Ministrar a la manera del Salvador

Mensaje del Área Sudamérica Sur

Ministrar a la manera del Salvador

Martin C. RíosPor el élder Martin C. Ríos
De los Setenta

Un enfoque más santo
Cuando años atrás, durante la Conferencia General de abril de 2018, nuestro querido profeta, el presidente Russell M. Nelson, presentó el concepto de ministrar, lo hizo diciendo “implementaremos un enfoque más nuevo y santo de cuidar a los demás”. Luego de esa memorable e histórica conferencia, el término “ministrar” ha llegado a formar parte de incontables conversaciones entre miembros de La Iglesia de Jesucristo.1

Muchas de esas conversaciones pretenden explicar el significado correcto del principio de ministración, y si bien las definiciones en cuanto al ¿cómo? y ¿por qué? de ministrar son diversas, me gusta cómo el Salvador lo enseñó con palabras simples, pero aún poderosas:

“Y Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.2 En esta ocasión quisiera expresar algunas experiencias que me permitieron experimentar el verdadero significado de ministrar.

Un principio de amor
Ministrar es un principio de amor; significa dar de nuestro tiempo, nuestros talentos y nuestro interés genuino por los demás. Como bien sabemos, el ejemplo a emular en cuanto a dar amor puro y genuino es el de Jesucristo, quien entregó aun hasta Su vida por nosotros. Sin embargo, podemos seguir Su ejemplo también por medio de actos sencillos. Me inspira leer las palabras de la hermana Jean B. Bingham, Presidenta General de la Sociedad de Socorro, cuando refiriéndose al Salvador dijo, “Pero Él también sonrió, habló, caminó, escuchó, dedicó tiempo, animó, enseñó, alimentó y perdonó a los demás”.3

Ministrar mediante actos sencillos
Ministrar puede ser aún más sencillo de lo que a veces pensamos. En mi vida he sido ministrado en diversas ocasiones por hermanos y hermanas que me dieron de su amor, sin esperar algo a cambio. Viene a mi memoria una experiencia de hace ya varios años cuando sirviendo como joven obispo, y a la vez siendo un padre inexperto, trataba de dar lo mejor de mí mismo para ministrar en mi hogar, servir a las familias de la Iglesia, y al mismo tiempo desarrollarme en mi carrera profesional que recién iniciaba. Supongo que en alguna ocasión la presión de todas estas responsabilidades se habrá hecho evidente en mi rostro, ya que un domingo al terminar la reunión sacramental una hermana muy querida se acercó a mí y me entregó una bandeja de brownies que ella misma había preparado, y estaba acompañada por una nota que decía, “Querido obispo, gracias por todo lo que hace por nosotros”.

Ese día aquellos brownies no solo supieron como los más sabrosos que había probado en toda mi vida, sino que también ese acto llegó a tener un impacto en mí como una de esas tiernas misericordias del Señor que leemos en las Escrituras, brindando paz a mi corazón atribulado.

Instrumentos en las manos del Señor
Cuando tenemos deseos de servir a otros, el Señor frecuentemente nos permitirá ser instrumentos en Sus manos. Al interesarnos con verdadera intención por nuestro prójimo, a menudo nos sorprenderemos al ver cómo el Señor nos hace coparticipes en Su obra.

Ya hace muchos años cuando me encontraba sirviendo como misionero en el Norte de Argentina, uno de los deseos de mi corazón era compartir el Evangelio a una persona a quien yo amaba mucho; ella era Elena, mi abuela materna, que en ese entonces tenía 90 años de edad. Si bien en muchas ocasiones tanto mis padres como mis hermanos y yo le habíamos enseñado el Evangelio, aún no se decidía a dar el paso de hacer convenios entrando a las aguas del bautismo para no herir los sentimientos de sus otros hijos quienes eran activos en otra iglesia.

Pero un día de preparación recibí una carta que me llenó de un gozo absoluto. Esa carta era de mi madre y contenía una foto en donde estaba mi abuela y mi hermano mayor, ambos vestidos de blanco. ¡Evidentemente, mi abuela Elena se había bautizado! Rápidamente leí la carta para entender ¿Qué había hecho que se decidiera a dar un paso tan importante a los 90 años?

