Por qué necesitamos a Jesucristo

Por qué necesitamos a Jesucristo

Por el élder D. Todd Christofferson
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Liahona Diciembre 2020

De un discurso del devocional “A Message at Christmas” [“Un mensaje en Navidad”] de la Universidad Brigham Young, realizado el 12 de diciembre de 2017.

Disminuyamos el bullicio esta temporada navideña y reflexionemos en la maravilla y majestuosidad del Hijo de Dios.


Agradezco que, además de la Navidad, diciembre nos brinde una oportunidad de considerar la vida y las aportaciones del profeta José Smith, ya que su natalicio es el día 23. Cuesta apreciar plenamente lo que logró siendo un instrumento en las manos del Señor en un entorno de constante oposición, persecución y dificultades. En el futuro, veremos que al profeta José Smith se le honrará como la cabeza digna de esta gran y última dispensación, la dispensación destinada a tener éxito a pesar de que todas las que la precedieron acabaron en apostasía.

No creo que en esta dispensación nadie haya aprendido a temer a Dios y no al hombre mejor que el Profeta (véase Doctrina y Convenios 3:7–8). El Señor le pidió algunas cosas muy difíciles; él las hizo y todos nos beneficiamos.

La traducción y publicación del Libro de Mormón fue todo un hito y el cimiento del éxito de la causa del Señor en esta última dispensación. A través del Libro de Mormón, y de las visiones y revelaciones que recibió, José ha revelado a Jesucristo, para el mundo actual, en Su verdadero carácter como el Hijo Unigénito de Dios y el Redentor del género humano.

De manera especial en esta época recordamos la relación personal del Profeta con el Salvador y el “testimonio, el último de todos, que [dio] de [Cristo]: ¡Que vive!” (Doctrina y Convenios 76:22). El testimonio de José sobre el Cristo viviente me trae a la memoria estas palabras del presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008): “No habría habido Navidad de no haber habido Pascua. El niño Jesús de Belén sería como cualquier otro niño si no fuera por el Cristo redentor de Getsemaní y del Calvario, y por la triunfante realidad de la Resurrección”1.

¿Por qué necesitamos a Jesucristo?

Hace tiempo, una persona que ha sido miembro de la Iglesia por muchos años me preguntó: “¿Por qué necesito a Jesucristo? Guardo los mandamientos; soy buena persona. ¿Por qué necesito un Salvador?”. Debo decir que la incapacidad de ese miembro para comprender esta parte tan fundamental de nuestra doctrina, este elemento primordial del Plan de Salvación, me dejó sin habla.

“Pues, para empezar”, le contesté, “tenemos el problemita de la muerte. Imagino que no quiere que la muerte sea su estado definitivo, y sin Jesucristo no habría resurrección”.

Hablé de otras cosas, como la necesidad que hasta las mejores personas tienen de ser perdonadas y purificadas, algo que solo es posible por medio de la gracia expiatoria del Salvador.

Sin embargo, en otro sentido, la pregunta podría ser: “¿No puede Dios hacer lo que quiera y salvarnos tan solo porque nos ama, sin necesidad de que haya un Salvador?”. Dicho así, bastantes personas se harían actualmente esa pregunta, pues creen en Dios y en una existencia posterrenal, pero suponen que debido a que Él nos ama, no importa demasiado lo que hagamos ni lo que dejemos de hacer; Él simplemente se encarga de todo.

Esta filosofía tiene raíces antiguas. Por ejemplo, Nehor “testificaba al pueblo que todo el género humano se salvaría en el postrer día, y que no tenían por qué temer ni temblar, sino que podían levantar la cabeza y regocijarse; porque el Señor había creado a todos los hombres, y también los había redimido a todos; y al fin todos los hombres tendrían vida eterna” (Alma 1:4).

Reconocemos que la doctrina de Nehor se hace eco del enfoque que sobre la salvación tenía Lucifer, un “hijo de la mañana” y, sin duda, el más trágico de los personajes trágicos que jamás hayan existido (Isaías 14:12; véase también Doctrina y Convenios 76:25–27). Tal y como Dios lo explicó en cierta ocasión, Lucifer “es el mismo que existió desde el principio; y vino ante mí, diciendo: Heme aquí, envíame a mí. Seré tu hijo y redimiré a todo el género humano, de modo que no se perderá ni una sola alma, y de seguro lo haré; dame, pues, tu honra.

“Pero, he aquí, mi Hijo Amado, que fue mi Amado y mi Escogido desde el principio, me dijo: Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre” (Moisés 4:1–2).

No era simplemente un caso en el que Jesús apoyaba el plan del Padre y Lucifer proponía una leve modificación. La propuesta de este habría destruido el plan al eliminar la posibilidad de actuar con independencia. El plan de Lucifer se basaba en la coerción, haciendo que todos los hijos y las hijas de Dios —todos nosotros— fuésemos, en esencia, sus marionetas. El Padre lo resumió así:

“Pues, por motivo de que Satanás se rebeló contra mí, y pretendió destruir el albedrío del hombre que yo, Dios el Señor, le había dado, y que también le diera mi propio poder, hice que fuese echado abajo por el poder de mi Unigénito;

“y llegó a ser Satanás, sí, el diablo, el padre de todas las mentiras, para engañar y cegar a los hombres y llevarlos cautivos según la voluntad de él, sí, a cuantos no quieran escuchar mi voz” (Moisés 4:3–4; cursiva agregada).

