Fortalecido por un Testimonio FIRME

Fortalecido por un Testimonio FIRME

Harold B. LeePor Harold B. Lee
del Concilio de los Doce
Discurso pronunciado en la Conferencia General, octubre de 1950.


Mientras se acerca otra gran conferencia a su sesión final, resta a cada uno de los presentes en esta conferencia o escuchando por radio; formular para sí mismo lo que para él ha sido la enseñanza principal y el tema central de la conferencia y entonces aplicarlo a su propia vida. Mientras que he estado sentado aquí he tratado de hacer eso para mí mismo. Quisiera explicaros mis propios sentimientos de lo que ha acontecido en esta conferencia.

La primera cosa que la ha caracterizado ha sido el sentimiento, particularmente entre los Doce y en cierto grado por todas las Autoridades Generales, y expresado esta mañana por el Presidente McKay, que esta conferencia ha sido influida por el Presidente Jorge F. Richards, y así tamban, quizás, en cierto grado, por todos los líderes de la Iglesia que han fallecido. El Presidente Jorge F. Richards fue uno de los más noble de ellos. He sentido su influencia tal como el Presidente McKay ha expresado nuestros sentimientos.

La segunda cosa, que para mí ha sido el tema principal, es que tenemos que prepararnos para hacer frente a lo que el Maestro advirtió cuando los discípulos preguntaron cómo sabrían que su segunda venida estaba cerca. Él les dijo:

“Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y darán señales grandes y prodigios de tal manera que engañarán, si es posible, aún a los escogidos. (Mateo 24:24.)

El profeta José Smith, en su versión inspirada de esa misma escritura, agregó estas palabras significativas: “quienes son los escogidos, según el convenio”. En substancia, esto es lo que se ha dicho en esta conferencia. A menos que cada miembro de esta Iglesia gane para sí mismo un testimonio firme de la divinidad de esta Iglesia, estará entre aquéllos que serán engañados en este día cuando los “escogidos según el convenio” serán probados. Los únicos que sobrevivirán son los que han ganado para sí mismos ese testimonio.

Oí de un joven en la Misión de los Estados del Norte, quien había estado allí por sólo unos pocos meses —un joven fino, fiel, y bien parecido— acababa de recibir lo que él había interpretado a sí mismo ser un testimonio. Relató de cómo había estado inquieto en el círculo social en que había vivido, por que los miembros de su propia familia y sus amigos a menudo habían ridiculizado después de terminar las conferencias, lo que se había dicho en esas conferencias y él se había ofendido de ello. Entonce? dijo, mientras que Las lágrimas llenaban sus ojos después de que hubiese dado su propio testimonio, “Si yo pudiera oír a mi propio padre y madre levantarse y dar sus testimonios, me daría más pozo que cualquier otra cosa en mi vida”.

El otro día uno de los obispos de Big Horn en el Estado de Wyoming vino a mi oficina y me dijo que frecuentemente venían hermanos visitantes que hablaban de aquéllos que critican a las Autoridades Generales de la Iglesia, y de los “itas” que están naciendo en grupos apóstatas. Dijo: “Hermano Lee, los miembros de nuestro barrio no saben de qué están hablando. Nunca oímos estas críticas. Ellos aceptan a ustedes las Autoridades Generales cerno los representantes del Dios viviente, no oímos de lo que según ellos está sucediendo en otros lugares”.

Mientras pensaba de la declaración de ese obispo, pensaba de las palabras de Brigham Young:

Si vuestra fe estuviere concentrada sobre el objeto correcto, vuestra confianza firme, vuestras vidas puras y santas, cumpliendo todos con los débeteos y llamamientos según el sacerdocio u oficio que os ha sido conferido, estaríais llenos del Espíritu Santo, y sería tan imposible que un hombre os engañara y os condujera a la destrucción como lo sería para una pluma permanecer sin ser consumida en medio de un calor intenso.

Y entonces esto:

Tengo más temor que este pueblo tiene tanta confianza en sus líderes que no inquirirán a Dios para saber para sí mismos si están o no guiados por él. Temo que se sientan en un estado de seguridad ciega, confiando su destino eterno en las manos de sus líderes con una confianza descuidada que en sí frustraría los propósitos de Dios en cuanto a su propia salvación, y debilitaría la influencia que podrían dar a sus líderes si supiesen para sí mismos por medio de las revelaciones de Jesucristo que son guiados por el camino correcto. Deja que cada hombre y cada mujer sepa por medio de los susurros del Espíritu de Dios a sí mismos si sus líderes están o no caminando en el camino que el Señor manda.