En la carta, mi madre contaba que un día estando ella en nuestra casa llegó nuestro maestro orientador quien compartió un mensaje sencillo, pero ese mensaje penetró en el corazón de mi abuela como ni siquiera las palabras de su hija ni de sus nietos a quienes ella amaba lograron penetrar. Indudablemente, este fiel hermano con deseos de servir a su prójimo se había convertido en un instrumento eficaz en las manos del Señor.

Interesarnos por nuestro prójimo en forma individual
Una de las características notables del ministerio del Salvador fue la de Su interés genuino en el individuo. En 3 Nefi 17:21 leemos: “Y cuando hubo dicho estas palabras, lloró, y la multitud dio testimonio de ello; y tomó a sus niños pequeños, uno por uno, y los bendijo, y rogó al Padre por ellos”.

Me conmueve saber que nuestro Maestro se detenía a dedicar tiempo para saludar, hablar, abrazar, consolar y bendecir a las personas uno por uno, aun cuando las multitudes que le escuchaban eran grandes, como en este caso, llegaba su número a unas dos mil quinientas almas.

En relación a este principio, viene a mi mente una experiencia de hace unos pocos años. Esto sucedió cuando fui llamado al sagrado oficio de Setenta en el sacerdocio. En esa ocasión se me invitó a participar de una serie de reuniones de capacitación que sería impartida por los miembros del Cuórum de los Doce Apóstoles, la Primera Presidencia, y la Presidencia de los Setenta. Me recuerdo a mí mismo esa mañana ingresando al salón donde vi a tantas Autoridades y Oficiales Generales de la Iglesia; sentía como si los conociera a todos, ya que había escuchado y leído sus mensajes de las conferencias generales cada abril y octubre de cada año.

Entonces, entrando a aquel salón con un poco de timidez y procurando no llamar demasiado la atención, me dirigí hacia donde me iba a sentar, cuando de repente vi a lo lejos al élder Craig C. Christensen quien en aquel entonces era un miembro de la Presidencia de los Setenta.

Rápidamente al verme entrar se dirigió hacia mí, me extendió su mano, me abrazó y me dijo: “¡Bienvenido élder Rios, ¡qué gusto de verle, le estábamos esperando!” Este acto me sorprendió grandemente, e inmediatamente pensé: ¿Cómo me conoce? ¿Cómo sabe quién soy? Y luego dijo algo que me sorprendió aún más: “¿Cómo está Veronica, su esposa?”.

Durante toda la reunión me quedé pensando en este acto. Pensé: ¿Cómo es que él, siendo un miembro de la Presidencia de los Setenta, cuyo ministerio incluye servir junto a los apóstoles y viajar por todo el mundo ministrando a familias de la Iglesia, aun sabía mi nombre y detalles de mi vida siendo yo un hermano sencillo de Buenos Aires a quien nunca había visto en persona?

En ese momento para mí el élder Christensen representó al Salvador, y sentí que si Jesucristo mismo hubiera estado presente en ese momento, también me habría saludado y me hubiera dicho: ¡Hola Martín, qué alegría verte! ¿Cómo está Veronica? ¿Cómo están tus hijas? Porque el Señor se interesa en la vida de las personas en forma individual. Ese acto de Élder Christensen me enseño cuán grande es nuestra responsabilidad de ministrar a quienes tenemos el privilegio de servir, interesándonos genuinamente en los detalles de sus vidas.

Agradezco a mi Padre Celestial por tantos hermanos y hermanas fieles que me han brindado su amor ministrándome como lo haría el Señor. ¡Expreso mi testimonio de que Cristo vive! Por experiencias personales puedo decirles que Él nos conoce y se interesa por nuestras vidas, al grado de dar la suya para que volvamos a vivir. En el nombre de Jesucristo. Amén.


1. Russell M. Nelson, “Ministrar,” Liahona, mayo de 2018, pág. 100.
2. Mateo 22:36–39.
3. Jean B. Bingham, “Ministrar como lo hace el Salvador”; http://www.churchofjesuschrist.org/study/manual/everyday-ministering/ministering-as-the-savior-does?lang=spa.

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