“Por favor, dile a Harold cómo su ejemplo
de esposo amoroso,
de padre bondadoso,
de fiel siervo del Señor,
lleno de buen humor,
lleno de visión,
me ha dado la pauta a alcanzar
y ha bendecido la vida de mi esposa y de mis hijos.
“Por favor, dile a Harold que fue un gran honor
haberle conocido en esta vida terrenal
y haber servido a su lado.
“Por favor, dile a Harold de las lágrimas que he derramado,
y del dolor en mi corazón,
de saber que él retornará pronto
y dará su informe.
“Por favor, dile a Harold que le amo
por su bondad,
su ejemplo,
y su amistad.
“Por favor, dile a Harold que lo extrañaré
pero que ansiosamente me prepararé
para regocijarme con él otra vez
en las cortes celestiales del Más Alto Dios.
“Por favor, dile a Harold que serviré al Señor
con todo mi corazón, alma, mente y fuerza
en memoria de su ejemplo,
dedicación
y devoción al Señor.
“Por favor, dile a Harold…
Gracias”1.

Los atributos descritos en la prosa “Por favor, dile a Harold” pueden también ser dignos de ser incorporados a nuestra vida. Cuando las virtudes como el ejemplo, el poder del sacerdocio, el cuidado al prójimo, el servicio, el amor, el ser un esposo y padre amoroso, la bondad, la amistad, la devoción y la dedicación pueden ser atribuidas a nosotros, como en el caso de Harold, en verdad nuestra vida puede ser considerada cristiana y por lo tanto plena y exitosa.

El presidente Thomas S. Monson con frecuencia se refiere a su herencia escocesa y a sus experiencias como un muchacho que vivía cerca de sus abuelos escoceses, tías, tíos y primos. Me pregunto cuántas veces él oyó algo como: “Tommy, mi muchacho, ¿qué será de ti en la vida?” Sospecho que siendo él un niño con muchos y variados intereses, con una mente creativa e imaginativa y mucha energía, le habrán hecho esa pregunta más de una vez. La vida del presidente Monson nos da un modelo a seguir en nuestra propia vida. Esto es particularmente cierto en lo que yo llamo su ministerio privado. Por otro lado, su ministerio público es un libro abierto, lleno de admirable servicio a nivel de barrio, de estaca, de misión y a nivel general en la Iglesia; dudo que haya habido alguien más devoto a cada una de sus asignaciones eclesiásticas en esta dispensación que el presidente Thomas S. Monson.

De vez en cuando llegamos a echar un vistazo a su ministerio privado. Él presta servicio, se preocupa, tiende una mano y bendice a la persona en particular, brinda ánimo y consuelo; todos esos son componentes esenciales de su ministerio privado.

Hace poco una estimada vecina necesitó de una corta estadía en una clínica de rehabilitación. Cuando mi esposa Bárbara y yo la visitamos, ella estaba ansiosa por decirnos que el presidente Monson había ido a la reunión sacramental en ese lugar. “Él estaba tan cerca”, exclamó, “que hubiera podido extender la mano y tocarlo”.

Ella estaba muy emocionada al ver que el presidente de la Iglesia se preocupaba por ella.

El presidente Monson vive el credo que él suele enseñar: “Las cinco palabras más importantes son éstas: Estoy muy orgulloso de ti. Las cuatro más importantes incluyen: ¿Cuál es tu opinión? Las tres más importantes son: Por favor, podrías. Las dos más importantes son: Te agradezco y la menos importante es: Yo2.

El Salvador usaba con frecuencia parábolas para enseñar lecciones importantes. De la misma manera, al presidente Monson le encanta contar relatos para ilustrar sus enseñanzas. El presidente Eyring, reflexionando en el uso de relatos por parte del presidente Monson, dijo que ustedes pensarán que el relato ya lo habrán oído antes, pero si son pacientes y escuchan con atención, descubrirán que los relatos no son los mismos, porque el Espíritu les inspirará para recibir el mensaje de una manera diferente.

