La vida tiene semáforos

Conferencia General Octubre 1967

La vida tiene semáforos

el élder Alvin R. Dyer
nombrado apóstol en esta Conferencia General


Mis queridos hermanos es difícil expresar las emociones verdaderas en un momento como éste. Después del sostenimiento de oficiales he estado pensando que la vida tiene semáforos, y he pensado en varios que he tenido en mi vida y si hubiera hecho una mala decisión lo más probable es que no estaría ocupando la posición que tengo ahora.

Los que me escuchan cantar, no podrán siquiera imaginar que en una época integré parte de un cuarteto que llegó a ser bastante bueno, hasta el punto en que se nos había ofrecido un contrato para cantar durante 42 semanas y todos estábamos dispuestos a hacerlo, pero fue en esa época que el obispo Parry del Barrio 17 me llamó a su oficina y me dijo que quería recomendarme para ser llamado a una misión, y, por supuesto, ése fue el fin del cuarteto en lo que a mí concernía. Salí al campo misionero a la edad de dieciocho años y cuando volví, dos o tres equipos de béisbol me propusieron que jugara, ya que lo había hecho en la escuela secundaria. Siendo que me gustaba tanto ese deporte, había decidido jugar profesionalmente. Firmé un contrato con uno de esos equipos, pero pronto mi di cuenta de que esto iba a interferir con mi llamamiento de servir en el obispado por lo tanto tenía que decidir, y la decisión que hice fue la de seguir mi obra en el obispado y servir al Señor en la mejor manera posible de acuerdo a mis habilidades.

Entonces me dediqué a la tarea de lograr el éxito en los negocios; a medida que pasaron los años se fueron haciendo cada vez más prósperos, y como la mayoría de los jóvenes tenía el deseo de hacer mucho dinero. Mi meta era un millón de dólares, y pensé que si seguía a ese paso podría conseguirlo cuando llegara a la edad de 55 años. Todo iba muy bien hasta que el presidente Stephen L. Richards me llamó a su oficina y me dijo que había sido llamado para presidir la Misión de los Estados Centrales. Aproximadamente un año después me deshice de mis intereses comerciales, así que nunca sabré si hubiera o no alcanzado mi meta.

Recuerdo una llamada telefónica que recibí después de haber sido nombrado Ayudante del Consejo de los Doce mientras asistía a una conferencia en la Estaca de Drigs. No fue más que un asunto rutinario, pero sus implicaciones tremendas me asustan siempre que pienso en ellas. La voz de uno de los miembros de la Primera Presidencia me dijo en el teléfono: “Hermano Dyer, ¿le gustaría ir a Europa, y cuándo estaría listo para salir?” Yo le contesté que podía salir en cualquier momento, pensando que sería sólo un viaje por dos semanas para asistir a algunas conferencias o por alguna otra asignación. Pero él me contestó: “No va a volver muy pronto, así que será mejor que lo piense más detenidamente.” Pero no cambié de opinión, acepté el llamamiento y junto con mi esposa pasé 25 meses presidiendo la Misión Europea.

Han habido muchos otros semáforos en mi vida y confío en que cada uno de ustedes los tengan en sus vidas.

Cuando el presidente McKay me preguntó el otro día en el Templo si aceptaba el llamamiento del apostolado, le contesté que sí, aunque un poco perplejo ante lo que significaría este llamado en vista de las circunstancias. Al ir a otro cuarto del templo, mis sentimientos se calmaron ante las palabras amables y significativas de un miembro del Quorum de los Doce, a quien amo y respeto, quien, después de felicitarme me dijo estas palabras que tienen un gran significado: “No se preocupe, Alvin, ha sido llamado por la autoridad más alta que existe en la tierra, y se le hará saber lo que debe hacer.”

En este empeño se en parte lo que me impondrá el apostolado. Por supuesto, sé que el Señor ha revelado que un apóstol no debe contender con nadie sino con la Iglesia del maligno, tomar sobre sí el nombre de Cristo, declarar la verdad con solemnidad y ser testigo, un testigo especial de Jesucristo en el mundo. No importa, sin embargo cuánto comprenda, porque estoy dispuesto a prestar servicio al presidente del sumo sacerdocio, al cual llamamos el Presidente de la Iglesia. Ese de quien el Señor ha declarado ser semejante a Moisés, para presidir a toda la Iglesia; y sólo hay uno sobre la tierra nombrado a esta alta y santa posición. Sé con toda mi alma que el presidente McKay es ese siervo de Dios sobre la tierra en la actualidad.

