El ejercicio constante de nuestra fe

Conferencia General Abril 1973

El ejercicio constante de nuestra fe

La fe: su significado, y la forma en que nos afecta como individuos

O. Leslie Stonepor el élder O. Leslie Stone
Ayudante del Consejo de los Doce

El apóstol Pablo nos dice: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” (Heb. 11:1) Fe y creencia son dos palabras que se han usado frecuentemente como sinónimos, y a veces es difícil establecer una diferencia entre ambas. Pero son diferentes.

No podemos tener fe sin creer, pero podemos creer sin tener fe. La creencia es la base para la fe. La fe es la confianza absoluta en nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Las escrituras contienen la seguridad de la salvación para aquellos que ejercen la fe y guardan los mandamientos. Una de ellas está en Marcos 16:16, y dice: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; más el que no creyere, será condenado.” Notad que el Señor dijo que “el que creyere y fuere bautizado será salvo”, o en otras palabras, que debemos hacer algo más que limitarnos a creer; debemos actuar. La fe es la fuerza motivadora que impulsa a la acción.

En Santiago 2:20, leemos: “¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?”

Muchos piensan que Dios proveerá, pero no podemos sentarnos ociosos y esperar los resultados, sino que el Señor quiere que trabajemos por lograr aquellas cosas que procuramos. Si hacemos nuestra parte y tenemos fe, Él nos promete que nos ayudará en todos nuestros justos anhelos. Sin embargo, si nada hacemos, ¿cómo podemos esperar ayuda de nuestro Padre Celestial? El presidente David O. McKay dijo, “Solamente los grandes luchadores reciben grandes galardones.” En otras palabras, son solamente aquellos que no sólo tienen fe, sino que también están dispuestos a luchar y sacrificarse por alcanzar sus metas.

Algunos se preguntarán, cómo se puede conseguir la fe. La respuesta es que la logramos en la misma forma en que logramos cualquier otro atributo: primero debemos establecer una base, y después cultivar nuestros pensamientos y acciones.

José Smith dijo: “Se recibe la fe oyendo la palabra de Dios en el testimonio de los siervos de Dios.” (Documentary History of the Church, vol. 3 pág. 379)

Testifico a todos los que me oyen que mi asistencia a las conferencias generales, en las cuales he escuchado a través de los años el testimonio de nuestros líderes, ha aumentado constantemente mi fe y me ha ayudado a edificar un fuerte testimonio sobre la veracidad del evangelio de Jesucristo.

Otra gran ayuda para aumentar la fe es participar del sacramento, administrado por aquellos que tienen autoridad. El pan simboliza el lastimado cuerpo de nuestro Redentor y la sagrada bebida representa su sangre expiatoria. Leer las escrituras y orar fervientemente también nutre nuestra fe. La oración es la fe convertida en palabras.

Una vida correcta es el mayor de los estímulos para acrecentar nuestra fe, mientras que el pecado es su mayor destructor. Aun los pecados menores la destruyen. La vanidad, el orgullo, el egoísmo, la ambición y el odio hieren el fino-Espíritu de Dios que nutre y vivifica la fe.

Una búsqueda incansable de la luz viviente de la fe, purifica el corazón, fortalece la voluntad y desarrolla el carácter.

El ejercicio constante de nuestra fe por medio de elevados pensamientos, oración, devoción y acciones justas, es tan esencial para la salud espiritual como el ejercicio físico lo es para la salud del cuerpo. Como todas las cosas de valor, una vez que se pierde la fe es difícil volver a obtenerla. El precio que debemos pagar para conservarla intacta es una continua vigilancia. Debemos mantenernos siempre en constante sintonía con nuestro Padre Celestial, viviendo de acuerdo con los principios y ordenanzas del evangelio.

Moisés demostró su fe cuando liberó de la esclavitud a los hijos de Israel. El Señor le dijo lo que tenía que hacer y él tuvo fe en que podía ser hecho. Reunió al pueblo de Israel y comenzaron la jornada. Como recordaréis, los egipcios los perseguían de cerca para tratar de impedirles la huida. Al llegar al Mar Rojo, pensaron que ya no tenían escapatoria, con el enorme mar cerrándoles el paso por delante y los egipcios por detrás. Alguien le dijo a Moisés: “. . . mejor nos fuera servir a los egipcios, que morir nosotros en el desierto.” Y Moisés les repuso: “No temáis… Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos.”

Y el Señor le dijo a su Profeta: “Y tú alza tu vara, y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo, y entren los hijos de Israel por en medio del mar, en seco.