Para mí, aquí hay una verdad tremenda. No basta para nosotros como Santos de los Últimos Días sólo seguir a nuestros líderes y aceptar sus consejos, sino que tenemos la obligación mayor de obtener para nosotros mismos un testimonio firme del llamamiento divino de estos hombres y el testimonio de lo que ellos nos han dicho es la voluntad de nuestro Padre Celestial.

Aprendí una verdad sorprendente por una experiencia hace seis meses, cuando después de la conferencia de abril, las Autoridades Generales y sus esposas se reunieron en una fiesta y comida semestral en nuestro Instituto de Religión cerca de la Universidad de Utah. Como parte del programa, el comité que estaba encargado había arreglado una narración de las sesiones de conferencia de hace cien años desde el octubre anterior. Leyeron las minutas de la conferencia de 1849. Entonces hicieron citas de los discursos dados por la Primera Presidencia y el Concilio de los Doce en octubre de 1899. También reprodujeron en el altavoz citas de los sermones de cada uno de los miembros de la Presidencia y del Concilio de los Doce actual. Cuando pusieron en mis manos la cita del hombre de ese otro concilio de hace cincuenta años, cuyo lugar ahora estaba yo ocupando, me sorprendí, porque habría de leer la última declaración registrada de un hombre que había perdido su lugar en el Concilio y después su calidad de miembro en la Iglesia de Jesucristo. Y me sorprendí aún más cuando leí esta declaración de su último sermón registrado.

Esto es lo que decía:

Sé que los hijos de los hombres jamás fueron convertidos hasta que vieron el poder de Dios descansar sobre sus siervos, y hasta que el Espíritu de Dios entró en sus corazones como fuego.

Él sabía, y llegó a saber por la experiencia amarga de su propia apostasía que la cosa que le hizo perder su lugar en la Iglesia fue que perdió su testimonio del llamamiento divino de los siervos de Dios, y ese fuego que una vez ardía en su corazón se había apagado. Cuando aprendí que uno como él había fracasado, y que ahora yo estaba en la silla que él una vez ocupaba, me dio un sentimiento tremendo de la responsabilidad y un temor no sea que cayere yo, por necedad y a causa de engaño y sutileza la cual he llegado a creer puede sobrevenir a cualquiera de nosotros. Falsos profetas y cristos, como fue predicho por el Salvador, pueden venir para engañarnos no sólo bajo el nombre de religión, pero si podemos creer en la historia de Italia, Alemania y Rusia, pueden venir bajo la designación de políticos o de sociólogos o de los así llamados economistas, engañosos en sus ofrecimientos de una clase de salvación que puede venir de este modo.

Hace cinco años, después de la muerte y la sepultura del Presidente Heber J. Grant, el Concilio de los Doce se reunieron en uno de los servicios más solemnes a que jamás he asistido como uno de los miembros menores del Concilio, en uno de los cuartos superiores en el Templo de Lago Salado. Se habían reunido para considerar el nombramiento de la subsecuente Presidencia de la Iglesia. Las sillas que por lo general se ocupaban por la Primera Presidencia estaban vacías, y por cuatro horas los miembros de los Doce, cada uno en su turno, expresó sus sentimientos ampliamente sobre el asunto del nuevo nombramiento. Después de que se hizo la decisión, el Presidente Jorge Alberto Smith tomó su lugar y llamó a su lado al Presidente Clark y al Presidente McKay. Hubo algo que me pasó en ese servicio. Estaba dispuesto entonces, como siempre, a escuchar a los hermanos y a seguirles, pero mientras tomaban ellos sus lugares en frente de nuestro cuarto de concilio, vino a mi corazón un testimonio y una seguridad que estos eran los hombres que habían sido escogidos por el nombramiento de Dios, y yo lo sabía por medio de la revelación del Espíritu a mi propia alma.

Quiero terminar con este pensamiento tomado de uno de nuestros propios himnos:

Con el mundo advertido,
Dios sus juicios mandará,
Pues con él haced convenio,
Antes que el fin vendrá.
Cuando los peligros vengan,
Hombres malos a matar,
En Sión con seres santos,
Dulce paz podréis gozar.
(Tomado de “Ved Volar Potente Ángel)

Que Dios nos ayude a ganar esa convicción y testimonio divino que tengo yo en mi alma. Yo sé que Dios vive y sé que esta es su obra. Sé que estos hombres son divinamente nombrados siervos de Dios. Y os doy este testimonio en el nombre de Jesucristo. Amén.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Fortalecido por un Testimonio FIRME

  1. En donde encontró estos discursos antiguos en Español???

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s