La unidad es importante para la obra de Dios

Conferencia General Octubre 1967

La unidad es importante para la obra de Dios

presidente David O. McKay
(Leído por su hijo, Robert R. McKay)


Mis queridos hermanos y amigos del auditorio de radio y televisión: Consciente de la responsabilidad que sobre mí descansa al extender un mensaje a los miembros de la Iglesia en esta Conferencia General, suplico humildemente vuestra simpatía, comprensión y apoyo espiritual. Ruego que el Señor nos bendiga, a fin de que podamos corresponder espiritualmente a las verdades del evangelio como nunca antes, no sólo durante esta sesión de apertura, sino a través de todas las reuniones de esta centésimo-trigésimo-séptima Conferencia Semianual.

Extiendo a cada uno de vosotros una cálida bienvenida, y quiero que sepáis que estoy agradecido por vuestra presencia en este histórico Tabernáculo, cuyo centésimo aniversario celebramos este mes.

Reconozco con sincera gratitud la lealtad y la fe de los miembros de la Iglesia, y nuevamente expreso mi íntima apreciación por vuestras oraciones en bien mío, las cuales me han sostenido y alentado. Es un verdadero gozo y una gran bendición estar asociado con vosotros en la obra del Señor, y estoy agradecido por el éxito y el crecimiento de la Iglesia en los últimos seis meses. Sin duda estaréis interesados en saber que las sesiones de esta Conferencia están siendo televisadas por primera vez en colores, a través de más de doscientas estaciones en los Estados Unidos y Canadá, y que llegará a un potencial de cuarenta millones de hogares.

“Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
“No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal.
“No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.
“Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo.
“Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.
“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.
“La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno.”

Este texto ha sido tomado de una de las oraciones más gloriosas—quizás la mejor de todas jamás pronunciadas en este mundo—sin exceptuar siquiera el Padre nuestro. Aquélla fue la oración que Cristo dijo momentos antes de entrar en el Jardín de Getsemaní, la noche que fue traicionado. Debe haberle impresionado mucho a Juan para que la recordara tan bien y la registrara palabra por palabra, como lo hizo.

La propia ocasión debe haber sido impresionante para Juan, e indudablemente al arrodillarse todos en aquel cuarto antes de atravesar el hermoso portal hacia Getsemaní, el jardín de los olivos al pie del Monte del mismo nombre, Juan notó particularmente la súplica del Salvador.

No conozco otro capítulo bíblico más importante que éste. Los pasajes que he mencionado contienen dos importantes mensajes, para vosotros y para mí.

Uno de estos mensajes está en las palabras, “Que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti.”

Es el principio de la unidad lo que ha posibilitado el progreso de los Barrios, Estacas, Ramas y Misiones de la Iglesia, y que se cumplan los propósitos por los cuales la Iglesia fue establecida. No podría haberse conseguido esto mediante la disensión y el odio. Han habido, sí, dificultades. Cada miembro de la Iglesia tiene sus propias ideas. Algunas veces, éstas no son las mismas que las del Obispado, ni las mismas que las de la Presidencia de la Estaca, ni las mismas que las de la Presidencia de la Iglesia; pero cada uno ha tenido que reprimir sus propias ideas en bien de todos, y en medio de ese propósito mancomunado hemos podido lograr algo verdaderamente maravilloso.

Al pensar en el futuro de esta Iglesia y en el bienestar de los hombres y mujeres jóvenes, como así también el de las madres y los padres, tengo la impresión de que no hay otro mensaje más importante que dar que el de “ser uno”, y evitar todo lo que pueda ocasionar división entre los miembros.

Yo sé que el adversario no podría tener un arma más fuerte contra cualquier grupo de hombres y mujeres en esta Iglesia, que la de arrojarles la traba de la desunión, la duda y la enemistad.

El profeta José Smith habló de la nube que se cierne sobre la Iglesia cuando no somos unidos, diciendo: “La nube que pendía sobre nosotros ha hecho llover bendiciones sobre nuestra cabeza, y Satanás ha fracasado en su empeño por destruirnos, a mí y a la Iglesia, inculcando celos en el corazón de algunos; y agradezco a mi Padre Celestial por la unión y la armonía que prevalecen hoy en la Iglesia.”