En cambio, hacerlo a la manera del Padre nos brinda una experiencia terrenal esencial. Por “experiencia terrenal” me refiero a escoger nuestro curso, a “[probar] lo amargo para saber apreciar lo bueno” (Moisés 6:55); a aprender, arrepentirnos y crecer; a convertirnos en seres capaces de actuar por nosotros mismos en vez de que “se actúe sobre” nosotros (2 Nefi 2:13); y, en definitiva, a vencer el mal y demostrar nuestro deseo y capacidad de vivir una ley celestial.

Eso requiere que tengamos un conocimiento del bien y del mal, junto con la capacidad y la oportunidad de escoger entre ambos, lo cual también precisa que seamos responsables de las decisiones que tomemos; de no ser así, no serían verdaderas decisiones. A su vez, la capacidad de elegir requiere una ley o resultados predecibles. Debemos ser capaces de provocar un resultado concreto mediante una acción o elección concreta; y la elección opuesta debe originar el resultado opuesto. Si las acciones no tienen consecuencias fijas, entonces no tenemos control sobre los resultados y no tiene sentido escoger.

La ley y la justicia

Valiéndose de la justicia como sinónimo de la ley, Alma afirma: “Pero la obra de la justicia [es decir, el funcionamiento de la ley] no [puede] ser destruida; de ser así, Dios dejaría de ser Dios” (Alma 42:13). Es Su perfecto entendimiento y uso de la ley, es decir, Su justicia, lo que da a Dios Su poder. Necesitamos la justicia de Dios, un sistema de leyes fijas e inmutables que Él mismo cumple y utiliza para que podamos tener albedrío y ejercerlo2. Esta justicia es el cimiento de nuestra libertad para actuar y la única senda que conduce a la felicidad definitiva.

El Señor nos dice: “… lo que la ley gobierna, también preserva, y por ella es perfeccionado y santificado” (Doctrina y Convenios 88:34). Pero debemos admitir que ninguno de nosotros se gobierna por la ley en todo momento; y en realidad no podemos acudir a la ley, o a la justicia, para protegernos y perfeccionarnos cuando la hemos quebrantado (véase 2 Nefi 2:5). Así pues, siendo justo y a la vez movido por el amor, nuestro Padre Celestial creó la misericordia; y lo hizo al ofrecer a Su Hijo Unigénito como propiciación por nuestro pecado, un Ser que podría, con Su expiación, satisfacer la justicia por nosotros, poniéndonos a bien con la ley a fin de que, una vez más, nos apoye y proteja, en vez de condenarnos. Alma lo explica así:

“Ahora bien, no se podría realizar el plan de la misericordia salvo que se efectuase una expiación; por tanto, Dios mismo expía los pecados del mundo, para realizar el plan de la misericordia, para apaciguar las demandas de la justicia, para que Dios sea un Dios perfecto, justo y misericordioso también […].

“Mas se ha dado una ley, y se ha fijado un castigo, y se ha concedido un arrepentimiento, el cual la misericordia reclama; de otro modo, la justicia reclama al ser humano y ejecuta la ley, y la ley impone el castigo; pues de no ser así, las obras de la justicia serían destruidas, y Dios dejaría de ser Dios.

“Mas Dios no cesa de ser Dios, y la misericordia reclama al que se arrepiente; y la misericordia viene a causa de la expiación” (Alma 42:15, 22–23).

Los que se arrepienten, claro está, son aquellos que asumen la responsabilidad y aceptan Su misericordia para arrepentirse3. O, en otras palabras, arrepentirnos es lo que hacemos a fin de reclamar el benévolo don del perdón que nos brinda un Padre Celestial justo, porque Su Amado Hijo expió nuestros pecados..

La expiación de Jesucristo

Gracias a la expiación de Jesucristo, podemos recuperarnos de las malas decisiones. Gracias a la expiación de Jesucristo, el efecto que tienen sobre nosotros los pecados y errores de los demás, así como cualquier otra injusticia, se rectifica. Necesitamos un Salvador para ser sanos y para ser santos. Por consiguiente, la respuesta a nuestra pregunta es: “No, Dios no puede actuar como le plazca para salvar a una persona. Él no puede ser arbitrario y justo a la vez. Y si no es justo, no es Dios”. Por tanto, la salvación y la exaltación deben lograrse de manera tal que defienda la ley inmutable —la justicia— y esté de conformidad con ella. Gracias a Dios, Él ha defendido la justicia al proveernos un Salvador.