Y Extendió Moisés su mano sobre el mar, e hizo Jehová que el mar se retirase por recio viento oriental toda aquella noche; y volvió el mar en seco, y las aguas quedaron divididas.

Entonces los hijos de Israel entraron por en medio del mar, en seco, teniendo las aguas como muro a su derecha y a su izquierda.

Y siguiéndolos los egipcios, entraron tras ellos hasta la mitad del mar, toda la caballería de Faraón, sus carros y su gente de a caballo.” (Ex. 14:12-14, 16, 21-23)

Entonces el Señor le dijo a Moisés que extendiera la mano para que las aguas se cerraran y destruyeran a sus perseguidores. Una vez más Moisés ejerció su fe en Dios, y los egipcios fueron destruidos.

“Cuando la gente tiene que basar sus creencias en el testimonio de otros, se ven forzados a asirse firmemente a la verdad y mantenerse así hasta desarrollar una fe fuerte.”

El Profeta José también demostró gran fe durante su ministerio. Cuando tenía sólo catorce años, mientras leía las escrituras, encontró lo siguiente en el primer capítulo de Santiago, versículos cinco y seis:

“Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.

Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra.”

Este pasaje de escritura le llegó al fondo del alma, porque él sabía que si había alguien que necesitaba sabiduría, esa persona era él.

Por eso creyó, tuvo fe; su fe lo movió a la acción y fue al bosque a orar. Y su oración fue contestada.

¡Qué diferente sería nuestra vida si no fuera por la gran fe del Profeta!

Otro hombre de fe extraordinaria fue Brigham Young; él tenía fe en el Dios viviente, tenía fe en cada uno de los principios y las doctrinas que había revelado y enseñado José Smith; tenía fe en sí mismo. En una oportunidad hizo la siguiente afirmación:

“Si los Santos de los Últimos Días viven a la altura de sus privilegios, ejercen la fe en el nombre de Jesucristo y se gozan constantemente, día a día, en la plenitud del Espíritu Santo, no habrá nada sobre la faz de la tierra que pueden pedir, que no les sea dado.” (Journal of discourses, vol. 11, pág. 114)

Los pioneros mormones indudablemente ejercieron gran fe cuando atravesaron las planicies de los Estados Unidos, abandonando sus casas y casi todas sus posesiones. Algunos hasta habían dejado familia y amigos para seguir a los líderes de la Iglesia hacia una tierra desconocida. La razón que tuvieron es obvia: tenían una gran fe. Buscaban y encontraron un lugar donde pudieran ejercer esa fe, adorar en paz y servir al Señor.

A veces nos impacientamos porque el mundo se convierte tan despacio, y en nuestra impaciencia nos preguntamos por qué Dios no aparece en toda su gloria y majestad, para que el mundo entero caiga a sus pies y lo adore. Pero si pensamos inteligentemente, nos daremos cuenta de que la forma lenta que Él tiene de convertir a la gente, es la mejor. Cuando la gente tiene que basar sus creencias en el testimonio de otros, se ven forzados a asirse firmemente a la verdad y mantenerse así hasta desarrollar una fe fuerte. El plan de Dios nos obliga a nutrir, cultivar y aumentar nuestra fe, y en ese largo proceso adquirimos paciencia y desarrollamos fortaleza de carácter. Estas preciosas cualidades son de valor eterno.

No ha habido otra época en nuestra vida, en la historia de la Iglesia o de las naciones, en que haya existido mayor necesidad de la fe, que la presente.

Necesitamos fe en el evangelio restaurado de Jesucristo, fe en los líderes de nuestra Iglesia, fe en nosotros mismos.

“El ejercicio constante de nuestra fe… es tan esencial para la salud espiritual como el ejercicio físico lo es para la salud del cuerpo.”

Termino, dejando mi testimonio de la veracidad del evangelio de Jesucristo. Las mayores bendiciones que ha disfrutado nuestra familia, las recibimos cuando hemos sido más generosos con nuestro tiempo, nuestros medios, y nuestros esfuerzos puestos al servicio de nuestras responsabilidades en la Iglesia. Esas mismas bendiciones se encuentran disponibles para cualquiera que tenga fe, acepte el evangelio de Jesucristo y viva de acuerdo con sus enseñanzas.

Ruego humildemente que cada uno de nosotros pueda aumentar su fe día a día; que guardemos los mandamientos: que amemos, honremos, y sostengamos a nuestro Profeta y Presidente y a todos los que con él se esfuerzan en la edificación del reino de Dios; que vivamos de tal modo que podamos ser fieles hasta el fin, y dignos de recibir la más grande de todas las bendiciones, que es la salvación, con exaltación y vida eterna en el reino de nuestro Padre Celestial, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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