Los peligros de nuestros días y una advertencia a la juventud

Conferencia General Abril 1966

Los peligros de nuestros días y
una advertencia a la juventud

por el presidente David O. McKay


Mis queridos hermanos los saludo esta mañana con sentimientos vanados y con todo mi corazón quiero darles una bienvenida, a ustedes que están reunidos en el Tabernáculo, y a todos los que están escuchando esta sesión de apertura de la 137a. Conferencia General Anual de la Iglesia.

Reconozco con profunda gratitud las bendiciones del Señor y expreso mi aprecio a los miembros de la Iglesia de todas partes del mundo por sus oraciones por mí, las que me han elevado y sostenido.

Estoy agradecido por vuestra lealtad y devoción y sé que nuestro Padre Celestial está complacido con el servicio desinteresado de los oficiales y maestros de las estacas y barrios y con todo hombre y mujer que esté ayudando a avanzar la causa de la verdad. Vosotros sois verdaderos siervos y compañeros del Señor y quiero extenderos mis bendiciones y mi amor a todos vosotros.

Es un gran privilegio unirme y tomar parte de la inspiración de esta gran Conferencia General de la Iglesia. Lo que aquí se diga será ampliamente difundido y estoy muy complacido de poder anunciar que durante esta conferencia comenzamos a usar las comunicaciones de la era espacial al llevar los mensajes del evangelio.

Por primera vez, la transmisión de la sesión del domingo de mañana de esta conferencia, será enviada por medio de su satélite que está en órbita a 22.000 millas de altura sobre el Océano Pacífico. Esta transmisión histórica será escuchada en Hawái su destino, seis décimas de segundo después que nuestras palabras sean pronunciadas aquí en el Tabernáculo, después de viajar más de 100,000 millas en el espacio. De esta manera, estamos utilizando otro grandioso medio de comunicación como herramienta en la obra de nuestro Padre Celestial.

Se ha estimado que la Conferencia de Abril será vista y oída por la audiencia mayor que jamás haya presenciado una Conferencia General de la Iglesia.

Estamos realmente viviendo en una era grandiosa de la historia, y la obra del Señor adelanta en todo el mundo de manera maravillosa. Podemos reconocer su bondad y sus bendiciones para con su gente.

Sin embargo, cuando leo en la prensa diaria y en las revistas nacionales, acerca de las condiciones existentes en el mundo, me alarmo sobremanera. Me pregunto si estamos tan ensimismados en nuestros propósitos personales y muchas veces egoístas, que nos hemos olvidado de lo que Dios ha hecho por nosotros y lo que ha dicho en cuanto a este país.

¿Hemos acaso olvidado las promesas que nos ha hecho, que nos darán victoria y paz sobre el mal si simplemente aceptamos al Señor y sus palabras?

Es mi parecer que nunca antes las fuerzas del mal han estado batallando en formación tan mortal como lo están haciendo actualmente. Muy pocos dudarán del hecho de que estamos viviendo tiempos críticos y que muchas personas han perdido sus amarras y están siendo “llevados por doquier de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error.” (Efesios 4:14.)

Satanás y sus fuerzas están atacando los altos ideales y las normas sagradas que protegen nuestra espiritualidad, y como uno de los hermanos mencionó recientemente: “Nos está encaminando de manera indirecta, rodeándonos con encantos y tentaciones que ya han destruido las altas normas morales de muchas personas del mundo, y por medio de las cuales, espera infiltrarse en nuestras filas. Al hacer el pecado popular en el mundo, espera hacerlo igualmente popular entre nosotros. En el mundo que nos rodea, las altas normas están cayendo, y las normas bajas están destacándose. Hasta se han hecho esfuerzos para que no haya siquiera normas.” (Editorial, Church News, 14 de enero de 1967.)

Entre los males deslumbrantes de nuestros días, hay dos que parecen ser los más perjudiciales y que deben ser refrenados si queremos preservar nuestros ideales cristianos. Son: primero, una tendencia creciente a deshonrar los votos matrimoniales; y segundo, la declinación moral y la creciente delincuencia juvenil.

Estoy muy contento y profundamente agradecido por el tipo de jóvenes y señoritas que se crían en la Iglesia y reconozco que hay muchos hombres y mujeres jóvenes valiosos en todo el mundo.

Debido a que tanto amo a la juventud y a que tanto deseo que sus vidas sean dirigidas por caminos rectos, hacia el éxito y la felicidad, es que quiero llamar la atención sobre los amenazantes peligros que se divisan en el horizonte. Uno no puede evitar alarmarse al notar en los diarios locales y las revistas nacionales la creciente ola de crímenes. La juventud cae en su remolino, es contaminada irresistiblemente en el mismo, y hasta los niños están siendo corrompidos.

