El poder de la oración

Conferencia General Octubre 1967

El poder de la oración

por el presidente N. Eldon Tanner
de la Primera Presidencia


Presidente McKay, hermanos y hermanas en todo el mundo: es para mí un verdadero gozo estar hoy aquí con vosotros, en este histórico Tabernáculo de la Manzana del Templo, donde los fieles de la Iglesia han venido reuniéndose durante los últimos cien años. Asimismo, gracias a la radio y la televisión los magníficos mensajes de los líderes de la Iglesia han llegado a todas partes dejando. Deseamos extender una cálida bienvenida hoy a nuestro auditorio de la radio y la televisión.

Hace un momento escuchamos una hermosa canción ofrecida por el gran Coro del Tabernáculo, el cual fue organizado en 1847 y que, juntamente con las Palabras de Inspiración de Richard Evans, ha sido escuchado semanalmente por millones de personas desde 1929. Rogamos al Señor que continúe bendiciéndoles con éxitos.

Al pensar en las numerosas conferencias que se han realizado bajo la dirección de profetas y líderes inspirados, cada uno de los cuales ha sido un dedicado siervo de Dios, y aun muchos de ellos verdaderos gigantes del Señor, ciertamente no puede uno menos que sentirse humilde en esta posición. Ruego sinceramente por la influencia de vuestras oraciones, a fin de que el Espíritu del Señor esté con nosotros y que lo que yo pueda decir esté en comunión con Él y sea de beneficio para todos los que estéis aquí presentes y los que me escucháis.

Grande es mi fe en la oración, y creo que “mediante la oración se consigue mucho más de lo que el mundo piensa”. En realidad, hoy quiero hablar sobre la oración, y ruego por la ayuda del Señor para que podamos comprender la importancia y el valor de la oración, y cuán grande es el privilegio y la oportunidad que tenemos de poder allegarnos al Señor en acción de gracias y en suplicación.

He escogido este tema hoy porque mis propias oraciones han sido siempre contestadas durante mi vida, porque siento profundamente la gran necesidad de recurrir al Señor para todo, y porque he experimentado en la posición que ocupo la fuerza, las bendiciones y la guía del Señor. Ruego que todos aquellos que dudan puedan ver y entender que Dios es nuestro Padre, que nosotros somos Sus hijos espirituales, y que El realmente existe, pues ha dicho:

“Pedid y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. “Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.”

Con frecuencia me pregunto si realmente reconocemos el poder que tiene la oración, si verdaderamente apreciamos cuan gran bendición constituye el poder recurrir a nuestro Padre Celestial en sincera suplicación, sabiendo que Él se interesa por nosotros y quiere que tengamos éxito en todo.

Tal como Richard L. Evans lo ha dicho con tanta elocuencia: “Nuestro Padre Celestial no es un árbitro que trata de descalificarnos. No es un competidor que procura superarnos. No es un fiscal que busca condenarnos. Él es un Padre amoroso que sólo quiere nuestra felicidad y nuestro progreso eterno, y que ha de ayudarnos si sólo le brindamos en nuestra vida una oportunidad para ello, con espíritu de obediencia y humildad, de fe y de paciencia.”

Para orar eficazmente y sentir que puede ser escuchado y que sus oraciones serán contestadas, uno debe creer que realmente está orando a un Dios que puede escuchar y contestar, un Dios que tiene interés en Sus hijos y en el bienestar de éstos. El primer registro que tenemos de alguien que haya orado al Señor, pertenece a Moisés y dice así:

“Y Adán y Eva, su esposa, invocaron el nombre del Señor; y oyeron que les hablaba la voz del Señor en dirección del Jardín de Edén. . . Y Adán y Eva, su esposa, no cesaron de invocar a Dios.”