Uno de los relatos que él cuenta viene de sus días de diácono. Al presidente Monson y a otros miembros de su quórum se les había asignado ser los esquimales en una gira del grupo de teatro del barrio. La hermana del presidente Monson representaba a la Dama de la Libertad. Al enfermarse su hermana de una severa laringitis en el preciso momento de la presentación, se temía que ella no pudiera decir su parte y el espectáculo se cancelara. Los “esquimales” decidieron hacer algo al respecto. Se reunieron en un cuarto en el sótano de la capilla y se arrodillaron a orar. Ellos buscaron la intervención del Espíritu del Señor a favor de la hermana del presidente Monson y, en el tiempo señalado, la Dama de la Libertad pudo decir su parte con una voz clara. La hermana del presidente Monson recordó esa experiencia como un milagro en su vida y estuvo agradecida por aquellos esquimales.

Este sencillo relato nos recuerda que el presidente Monson siempre ha sido una persona de gran fe y oración. Él utiliza esos grandes dones para bendecir la vida de muchos hoy en día. Es un ejemplo de la clase de hombres y mujeres que debemos ser: gente de fe y oración. La oración es esencial para nuestro fortalecimiento y convicción personales. Recuerden la pregunta de Nefi a sus incrédulos hermanos: “¿Habéis preguntado al Señor?” (1 Nefi 15:8). La vida del presidente Monson es un modelo que podríamos usar para definir y conformar nuestra propia vida.

Oren en busca de ayuda al tomar decisiones

Muchos de ustedes están en un momento en el que tomarán decisiones que moldearán su vida terrenal así como su vida eterna. Algunos ya están en el proceso de tomar decisiones sobre su formación académica; otros tal vez piensen en una misión; muchos tal vez estén procurando decidir qué carrera seguir y qué trabajo desempeñar en la vida. Quizá algunos de ustedes estén intentando decidir si ese alguien es la persona apropiada para ser su compañero o compañera por la eternidad. Estas decisiones serán mucho más fáciles de tomar si las presentan ante el Señor en oración. Algunos de ustedes tal vez estén luchando con el pecado y tratando de decidir si quieren ser limpios mediante el poder expiatorio de Jesucristo. Otros tal vez estén fallando en su testimonio del Evangelio y tratando de decidir qué se puede hacer para revertir ese rumbo. Las decisiones sobre ésos y otros importantes asuntos tendrán un gran impacto en la clase de hombres y mujeres que serán y en lo que lograrán durante su vida; o, dicho a la manera de mi amigo Alex, lo que será de ustedes en la vida.

Las decisiones realmente críticas y que moldean la vida son generalmente muy difíciles de tomar. Siempre existen esas pequeñas condiciones, aditamentos y objeciones que tienden a complicar y retrasar la respuesta. Con frecuencia he deseado que hubiera una píldora mágica que pudiéramos tomar y nos hiciera tomar la mejor decisión. Pero a falta de esa píldora mágica, ¿les puedo ofrecer una sugerencia para ayudarles a la hora de tomar decisiones? Procuren la participación de su Padre Celestial a través de la oración humilde y después tengan fe y determinación para seguir Su consejo según lo indique el Espíritu Santo. El Señor nos ha pedido que estudiemos las cosas en nuestra mente y luego le preguntemos. Él promete: “Haré que tu pecho arda dentro de ti, por tanto, sentirás que está bien” (D. y C. 9:8). La clase de hombres y mujeres que llegarán a ser se realzará al escuchar y obedecer la voz suave y apacible. Recuerden, parte del escuchar es “sentir que está bien”.

En los Estados Unidos se acaba de terminar otra temporada de béisbol. La Serie Mundial ha terminado y un nuevo campeón ha sido coronado. Hace más de 50 años un atleta muy bueno comenzó a jugar como jardinero izquierdo para los Medias Rojas de Boston, pero su carrera en el béisbol se vio interrumpida dos veces por llamados a servir en el ejército como piloto de combate. Los medios de comunicación le llamaban “El gran flaco” porque era muy delgado pero muy bueno bateando. Él fue el último jugador de las ligas mayores en tener un promedio de bateo de más de .400 durante todo el año, es decir, que le pegaba a la pelota más de 4 veces por cada 10 turnos al bate. Ése fue el logro que lo llevó a la fama y nadie ha sido capaz de igualar su marca en los últimos 50 años. El nombre de este jugador era Ted Williams.