Tengamos en cuenta que en el gran concilio preterrenal, Lucifer no se estaba ofreciendo para ser nuestro Salvador; él no tenía ningún interés en padecer, morir o derramar sangre alguna por nosotros. No procuraba erigirse en símbolo de la justicia, sino ser él mismo la ley4. En mi opinión, cuando le dijo al Padre: “… dame, pues, tu honra” (Moisés 4:1), Lucifer estaba diciendo: “Dame el derecho a gobernar”, con la intención de ejercer ese poder de manera caprichosa. La ley sería lo que él dijera que fuese en cualquier momento. De ese modo, nadie sería una entidad independiente. Lucifer sería supremo, y nadie más podría avanzar.

En cambio, Jesús entendía que para que sus hermanos y hermanas pudieran progresar serían necesarias tanto la justicia inalterable como la misericordia. Junto con el Padre, Él no procuraba coaccionarnos ni dominarnos, sino liberarnos y elevarnos para que pudiéramos “[estar] sobre todo” y “ten[er] todo poder” con el Padre (Doctrina y Convenios 132:20).

Cómo deberíamos regocijarnos porque el Hijo Primogénito en el espíritu estuvo dispuesto a llegar a ser el Hijo Unigénito en la carne, para sufrir incomprensiblemente y morir de manera ignominiosa para redimirnos. Él unifica la justicia y la misericordia a la perfección. Él nos salva de —no en, sino de— nuestros pecados (véase Helamán 5:10–11; véase también Mateo 1:21).

También nos redime de la Caída, de la muerte espiritual y de la física; Él abre la puerta de la inmortalidad y la vida eterna. Resulta imposible calcular la magnitud de Su amor. “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores […],

“… herido fue por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por sus heridas fuimos nosotros sanados” (Isaías 53:4–5).

Gloria a Dios

Al acercarse la Navidad, me doy cuenta de que a algunos tal vez les inquiete el futuro o les genere ansiedad. Tal vez haya mucho “ruido” en sus vidas, una interacción en línea más o menos constante sin tiempo para descansar, sin tiempo para detenerse, reflexionar y pensar, sin tiempo para mirar en su interior y discernir dónde se encuentran y hacia adónde deberían estar dirigiéndose. Puede que influyan en ustedes las expectativas poco realistas, tales como “la perfección debería ser inmediata” o “lo normal en la vida tendría que ser el éxito y una felicidad ininterrumpida”.

Espero que hagan a un lado estos equívocos, que reduzcan el “ruido” y dediquen un tiempo esta temporada navideña —al menos una hora, si no más— a reflexionar sobre “la maravilla y majestuosidad [del]… Hijo de Dios”5. Dejen que sea una hora de tranquilidad y renovación para ustedes.

En una Navidad previa escribí este mensaje:

“Cuando hablamos del nacimiento de Jesucristo, reflexionamos adecuadamente en lo que le seguiría. Su nacimiento fue infinitamente importante por las cosas que iba a vivir y padecer para que pudiera socorrernos mejor, todo ello culminando en Su crucifixión y Su resurrección (véase Alma 7:11–12) […].

“Sin embargo, [también]… considero apropiado en esta época del año pensar solamente en ese bebé en el pesebre. No se agobien ni se ocupen demasiado con lo que ha de venir […]. Dediquen un momento de paz y tranquilidad a meditar sobre el comienzo de Su vida, que es la culminación de la profecía celestial pero también el inicio de Su permanencia en la tierra.

“Dediquen tiempo a relajarse, a estar en paz, y visualicen a ese niño pequeño en la mente. No se preocupen demasiado por lo que [podría] pasar en la vida de Él ni en la de ustedes; en vez de ello, dediquen un momento apacible a reflexionar en lo que tal vez sea el momento más sereno de la historia del mundo: cuando todo el cielo se regocijó con el mensaje ‘¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!’ (Lucas 2:14)”6.


  1. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Gordon B. Hinckley, 2016, pág. 348.
  2. “Y a cada reino se le ha dado una ley; y para cada ley también hay ciertos límites y condiciones. Todos los seres que no se sujetan a esas condiciones no son justificados” (Doctrina y Convenios 88:38–39). Dios se sujeta a la ley del reino más alto, y la cumple. Por tanto, “Él comprende todas las cosas, y todas las cosas están delante de él, y todas las cosas están alrededor de él; y él está sobre todas las cosas, y en todas las cosas, y por en medio de todas las cosas, y circunda todas las cosas; y todas las cosas son por él, y de él, sí, Dios, para siempre jamás” (Doctrina y Convenios 88:41).
  3. “Sí, y cuantas veces mi pueblo se arrepienta, le perdonaré sus transgresiones contra mí” (Mosíah 26:30).
  4. Quienes siguen a Satanás persiguen ese mismo objetivo pero, como dice el Señor: “Aquello que traspasa una ley, y no se rige por la ley, antes procura ser una ley a sí mismo, y dispone permanecer en el pecado, y del todo permanece en el pecado, no puede ser santificado por la ley, ni por la misericordia, ni por la justicia ni por el juicio. Por tanto, tendrá que permanecer sucio aún” (Doctrina y Convenios 88:35).
  5. Enseñanzas: Gordon B. Hinckley, pág. 348.
  6. Véase D. Todd Christofferson, “Tengan paz”, Liahona, diciembre de 2015, pág. 36.
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