Muchos hombres grandes e influyentes han sabido orar siempre por la orientación divina. Aun nuestro país fue edificado sobre la oración. El Senador Strom Thurmond nos habló de esto el año pasado, cuando refirió que, “El Convenio del ‘Mayflower,’ escrito en noviembre de 1620, comienza con una oración ‘En nombre de Dios’, y continúa: ‘Nosotros . . . habiéndonos embarcado para gloria de Dios,. . . solemne y mutuamente en la presencia de Dios y de cada uno de nosotros, convenimos y nos asociamos juntos en una agrupación civil y política’.

“Y así,” dijo el Senador Thurmond, “nuestra nación se fundó sobre la oración. La figura arrodillada de George Washington en medio del crudo invierno de Valley Forge es una imagen de esta tierra que nunca debería olvidarse. . .

“La Convención Constitucional de junio de 1877 había estado realizándose por varias semanas sin que se arribara a ningún acuerdo, cuando Benjamín Franklin se puso de pie y dirigiéndose a Washington, dijo:

“Señor Presidente: El ínfimo progreso que hemos hecho después de cuatro o cinco semanas de meticulosa atención y constante razonamiento entre todos… no es sino una triste muestra de la imperfección del entendimiento humano. . . Hemos vuelto los ojos a la historia antigua en procura de modelos de gobierno que ya no existen. Y hemos contemplado a los estados modernos. . . pero no encontramos constitución alguna que convenga a nuestras circunstancias. . . ¿Cómo es, señor, que hasta ahora no hayamos pensado humildemente una sola vez en recurrir al Padre de las Luces para que ilumine nuestro entendimiento? En los comienzos de nuestra contienda con la Gran Bretaña, cuando éramos sensibles al peligro, ofrecíamos nuestras oraciones diariamente en este cuarto en procura de la protección divina. Nuestras oraciones, señor, fueron escuchadas; y han sido generosamente concedidas. . . Por tanto, propongo que, de ahora en adelante, cada mañana se eleve una oración en esta asamblea, antes de proceder a su desarrollo, implorando la asistencia de los cielos.”

Y así se hizo. En la actualidad disfrutamos de sus realizaciones basadas en la oración. En nuestro país la oración jamás ha pasado de moda. Lincoln, quien constantemente oraba en procura de la guía del Señor, dijo;

“Es el deber de hombres y naciones reconocer su dependencia del insuperable poder de Dios, confesar sus pecados y transgresiones con humildad… y aceptar la sublime verdad de que sólo las naciones cuyo Dios es el Señor serán bendecidas.”

Quisiera apoyar el Senador Thurraond en su exhortación a nuestro pueblo para que ore más, que cada uno examine la herencia religiosa del país y que se compruebe el beneficio de buscar las bendiciones de Dios. “Si sólo analizaran la historia de nuestro país”, agregó el Senador de referencia, “todos podrían reconocer que la oración y la comunión con Dios es el fundamento mismo de nuestra sociedad. Si permitimos que ahora se la descarte, estaremos despreciando una de las más grandes garantías que esta nación o cualquier otra nación haya conocido jamás.”

Desde Adán hasta nuestros días, todos los Profetas han orado incesantemente por la guía del Señor. Aun el Salvador oró constantemente a Dios, el Padre Eterno. Concerniente a ello, leemos lo siguiente:

“En aquellos días Él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios.”

El Señor nos ha amonestado, indicándonos que debemos orar, y por medio del profeta Santiago nos ha dado esta promesa:

“Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra.”

Esta promesa es dada a cada uno de nosotros— los prominentes y los subalternos, los ricos y los pobres. Es universal, sin restricciones para vosotros, para mí y para nuestros semejantes. Nos recuerda que debemos creer y tener fe en Dios. Es menester que sepamos que el Señor está preparado para ayudar a sus hijos, siempre que éstos estén en comunión con El mediante la oración y cumplan sus mandamientos.

El Señor nos ha advertido que debemos ser humildes, y no como muchos hombres que, como lo refiere un antiguo Profeta,

“. . . se han ensalzado en su propio orgullo, y han tropezado a causa de lo grande de su tropezadero…; sin embargo, menosprecian el poder y los milagros de Dios, y se predican su propia sabiduría y su propio saber.”

