La amarga copa y el bautismo de Sangre

La amarga copa
y el bautismo de Sangre

por Jeffrey R. Holland
presidente de la Universidad Brigham Young
Devocional en la Universidad Brigham Young el 13 de enero de 1987.

Dios desea que seamos más fuertes de lo que somos, más firmes en nuestro propósito, más seguros de nuestros compromisos, y que con el tiempo no tengamos necesidad de que nos alce en Sus brazos, sino que mostremos más disposición a arrimar el hombro a la carga de Su pesada responsabilidad. En resumen, quiere que seamos más como Él.


En las semanas finales de 1944, un día a las seis de la mañana, me envolvieron en mantas y me llevaron hasta el café Big Hand, en la intersección de la calle Main con la Autovía 91, en St. George, Utah, lugar donde la línea de autobuses Greyhound tiene su parada en nuestra pequeña ciudad. Aquella mañana mi tío Herb, de 17 años, salía para San Diego, California, donde quiera que eso estuviese. Aparentemente, en 1944 había una guerra en algún lugar, y mi tío consideraba que era lo bastante mayor como para ir y cumplir con su parte. Se había enrolado en la Marina de los Estados Unidos y nosotros estábamos allí para despedirnos de él.

En realidad, yo tenía un papel bastante formal en el programa de la parada del autobús. Había practicado y se suponía que ahora tenía que cantar un solo con mi voz de cuatro años, una pequeña canción que festejaba a los marinos, y cuya letra comenzaba diciendo: “Chaqueta azul marino / pantalones de campana / ella quiere a su soldado / y él quiere a su amada”.

Sin embargo, como acontecería con otras asignaciones posteriores en mi vida, tenía miedo a cantar en público, por lo que guardé un silencio sepulcral, me negué a cantar tan siquiera una nota.

Pero mi silencio pareció surtir buen efecto de todos modos, por qué mi madre, mi abuela y mis tías estaban llorando, y a nadie le importaba mucho si yo cantaba o no. Les pregunté por qué estaban llorando y me dijeron que era porque el tío Herb se iba a la guerra. Les pregunté: “¿Cuánto tiempo estará fuera?”, sin saber que algunos muchachos no iban a volver. Mi abuela me dijo en medio de un mar de lágrimas: “Estará fuera todo el tiempo que haga falta, todo el tiempo que dure la guerra”.

Bueno, yo no tenía ni idea de lo que eso quería decir. “¿Todo el tiempo que haga falta lo qué?”, ¡por todos los santos! Y, ¿cuánto tiempo dura una guerra? Me sentía totalmente confuso y muy contento por no tener que cantar la canción, lo cual no habría hecho sino contribuir a la confusión ya existente, y el café Big Hand no podría soportar tanta confusión.

Posteriormente, a lo largo de mi vida, he pensado mucho en las palabras de mi abuela, más de lo que pensé en ellas durante mi juventud. Cuanto más vivo, más me doy cuenta de que algunas cosas de la vida son muy ciertas, permanentes e importantes. Son asuntos a los que podríamos etiquetar de manera colectiva como cosas eternas. Sin tener que hacer todo un catálogo de estas posesiones buenas y estables, basta con decir que todas ellas están incluidas, de un modo u otro, en el Evangelio de Jesucristo. Tal y como Mormón le dijo a su hijo: “En Cristo habría de venir todo lo bueno” (Moroni 7:22). A medida que pasan los días y a modo de madurez personal y para crecer en el Evangelio, debemos dedicar más de nuestro tiempo y energía a las cosas buenas, a las mejores, a aquéllas que permanecen, bendicen y prevalecen.

Creo que ése es el motivo por el cual la familia y los verdaderos amigos, junto con el conocimiento y los pequeños actos de bondad y preocupación por las circunstancias de los demás, se convierten en algo más importante con el paso de los años. Pedro señala un buen número de estas virtudes llamándolas “la naturaleza divina”, y nos promete “Su divino poder” al tenerlas y compartirlas (véase 2 Pedro 1:3—8). Estos principios y cualidades del Evangelio, según las entiendo, son las adquisiciones más importantes y permanentes de la vida. Pero tenemos una guerra en marcha al respecto de tales posesiones y habrá uno o dos cañonazos en nuestra vida que nos impulsarán —de hecho lo requerirán— a un cuidadoso examen de aquello en lo que decimos creer, de aquello que consideramos preciado y de aquello que confiamos sea de valor permanente.

