¿Por que debemos Orar?

¿Por que debemos Orar?

Marion G. RomneyPresidente Marion G. Romney

Alguien preguntó reciente­mente ¿por qué debemos orar? Debemos orar porque la oración es indispensable para el logro de los verda­deros propósitos de nuestra vida. Somos hijos de Dios y como tales tenemos el potencial de elevarnos hasta alcanzar su perfección. El Salvador mismo nos inspiró para que alcanzáramos esa meta cuando dijo: “Por tanto, quisiera que fueseis perfectos corno yo, o como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (3 Nefi 12:48).

Nadie podrá jamás alcanzar tal perfección a menos que sea guiado hacia ella por Aquel que es perfecto. Esa guía proveniente de Dios podrá lograrse exclusiva­mente mediante la oración. Esta experiencia mortal por la que pasamos en la actualidad es un escalón necesario en nuestro ascenso. Para lograr la perfección tuvimos que dejar nuestro hogar preterrenal y venir a este mundo. Durante ese traslado nos fue colocado un velo sobre los ojos espirituales, suspendiendo así la me­moria de nuestras experiencias preterrenales. En el Jardín del Edén, Dios nos invistió con albedrío moral, y aquí nos dejó por.nuestra propia cuenta para enfrentarnos con las fuerzas del bien y del mal para pro­bar si, viviendo guiados por la fe, podríamos elevarnos hasta alcanzar nuestro alto potencial haciendo “…to­das las cosas que el Señor su Dios nos mandare” (Abraham 3:25). El primer mandamiento que el Señor les dio a Adán y Eva después de su expulsión del Edén fue el de orar (véase Moisés 5:5). Durante su ministerio mortal Jesús enseñó “…la necesidad de orar siempre…” (Lucas 18:1).

A la multitud nefita El les dijo:  ”Por tanto, siempre debéis orar al Padre en mi nombre” (3 Nefi 18:19).

En esta última dispensación, dos años antes de que la Iglesia fuera organizada, el Señor le dijo al proteta José Smith en una revelación: “Ora siempre para que salgas vencedor; sí, para que venzas a Satanás…” (D. y C. 10:5). Y más tarde agregó: “Lo que digo a uno, lo digo a todos; orad a todo tiempo, no sea que aquel inicuo tenga poder en vosotros y os quite de vuestra posición” (D. y C. 93:49).

La experiencia vivida por el hermano de Jared dramatiza la seriedad de la desobediencia al mandamiento de orar. El Señor guió a la colonia Jaredita desde la torre de Babel hasta las playas donde ellos habitaron en tiendas por el espacio de cuatro años.

“Y aconteció que a la conclusión de los cuatro años, el Señor vino otra vez al hermano de Jared, y habló con  desde una nube. Y por el espacio de tres horas habló el Señor con el hermano de Jared, y lo reprendió porque no se había acordado de invocar el nombre del Señor.
“Y el hermano de Jared se arrepintió del mal que había cometido, e invocó el nombre del Señor a favor de sus hermanos que estaban con él. Y el Señor le contestó: Os perdonaré vuestros pecados a ti y a tus hermanos; pero no habéis de pecar más. porque debéis recordar que mi Espíritu no siempre contenderá con el hombre; por tanto, si pecáis hasta llegar al colmo, se­réis desechados de la presencia del Señor. ” (Eter 2: 14-15.)

El hermano de Jared había sido culpable de ser negligente en cuanto a sus oraciones. Las siguientes es­crituras nos brindan motivos adecuados por los que debernos orar. Parecería no haber limitaciones con res­pecto a cuándo, dónde y de qué debemos orar.

“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias” (Filipenses 4:6).

“Sí, implorad su misericordia, porque es poderoso para salvar.
“Orad a El cuando estéis en vuestros campos, sí, por todos vuestros rebaños.
“Rogadle en vuestros hogares, sí, por todos los de vuestra casa, en la mañana, al mediodía y en la tarde.
“Sí, imploradle contra el poder de vuestros enemi­gos;
“Sí, contra el diablo, que es el enemigo de toda justicia.
“Rogadle por las cosechas de vuestros campos, a fin de que prosperen.
“Mas esto no es todo; es menester que derraméis vuestra alma en vuestros aposentos, en vuestros sitios secretos y en vuestros yermos.
“Sí. y cuando no estéis invocando al Señor, dejad que rebosen vuestros corazones, orando constantemen­te por vuestro propio bienestar así como por el bienes­tar de los que os rodean.” (Alma  34:18, 20-24, 26, 27.)

El Señor dijo: “Orad al Padre con vuestras esposas e hijos”   (3 Nefi 18:21).

“Y además, te mando que ores, tanto vocalmente corno en tu corazón; sí, ante el mundo así como en se­creto; en público así corno en privado” (D. y C. 19:28).

“Implorad al Señor, a fin de que se extienda su reino sobre la faz de la tierra, para que los habitantes de ella lo reciban y estén preparados para los días que han de venir, en los cuales el Hijo del Hombre descenderá del cielo, envuelto en el resplandor de su glo­ria, para recibir el reino de Dios establecido sobre la tierra.

“Por tanto, extiéndase el reino de Dios, para que venga el reino del cielo, a fin de que tú, oh Dios, seas glorificado en los cielos así corno en la tierra, para que tus enemigos sean vencidos; porque tuya es la honra, y el poder, y la gloria, para siempre jamás. Amén.” (D. y C. 65:5-6.)