Y tal como aquel gran estudiante que fue el presidente J. Reuben Clark dijo:

“Si han de conocer a Dios y ser guiados por El, los hombres deberán arrancar de su propio corazón el orgullo de su saber y sus éxitos. ¿Y por qué no? Pues comparado con la plenitud de la verdad del universo, el conocimiento del más sabio es sólo una gota de agua en el océano. El hombre debe aceptar humildemente a Jesús el Cristo, porque ‘no hay otro nombre dado a los hombres en que podamos ser salvos’.”

Debemos estar preparados para reconocer a Dios como el Creador del mundo, y que por medio de su Hijo, Jesucristo, y sus profetas, nos ha dado, en lenguaje simple, conocimiento en cuanto a la relación entre Él y los hombres, información referente a nuestra existencia pre-mortal, el propósito de nuestra misión aquí en la tierra, y sobre el hecho de que nuestra existencia post-mortal, después de esta vida, es real, y que lo que hagamos aquí determinará lo que seremos en la vida venidera.

No debemos dejarnos confundir por las doctrinas de los hombres. Ningún estudio científico o filosófico ha podido contestar jamás la pregunta: “¿Qué es el hombre y por qué está aquí?” Pero ésta es simple y claramente dilucidada por el Evangelio de Jesucristo, y además se nos ha dicho:

“Si alguno tiene falta de sabiduría, pídala a Dios.”

No seamos como aquellos a quienes el Señor se refirió al decir:

“. . . Bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: Este pueblo de labios me honra; más su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres.”

Todos deberíamos estar preparados para decir fielmente, como Pablo dijo a los romanos:

“No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación de todo aquel que cree. . .”

Es difícil comprender cómo hay personas que no pueden creer o les resulta difícil creer que Dios puede escuchar y contestar nuestras oraciones, y sin embargo creen que los astronautas pueden abandonar la tierra y viajar por el espacio a miles de kilómetros por hora, sin dejar de ser dirigidos desde su base; y que pueden mantenerse en contacto con su base de operaciones, recibir instrucciones, ser orientados en sus actividades y finalmente ser traídos de vuelta, salvos, a la tierra.

¿Cómo podemos dudar del poder de Dios para escuchar y contestar nuestras oraciones, y guiarnos en todas las cosas si sólo nos mantenemos en contacto con Él, y al mismo tiempo no desconfiar que el “Surveyor 3”, un instrumento mecánico, puede ser enviado a la luna y desde aquí controlado por simples hombres? Dicho aparato cumplió cada instrucción al ordenársele que excavara, que dejara de excavar, que enviara un informe, que emitiera fotografías, que excavara nuevamente y que obedeciera toda indicación. Y mientras se mantuvo en contacto, pudo ser dirigido.

Nosotros somos como astronautas, o como el “Surveyor”, enviados por Dios a la tierra para cumplir una misión. Él quiere que tengamos éxito. Él está siempre listo para contestar nuestras oraciones y nos ha asegurado un aterrizaje feliz cuando retornemos, si sólo nos mantenemos en contacto con El mediante la oración y hacemos lo que nos manda.

Al orar, sin embargo, ¿estamos dispuestos a pedirle al Señor que nos bendiga para que, al recibir sus órdenes, las aceptemos y le sirvamos? ¿Estamos, asimismo, dispuestos a pedirle que nos perdone, así como nosotros perdonamos a nuestro, prójimo? Porque el Señor ha dicho:

“. . . SÍ perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial os perdonará también; más si no perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre tampoco os perdonará vuestras ofensas”

Al orar, ¿ordenamos al Señor, diciéndole: “Bendice esto; bendice aquello; danos esto; danos aquello; haz aquello”? ¿O le imploramos que nos guíe en hacer lo que es justo, o nos bendiga con las cosas que serán para nuestro bien? Orad por el deseo y la fortaleza y la determinación para hacer la voluntad de nuestro Padre Celestial, y estad siempre dispuestos a hacer lo que os manda.