Cuando vengan los momentos difíciles o cuando la tentación parezca estar rondándonos, ¿estaremos —¿estamos ahora?— preparados para defender nuestro terreno y expulsar al intruso? ¿Estamos equipados para el combate, para permanecer fieles el tiempo que haga falta, para seguir siendo leales mientras dure la guerra? ¿Podemos aferramos a los principios y a las personas que verdaderamente nos importan de manera eterna?

Creo que para poder determinar la calidad de nuestra fe, la resolución de nuestro propósito, debemos entender más claramente el compromiso que hicimos cuando fuimos bautizados no sólo en la iglesia de Cristo, sino en Su vida, muerte y resurrección, en todo lo que Él es e implica en el tiempo y en la eternidad. Nos hemos hecho promesas a nosotros mismos y a nuestro Dios. Aquéllos que han sido investidos en el santo templo han tomado sobre sí los convenios más elevados y las ordenanzas más sagradas disponibles en la mortalidad.

Somos un pueblo que ya está participando en el más serio y eterno de todos los asuntos. La guerra continúa y nosotros nos hemos alistado de manera visible. Y ciertamente, ésta es una guerra en la que merece la pena luchar; mas somos tontos, mortalmente tontos, si creemos que esta contienda va a ser algo casual o conveniente; somos tontos si pensamos que no va a requerir nada de nosotros. De hecho, como la figura central y el gran comandante que es en esta batalla, Cristo nos ha advertido concerniente a tratar de manera trivial el nuevo testamento de Su cuerpo y Su sangre. Se ha hecho hincapié en que no robemos ni profanemos, que no mintamos ni forniquemos, que no nos saciemos en cada indulgencia o violación que nos venga a la mente, para luego suponer que todavía somos “unos soldados magníficos”. No, no en este ejército ni en la defensa del reino de Dios.

Se espera más que eso, se necesita mucho más. De manera muy real, la eternidad pende de un hilo. Verdaderamente creo que no puede haber cristianos pasajeros, pues si no estamos alertas y si no somos diligentes, nos convertiremos en una “baja” cristiana en el fragor de la batalla. Cada uno de nosotros conoce a algunos de éstos. Puede que hasta nosotros mismos hayamos resultado heridos en alguna ocasión. No fuimos lo bastante fuertes, no nos habíamos interesado lo suficiente, no nos detuvimos a pensar y la guerra era más peligrosa de lo que habíamos supuesto. La tentación para transgredir, para transigir, está a nuestro alrededor, y demasiados de nosotros, aún como miembros de la Iglesia, hemos caído víctimas de ella. Hemos participado “indignamente de [la] carne y de [la] sangre” de Cristo, y hemos comido y bebido condenación para nuestra alma (3 Nefi 18:28—29).

Puede que algunos de nosotros estemos todavía tomando esa transgresión a la ligera, pero por lo menos el Maestro entiende el significado del bando que decimos haber adoptado. Dicho entendimiento fue revelado de manera provechosa en Sus enseñanzas a los discípulos.

A la conclusión de Su ministerio en Perea, Jesús y los Doce regresaron a Jerusalén para esa última semana, predicha de manera profética, la cual conduciría a Su arresto, juicio y crucifixión. En esa sobria y anunciada secuencia de acontecimientos, la madre de dos de Sus discípulos principales, Santiago y Juan, se acercó al Salvador, quien era el único que sabía lo que le aguardaba y lo difíciles que serían los compromisos de Sus últimas horas, y de manera bastante directa le pidió un favor al Hijo de Dios: “Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda” (Mateo 20:21).

Esta buena madre, y puede que también la mayoría del pequeño grupo que había seguido fielmente a Jesús, estaba claramente preocupada por el sueño y por la expectativa del tiempo en el que Su Mesías reinase y gobernase con esplendor, cuando, como dice la escritura, “el reino de Dios se manifestaría inmediatamente” (Lucas 19:11).