La oración es la llave que abre las puertas para la comunión con la Deidad. El Señor dijo: “He aquí, yo estoy a la puerta, y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él. y él con­migo”   (Apocalipsis 3:20).

Jesús hizo una promesa similar a los nefitas cuan­do dijo: “Y cuanto le pidáis al Padre en mi nombre, creyendo que recibiréis, si es justo, he aquí, os será concedido” (3 Nefi 18:20).

A nosotros, los de la última dispensación, la pro­mesa nos fue declarada de la siguiente forma:

“Cualquiera cosa que le pidiereis al Padre en mi nombre os será dada, si fuere para vuestro bien” (D. y G. 88:64; cursiva agregada).

Los registros sagrados se encuentran repletos con pruebas de que tales promesas son cumplidas.

Enós logró que mediante la oración sus pecados le fueran perdonados (véase Enós 4-5). Las oraciones de Alma, padre, lograron que el ángel llamara a su hijo Alma al arrepentimiento (véase Mosíah 27:14). Gomo consecuencia de la oración. Dios el Padre y el Hijo vi­sitaron al profeta José Smith (véase José Smith .2:14-17). La oración hizo que las gaviotas llegaran desde el lago para ayudar a los pioneros a salvar la cosecha. Esto no significa que todas las oraciones han de tener como consecuencia respuestas espectaculares, pero cada oración sincera y ferviente es oída y contestada por medio del Espíritu del Señor. La forma más frecuente en que son contestadas las oraciones fue indicada a Oliverio Cowdery cuando el Señor le dijo:

“De cierto, de cierto te digo: Si quieres más testi­monio, piensa en la noche en que me clamó tu corazón a fin de saber la verdad de estas cosas.

“¿No hablé paz a tu alma concerniente al asunto? ¿Qué más testimonio puedes tener que el que viene de Dios?”   (D. y C. 6:22-23).

El Señor nos hizo esta promesa nuevamente a los de esta última dispensación: “Por tanto, si me pidiereis, recibiréis; si llamareis, os será abierto”.  En siete revelaciones diferentes el Señor repite esta promesa pa­labra por palabra: D. y G. 6:5, 11:5, 12:5, 14:5, 49:26, 66:9, 75:27.

En Doctrinas y Convenios El dice:

“Y además, de cierto os digo, mis amigos, os dejo estos dichos para que los meditéis en vuestros corazo­nes, junto con este mandamiento que os doy, de lla­marme mientras esté cerca.
“Acercaos a mí, y yo me acercaré a vosotros; buscadme diligentemente, y rae hallaréis; pedid, y recibi­réis; tocad, y se os abrirá;
“Cualquiera cosa que le pidiereis al Padre en mi nombre os será dada, si fuere para vuestro bien.” (D. y C. 88:62-64.)

Brindo mi propio testimonio respecto a la veraci­dad de estas promesas; sé que son verdaderas.

Sé que las oraciones son contestadas. Al igual que los antiguos profetas Nefi y Enós, yo nací de “justos” y “buenos” padres. Desde mi más tierna infancia aprendí a arrodillarme al costado de mi cama cada mañana y cada noche, todos los días, para agradecerle a mi Padre Celestial por sus bendiciones y pedirle su constante guía y protección. He guardado esta costum­bre a través de los años y aún la conservo.

En respuesta a una oración que elevé al Señor siendo niño, encontré mis juguetes perdidos; siendo muchacho, recibí respuesta a una oración por medio de la cual fui guiado de tal forma que encontré las vacas que se habían perdido entre unos matorrales. Conozco bien el sentimiento al que se refería el Señor cuando le dijo a Oliverio Cowdery: “¿No hablé paz a tu alma concerniente al asunto?” (D. y C. 6:23). Y después le dijo:

“Pero, he aquí, te digo que tienes que estudiarlo en tu mente; entonces has de preguntarme si está bien; y si así fuere, causaré que arda tu pecho dentro de ti; por lo tanto, sentirás que está bien.
“Mas si no estuviere bien, no sentirás tal cosa, sino que vendrá sobre ti un estupor de pensamiento que te hará olvidar la cosa errónea…” (D. y C. 9:8-9).

Sé perfectamente lo que quiso decirnos Enós cuan­do dijo: “…la voz del Señor de nuevo llegó a mi alma…”   (Enós 10).

He sido testigo del cumplimiento de la siguiente promesa del Señor:

“Y quienes con fe pidan en mi nombre, echarán fuera demonios: sanarán enfermos; harán que los ciegos reciban su vista, los sordos oigan, los mudos ha­blen, y los cojos anden.”   (D. Y C. 35:9.)

Puse a prueba la promesa de Moroni, v en res­puesta a mis oraciones recibí el testimonio divino de que el Libro de Mormón es verdadero. También sé que orando “con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo te en Cristo, el os manifestará la verdad por el poder del Espíritu Santo, y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas” (véase Moroni 10: 4-5).

Os dejo mi solemne testimonio de que la oración es la llave que abre las puertas para la comunicación con Dios.

 

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Una respuesta a ¿Por que debemos Orar?

  1. Alfredo Lozano dijo:

    La oración es un mandamiento. Nuestra generación actual ha dejado a un lado este mandamiento. Lo peor es que si no hacemos uso de este don para comunicarnos con nuestro Padre Celestial nos alejaremos de Él.

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