El hombre ora por varias razones diferentes. Muchos caen sobre sus rodillas por temor, y sólo entonces oran. Otros se allegan al Señor cuando tienen necesidad de una orientación inmediata y no tienen a nadie más a quien recurrir. Los pueblos reciben la exhortación de sus gobiernos para orar por la protección y orientación divinas cuando se producen tragedias de carácter nacional, sequías, plagas, hambre o guerra. La gente ora al Señor para que bendiga a sus familiares, a sus seres amados y a sí misma con sincero empeño. Todo esto, estoy seguro, es bueno a la vista del Señor. Es de enorme importancia, sin embargo, que también dediquemos tiempo a expresar nuestra gratitud hacia nuestro Padre Celestial por las numerosas bendiciones que recibimos.

Me pregunto si a veces no somos culpables de no expresar nuestra gratitud al Señor, tal como los leprosos de la historia de Jesús, después que fueron sanados. Todos recordamos el relato de los diez leprosos que clamaron:

“Ten misericordia de nosotros. . .

“Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano.

“Respondiendo, Jesús dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quién volviese y diese gloria a Dios, sino este extranjero?”

Estoy seguro de que el Señor espera que le expresemos nuestra gratitud.

Cuando oremos, es importante que estemos dispuestos a hacer todo lo que esté a nuestro alcance para posibilitar que el Señor conteste nuestras oraciones. Tal como mi padre me dijo cuando era niño: “Hijo mío, si quieres que tus oraciones sean contestadas, debes ponerte de pie y hacer tu parte.”

Con frecuencia pienso cuánto más eficaz sería si, cada vez que el Presidente de nuestra nación nos llame a dedicar un día a la oración, todos estuviéramos en ese momento viviendo vidas honradas, y preparados para reconocer a Dios como nuestro Creador, y guardáramos sus mandamientos. Parece que muchos han perdido completamente su fe en Dios y que otros dudan que pueda contestar nuestras oraciones. Otros tienen fe y confianza en su propia sabiduría y en su propia fuerza y poder.

También están los que Juan identifica como “gobernantes”, diciendo:

“Con todo eso, aun de los gobernantes, muchos creyeron en él; pero a causa de los fariseos no los confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga.

“Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios.”

Escuchemos la amonestación del Señor, cuando dijo refiriéndose al Continente Americano:

“He aquí, éste es un país escogido, y la nación que lo posea, se verá libre de la esclavitud, del cautiverio y de todas las otras naciones debajo del cielo, sí tan sólo sirve al Dios del país, que es Jesucristo.”

Junto a esta amonestación del Señor, tenemos esta promesa:

“. . . Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.”

Debemos tener el valor y la determinación para poder decir, como Josué:

“. . . Escogeos hoy a quién sirváis;. . . pero yo y mi casa serviremos a Jehová. . .”

También el Señor ha dado instrucción a los padres para que enseñen a sus hijos a tener fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, y a orar y andar rectamente delante del Señor. No hay duda de que a nuestros hijos, si les enseñamos a orar al Dios viviente, en quien tenemos fe, les será más fácil andar rectamente delante del Señor.

Al recordar cuando acostumbrábamos, con mi familia, arrodillarnos cada mañana y cada anochecer para orar, me doy cuenta de lo que significaba para nosotros, los niños, escuchar a nuestro padre invocar al Señor y prácticamente conversar con Él, expresándole su gratitud e implorando sus bendiciones sobre la cosecha, el ganado y todas nuestras actividades. Siempre nos era más fácil resistir las tentaciones al recordar que esa noche habíamos de dar cuentas al Señor de todo.

