El constante poder del Espíritu Santo

Conferencia General Abril 1973

El constante poder del Espíritu Santo

Cómo podemos tener el Espíritu Santo como guía y consuelo
durante toda la vida.

Franklin D. Richardspor el élder Franklin D. Richards
Ayudante del Consejo de los Doce

“El Espíritu Santo es un testigo del Padre y del Hijo, un consolador, un maestro, y portador de valiosos dones espirituales.”

Frecuentemente se nos pregunta: ¿Qué diferencia hay entre la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y otras iglesias?”

En una ocasión le hicieron la misma pregunta al profeta José Smith. El replicó que una de las principales diferencias está en nuestra forma de bautizar y comunicar el don del Espíritu Santo por la imposición de manos, y en que creemos en el continuo poder del Espíritu Santo. (Véase Documeníary History of the Church, vol. 4 pág. 42) El primero y el cuarto Artículo de Fe de nuestra Iglesia sintetizan esta creencia:

“Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo.”

“Creemos que los primeros principios y ordenanzas del evangelio son, primero: Fe en el Señor Jesucristo; segundo: Arrepentimiento; tercero: Bautismo por inmersión para la remisión de pecados; cuarto: Imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo.”

La revelación moderna nos dice que “El Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hijo; pero el Espíritu Santo no tiene un cuerpo de carne y huesos, sino es un personaje de Espíritu. De no ser así, el Espíritu Santo no podría morar en nosotros.” (D. y C. 130:22)

Este es el concepto simple y hermoso de la Trinidad, que enseña la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Cuando Nicodemo, un hombre importante entre los judíos fue a Jesús una noche y le preguntó qué podía hacer para salvarse, el Maestro le dijo: “. . .el que no naciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.” (Juan 3:5)

En esta dispensación se nos ha mandado “ir entre esta gente y decirles. . . Arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo. . . para la remisión de los pecados; y el que hiciere esto, recibirá el don del Espíritu Santo por la imposición de las manos de los élderes de la iglesia.” (D. y C. 49:11, 13-14)

Este nuevo nacimiento incluye una regeneración espiritual, como lo indicó el Salvador al explicar: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo.” (Juan 3:6-7)

Los requisitos para recibir el Espíritu Santo son la fe en el Señor Jesucristo, el arrepentimiento, y el bautismo por inmersión.

El apóstol Pablo escribió a los corintios lo siguiente: “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros,…?” (1 Cor. 6:19), y “Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es.” (1 Cor. 3:17) Para mantenernos en sintonía con el Espíritu Santo tenemos que guardar limpios nuestro cuerpo en todos los sentidos.

El presidente Brigham Young declaró: “El Espíritu Santo. . . aclara la mente del hombre, revela los tesoros de la sabiduría, y se comienzan a comprender las cosas de Dios. . . El hombre se comprende a sí mismo y entiende el grandioso motivo de su existencia.” (Journal of Discourses, vol. 1 pág. 241)

Si una persona quiere sacar el mayor provecho de su vida, tiene que comprender el motivo de esta existencia. Los dones del Espíritu Santo a las personas dignas son muchos y muy adecuados para ayudarnos a responder la pregunta, ¿Cuál es el propósito de nuestra vida?

Una de las principales tareas del Espíritu Santo es dar testimonio de Dios el Padre y de Jesucristo, su Hijo. Pablo, en una epístola a los corintios, les dijo que “nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo.” (1 Cor. 12:3)

Para entender el propósito de la vida es absolutamente esencial que sepamos que Dios vive y que Jesucristo es su Hijo, nuestro Salvador y Redentor.

Además de servir como testigo del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo es también un consolador. Poco antes de ser crucificado, el Salvador les prometió a los discípulos otro consolador: “. . . el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.” (Juan 14:26)

Por lo tanto, vemos que el Espíritu Santo es un testigo del Padre y del Hijo, un consolador, un maestro, y portador de valiosos dones espirituales como la sabiduría, el conocimiento, la fe, el discernimiento y una guía constante. Sí, sus bendiciones son reales y muy útiles para comprender y apreciar la vida, a veces incluso más allá del poder de nuestro entendimiento.

Recuerdo el testimonio ofrecido por un joven cadete de la Fuerza Aérea. Según parece, estaba pasando por grandes dificultades en sus estudios, y se encontraba muy desanimado. En esa época conoció a otro cadete que era mormón, quien le dijo que había varios mormones en la academia que se reunían todas las mañanas a las cinco para una clase de estudio religioso, y lo invitaron a asistir. Así lo hizo, sintiéndose muy impresionado por el maravilloso espíritu que allí reinaba. Continuó asistiendo, empezó a reunirse con los misioneros, recibió lecciones del evangelio y, por medio del estudio, la oración y la asistencia a la Iglesia, obtuvo un testimonio y fue bautizado.