Las experiencias sufridas por los hijos escogidos del Señor en otras ocasiones, nos indican que las causas del fracaso temporario provienen de la desunión y de la falta de deseos para obedecer la voluntad de Dios. El Señor dijo a los judíos de la antigua Jerusalén:

“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!

“He aquí, vuestra casa os es dejada desierta. . .”

Y en nuestra propia dispensación, dijo a los Santos que por causa de la división y la desunión no alcanzaban a ver la redención de Sión:

“He aquí, os digo que si no fuera por las transgresiones de mi pueblo, hablando de la Iglesia y no de individuos, bien podrían haber sido redimidos ya.”

He aquí el desafío—y no podemos fallar en los divinos cometidos que se nos han dado. La unidad de propósito, trabajando todos en armonía dentro de la estructura de la organización eclesiástica que el Señor nos ha revelado, debe ser nuestro objetivo. Sienta cada miembro, maestro y líder la importancia del cargo que ocupa. Todos son importantes para el cumplimiento cabal de la obra de Dios, que es también nuestra obra.

A los santos de Éfeso, el apóstol Pablo extendió este consejo:

“Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos. . .

“Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.”

La unidad de propósito, trabajando todos en armonía, es necesaria para realizar la obra de Dios. En una revelación dada al profeta José Smith cerca de un año después que la Iglesia fue organizada, el Señor nos hace saber, en un amplio sentido, cómo su obra—aún por cumplirse—se restauró para beneficio de la humanidad y para preparar el camino de su segunda venida. Y dijo así:

“Y aun así he enviado mi convenio sempiterno al mundo, a fin de que sea una luz para él, y un estandarte a mi pueblo; y para que lo busquen los gentiles, y para que sea un mensajero delante de mi faz, preparando la vía delante de mí.”

Esto nos indica cuan grandes son las obligaciones de este pueblo en asistir al Señor para que estas cosas acontezcan entre los hombres. Y requiere unidad y dedicación a sus propósitos. Referente a esta necesidad, el Señor nos ha hecho esta advertencia:

“Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá.”

La mejor garantía que tenemos para la unidad y el valor en la Iglesia, se halla en el Sacerdocio, y consiste en honrarlo y respetarlo.

Oh, hermanos míos—Presidentes de Estaca, Obispos de Barrio, y todos los que poseéis el Sacerdocio—Dios os bendiga en vuestro desempeño, en vuestra responsabilidad de dirigir, de bendecir, de consolar a la gente que habéis sido designados a presidir y a visitar. Cuidadles para que vengan al Señor y procuren su inspiración, a fin de que puedan elevarse por sobre la gente vulgar y mala, y vivir en un reino espiritual.

Reconoced a los que presiden sobre vosotros y, cuando sea necesario, procurad su consejo. El propio Salvador reconoció la autoridad en la tierra. Recordaréis la experiencia que Pablo tuvo al aproximarse a Damasco, trayendo en su alforja órdenes de arresto para los que creían en Jesucristo. Una luz resplandeció de pronto sobre él, y oyese una voz que dijo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”

Y Saulo respondió: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?— Y el Señor le dijo: Levántate, y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer.”

Él podría haberle dicho a Saulo en pocas palabras lo que debía hacer. Pero había una rama de la Iglesia en Damasco, presidida por un hombre humilde, llamado Ananías, y Jesús reconocía su autoridad. Conocía la naturaleza de Saulo. Sabía que en el futuro sería difícil para Saulo reconocer la autoridad de la Iglesia, como casos posteriores lo demostraron. Saulo tenía que recibir del propio hombre a quien iba a arrestar las instrucciones concernientes al evangelio de Jesucristo.

Aquí encontramos toda una lección para la Iglesia. Reconozcamos, también nosotros, la autoridad local. El Obispo quizás sea un hombre humilde. Algunos de vosotros podréis pensar que sois superiores a él, y quizás lo seáis; pero a él se ha dado la autoridad directamente de nuestro Padre Celestial. Reconocedla. Procurad su consejo y el consejo de vuestro Presidente de Estaca. Si ninguno puede resolver vuestras dificultades, ellos escribirán a los Autoridades Generales y obtendrán el consejo necesario. El reconocimiento de la autoridad es un principio importante.