He tenido el privilegio de sentir la proximidad de su espíritu. He sentido la majestuosidad de su alma cuando estuvimos en el valle de Adán-ondi-Ahman, observando a corta distancia un lugar allí conocido como Spring Hill, al que se refiere en la sección 116 de las Doctrinas y Convenios donde Adán, Miguel o el “Anciano de Días”, de acuerdo con la profecía de Daniel, vendrá a visitar la tierra por una razón importante cuando el Señor así lo disponga, y al estar allí oí al presidente McKay decir “Este es un lugar sagrado”. En varias ocasiones he derramado lágrimas de gozo y pesar con este gran hombre.

Recuerdo la experiencia de un famoso arquitecto europeo, Hans Wacher, que se había convertido a la Iglesia, un hombre conocido en toda Eurasia, Sudamérica y África por su gran habilidad. Había escrito varios libros en cuanto al uso de la luz en los edificios. Tuve el privilegio de presentarle este hombre al Presidente, y sentarme al otro lado de la mesa mientras hablaban. Escuché decir a este hombre cuando salimos de la oficina del presidente McKay estas palabras que en un sentido hacen eco a las mías una y otra vez. Me dijo: “Hoy he estado en la presencia de un profeta de Dios. Un verdadero profeta. Volveré a mi amada Baviera y testificaré a mi familia y amigos que David O. McKay es un profeta de Dios.”

Estos últimos días, mis hermanos, han sido gloriosos al manifestarse el espíritu del Señor en el progreso de la Iglesia y sus programas del futuro para el servicio de la humanidad. Ayer en el Seminario de los Representantes Regionales, sentimos un resurgimiento del espíritu cuando el hermano Lee testificó sobre la obra. Sus palabras tuvieron gran influencia sobre todos y me afectaron profundamente. Me sujeto invariablemente a las leyes del sacerdocio y a las instrucciones y direcciones que nos ha dado el Señor como pueblo, y a las revelaciones tanto del presente como del futuro. En el sacerdocio se encuentra la fuerza que gobierna mientras que la revelación es la luz que guía.

En este momento todos mis sentimientos se relacionan estrechamente con mi fiel y maravillosa compañera por esta vida y toda la eternidad, es decir, mi querida esposa y novia. Juntos hemos compartido muchos años de servicio en la Obra del Maestro y siempre ha habido un sentimiento de unidad en ese servicio y ahora cuando mi corazón rebosa, sé que el suyo está conmigo en este llamamiento y es parte de él. ¡Cuán maravilloso es su apoyo y comprensión! Estoy muy agradecido por ella y por nuestros hijos, Gloria y Brent, quienes con sus parejas bendicen nuestras vidas con nietos.

Sólo tengo un hermano que vive. Mi hermano Guss y yo somos los únicos que quedamos de una familia de quince, y estoy agradecido por él y por su constante trabajo en la Iglesia.

En este momento no deseo hablar más, pero para terminar quisiera leer algo que me ha impresionado durante muchos años como reflexiones de las enseñanzas del Maestro en el trato de los unos con los otros. El espíritu de cada palabra se puede hallar en sus parábolas y enseñanzas:

“Que no sea enemigo de nadie—y amigo de lo eterno. Que nunca desee el mal para ningún hombre, y si alguien me desea el mal que pueda librarme sin herir a nadie. Que ame, busque y logre sólo lo que es bueno. Que desee para toda felicidad y no envidie a nadie. Y por último que no logre ninguna victoria que me hiera a mí o a mi oponente. Que me respete y dome las pasiones dentro de mí.”

Que el gozo y felicidad continúen siendo la posesión de aquellos que aman y obedecen el evangelio y que ésta sea la esperanza y abra la puerta de luz a los que son honestos de corazón y buscan sus verdades doradas en el mundo, que ellos sean contados con los hijos de nuestro Padre Celestial en esta gran obra de los últimos días. Y doy mi testimonio de que sé, sin ninguna duda que ésta es la obra de nuestro Padre Celestial y estoy agradecido por los semáforos que me han señalado el camino y ahora sólo espero la oportunidad de continuar al servicio del reino de Dios. Dejo este testimonio en el nombre de Jesucristo. Amén

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