J. Edgar Hoover, director del Bureau Federal de Investigación, ha advertido repetidamente al país, sobre la creciente ola de crímenes, llamando la atención al hecho de que los delincuentes juveniles, son responsables de un 72 por ciento del total de arrestos por crímenes, y que el costo del crimen ha alcanzado a la exorbitante suma de más de veintisiete billones de dólares anuales.

Quiero llamar nuevamente la atención a una declaración del Sr. Hoover en una cena realizada en su honor el 24 de noviembre de 1964, en Chicago, Illinois: “¡Qué comentario más horrible y triste sobre el clima moral de esta gran nación! La fuerza moral de nuestro país ha decrecido de manera alarmante. Debemos volver a las enseñanzas de Dios si deseamos curar esta enfermedad.

“Estas escandalizaste estadísticas, junto con la aparente indiferencia del público hacia ellas, indican la falsa moral que estamos tolerando actualmente. Es un código falso que está basado en la adoración de cosas que son fruto de la creación del hombre. Son imperfectas y débiles como el hombre mismo.

“Sin embargo, a pesar de ser atractivo a los sentidos, este nuevo tipo de clima moral, no puede dar el apoyo ni la fuerza que tan necesarias son para la supervivencia de nuestra nación. Este fracaso en nuestras normas morales sólo puede suministrar un pueblo y una nación impotente.”

Y estas palabras vienen de un hombre que es posiblemente la autoridad máxima en criminología en nuestro país.

Muchos ciudadanos están hondamente preocupados con el aumento del crimen, la cantidad de divorcios y asociaciones ilegítimas, el aumento de las enfermedades venéreas, los escándalos en los altos círculos y otros síntomas de deshonestidad privada y pública.

¿Existe un fracaso moral? ¿Existe razón para alarmarnos? El mundo nos rodea y las estadísticas que leemos al respecto son realmente alarmantes, y son una preocupación necesaria. Creo que todos los norteamericanos leales, están seriamente preocupados en cuanto a la inmoralidad y la indiferencia ante la ley y el orden que están debilitando a esta grandiosa tierra en que vivimos.

La misión de la Iglesia es disminuir y si es posible eliminar estos “males” del mundo. Es evidente que necesitamos una fuerza en común para poder quitar estos males.

Tal unidad de fuerza, tal ideal, es el evangelio de Jesucristo tal como fue restaurado por medio del profeta José Smith. Explica la vida y el propósito del hombre y contiene los elementos vitales, los ideales nobles y la elevación espiritual por las que clama el corazón del hombre.

Pensándolo bien, los hombres y mujeres justos de todas partes, están deseosos de eliminar de sus comunidades los elementos malos que están constantemente desintegrando la sociedad—los problemas del licor y la embriaguez, los hábitos del uso de narcóticos con todas sus malignas consecuencias, la inmoralidad, la pobreza, etc. La Iglesia busca hacer tanto mejor y más brillante el ambiente del hogar como el de la comunidad.

El enemigo está activo. Es astuto y artero y busca toda oportunidad para minar los cimientos de la Iglesia, y trata siempre que le es posible, de debilitar o destruir. A todo ser humano normal, Dios ha dado “la libertad de elección”. Nuestro progreso, tanto moral como espiritual, depende de la manera en que usemos esa libertad.

En la oración más impresionante jamás ofrecida, Jesús oró por sus discípulos en la noche en que se enfrentó a Getsemaní, diciendo a su Padre:

“Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo voy a ti.
“Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
“No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal.” (Juan 17:11, 14, 15.)

Y no oró solamente por sus discípulos, sino que como Él dijo:

“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos.” (Juan 17:20.)

En estas palabras está la implicación clara del divino propósito de que el hombre esté en esta probación mortal. Este propósito está claramente expresado en el Libro de Abraham por el Padre Eterno a las otras inteligencias, de la manera siguiente:

“. . . Haremos una tierra en donde éstos (inteligencias organizadas) puedan morar.

“Y así los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare.” (P. de G. Abraham 3:24-25.)

Por lo tanto nuestro lugar en este mundo ha sido divinamente señalado. No debemos salir de aquí, y Cristo mismo oró de que no fuéramos quitados del mundo.

Pocas son las dudas que pueden surgir en cuanto a que la guerra y la ciencia materialista tienen un efecto amortiguador en la sensibilidad moral de muchos de nuestros jóvenes. Un crítico ha llegado a decir: “El interés en uno mismo llega a ser un motivo, y el placer el único fin de la vida.” Es la obligación de los padres y de la Iglesia, no solamente enseñar sino también demostrar a los jóvenes que vivir una vida de verdad y pureza moral trae gozo y felicidad, mientras que la violación de las leyes morales y sociales resulta en insatisfacción, dolor y, cuando se lleva a extremos, en degradación.