La pregunta realizada por esta madre era fruto más bien de la ignorancia que de la falta de propiedad, y Cristo no dijo ni una palabra de reproche; antes bien, le contestó de manera educada, como uno que siempre consideró la consecuencia de cualquier cometido.

“No sabéis lo que pedís”, dijo de manera apacible “¿Podéis beber del vaso que yo he de beber?”. Esta pregunta no tomó a Santiago ni a Juan por sorpresa, quienes de manera impulsiva y firme contestaron: “Podemos”. Y la respuesta de Jesús fue: “A la verdad, de mi vaso beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados” (Mateo 20:22—23).

Sin referencia alguna a la gloria ni al privilegio especial que tanto Santiago como Juan parecían estar buscando, este favor que el Señor les iba a conceder puede parecemos extraño. No se estaba burlando de ellos cuando les ofreció la copa de Su sufrimiento en vez de un trono en Su reino. No, jamás había hablado más en serio. La copa y el trono estaban inseparablemente unidos y no podían ser dados el uno sin el otro.

Estoy seguro de que, siendo no sólo menos dignos que Cristo sino también menos dignos que apóstoles como Santiago y Juan, como Santos de los Últimos Días dejaríamos tales preocupaciones a un lado si tan sólo ellas nos dejasen en paz a nosotros. Normalmente no tenemos tendencia a buscar la copa amarga ni el bautismo de fuego, pero a veces son ellos los que nos buscan a nosotros. El asunto en concreto es que Dios alista a hombres y a mujeres en la guerra espiritual de este mundo, y si cualquiera de nosotros llega a tener una fe religiosa y una convicción genuinas como consecuencia de ello —como les ha ocurrido a muchos otros soldados que también se han enrolado— sin duda alguna se tratará de una fe y de una convicción que ciertamente no disfrutamos ni esperábamos con las primeras explosiones de la contienda (véase A. B. Bruce, The training of the Twelve [Nueva York: Richard R. Smith, 1930]).

Pongámonos en lugar de Santiago y de Juan, pongámonos en lugar de Santos de los Últimos Días aparentemente dedicados, creyentes y fieles, y preguntémonos: “Si somos de Cristo y Él es nuestro, ¿estamos dispuestos a permanecer firmes para siempre? ¿Estamos en esta Iglesia para siempre jamás, por todo el tiempo, hasta que todo haya terminado? ¿Aguantaremos la copa amarga, el bautismo de sangre y todo lo demás?”. No estoy simplemente preguntando si algunos de nosotros vamos a soportar el paso de los años como jóvenes adultos, o a servir por un trimestre como maestro de Doctrina del Evangelio. Estoy haciendo preguntas más profundas y de un tipo más fundamental. Estoy preguntando acerca de la pureza de nuestros corazones. ¿Cuán preciados son nuestros convenios? Quizás al comienzo de nuestra vida en la Iglesia, debido a la insistencia de nuestros padres o a causa de una casualidad geográfica, ¿hemos pensado que en el fondo la vida consiste en ser tentados, probados y purificados por fuego? ¿Nos hemos preocupado lo suficiente por nuestras convicciones y las reforzamos con regularidad de manera tal que nos ayuden a hacer lo correcto en el momento y la época apropiados, especialmente cuando es tan poco popular y beneficioso o casi impensable el hacerlo?

De hecho, puede que un día seamos relevados del atractivo llamamiento de maestro de Doctrina del Evangelio para ser llamados al mucho más vacante puesto de creyente y cumplidor. ¡Eso probará nuestra fortaleza! Seguro que las frecuentemente repetidas expresiones de testimonio y de lo privilegiados que somos en estos últimos días, no llegan a tanto hasta que recibimos una invitación abierta para probarlas en el fragor de la batalla y probarnos fieles ante semejante combate espiritual. Puede que en las reuniones dominicales hablemos con demasiada elocuencia acerca de tener la verdad o hasta de conocer la verdad, pero sólo el que se enfrenta al error y lo conquista, a pesar de lo doloroso o lento que ello resulte, puede hablar con propiedad de amar la verdad. Creo que la intención de Cristo para con nosotros es que un día lleguemos a amarle de manera verdadera y honrada, a Él, el camino, la verdad y la vida.