Muchos años después de que Ted hubiera terminado su carrera en el béisbol, el público se enteró de algo muy interesante sobre él y es que su visión resultó ser superior a 20/20. Aparentemente esta extraordinaria y excelente visión que tenía Ted le daba una pequeña ventaja porque podía ver la pelota mejor que otros jugadores y le daba un micro segundo adicional para decidir si debía abanicar, él podía ver si la pelota venía girando o si se iba de curva hacia adentro o afuera de la zona de strike.

Los que hemos sido bautizados y recibido el don del Espíritu Santo como compañero constante, también tenemos una ventaja al tomar decisiones difíciles. Tal como el éxito en los asuntos de bienes raíces se define por “la ubicación, la ubicación, la ubicación”, la ventaja del Espíritu Santo consiste en ¡escuchar, escuchar, escuchar!

No se desanimen

A veces me preocupo, y de alguna manera me avergüenzo, francamente, de que mi generación haya impuesto una carga a la generación de ustedes con asuntos y desafíos que nosotros debimos haber resuelto. En tanto que se ha hecho un gran progreso en mejorar la vida, alargarla, protegerla, y hacerla más plena, aún queda mucho de que lamentarse en cuanto a la codicia, las relaciones y el medio ambiente, sólo por nombrar algunos asuntos. Estamos enfrentando la incertidumbre que surge en los tiempos turbulentos en que vivimos. Resulta muy fácil desanimarse y tal vez deprimirse un poco al pensar sobre los posibles resultados. La incertidumbre en el mercado laboral se junta con una significativa descomposición económica, y eso se añade a la intranquilidad de nuestros días. Las naciones siguen contendiendo unas contra otras.

A pesar de todo eso, mis jóvenes amigos, no debemos temer ni escuchar a nuestros temores. Las Escrituras nos recuerdan que si estamos preparados, si somos obedientes y si somos miembros de la Iglesia del Señor no debemos temer lo que el futuro nos depare. “Los justos no tienen por qué temer” (1 Nefi 22:22; véase también Alma 1:4; D. y C. 10:55). La clase de hombres y mujeres que seamos, se verá influenciada por lo bien que manejemos los temores y las vicisitudes de la vida. Al darnos cuenta de que la vida real se compone de luchas, problemas, errores, de oportunidades y lecciones, por favor recuerden el antiguo proverbio chino que dice: “La gema no puede ser pulida sin fricción, ni el hombre perfeccionado sin tribulaciones”. Según los términos del Señor: “…porque es preciso que haya una oposición en todas las cosas” (2 Nefi 2:11). A pesar de la incertidumbre y las deficiencias del mundo, hay mucho por lo cual estar agradecidos y ser entusiastas. Soy un optimista y he llegado a la conclusión de que el año 2008 es la época más emocionante en la historia del mundo para vivir y obtener las bendiciones celestiales que provienen al tener al alcance la plenitud del evangelio de Jesucristo. Me estremece hasta la médula el contemplar la forma en que el Evangelio está penetrando el corazón y la mente de los hijos del Padre Celestial por todo el mundo.

Pienso que pocos de ustedes, si es que hubiera alguno, saben lo que sucede en las Oficinas Generales de la Iglesia el primer viernes de diciembre. Ese día se ha apartado por tradición para que el Consejo de Disposición de los Diezmos se reúna, como lo indicó el Señor en la sección 120 de Doctrina y Convenios. Bajo la dirección de la Primera Presidencia, el Quórum de los Doce y el Obispado Presidente, todos se reúnen para decidir cómo se utilizarán los recursos de la Iglesia el siguiente año. Es emocionante ver los muchos nuevos lugares de adoración que se autorizan y construyen y el número de templos en constante aumento. Se abastece a los obispos de todo el mundo con los recursos para buscar y ayudar a los pobres; se apoya a los misioneros en más de 350 misiones; se aprueban los proyectos para adelantar la obra en los templos; se apartan fondos para facilitar la educación superior y la educación religiosa. La obra del Señor sigue adelante para alcanzar su destino profético.

Me da ánimo el pensar en la gran declaración de fe que hizo el profeta José: “Ninguna mano impía puede detener el progreso de la obra”3. ¿Acaso no es emocionante el darse cuenta de que ustedes tendrán la oportunidad de estar al frente de este milagro que sucederá? La clase de hombres y mujeres que serán, se deberá en parte a la devoción y la participación que tengan al llevar adelante el reino de Dios. Junto con la devoción también se requiere mucha autodisciplina. Jim Rohn, un notable y motivador orador, dijo: “La disciplina es el puente entre las metas y los logros” 4.

