Llegar a ser mejores mayordomos de la tierra que Dios creó para nosotros

Llegar a ser mejores mayordomos
de la tierra que Dios creó para nosotros

Por el élder Marcus B. Nash
De los Setenta

De un discurso pronunciado en el decimoctavo simposio anual del Centro Stegner en la Universidad de Utah, en Salt Lake City, el 12 de abril de 2013.

Cuanto mejor cuidemos este mundo y todo lo que hay en él, más sostendrá, inspirará, fortalecerá, vivificará y alegrará nuestro corazón y espíritu.


Mi afición es estar en la naturaleza, ya sea haciendo senderismo, esquí, kayak de mar, ciclismo o incluso ir de safari. Cuando era niño, me encantaba estar en el bosque y sentir el testimonio silencioso y elocuente que los imponentes árboles de hoja perenne daban del Creador. Al llegar a la edad adulta, he aprendido por el estudio y por la fe que si entendemos quiénes somos, el propósito de la vida y la razón por la que se creó la tierra —y si tenemos en cuenta estas cosas—, trataremos esta tierra, y todo lo que hay en ella, de manera más elevada y noble.

El propósito de Dios al crear la tierra

El Señor, a través de Sus profetas, tanto antiguos como modernos, ha tratado de ayudarnos a entender y apreciar el don de vivir en esta hermosa tierra. En el Antiguo Testamento, David consideró las majestuosas creaciones de Dios y se preguntó en voz alta por qué —entre semejantes maravillas— Dios tiene memoria del hombre (véase Salmo 8:4). David concluyó que la humanidad es especial, “un poco menor que los ángeles” (Salmo 8:5).

Moisés también vio en visión incontables mundos1 y declaró: “Por esta causa, ahora sé que el hombre no es nada, cosa que yo nunca me había imaginado” (Moisés 1:10).

En la humildad de Moisés ante la magnificencia de las creaciones de Dios, él no pudo comprender una gran verdad. De modo que el Señor le mostró una vez más Su creación infinita y declaró explícitamente que Él —Dios— hizo estas creaciones para “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). Esta tierra —y, de hecho, toda creación— está diseñada para ayudarnos a obtener la inmortalidad y la vida eterna.

Al hablar de nuevo sobre el propósito de la tierra, el Señor dijo: “Haremos una tierra sobre la cual estos [refiriéndose a nosotros] puedan morar; y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare” (Abraham 3:24–25; véase también el versículo 26). La vida en esta tierra, junto con el don del albedrío moral, nos proporciona la oportunidad de optar por buscar y recibir, algún día, todo lo que Dios ofrece2.

Cuando se finalizó la creación de la tierra, Dios estuvo complacido porque vio que serviría a Su propósito para con nosotros, Sus hijos3. Los hijos y las hijas de Dios y las familias que forman no son meros intrusos en esta tierra; más bien, son una parte central para su propósito4.

Debemos ser buenos mayordomos

La vida en esta tierra es una bendición así como una responsabilidad. El Señor declara: “Porque he aquí, las bestias del campo, las aves del cielo y lo que viene de la tierra se han ordenado para el uso del hombre como alimento y vestido, y para que tenga en abundancia” (Doctrina Convenios 49:19). Sin embargo, debido a que la tierra y todo lo que hay en ella es “la obra de [Sus] manos” (Doctrina y Convenios 29:25), todo le pertenece a Él5. Como habitantes temporales de esta tierra, somos mayordomos, no dueños. Como tales, somos responsables ante Dios —el dueño—, por lo que hagamos con Su creación: “Porque conviene que yo, el Señor, haga a todo hombre responsable, como mayordomo de las bendiciones terrenales que he dispuesto y preparado para mis criaturas” (Doctrina y Convenios 104:13).

La forma en que cuidamos la tierra, cómo la utilizamos y compartimos su abundancia, y cómo tratamos todo lo que se nos ha proporcionado es parte de nuestra prueba en la vida terrenal. Con gratitud, debemos hacer uso de lo que el Señor ha proporcionado, evitar desperdiciar la vida y los recursos, y utilizar la abundancia de la tierra para cuidar de los pobres6. El Señor se preocupa profundamente por toda vida y especialmente por Sus hijos, y nos hará rendir cuentas por lo que decidamos hacer (o no hacer) con las abundancias de Su creación.

