El concepto del matrimonio según los Santos de los Últimos Días

El concepto del matrimonio según los
Santos de los Últimos Días

por el presidente Hugh B. Brown
de la Primera Presidencia
Liahona Marzo 1968


El matrimonio es y debe ser un sacramento. La palabra sacramento se define de varias maneras, pero entre los pueblos cristianos significa un acto o ceremonia religiosa, solemnizada por uno que tiene la autoridad debida. Es una promesa o convenio solemne, una señal o vínculo espiritual entre las partes contratantes, y entre éstas y Dios. El siguiente pasaje muestra que el Señor mismo instituyó y santificó el matrimonio:

“Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él. . .

“Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” (Génesis 2:18, 24)

Cuando Jesús se apartó de Galilea y llegó a las costas de Judea allende el Jordán, lo ‘seguía una gran multitud, y los fariseos le hicieron una pregunta concerniente al divorcio, y

“El, respondiendo, les dijo: ¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo,

“Y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne?

“Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.” (Mateo 19:4-6)

Claro está que Dios dispuso que el hombre y la mujer fueran uno. Oficiando personalmente en esta unión, santificó la institución del casamiento. Es un estado normal, saludable y deseable, y se instituyó para cumplir los propósitos de Dios en la tierra.

Es el elemento central del establecimiento doméstico. Es más que una institución humana reglamentada sólo por la costumbre y la ley civil; más que un contrato sancionado por la ley moral. Es c debería ser un sacramento religioso mediante el cual los hombres y las mujeres solemnemente se empeñen en cooperar con Dios en su propósito declarado de poner al alcance de sus hijos espirituales la vida terrenal y el estado carnal, y llevar a efecto su inmortalidad y vida eterna.

Hay quienes dicen que se puede realizar la vida más noble, más devota y más deseable fuera del convenio conyugal. En otras palabras, quieren prohibir que aquellos que buscan la gloria más sublime “se contaminen con asociaciones risicas y propias del animal”. No hay apoyo en las Escrituras para tal doctrina. En el libro de los Proverbios leemos que “el que haya esposa halla el bien, y alcanza la benevolencia de Jehová”. (Proverbios 18:22) Y el apóstol Pablo, escribiendo a Timoteo, dijo: “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios;

“Por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia,

“Prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad.” (1 Timoteo 4:1-3, cursiva del autor)

También leemos en Doctrinas y Convenios: “Y además de cierto os digo, que quien prohibiere el matrimonio, no es ordenado de Dios; porque el matrimonio es instituido de Dios para el hombre.” (D. y C. 49:15)

Los Santos de los Últimos Días creen que para poder lograr lo mejor en la vida y la felicidad mayor en este mundo y en el venidero, los hombres y mujeres deben casarse en el templo por esta vida y por la eternidad. Sin las ordenanzas selladoras del matrimonio en el templo, el hombre no puede lograr una categoría semejante a Dios ni recibir la plenitud del gozo, porque la persona soltera no es entera, no es completa.

Para un Santo de los Últimos Días, sólo hay una clase de matrimonio totalmente aceptable, es decir, el matrimonio en el templo o celestial que se lleva a efecto en los templos de la Iglesia. Se construyen templos y se dedican en santidad al Señor para que haya un lugar donde se puedan efectuar ceremonias y ordenanzas espirituales y eternas. Aun cuando reconocemos los matrimonios civiles efectuados por ministros de otras iglesias y matrimonios civiles verificados por los oficiales de la ley u otros generalmente autorizados para ello, nosotros creemos que sólo en un templo de Dios se puede realizar un matrimonio por esta vida y por la eternidad, y únicamente por alguien que tenga la autoridad que Cristo dio a Pedro cuando le dijo: “. . . Todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos.” (Mateo 16:19)

En las Escrituras esta autoridad es llamada, “las llaves del reino de los cielos” (Mateo 16:19), y en el matrimonio celestial son las llaves que abren las puertas a ese reino.

El hombre tiene ciertas necesidades básicas—morales, sociales, biológicas y espirituales—las cuales sólo se pueden realizar totalmente en la institución del matrimonio eterno ordenado por Dios.

Para poder disfrutar de la vida abundante y la vida eterna más allá, el hombre debe amar y ser amado, servir y sacrificarse, tener responsabilidades y ejercer sus poderes creadores recibidos de Dios. “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” (Juan 10:10)

Sin embargo, quizá el valor más grande del matrimonio no sea el que perciben el hombre y la mujer individualmente. En este mandamiento del Señor: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sojuzga día” {Génesis 1:28), queda indicado el propósito de su- unión en el principio. Debidamente casado, el hombre tiene la oportunidad de satisfacer su impulso natural de crear y producir. Esto se puede realizar completamente y disfrutar debidamente sólo dentro de la relación conyugal, en la procreación y crianza de los hijos. Los padres deben recordar que los hijos que les nacen, sus hijos, también son hijos de Dios. Él es el Padre de sus cuerpos espirituales, y durante la existencia pre terrenal El sabiamente dispuso que el elemento eterno y el espíritu eterno fuesen inseparablemente unidos para recibir la plenitud de gozo. Por tanto, los Santos de los Últimos Días creen que Dios es realmente el tercer socio en esta relación y que el traer hijos al mundo dentro de la divinamente aprobada institución del matrimonio es parte de su plan de llevar a efecto la inmortalidad y la vida eterna del hombre.