Desgraciadamente, la tentación a comprometer las normas o a ser menos valientes ante Dios suele proceder con frecuencia de otro miembro de la Iglesia. El élder William Grant Bangerter escribió hace unos años sobre su experiencia en el ejército poco después de regresar de la misión. “Me doy cuenta”, concluía, “de que a través de esos años me consideraba diferente… [Pero] nunca consideré necesario trastocar mis valores, quitarme los garments ni pedir disculpas por ser un Santo de los Últimos Días”. Entonces procedió a realizar la siguiente observación enérgica: “Puedo decir honestamente que ninguna persona no miembro de la Iglesia ha intentado jamás inducirme a rechazar los valores que he cultivado en ella. Las únicas personas que recuerdo que intentaron forzarme a abandonar mis principios o que se han burlado de mí a causa de mis normas, han sido miembros no practicantes de [mi propia] iglesia” (“Don’t Mind Being Square”, New Era, julio de 1982, pág. 6).

Debido a que nos ha sido dado mucho, debemos estar preparados para permanecer cerca de los principios y actuar con convicción, aún cuando parezca que estamos solos. Recuerden estas líneas pertenecientes a la obra Paradise Lost, de John Milton:

Tan sólo yo
Considero erróneo en este mundo disentir
De todo; mi secta veis, y ahora demasiado tarde aprendo
Cuán pocos, a veces, parecen saber, cuando hay miles que se equivocan.
-Libro VI, líneas 145-148

Trabajamos y vivimos en un mundo donde mucha gente se equivoca, muchos más que miles. Pero a pesar de lo difícil y solitario que pueda parecer, no debemos ser contados entre aquéllos que yerran; debemos vivir de acuerdo con los principios más elevados y permanecer firmes en nuestra fe. Es indudable que seremos tentados, pero debemos ser fuertes. La copa y el trono están inseparablemente unidos.

Quizás hemos dedicado demasiado tiempo a considerar las transgresiones bastante obvias a las que se enfrentan los Santos de los Últimos Días, las tentaciones que Satanás parece no ocultar nunca de manera sutil. Pero, ¿qué hay de ese vivir el Evangelio que no es tan claro y que todavía puede pertenecer a un orden mayor? Cambiemos ligeramente tanto el tono como las tentaciones, y citemos otros ejemplos de nuestro desafío cristiano.

La noche del 24 de marzo de 1832, una docena de hombres irrumpió en la casa situada en Hiram, Ohio, donde residían José y Emma Smith. Ambos estaban física y emocionalmente agotados no sólo a causa de las tareas que la joven iglesia les imponía en aquel momento, sino porque aquella tarde en concreto ambos habían estado cuidando de los gemelos que habían adoptado, los cuales habían nacido once meses atrás, el mismo día en que Emma había dado a luz y posteriormente perdido a sus propios gemelos. Emma se había ido primero a la cama mientras José se quedaba con los niños; ella despertó luego para tomar su turno y animó a su esposo a dormir un poco. No bien había comenzado a dormitar, cuando José oyó que su esposa daba un grito de terror y se encontró a sí mismo siendo arrastrado fuera de la casa, casi hasta el punto de serle arrancadas las extremidades.

Mientras iban maldiciendo, los vándalos que habían tomado a José juraban que lo matarían si se resistía. Un hombre lo agarró del cuello hasta que el profeta perdió el conocimiento a causa de la falta de aire. Volvió en sí justo para escuchar parte de las palabras de la muchedumbre en cuanto a si debían matarlo, pero decidieron que por el momento bastaría con desnudarlo, golpearlo, embrearlo y emplumarlo, para dejarlo abandonado y que se las arreglase por sí mismo en la fría noche invernal.