El hombre tiene una naturaleza doble—una, relacionada a la tierra o a la vida animal; la otra, la vida espiritual, semejante a la divina. El cuerpo del hombre no es sino el tabernáculo donde mora el espíritu.

Muchos, yo diría demasiados, tienen la tendencia a considerar que el cuerpo representa al hombre, y como consecuencia dirigen sus esfuerzos a satisfacer los placeres del cuerpo, sus apetitos, deseos, y pasiones. Muy pocos reconocen que el hombre real es un espíritu inmortal, cuya “inteligencia o luz de verdad” fue animada completamente como un individuo, antes de que el cuerpo fuera engendrado, y que esta entidad espiritual con todos sus rasgos distintivos, continuará después que el cuerpo cese de responder a su ambiente terrenal.

El hecho de que el hombre esté satisfecho dentro de lo que nosotros llamamos el mundo animal, satisfecho con lo que el mundo animal le puede dar, cediendo sin esfuerzo alguno al llamado de sus apetitos y pasiones, y resbalándose más y más dentro del campo de la indulgencia, o que por medio de su autodominio se eleve hacia los gozos intelectuales, morales y espirituales, depende solamente de la clase de elección que haga diariamente—mejor aún, en cada hora de su vida.

“El hombre tiene dos creadores” dijo William George Jordán, “Dios y él mismo. El primer Creador le proporciona la materia prima de su vida— las leyes y la conformidad con las que podrá hacer de su vida lo que le plazca. El segundo creador— él mismo—tiene poderes maravillosos que muy raramente presiente. Lo que realmente cuenta, es lo que el hombre puede hacer de sí mismo.”

No debemos cerrar los ojos al hecho de que muchos de nuestros jóvenes responden al llamado de lo físico, porque les parece lo más fácil y natural de hacer. Muchos están buscando vanamente un atajo hacia la felicidad.

Siempre es necesario recordar, que las cosas más valiosas de la vida, son las que requieren un mayor esfuerzo. Cuando un hombre busca algo a cambio de nada y evita esforzarse, no está en la posición necesaria para resistir la tentación.

Son muchos los que prefieren deleitarse en los bajos niveles animales en lugar de luchar por las cosas más altas y mejores de la vida. Las personas que condenan su voluntad al servicio de sus apetitos sufren las consecuencias.

Charles Wagner, en The Simple Life (La vida 166 sencilla) dice refiriéndose a los que han condenado su voluntad al servicio de sus apetitos: “He estado escuchando lo que dice la vida, y el escuchar las verdades que resuenan en cada plaza, he ido registrándolas. ¿Acaso el beber—con toda la ingeniosidad que existe para inventar nuevas bebidas—ha logrado apagar la sed? No, al contrario. Casi podría llamarse el arte de hacer la sed inextinguible. ¿Ha logrado el libertinaje apagar el ansia de los sentidos? No, los envenena, convierte el deseo natural en una obsesión mórbida y lo hace una pasión dominante. Permite que tus necesidades te gobiernen; consiéntelas y las verás multiplicarse como insectos al rayo del sol. Cuanto más les das más te piden. Quien busca la felicidad solamente en la prosperidad material, es un insensato.”

Se ha dicho que un emperador romano ofreció un premio a cualquier persona que inventara un nuevo placer. Nerón incendió Roma por el mero placer de una nueva forma de diversión. Roma cayó debido a la extravagancia, los lujos y la inmoralidad. En la vida, ya sea personal o nacional, hay señales infalibles de la decadencia.

En verdad:

“El que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna.” (Gálatas 6:8.) En su ansia por pasar un buen rato, los jóvenes muchas veces se ven tentados a caer en las cosas que agradan solamente a los instintos más bajos de la humanidad, de las cuales hay cinco que son las más comunes:

  1. Vulgaridad y obscenidad.
  2. Beber, y usar narcóticos, ahora la droga llamada LSD, especialmente entre los jóvenes.
  3. Incontinencia.
  4. Deslealtad.
  5. Irreverencia.

Es correcto, es esencial para la felicidad de nuestros jóvenes, que se reúnan en fiestas sociales, pero es una indicación de baja moral cuando para entretenerse deben recurrir a estímulos físicos y a degradaciones. Tales cosas debilitan y degradan el carácter; desacreditan el nombre familiar; roban a la futura esposa o esposo un tesoro inapreciable, y siembran las semillas que madurarán en amargos frutos, en sospechas matrimoniales, infelicidad y divorcio.