La unidad y sus sinónimos—la armonía, la buena voluntad, la paz, la concordia, la comprensión mutua —expresan una condición por la que siempre anhela el corazón humano. Sus rivales son la discordia, la contención, la contienda, la confusión.

Sólo muy pocas cosas, si las hay, pueden ser más críticas para el hogar que la ausencia de unidad y de armonía. Por otro lado, sé que el hogar donde moran la unión, la ayuda mutua y el amor, es un pedacito de cielo en la tierra. Presumo que casi la mayoría de vosotros puede testificar en cuanto a la dulzura de la vida en un hogar donde predominan estas virtudes. Con profundo agradecimiento y humildad conservo en mi memoria el hecho de que ni una sola vez vi en mi hogar cuando muchacho, evidencia alguna de discordia entre mi padre y mi madre, y que la buena voluntad y la mutua comprensión fueron siempre los lazos que unieron a nuestro afortunado grupo de hermanos y hermanas. La unidad, la armonía y la buena voluntad son virtudes que deben ser fomentadas y conservadas en todo hogar.

Una de las primeras condiciones que podrían causar la desunión, es el egoísmo; otra sería la envidia. “El hermano Fulano pasó a mi lado y nada me dijo sobre el asunto”; “Él Obispado escogió a la señorita Mengana como organista, cuando yo toco mucho mejor que ella”; “No iré nunca más a la Escuela Dominical, porque el Obispado designó a cierto individuo como Asesor de los Presbíteros”; “La Escuela Dominical eligió a Zutano como maestro”; “El Superintendente me ha relevado, y me siento ofendido”; “La Presidencia de la Estaca no me ha reconocido jamás, y eso me duele”; “Las Autoridades Generales no siempre ven las cosas de cerca.”

Oh, cien cosas pequeñas como éstas pueden surgir—cosas pequeñas, insignificantes en sí mismas cuando se las compara con las cosas más grandes y reales de la vida. No obstante, sé por experiencia que el adversario puede magnificarlas en tal forma que terminan siendo verdaderas montañas en nuestra vida, y nos sentimos ofendidos, y nuestra espiritualidad se debilita porque admitimos esos sentimientos.

Existe otro elemento más—el buscar faltas—que está asociado con el espíritu de la envidia. Encontramos faltas en el prójimo. Hablamos mal unos de otros. Más cuando este sentimiento se presenta, bien haremos en entonar aquel simple himno titulado, “No Hablemos Mal”:

“No hablemos mal; las palabras bondadosas no dejan resquemores en la gente. Y hacer eco a cada cuento que nos cuenten, no es propio del alma noble y cautelosa.
La semilla da más frutos por lo menos si se siembra con cuidado y con aprecio; asimismo, si muy poco sabemos de lo bueno, mejor será que sólo de lo bueno hablemos.
No hablemos mal, y más bien contemplativos, como somos con nosotros, seamos con los otros.
Y si en notar faltas en alguien somos los primeros, no seamos los primeros en ser informativos.
Porque la vida no es sino un día pasajero; no hay labios que digan cuan pasajeros son.
Por tanto, en este breve lapso que nos queda, hablemos siempre—y solamente’—de lo bueno. . .”
“Hablemos siempre—y solamente—de lo bueno.”

¿No es ésta, acaso, una magnífica lección para nuestro mundo de hoy, en medio de la falsa propaganda que fluye de una nación a otra, vituperando, contaminando, difamando? ¿No es esto terrible, cuando se lo contempla a la luz del evangelio?

Esto me recuerda una hermosa historia que leí hace muchos años. Sucedió mucho antes de que los cañones ingleses se abrieran paso hacia las naciones japonesas. En aquellos días, éstas rendían culto a sus antepasados como lo hacen hoy, pero también rendían culto a los elementos hermosos de la naturaleza; y aún hoy, si tomáis un sendero hacia una de sus colinas, podéis estar seguros de que os conducirá hasta un paraje magnífico, desde donde podréis contemplar las bellezas de la naturaleza.