El Señor nos promete que si lo seguimos a Él y utilizamos los recursos de la tierra con prudencia y con acción de gracias y respeto, “la abundancia de la tierra será [nuestra], las bestias del campo y las aves del cielo […]. Y complace a Dios haber dado todas estas cosas al hombre; porque para este fin fueron creadas, para usarse con juicio, no en exceso, ni por extorsión” (Doctrina y Convenios 59:16, 20).

Debemos usar estos recursos con juicio y gratitud, con la intención de ayudar a otras personas —de generaciones actuales, pasadas y futuras— a recibir las bendiciones que nuestro Padre Celestial desea para Sus hijos.

Ver más allá de nosotros mismos

Lamentablemente, vivimos en un mundo donde puede que las personas elijan rechazar a Dios y tratar Su creación con desdén. Cuando eso sucede, Dios y su creación padecen.

Enoc registra que Dios lloró por motivo de las malas decisiones y el egoísmo sofocante de Sus hijos7. Moroni profetizó que en los últimos días habría “fuegos, y tempestades, y vapores de humo […] [y] grandes contaminaciones sobre la superficie de la tierra”, y que a estas condiciones las acompañaría “toda clase de abominaciones; cuando habrá muchos que dirán: Haz esto, o haz aquello, y no importa” (Mormón 8:29, 31). Cuando el hombre contamina este mundo espiritual o temporalmente, no solo Dios sufre, sino también la naturaleza8.

Es importante destacar que las bendiciones y el poder que se logran mediante la Iglesia restaurada del Señor y el Evangelio tienen la capacidad de extender y cambiar el alma humana más allá de sí misma, de inspirar el amor a Dios y a Sus creaciones y de ayudarnos a pensar en el bienestar de los demás y considerar las necesidades de las generaciones futuras.

La naturaleza nos acerca más a Dios

La tierra y toda vida son más que elementos para consumir o conservar; ¡algunas partes o porciones de ellas también se deben ser preservar! La naturaleza pura y “todas las cosas que de la tierra salen […] son hechas para el beneficio […] del hombre […] para agradar la vista como para alegrar el corazón […] y animar el alma” (Doctrina y Convenios 59:18–19).

La naturaleza en su estado impecable nos acerca más a Dios, nos despeja la mente y el corazón del ruido y de las distracciones del materialismo, nos eleva a una esfera superior y exaltada, y nos ayuda a conocer más a nuestro Dios: “La tierra rueda sobre sus alas, y el sol da su luz de día, y la luna da su luz de noche, y las estrellas también dan su luz […]. [Todo aquel] que ha visto a cualquiera o al menor de ellos, ha visto a Dios obrando en su majestad y poder” (Doctrina y Convenios 88:45, 47).

Todavía me encanta caminar en las montañas, entre las magníficas rocas y picos de granito. Aunque en silencio, hablan del poder y de la majestad de Dios; y de Su genialidad incomparable para la belleza. Como testificó Alma: “Todas las cosas indican que hay un Dios, sí, aun la tierra y todo cuanto hay sobre ella, […] testifican que hay un Creador Supremo” (Alma 30:44).

Me encanta mirar las estrellas por la noche y tratar de comprender la eternidad del tiempo y del espacio que están al alcance de mi vista. Siempre me asombra el conocimiento que recibo en esos momentos tranquilos de que, a pesar de la inmensidad del cosmos, el Señor del universo me conoce a mí, alguien tan insignificante. Y Él conoce a cada uno de nosotros. La creación da testimonio del Creador, y si preservamos esos lugares especiales y vírgenes, estos serán testigos de manera elocuente y profunda de nuestro Dios y nos inspirarán a seguir adelante.

Cuanto mejor cuidemos este mundo y todo lo que hay en él, más sostendrá, inspirará, fortalecerá, vivificará y alegrará nuestro corazón y espíritu y nos preparará para morar con nuestro Padre Celestial y con nuestras familias en una esfera celestial, la cual será la tierra misma en la que estamos actualmente, pero en un estado glorificado9.

Ruego que cuidemos con gratitud esta tierra: nuestro actual y, posiblemente, futuro hogar.


1. Véase Hebreos 1:2.
2. Véase 2 Nefi 2:16.
3. Véase Moisés 2:31.
4. Véase “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, mayo de 2017, pág. 145.
5. Véase también Doctrina y Convenios 38:16–17.
6. Véase Doctrina y Convenios 104:17–18.
7. Véase Moisés 7:28.
8. Véase Moisés 7:48–49.
9. Véase Doctrina y Convenios 88:18–20

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