Despojado de sus ropas, defendiéndose de los puños y de la brea por todas partes, y resistiéndose a tomar una ampolla de un líquido, quizás veneno, la cual rompió con sus dientes mientras intentaban introducírsela en la boca, José Smith se las arregló milagrosamente para librarse del gentío y regresar a la casa. Bajo la penumbra, su esposa pensó que las manchas de brea que cubrían el cuerpo del profeta eran de sangre, y se desmayó en ese mismo instante. Varios amigos pasaron toda la noche tratando de quitarle la brea, así como aplicando linimento a su maltratado y rasguñado cuerpo. Ahora cito directamente del registro del profeta José:

“Por la mañana ya estaba listo para vestirme de nuevo. Era la mañana del día de reposo y la gente se reunió a la hora habitual para adorar, y entre ellos vino también el populacho [de la noche anterior, a cuyos integrantes pasa a nombrar]. Con mi carne lacerada y con cicatrices, prediqué a la congregación como lo hacía siempre, y esa misma tarde bauticé a tres personas” (History of the Church 1:264).

Desgraciadamente, uno de los gemelos adoptados empeoró a causa del frío y del revuelo de la noche, y falleció al viernes siguiente. ¿”Con mi carne lacerada y con cicatrices, prediqué a la congregación como hacía siempre”? ¿Predicó a esa odiosa banda de cobardes quienes el próximo viernes serían literalmente los asesinos de su hijo? ¿Estuvo ahí de pie, con dolor por el cabello que le fue arrancado de la cabeza, y que luego fue embreado hasta formar una maraña al lado de sus pies, uno de los cuales casi le arrancaron de cuajo mientras le arrastraban fuera de su casa? ¿Predicó el Evangelio a ese maldito puñado de réprobos llorones? ¡Seguro que éste no es el momento de permanecer fiel a los principios! Ahora es de día y ya no son ellos doce contra uno. Pongamos fin a este servicio religioso en este mismo momento y salgamos afuera para terminar el asunto de anoche.

Después de todo, fue una noche bastante larga para José y para Emma; quizás ésta debiera ser, por consiguiente, una mañana breve para estos doce asquerosos que han venido a burlarse con su presencia en la iglesia.

Pero estos sentimientos que tengo en este momento, al leer sobre esta experiencia que ocurrió hace 150 años, sentimientos que sé que habrían hecho hervir mi sangre irlandesa aquella mañana, marcan solamente una de las diferencias entre el profeta José Smith y yo. Un discípulo de Cristo, y yo sé que José lo era y lo es, tiene que ser siempre un discípulo; el juez no dispone de ningún tiempo libre para portarse mal. Un cristiano siempre permanece firme a los principios, aun cuando yo siga pensando en estar allí sosteniendo una horca y gritando ojo por ojo y diente por diente, olvidando, como ha olvidado una dispensación tras otra, que con ello no se consigue nada sino dejarnos a todos ciegos y sin dientes.

No, la gente buena y fuerte va más allá y encuentra una manera mejor. Al igual que Cristo, ellos saben que cuanto más difícil se ponen las cosas, tanto más debe uno dar de sí mismo. Siempre he temido que yo no hubiera sido capaz de decir en la cruz del Calvario: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. No podría haberlo hecho después de haber sido escupido y maldecido, después de las espinas y de los clavos, no habría podido hacerlo si ellos no entendieran ni les importase saber que este horrible precio en dolor personal Alguien lo paga por ellos. Pero ése es justo el momento en que la más acérrima de las integridades y lealtades a un fin elevado debe tomar el control. Ésa es la ocasión en la que más importa y en la que todo lo demás pende de un hilo, como seguro que sucedió aquel día. Nunca nos encontraremos en esa cruz, pero con frecuencia sí nos hallaremos al pie de ella. La manera en que actuemos en ese momento dirá mucho de lo que pensemos del carácter de Cristo y de Su llamado para que seamos discípulos Suyos.

Nuestras dificultades serán mucho menos dramáticas que ser embreados y emplumados; y de seguro que no implicarán una crucifixión. Puede que ni siquiera se trate de algo personal, quizás sea un asunto que involucre a otra persona, una injusticia hecha a un vecino, a alguien menos popular o privilegiado.