La historia cuenta que un anciano filósofo acostumbraba a reunirse con la gente y enseñarle lecciones de virtud y honradez, valiéndose de las flores y los arbustos que con tanta exuberancia crecían en el país. Cierta mañana, después de la clase, un trabajador se acercó al anciano filósofo y le dijo:

—Esta noche, cuando regrese usted de su paseo, tráigame por favor una rosa para que pueda yo estudiar sus estambres, sus pétalos, y comprender mejor la lección que nos dio anoche.

El viejo filósofo respondió:

—Esta noche te traeré una rosa.
Un segundo hombre se acercó a él y le dijo:
— ¿Podría traerme una ramita de espino blanco, para que pueda yo continuar mi análisis sobre el tema?
Y el anciano contestó: —Sí, te traeré una ramita de espino blanco.
Y un tercero dijo: — ¿Podría por favor traerme un lirio, para que pueda yo estudiar la lección sobre la pureza?
—Yo te traeré un lirio. . .

Después de las horas de trabajo, los tres hombres fueron a la puerta del filósofo, para esperarle. Y éste dio al primero la rosa, al segundo la ramita de espino blanco, y al tercero el lirio—tal como les había prometido.

De pronto, el hombre de la rosa dijo: —Ah, hay una espina en el tallo de mi rosa!—Y el segundo dijo—Y en mi ramita de espino blanco hay una hoja marchita.

El tercero, alentado por los comentarios de sus compañeros, dijo: —Y hay tierra adherida a la raíz de mi lirio. . .

—Dejadme ver—respondió el filósofo. Y tomó del primero la rosa, del segundo la ramita de espino blanco y del tercero el lirio. De la rosa quitó la espina, y dio la espina al primero. Arrancó luego la hoja seca de la ramita de espino y se la dio al segundo. Y tomó la tierra de las raíces del lirio y depositóla en las manos del tercero.

Conservando la rosa, la ramita de espino blanco y el lirio, el anciano dijo entonces: —Cada uno de vosotros tiene ahora lo que le atrajo primero. Yo había dejado a propósito la espina en la rosa, la hoja seca en la ramita de espino y la tierra en el lirio. Y cada una de estas cosas fue lo que os atrajo primero. Podéis guardarlas, pues, y yo conservaré la rosa, la ramita y el lirio por la belleza que en ellos veo.

No somos pocos los que tenemos como Pablo un aguijón en la carne. Quizás algunos tengamos aún adherida la hoja marchita de una acción pasada. Hasta podría haber un poquito de tierra en nuestro carácter—pero cada uno de nosotros tiene también una rosa, una ramita de espino blanco o un lirio en su vida. Y ésta es una magnífica lección para nosotros: que podamos ver la rosa y ser ciegos a la espina; ver la ramita de espino blanco y ser ciegos a la hoja marchita; ver el lirio y no la tierra en el carácter de nuestros semejantes.

No sé de nada que pueda contribuir mejor a la unidad de un Barrio, una Estaca o la Iglesia, que el que sus miembros vean sólo lo bueno en los hombres, y que hablen bien unos de otros.

Las calamidades siguen amenazando a la gente sobre el horizonte del mundo. La tragedia de la guerra, con el sufrimiento de los inocentes, la armonía de los hogares destrozada por la muerte de un esposo valiente; las semillas de la discordia y la confusión causadas entre los pueblos por tumultos y violencias de toda clase, hacen importante la necesidad de una completa unión entre nuestras propias filas, al ver que estos disturbios en todo el mundo están destrozando los hogares y socavando nuestra misma civilización.

Al preocuparnos en cuanto a la unidad dentro de la Iglesia, no debemos ser insensibles a las fuerzas malignas que nos rodean, tanto en América como en el mundo en general—las influencias cuyo manifiesto objetivo es sembrar discordias y contención entre los hombres, a fin de minar y debilitar, si no destruir totalmente, nuestras formas constitucionales de gobierno.