Este joven testificó que, después de haber recibido el Espíritu Santo, sintió que su influencia le aclaraba la mente y el entendimiento y le refrescaba la memoria, y de allí en adelante no tuvo más problemas con sus estudios. El sentimiento de desánimo desapareció y lo invadió un espíritu de paz y consuelo. El suyo fue uno de los testimonios más inspiradores que he oído sobre el enorme valor del Espíritu Santo.

En la misma forma, yo también he sentido la guía del Espíritu Santo muchas veces en mi vida, y siguiéndola, mi familia y yo hemos sido muy bendecidos. Cuando nuestros hijos eran chicos, vivíamos en Salt Lake City y se me presentó la oportunidad de ir a Washington D.C. a trabajar para el gobierno. Nuestra familia se vio enfrentada entonces a una importante decisión; después de meditarlo cuidadosamente, orando al respecto, decidimos aceptar. Sentimos que era la mejor decisión, pero se necesitaba valor para seguir aquella inspiración.

Años más tarde, cuando dejé el empleo del gobierno, tuve que tomar otra importante decisión: si aceptaría una atractiva oportunidad para trabajar con otras personas o si iniciar mi propio negocio; después de mucha consideración y discusión, opté por lo último. Habiendo orado fervientemente, sentí que ese era el camino que debía seguir, oré para tener el valor de obedecer la inspiración del Espíritu.

Estoy seguro de que a muchos de vosotros os habrá pasado lo mismo, y que podéis testificar que al enfrentar la necesidad de tomar una decisión difícil y pedirle al Señor su guía e inspiración, las habéis recibido.

En la misma forma se pueden observar manifestaciones del Espíritu en otros aspectos de la vida. Constantemente oímos testimonios de miembros dignos que han sido advertidos sobre inminentes peligros.

Un joven padre me testificó sobre una gran bendición que habían recibido él y su familia. Una noche se despertó con una voz que le decía claramente que se levantara y fuera al piso bajo; obedeciendo la advertencia bajó las escaleras y se dirigió a la cocina, donde se encontró con que una de las paredes estaba en llamas. Rápidamente despertó a su familia, llamó a los bomberos y entre todos se las arreglaron para mantener el fuego dominado hasta que éstos llegaron. Este hombre no tuvo la menor duda de que la advertencia que recibió fue una manifestación de la protección que el Espíritu Santo da a aquellos que se mantienen en armonía con él.

El Salvador prometió que el Espíritu Santo sería un consolador en tiempos de enfermedad y muerte, y son muchos los que han testificado que han recibido ese consuelo en tiempos de aflicción, ayudándolos a encontrar paz y comprensión.

Hace unas semanas tuve el privilegio de conocer a dos mujeres, amigas íntimas, que habían perdido a su esposo en un trágico accidente de aviación. Pensaréis quizás que las encontré hundidas en la desesperación y el dolor. Ciertamente que no. Nunca he visto valor y fortaleza mayores; ambas me testificaron del gran consuelo que les había brindado el Espíritu, y de que sabían que había un propósito en el llamamiento que sus maridos habían recibido, que ellas y sus familias estarían perfectamente mientras se mantuvieran fieles a la Iglesia, guardando los mandamientos del Señor.

He oído esa suave voz del Espíritu muchas veces al reunirme con vosotros; al conferir sobre alguien el sacerdocio; al apartar personas para que ocuparan cargos en la Iglesia; al dar bendiciones de salud; al ofrecer mi testimonio a personas que no son miembros, lo mismo que a los santos; al decir un discurso, y en muchas otras oportunidades.

Hace algún tiempo, una joven me preguntó: “¿Cómo sabe cuándo habla bajo la influencia del Espíritu Santo?”. Y le respondí: “Porque puedo sentirlo espiritual y físicamente.”

Os testifico que el Espíritu Santo me ha testificado que Dios vive y que es el Padre de nuestros espíritus; que Jesús es el Cristo, nuestro Salvador y Redentor; que José Smith era y es un gran Profeta, por medio de quien fue restaurado el evangelio en su plenitud, fue organizada de nuevo la Iglesia de Jesucristo, y fue devuelto a los hombres el poder de actuar en el nombre de Dios. El Espíritu Santo me ha testificado muchas veces también que el presidente Harold B. Lee es un gran Profeta de nuestros días, y que se encuentra a la cabeza de la Iglesia de Cristo sobre esta tierra. Que todos y cada uno de nosotros podamos sostenerlo y apoyarlo en todas las cosas,

Me siento muy agradecido por la influencia del Espíritu Santo en mi vida, y os testifico que al aceptar el evangelio restaurado de Cristo y obedecer sus principios y ordenanzas, el Espíritu Santo se convierte verdaderamente en guía y consuelo durante toda nuestra vida.

Sí, una de las grandes diferencias que existen entre la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y cualquier otra iglesia, es que los miembros dignos pueden disfrutar del continuo poder y los dones constantes del Espíritu Santo. Que podamos todos buscar esos dones y ser dignos de recibirlos, es mi oración en el nombre de Jesucristo. Amén.

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