A la hora de catalogar las pequeñas batallas de la vida, éste puede ser el tipo de guerra que nos resulte menos atractivo: Una copa amarga que no queremos beber, especialmente porque parece haber poco beneficio en ello. Después de todo, se trata del problema de otra persona; y, al igual que Hamlet, también nosotros podremos lamentamos de que “¡El mundo está fuera de quicio!… / ¡Oh suerte maldita!… / ¡Que [hayas] nacido para ponerlo en orden!” (Hamlet, acto I, escena v). Pero debemos ponerlo en orden porque “en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40). En los momentos de una defensa semejante a la de Doniphan, el militar que libró al profeta José Smith de ser ejecutado en Misuri, permanecer fiel puede resultar arriesgado y hasta peligroso.

Martin Luther King dijo una vez: “La capacidad definitiva de un hombre no se mide por dónde se encuentra en los momentos de comodidad y conveniencia, sino dónde está en aquéllos de dificultad y controversia. El prójimo de verdad arriesgará su posición, su prestigio y hasta su vida por el bienestar de los demás, y en los valles peligrosos, en los caminos arriesgados, conducirá a un hermano maltratado y golpeado a una vida más elevada y noble” (Martin Luther King, hijo, Strength to Love [Nueva York: Harper and Row, 1963]).

Pero, ¿qué pasa si en esta guerra ni nosotros ni un vecino está en peligro, sino que alguien a quien amamos enormemente resulta herido, difamado o puede que hasta asesinado? ¿Cómo podríamos prepararnos para ese día lejano en que nuestro propio hijo o nuestro propio cónyuge se encuentre en peligro mortal?  Un hombre maravillosamente talentoso, un converso al cristianismo, contempló pacíficamente cómo su esposa moría de cáncer. Al observar cómo ella se iba alejando, con todo lo que significaba para él y todo lo que ella le había dado, su nueva fe sobre la que tanto había escrito y con la que había fortalecido a tantos otros, ahora comenzaba a flaquear. En esos momentos de tanto dolor, escribió C. S. Lewis, uno corre el riesgo de preguntar: ” ‘¿Dónde está Dios?’ Cuando estás feliz… [te] vuelves a Él con gratitud y alabanza, [y] eres recibido… con los brazos abiertos. Pero, acude a Él cuando tengas una gran necesidad, cuando todo otro auxilio resulte vano, ¿y qué te encuentras? Primero un portazo en las narices, luego escuchas cómo pasan el cerrojo por dentro una y dos veces, y después todo es silencio. También tú [podrías] dar media vuelta e irte. Cuanto más esperas, más enfático es el silencio. No hay luz en las ventanas; quizás la casa esté vacía… [Pero antes Él estaba dentro]. ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Por qué es [Dios] un soberano tan presente en nuestro momento de prosperidad y una ayuda tan ausente cuando tenemos problemas? (C. S. Lewis, A Grief Observed [Nueva York: Seabury Press, 1961] págs. 4-5).

Esos sentimientos de abandono escritos en medio de un dolor tan terrible, pasaron lentamente y el consuelo de la fe de Lewis regresó más fuerte y puro tras la prueba. Pero fíjense en lo revelador que esta copa amarga, este bautismo de sangre, fue para él. En una obligación de naturaleza bastante diferente, también él se da cuenta de que el alistarse para toda la duración de la guerra no es un asunto trivial, y que en el fragor de la batalla no había sido tan heroico como había animado a serlo a millones de sus lectores.

“Uno nunca sabe cuánto cree en algo”, confesó, “hasta que su certeza o falsedad se convierte en un asunto de vida o muerte. Es fácil decir que cree que un cordel es fuerte y sólido cuando lo utiliza para [atar] una caja. Pero supongamos que tuviera que descender por un precipicio con ese cordel. ¿No averiguaría primero cuánto confía en él?… Sólo un riesgo de verdad prueba la realidad de una creencia” (Ibídem, pág. 25).

“Su [visión de]… la vida eterna… no será [muy] seria si no hay nada en juego… Un hombre tiene que perder el conocimiento antes de poder volver en sí” (Ibídem, pág. 43).