Si hablo claramente y en forma condenatoria, me refiero a las reprensibles prácticas de ciertas organizaciones; por favor no penséis que abrigo mala voluntad o enemistad en mi corazón hacia otros ciudadanos de éste o cualquier otro país, cuyos puntos de vista en materia política no coincidan con los míos. Pero cuando las acciones y designios son manifiestamente contrarios a la palabra revelada del Señor creemos estar justificados en advertir a la gente contra ellos. Podemos ser caritativos y benevolentes para con el pecador, pero debemos condenar el pecado.

De tiempo en tiempo se han hecho oportunas referencias y advertencias apropiadas en cuanto a los peligros y males de la guerra. Hay otro peligro aún más inminente que la amenaza de una invasión enemiga a cualquier nación amante de la paz. Y éste es el de las actividades antipatrióticas y los encubiertos designios de grupos y organizaciones desleales dentro de cualquier país, causantes de la desintegración—lo cual es muchas veces más peligroso y fatal que la oposición foránea.

Por ejemplo, un individuo puede generalmente protegerse de las lluvias y aun de las tempestades; de los climas helados o el calor intenso; de la sequía o las inundaciones, o de otros excesos naturales; pero con frecuencia es impotente frente a los gérmenes venenosos que se introduzcan en su cuerpo, o cuando un cáncer maligno comienza a debilitar la función de algún órgano vital.

La Iglesia es rara vez, si acaso, afectada por la persecución y las calumnias de enemigos ignorantes, mal informados o maliciosos. Un impedimento mayor para su progreso es creado por los que buscan faltas, los refractarios, los infractores y las minorías apóstatas que existen dentro de nuestros propios grupos eclesiásticos o quórumes.

Y así sucede con cualquier gobierno. Es el enemigo interno la peor amenaza, especialmente cuando amaga con desintegrar las formas establecidas de buen gobierno.

Hoy existen en este país muchos enemigos identificados con el sufijo “ismos”. Yo los considero “Anti-americanismos”, y lo que es verdad en América, también lo es en otros países. Sólo unos pocos de sus líderes luchan abiertamente; la mayoría de sus ejércitos operan como las hormigas, sembrando secretamente la discordia y socavando la estabilidad del gobierno. Varias investigaciones realizadas por un comité del Senado de los Estados Unidos y la F.B.L, ofrecen amplias evidencias en cuanto a la veracidad de esta declaración. Hablando de una de estas amenazas, el doctor William F. Russell, Decano del Colegio Normal de la Universidad de Columbia, que es una de las tantas autoridades que podríamos citar concerniente a las perniciosas actividades de estos grupos, dijo en un discurso que pronunció hace unos treinta años, y que ha demostrado ser de carácter profético:

“Los líderes comunistas han insistido constantemente en que el Comunismo no puede subsistir solamente en un país. Y tal como nosotros hemos luchado para que ‘el mundo sea propicio para la democracia’, ellos están luchando para que el mundo sea propicio para el Comunismo. Y están entablando esta lucha ahora mismo. Cada país debe convertirse en comunista, de acuerdo a la idea de ellos. Por tanto, han enviado a sus misioneros, proveyéndoles fondos substanciales. Y han conseguido conversos. Estos conversos han sido organizados en pequeños grupos llamados ‘células’, que operan separadamente bajo las órdenes de un superior. Esta es una organización casi militar. Atacan donde hay desocupación. Provocan el descontento entre los oprimidos. Publican y distribuyen muchos diarios y panfletos.”

El Dr. Russell continúa diciendo:

“Estas son publicaciones vulgares. En un solo ejemplar descubrí veintiuna declaraciones falsas. Después de uno de mis recientes discursos, distribuyeron unas esquelas atacándome, y que contenían una deliberada falsedad en cada párrafo. . . Su intención es tratar de seducir hacia sus redes a todo generoso y celoso maestro, predicador, consejero social y reformista que conozca la miseria y quiera hacer algo al respecto. Estos comunistas saben lo que están haciendo. Y ellos siguen sus órdenes. En particular, les gustaría controlar nuestros diarios, nuestros colegios y nuestras escuelas. Su campaña es bastante uniforme en todo el mundo. Yo he visto los mismos artículos, casi los mismos panfletos, en Francia, en Inglaterra y en los Estados Unidos.”