El Señor Jesús glorificó el amor cuando declaró que el amor de Dios y del prójimo son los dos grandes mandamientos. De hecho, se nos dice que Dios es amor. De modo que siendo Dios eterno, en igual manera lo debe ser el amor, y sus frutos y bendiciones tienen por objeto continuar en las eternidades venideras. Más para disfrutar de los privilegios y ventajas del amor eterno, en lo que concierne a los esposos y esposas, a padres e hijos, la ordenanza que autoriza y santifica esta relación—de todas la más hermosa—no es aceptable si contiene la limitación “hasta que la muerte os separe”. A fin de que la relación familiar y las asociaciones conyugales puedan ser eternas, el contrato del matrimonio debe estipular autorizadamente, que es “por esta vida y por toda la eternidad”.

Todos deben comprender su responsabilidad para con sus hijos y los convenios que hacen al respecto. Cuando el Señor dijo por boca de su profeta que “nosotros sin ellos no podemos perfeccionarnos” (Doc. y Con. 128:18), se estaba refiriendo a una cadena cuyos eslabones se extienden hasta lo futuro así como hasta lo pasado. Por cierto, bien puede ser qué tengamos una responsabilidad más directa por los que se nos confían en esta vida, que por nuestros antepasados. No se nos puede tener por responsables de los pecados, bien sea de comisión o de omisión, que cometieron nuestros antepasados; pero se nos ha advertido que en caso de que fracasemos en cuanto a nuestra posteridad, y este fracaso se deba a que fuimos negligentes en nuestro deber hacia ellos, entonces los pecados descansarán sobre nuestra cabeza.

Una de las bendiciones que vendrá a aquellos que alcancen el grado más alto en el reino celestial será la bendición de progenie eterna que, entre otras cosas, significa que aun después de la muerte los hombres podrán continuar cooperando con Dios en llevar a efecto la inmortalidad y la vida eterna del hombre.

El concepto de los Santos de los Últimos Días en cuanto al progreso eterno incluye el desarrollo eterno, aumento eterno de conocimiento, poder, inteligencia, habilidad y todas las características y capacidades necesarias para llegar a ser como Dios. Más en la economía de Dios los hombres no pueden lograr este grado de perfección continua en su estado incompleto o soltero. Debe haber progreso y desarrollo del hombre eterno, en otras palabras, el hombre que ha encontrado y se ha unido a una compañera.

Este concepto de matrimonio, con su perspectiva divina, imparte nuevo significado y aumenta la importancia, dignidad y gloria de la idea del matrimonio. Con este concepto, la persona prudente ejercerá mayor cuidado y selección al escoger a la compañera o compañero eterno. Por supuesto, antes de concertar tal eterno contrato, tanto los hombres como las mujeres deben ser humildes, reflexivos, y buscar orientación divina con la ayuda de la oración.

La santidad y sanción religiosas de la relación conyugal cobra mayor significado y estima cuando la pareja, antes del matrimonio—y por fuerza deben ser de la misma fe—empieza con el mismo propósito en mente. Deben prepararse y ser dignos de recibir las ordenanzas sagradas en los edificios donde entran personas dignas. Allí reciben instrucciones, hacen convenios y entonces, ante al altar, se prometen mutuamente amor y fidelidad eternos en presencia de Dios y de ángeles. Ciertamente tal concepto y práctica, con sus obligaciones consiguientes, contribuye a la estabilidad del hogar, la glorificación de la institución del matrimonio y la salación de las almas de los hombres.

Tal matrimonio es esencialmente un acto de fe, solemnizado en la presencia de un socio divino. Debe existir la fe y el valor para cumplir y perseverar hasta el fin a pesar de las dificultades, pruebas, desilusiones y tristezas ocasionales.

Cuando uno acepta las condiciones y obligaciones de esta sociedad eterna, debe comprender que el fracasar en esto constituye un fracaso casi total. Pese al éxito que logre en otros campos de actividad, si un hombre no cumple con las obligaciones que le impone este convenio eterno, el terrible castigo será la privación de la gloria celestial, acompañado de la responsabilidad consiguiente a las pérdidas sufridas por aquellos con quienes hizo el contrato y por quienes es responsable.

“. . . El matrimonio lo decretó Dios para el hombre. “Por lo tanto, es lícito que tenga una esposa, y los dos serán una carne y todo esto para que la tierra cumpla el objeto de su creación.

“Y para que sea henchida con la medida del hombre, conforme a la creación de éste antes de que el mundo fuera formado.” (D. y C. 49:15-17)

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