La oración familiar en todo hogar acercará aún más a la familia y redundará en una relación más íntima entre el padre y la madre, los padres y los hijos, y entre uno y otro hijo. AI orar por ellos, los hijos apreciarán más a los padres, y al orar unos por otros se sentirán más unidos, especialmente al comprender la magnitud de estar dirigiéndose de rodillas a su Padre Celestial, en familia o en la intimidad de su alcoba. Es entonces cuando olvidamos nuestras diferencias, pensamos en lo mejor de los demás, y oramos por su bienestar y por la fortaleza para dominar nuestras debilidades. No hay duda que somos mejores personas cuando tratamos de estar en comunión con el espíritu de nuestro Padre Celestial para comunicarnos con Él y expresarle nuestro deseo de hacer su voluntad, al suplicar sus bendiciones.

El Señor nos ha exhortado, diciendo:

“Ora siempre, no sea que entres en tentación y pierdas tu galardón. Sé fiel hasta el fin, y he aquí, estaré contigo. . .”

Entonces agrega:

“Estas palabras no son de hombre ni de hombres, sino son mías, aun de Jesucristo, tu Redentor, por la voluntad del Padre.”

El Señor ha dicho también:

“La oración eficaz del justo puede mucho.”

Con frecuencia me he preguntado, y he tratado de contestar la pregunta: “¿Por qué hay gente que se rehúsa a orar? ¿Es que piensan que no tienen tiempo?”

Recuerdo que una vez cierto padre vino a mí con respecto a su hijo mayor, con quien estaba teniendo algunos problemas. Su hijo era un joven bueno, pero se estaba rebelando un poco. Pregunté entonces al padre si tenían oraciones familiares con regularidad en su hogar. Su respuesta fue: “Bueno, no, sino a veces. Usted sabe, estamos tan ocupados y cada uno va a trabajar en horas diferentes. Pollo tanto, es muy difícil para nosotros reunimos para la oración familiar.”

Yo le pregunté: “Si usted supiera que su hijo está enfermo gravemente, ¿no sería capaz de reunir a la familia cada noche y cada mañana, durante una semana, para orar a fin de que pudiera ser sanado?”—Y él dijo: “Claro, por supuesto.”

Entonces traté de explicarle que hay otras maneras, aparte de una enfermedad grave, de perder un hijo. También le dije que las familias que oran juntas generalmente se conservan juntas, y que sus ideales son mayores, se sienten más seguras y experimentan un amor más grande entre sí.

Otra pregunta: ¿Se siente esta gente muy independiente, muy inteligente, y piensan que todo lo pueden hacer solos? ¿O tienen vergüenza de acudir a Dios? ¿Creen que eso es una muestra de debilidad? ¿O no creen o no tienen fe en Dios? Quizás no valoren sus numerosas bendiciones. ¿O no se creen dignos?

Si uno no se siente digno, debe reconocer sus debilidades, expresar su remordimiento, arrepentirse, convenir en hacer lo bueno y pedir la guía necesaria.

¿Es quizás que algunos no saben cómo orar? Si esto es así, os sugeriría que acudáis a vuestro Padre Celestial secretamente. Confesaos sinceramente con Él. Orad regularmente, a fin de que podáis sentiros cómodos al comunicaros con Él. Todo lo que uno precisa hacer es expresar sus sentimientos, y el Señor lo comprenderá. Él nos ha invitado a que recurramos a El regularmente, y nos ha prometido que escuchará nuestra suplicación. El antiguo profeta Moroni, refiriéndose al Libro de Mormón, dijo:

“Y cuando recibáis estas cosas, quisiera exhortaros a que preguntaseis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, Él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo.”

Esta promesa es válida para todos nosotros, si sólo nos arrepentimos y acudimos al Señor sabiendo que nos escuchará y contestará nuestras oraciones. Debemos reconocer que somos hijos de Dios, y que Él tiene hoy tanto interés en nosotros como jamás antes: Él contesta aún la oración de los justos y de los que le buscan diligentemente.

Este es mi testimonio. Ruego que todos tengamos la humildad y la disposición para buscar al Señor mediante la oración, y entonces andar rectamente delante de Él, a fin de que podamos ser guiados hacia la inmortalidad y la vida eterna; y lo hago humildemente en el nombre de Jesucristo.

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