Uno de nuestros senadores nos llamó recientemente la atención hacia las condiciones existentes en este país en la actualidad, diciendo:

“Estados Unidos ha sido atormentado durante los tres o cuatro años últimos por una epidemia de actos de desobediencia civil, así llamados. Individuos y agrupaciones han desobedecido voluntaria e intencionalmente las ordenanzas municipales y los estatutos gubernamentales. Las propiedades privadas han estado sujetas a una deliberada violación. Los populachos han invadido las calles, obstaculizando el comercio, creando el desorden público y perturbando la paz. La desobediencia civil ha sido a veces predicada desde algunos pulpitos en todo el país y aun alentada, en ocasiones, mediante imprudentes declaraciones por funcionarios públicos. Los populachos han sido frecuentemente tan numerosos, que la policía ha sido impotente para efectuar arrestos. Estos actos de desobediencia, así llamados, han sido encomiados por importantes personajes políticos como prototipos de la tradición americana. Se ha dicho que el desprecio de las leyes del hombre es parte de la buena doctrina Cristiana, cuando no coinciden con nuestra propia conciencia y que, por supuesto, en consecuencia, también debe despreciarse a los encargados de hacer cumplir las leyes del hombre. Esta es, verdaderamente, una doctrina falsa y extraña. . . Muy pocas personas se han aventurado a expresar una objeción, por temor a ser calificadas de ‘intolerantes’, mientras que los representantes de la ley y el orden han sido caracterizados como villanos y los protestadores ilegales han pasado a ser objetos de conmiseración.”

El Senador de referencia continúa: “Finalmente, quizás el factor más culpable y nocivo que acentúa los desórdenes, el índice creciente de la delincuencia y la falta de respeto a la ley y el orden, es el de una disciplina indulgente, tan evidente en la actualidad entre un número cada vez mayor de jóvenes en nuestra sociedad. El hogar norteamericano no es ya lo que supo ser, y esto se refleja en la disciplina paterna, que tampoco es lo que era. Demasiados son los hijos a quienes no se les enseña a respetar a sus mayores. Una atmósfera general de condescendencia extremaba satura nuestros, hogares, nuestras escuelas y nuestras iglesias. . . Unos pocos pero notablemente elocuentes religiosos abogan hoy por el decrecimiento de la Divinidad. Estos son todos síntomas de una sociedad aquejada de una enfermedad que si se deja avanzar libremente, destruirá la ley, el orden y toda progresista sociedad de hombres libres. En una atmósfera tal de condescendencia, de desobediencia civil y falta de respeto a la ley, las semillas del crimen han echado profundas raíces, y la nación está hoy madurando para la cosecha.”

Y así, presenciamos actualmente los atentados que se hacen por medio de fuerzas insidiosas, con el fin de incitar a la contención y a la confusión en las sociedades organizadas de la humanidad.

Y ahora, mis hermanos y hermanas, quiero hacer eco a la oración del Salvador: “Que sean uno, Padre, así como Tú y yo somos uno. Están en el mundo. . . mas no son del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal.”

Dios nos ayude para que podamos continuar sirviendo a la humanidad; para que podamos sentir en nuestro corazón que tenemos un privilegio al servir a los hijos de Dios; para que nos conservemos unidos como pueblo suyo, y también como país.

Magnifique cada padre el Sacerdocio de Dios en su propio hogar, y con su amada esposa y compañera enseñe a sus hijos en el camino que el Señor nos ha revelado.

Los poseedores del Sacerdocio tienen que velar siempre por la Iglesia, porque el Señor nos ha dado esta instrucción a fin de que nuestra familia pueda andar rectamente delante de nuestro Padre Celestial:

“El deber del maestro es velar siempre por los de la Iglesia, y estar con ellos, y fortalecerlos;
“Y ver que no haya iniquidad en la Iglesia, ni dureza entre uno y otro, ni mentiras, ni calumnias, ni mal decir;
“Y ver que los miembros de la Iglesia se reúnan con frecuencia, y que todos cumplan con sus deberes.”

Os doy mi testimonio de que estamos embarcados en la obra de Dios, en la salvación de los hombres. Que podamos tener la fuerza, mediante la unión dentro de la Iglesia, para seguir adelante en el cumplimiento de sus divinos propósitos, ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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