Me encanta la música sacra, en particular los himnos de loor y motivación. Uno de esos himnos que a menudo cantamos es “Venid, renovémonos”. Las palabras fueron escritas cerca del año 1700 por Charles Wesley y la música se le atribuye a James Lucas. El impresionante coro de la Universidad del Estado de Utah cantará este hermoso himno para nosotros al concluir nuestra velada. Los Santos de los Últimos Días se congregan en reuniones sacramentales, devocionales y otras ocasiones para cantar, orar y renovar sus convenios y compromisos, así como para darse ánimo mutuamente. Obtenemos una especie de sinergia renovada al reunirnos, y la música juega un papel importante en ese proceso; pues calma nuestras almas y sensibiliza nuestro espíritu en cuanto a las cosas celestiales. El Señor nos ha recordado que “la canción de los justos es una oración para mí” (D. y C. 25:12). Por favor tomen nota de la letra de este alentador himno:

Venid, renovémonos en nuestra jornada,
que con los años se va,
y nunca se detendrá hasta que el Maestro venga.
Su divina voluntad alegremente cumpliremos,
y nuestros dones mejoraremos
con paciencia, esperanza y amor…
Nuestra vida es un sueño, nuestro tiempo como el agua
rápidamente se desliza,
los momentos fugaces no perduran;
y como una flecha se van.
El año milenario
ya está a nuestra vista, así como la eternidad…
¡Oh, que el día de Su venida podamos decir:
“He luchado en mi camino;
he concluido la obra que me diste”!
¡Oh, que el Señor nos diga las dulces palabras:
“Bien, buen siervo y fiel,
entra en el gozo de tu Señor; y siéntate en mi trono!”5.

El mensaje de ánimo que transmite este himno es claro. Sugiere que en nuestro afán de llegar a ser tal como el Salvador dijo: “aun como yo soy”, debemos renovar con frecuencia nuestro entusiasmo y nunca dejar de hacer buenas obras hasta que el Maestro venga. Si nos tardamos, el tiempo pasará y el momento fugaz se irá para siempre. Cada uno de nosotros, en el día de Su venida, querrá informar: “He luchado en mi camino; he concluido la obra que me diste”. Y grande será el gozo al escuchar como respuesta: “Bien, buen siervo y fiel, entra en el gozo de tu Señor; y siéntate en mi trono”. Ésta puede ser nuestra porción si la meta es ser la clase de hombres y mujeres que el gran “Yo soy” ha sugerido.

Con frecuencia los miembros de nuestra Iglesia son examinados y puestos en una norma más alta que nuestros amigos de otras denominaciones. ¿Han notado que a menudo en las noticias de los medios se resaltan titulares como: “Obispo mormón comete…”, “Ex-misionero Santo de los Últimos Días se involucró en…”, “Madre mormona convicta por…”? Lo que hacemos en el anonimato es tan importante como lo que hacemos en público. A menudo hay ojos observándonos desde lugares estratégicos ocultos. En cierta forma vivimos en una casa de cristal.

Hace algunos meses me encontraba reparando un tubo de agua roto y, durante el trabajo, la ropa se me mojó y ensució, y mis brazos se llenaron de grasa. Me di cuenta de que necesitaba un repuesto para reparar el tubo y, en vez de tomarme el tiempo para asearme, subí a mi auto y manejé hasta la ferretería. Al estar viendo cuidadosamente el conjunto de repuestos para asegurarme de comprar la medida y la rosca correctas, un hombre que yo no conocía se acercó caminando por el pasillo detrás de mí. Al alejarse de mí unos cuantos metros, le oí decir: “No me parece que ése sea el Obispo Presidente”. Me sentí avergonzado más de lo que podía expresar porque había fallado en vivir de acuerdo con las normas que se esperaban de mí. En este momento me pregunto con autocrítica: “David, mi muchacho, ¿alguna vez aprenderás?”.