Una joven que sacrifica su decoro por la popularidad social, rebaja su calidad de mujer. Una conducta intachable, fundada sobre la habilidad de decir “no” en presencia de aquellos que fingen y se burlan, ganará el respeto y el amor de hombres y mujeres de opinión valiosa.

El beber, usar narcóticos y asistir a fiestas obscenas, forma un ambiente en el cual los sentimientos morales se hacen débiles y las pasiones desenfrenadas tienen el dominio. Se hace entonces más fácil dar el paso final hacia la desgracia moral.

En la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, hay solamente una norma de moral. Un joven no tiene más derecho que una señorita a vivir una “vida liviana”.

Quien no es casto en su juventud es infiel a la confianza depositada en él por los padres de la señorita, y la joven que no es casta durante su adolescencia no es fiel a su futuro esposo, y elabora así la base para la infelicidad en el hogar, la sospecha y la discordia. No os preocupéis por los maestros que alientan la promiscuidad y la búsqueda de placeres. Recordad siempre la verdad eterna de que la castidad es una virtud que se puede catalogar como uno de los logros más nobles de la vida.

En estos días en que la modestia ha sido dejada de lado y la castidad es considerada una virtud pasada de moda, quiero llamar la atención de los padres especialmente, y de mis compañeros en la enseñanza, tanto en la Iglesia como fuera de ella, de que enseñen a la juventud a guardar sus almas inmaculadas y libres de toda desfiguración de estos pecados degradantes, que los golpearán y perseguirán íntimamente hasta que su conciencia esté marchita y su personalidad se haga sórdida.

Una vida casta, y no libertina, es la fuente de la verdadera masculinidad. La prueba de la verdadera condición de mujer se pasa cuando una mujer es declarada inocente por el tribunal de la castidad. Todas las otras cualidades son coronadas por la virtud más preciosa de la mujer. Es la parte más vital del fundamento de un matrimonio feliz, y es la fuente de fortaleza y perpetuidad de la raza.

La salud, felicidad, paz en la mente y buen carácter, vienen como consecuencia del domino sobre sí mismo. Lo único que coloca al hombre por encima de las bestias es la posesión de dones espirituales. La existencia terrenal del hombre, no es más que una prueba de si concentrará sus esfuerzos, su mente y su alma en las cosas que contribuirán a la comodidad y placer de sus instintos físicos y de sus pasiones, o si hará que las metas y propósitos de su vida estén encaminados a la adquisición de cualidades espirituales.

El deseo y los esfuerzos constantes del Salvador fueron implantar en la mente, pensamientos justos, motivos puros, ideales nobles, sabiendo por seguro que las buenas palabras y acciones, serán la consecuencia inevitable. Enseñó, y la psicología y fisiología moderna lo confirman, que el odio, los celos, y otras pasiones malignas, destruyen el vigor físico y la eficacia del hombre.

Ningún hombre puede desobedecer las palabras del Salvador y no sufrir las consecuencias. Lo que el hombre piensa continuamente es lo que determina sus acciones en momentos de oportunidades o de tensión. La reacción de un hombre ante sus apetitos e impulsos cuando éstos se despiertan, da la medida del carácter de ese hombre. En estas acciones es que se revela el poder del hombre para gobernarse o para ceder a la servilidad.

Mis hermanos, la espiritualidad es la conciencia de la victoria sobre uno mismo, y de la comunión con el Infinito. La espiritualidad nos impele a vencer las dificultades y a adquirir más y más fortaleza. El hecho de sentir que nuestras facultades se desarrollan y que la verdad se expande en nuestra alma, es una de las experiencias más sublimes de la vida.

El ser “honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer bien a todos los hombres” son atributos que contribuyen a la espiritualidad, la adquisición más grande del alma. Es lo divino que hay en el hombre, los dones supremos que lo hacen el rey de todo lo creado, la cualidad suprema que lo eleva por encima de todos los otros animales.

La promesa y admonición dadas al profeta José Smith, son de carácter divino:

“Deja. . . que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente (maravillosa declaración); entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios, y la doctrina del sacerdocio destilará sobre tu alma como rocío del cielo.

“El Espíritu Santo será tu compañero constante; tu cetro será un cetro inmutable de justicia y de verdad; tu dominio, un dominio eterno, y sin ser obligado correrá hacia ti para siempre jamás.” (D. y C. 121:45-46)

Que Dios nos ayude a cumplir con esta admonición, y a seguir los ideales de la Iglesia establecidos por revelación directa en estos días, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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