“Había sido advertido —[de hecho] me había advertido a mí mismo… [Sabía] que se nos habían prometido sufrimientos, [lo cual era] parte del programa. Se nos dijo: ‘Bienaventurados los que lloran’, y yo lo acepté. No tengo nada que no haya [acordado] tener… [Por lo que] si mi casa… se cae de un soplo será porque está hecha de naipes. La fe que ‘llevó a cabo estas cosas’ no era la fe [adecuada]… Si realmente las tristezas de [las demás personas de este] mundo hubiesen sido mi preocupación, como creía que [eran], [entonces] no me habría sobrecogido cuando llegó mi propia tristeza… Pensé que confiaba en el cordel, hasta que se convirtió en algo importante… [Y cuando algo fue importante, descubrí que el cordel no era lo suficientemente fuerte].

“…Nunca descubrirá cuán serio [es] hasta que las recompensas sean terriblemente altas; [y Dios tiene Su manera de elevar las recompensas]… las cuales [a veces] sólo se [pueden] elevar a través del sufrimiento” (Ibídem, págs. 41-43).

“[Así que Dios es una especie de médico divino]. Un hombre cruel puede ser sobornado, podría cansarse de su villanía y tener un momento pasajero de misericordia, del mismo modo que los alcohólicos tienen momentos [pasajeros] de sobriedad. Pero supongamos que aquél a quien usted se opone es un cirujano [fantásticamente habilidoso] cuyas intenciones son [total y absolutamente] buenas. [Y] cuanto más amable y concienzudo es, [tanto más se interesa en usted], tanto más proseguirá cortando de forma inexorable [a pesar del sufrimiento que pueda ocasionar. Pues] si atendiera a las súplicas de usted, si se detuviera antes de completar la operación, todo el dolor padecido hasta ese punto vendría a ser inútil…” (Ibídem, págs. 49-50).

“[Usted puede ver que soy] uno de los pacientes de Dios que todavía no se ha curado. Sé que no sólo quedan lágrimas [por] secar, sino manchas que limpiar. [Mi] espada quedará aún más brillante” (Ibídem, pág. 49).

Dios desea que seamos más fuertes de lo que somos, más firmes  en nuestro  propósito,  más  seguros  de  nuestros compromisos, y que con el tiempo lleguemos a necesitar menos atención de Él, que mostremos más disposición a arrimar el hombro a la carga de Su pesada responsabilidad. En resumen, quiere que seamos más como Él.

La pregunta entonces para todos nosotros, es fundamental: Cuando los principios del Evangelio dejen de ser populares, beneficiosos o se tornen difíciles de vivir, ¿permaneceremos firmes en ellos “todo el tiempo”? Ésa es la pregunta que nuestras experiencias en la vida como Santos de los Últimos Días parecen más resueltas a responder. ¿En qué creemos realmente y cuán fieles somos a aquello que estamos dispuestos a vivir? Como hermanos y hermanas brillantes, benditos, ansiosos y prósperos, ¿sabemos realmente lo que es la fe, especialmente la fe en el Señor Jesucristo, lo que requiere del comportamiento humano y lo que todavía puede exigir de nosotros antes de que nuestras almas sean salvadas finalmente?

Debemos recordar también que aunque las demandas puedan ser grandes, las bendiciones son todavía mayores. Gracias al Salvador, a Su Evangelio restaurado y a la obra de los profetas vivientes, para cada uno de nosotros hay un futuro brillante en las promesas del Evangelio. Si permanecemos firmes y fieles a nuestro objetivo, en algún lugar habrá un gran momento final, cuando estaremos con los ángeles “en la presencia de Dios, en un globo semejante a un mar de vidrio y fuego, donde se manifiestan todas las cosas para [nuestra] gloria, pasadas, presentes y futuras” (D&C 130:7).

Éste es el día triunfal que se nos promete, dependiendo de nuestra rectitud, y el cual anhelamos con tanto cariño. Para merecer el derecho de estar allí debemos, como dijo Alma: “ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que [estuviésemos], aun hasta la muerte” (Mosíah 18:9).

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