Concéntrense en lo más importante

Las aspiraciones y el trabajo arduo son ingredientes esenciales en el logro de objetivos dignos. Ustedes son una generación de gran promesa. Han sido investidos con muchos dones de Dios. Son brillantes e inteligentes. Aquellos de ustedes que usen su inteligencia para lograr metas bien concebidas están destinados a ser exitosos. Pero los que sean inteligentes, y tengan metas y aspiraciones, serán esa clase de hombres y mujeres con quienes nuestro Padre Celestial cuenta para llevar adelante Su reino.

Poco antes de terminar mi misión, se llevó a cabo el Torneo Mundial de Golf, que tuvo lugar en el club de golf Royal de Melbourne, Australia, y a los golfistas novatos se les dio la oportunidad de jugar con un profesional en prácticas de pre-competición. En el último día de mi misión, pude participar en esa práctica, aunque no los aburriré con los detalles de cómo se efectuó. Cuando llegó mi turno de sacar del sombrero el nombre del profesional con el que jugaría, saqué el nombre de Arnold Palmer. Hablando de intimidación en relación al discursar en la conferencia general, esa intimidación fue sólo una pequeña parte de lo que sentí el preciso momento en el que vi el nombre de “Arnold Palmer” en el papelito que saqué; desde luego, yo no había tenido un palo de golf en mis manos por más de dos años y ¡estaba muy nervioso!

No recuerdo mucho sobre la práctica de golf de ese día, salvo que jugué muy mal. En el hoyo 17, hicimos nuestro tiro, caminamos unos cuantos metros e hice mi segundo tiro y poco después mi tercero antes de llegar adonde estaba la pelota del señor Palmer. El joven caddie australiano del señor Palmer intentaba con gran afán complacerlo, y escuché que le dijo que a la izquierda el terreno estaba inclinado y que había un riachuelo que no se divisaba desde allí. También le dijo que a la derecha el pasto estaba muy crecido y que era muy difícil hacer un swing.

El señor Palmer puso su palo de golf con precisión en la bolsa y tranquila pero firmemente le dijo al joven caddie: “Por favor no perturbe mi mente con lo que está a la derecha y no me interesa lo que está a la izquierda; la única información que necesito es la distancia exacta desde la pelota hasta la bandera que está en el hoyo”.

¡Ah! Esa fue una enseñanza potente para mí, me di cuenta de lo importante que es la concentración y lo importante que es no distraerse con lo que esté a la izquierda o a la derecha. La concentración es muy importante en el logro de nuestras metas. Muchos de nosotros nos preocupamos en lo que está a la derecha y a la izquierda y fallamos en concentrarnos en el objetivo que está exactamente en medio. Cuando fallamos en concentrarnos en las cosas correctas, es difícil llegar a ser la clase de hombres y mujeres que anhelamos ser. En este deber, recuerden que el Señor ha prometido: “Iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros” (D. y C. 84:88).

Ruego que en nuestros deberes y en nuestra vida siempre nos concentremos en las cosas más importantes. Testifico que estamos en la obra del Señor. Somos bendecidos por tener profetas vivientes que nos guían. He sido bendecido por haber servido bajo la dirección de cuatro profetas de esta dispensación.

Creo que ahora sé algo sobre los profetas y testifico que Thomas Spencer Monson es un profeta de Dios en todo el sentido de la palabra.

Sé que tenemos un Padre Celestial amoroso y viviente, nosotros somos Sus hijos e hijas. Estoy agradecido por Su Hijo Unigénito, el Salvador que expió nuestros pecados. Testifico a los que se sientan perdidos o sin esperanza o sientan que el pecado ha impedido su progreso, que la expiación de Cristo está disponible y que Su misericordia permanece para siempre. Yo sé que José Smith fue el profeta de la Restauración.

Aprovecho esta oportunidad para invocar las bendiciones del cielo sobre cada uno de ustedes, y lo hago rogando que ustedes respondan y tengan la determinación de ser la clase de hombres y mujeres que nuestro Padre Celestial quiere que sean, y lo hago por la autoridad investida en mí y en el sagrado nombre de Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor. Amén.


NOTAS

  1. De Christian Weibell para Diane Lefrandt, correspondencia personal, usada con permiso.
  2. Original de Robert Woodruff; véase Thomas S. Monson, “El portal del amor”, Liahona, enero de 1988, pág. 66.
  3. Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: José Smith, pág. 149.
  4. Jim Rohn, The Treasury of Quotes (2001), pág. 40.
  5. Hymns, Nº 217.
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