Sobre el Arrepentimiento

Conferencia General Abril 1956

Sobre el Arrepentimiento

Stephen L Richards

Por el presidente Stephen L Richards
de la Primera Presidencia


Con el espíritu de la hermandad y amor que engendra el evan­gelio de nuestro Señor, os saludo esta mañana, mis hermanos, her­manas y amigos. El sol brilla en Salt Lake City e infunde solaz en los que se hallan reunidos aquí en esta conferencia. Espero que los que se encuentran lejos de nos­otros, y no están escuchando, se hallen igualmente buenos y felices, disfrutando de las bendiciones que el Señor tan abundantemente ha derramado sobre todos.

Deseo impartiros esta mañana un mensaje de aliento. A fin de hacerlo necesito la ayuda de nues­tro Padre, así como su Espíritu, y ruego que en igual manera nos bendiga a todos nosotros.

Se dice que la dispensación del Meridiano de los Tiempos se inició con esta proclamación: “Arrepentíos, que el reino de los cielos se ha acercado”. Fue pronunciada primeramente por Juan el Bautista y luego por el Salvador, después de su ayuno y tentación, cuando “desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: “Arrepentíos que el reino de los cielos se ha acercado”. (Mateo 3:2; 4:17)

Es interesante tomar nota del tono de voz que hoy se usa en el pronunciamiento de estas portentosas palabras. Las he oído repe­tidas veces con tono de punzante proclamación para dar la impre­sión de un rígido mandato y autoritativa exhortación. Indudable­mente se tuvo por objeto que fueran estas tres cosas: un pro­nunciamiento penetrante, un man­dato y una exhortación. Pero me agrada pensar que había en la voz de nuestro Señor, cuando pronun­ció estas palabras, un tono que indicaba súplica y benigna solici­tud hacia los descarriados a los que eran dirigidas estas palabras.

Parte de la misión de nuestro Salvador fue introducir el elemen­to de misericordia a la inflexible y severa gente de duro corazón, entre la cual inició su misión. Cuando enseñó la tolerancia y la benigna y misericordiosa conside­ración hacia las flaquezas y debi­lidades humanas, se le acusó de violar y menospreciar la ley. A estas acusaciones, respondió de es­ta manera: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas: no he venido para abro­gar, sino a cumplir”. (Mateo 5: 17)

El arrepentimiento siempre ha sido y es parte de la ley y del plan del evangelio; y la misericordia que trajo el Señor es esencial a la doctrina del arrepentimiento y la administración de las leyes de Dios. En el gran principio de que la misericordia no robará a la jus­ticia, ni la justicia a la misericor­dia (Alma 42:25), está compren­dida la fina distinción entre una y otra.

Antes de continuar mis comen­tarios sobre el principio del arre­pentimiento, deseo aclarar que pa­ra mí todas las leyes del evangelio son esenciales al plan de salva­ción, y que ninguno de sus hijos puede pensar en obtener la exal­tación más alta en el reino celestial sin cumplir con toda la ley y todo mandamiento que el Señor ha dado a los hombres. Creo también que el Señor plenamente reconoce las flaquezas y debilidades de sus hijos mientras se hallan en esta proba­ción.

Fue El quien los sujetó a las pruebas de este estado mortal. Les dio su libre albedrío para que re­solvieran sus tentaciones y pro­blemas. Plantó en ellos el recono­cimiento de lo bueno y los rodeó con su Santo Espíritu para ayu­darles a trazar el curso de sus vidas; pero sabía desde el principio que no todos tendrían la visión y la fuerza de carácter para seguir el camino recto y angosto.

Sabía que muchos serían venci­dos por las seductoras tentaciones del adversario, a quien permitió que estuviese con sus hijos en el mundo, a fin de que fueran pro­bados y por último pudieran fortalecer su fe y determinación.

De modo que, desde el principio el arrepentimiento fue parte nece­saria del plan. No es la única parte del plan que manifiesta el amor y la misericordia del Señor. Las mis­mas leyes y mandamientos son generosas y amantes provisiones, preparadas por nuestro Padre pa­ra dar la máxima felicidad y ben­diciones posibles a su vasta familia que El ama.

Todo mandamiento, sin excepción, aunque a algunos parezca rígido, es en realidad una avenida que conduce al glorioso reino de paz y felicidad. Pero el arrepentimiento es un principio sobresaliente de misericordia y amor y bondad, que testifica del interés y amor que el Padre siente por sus hijos, pues en el último análisis, dio a su Hijo Unigénito para que no sólo nos redimiese del efecto de la transgresión que pesaba gravemente sobre todo el género humano, sino también para proveernos la inefablemente gloriosa oportunidad de arrepentimos de nuestras propias transgresiones individuales, a fin de que nuevamente pudiésemos volver a su presencia, limpios y perdonados mediante el precioso don del arrepentimiento.

Jamás he considerado el arrepentimiento como algo estático o inactivo. Es difícil imaginar que los hombres puedan arrepentirse en tal forma que les durará toda su vida. Yo lo veo como un principio progresivo que se aplica a cada uno de nosotros día tras día. Entre aquellos a quienes se ha dado los nobles conceptos de una vida perfecta, han de ser sumamente pocos, si acaso los hay, los que no sientan al fin del día que él o ella no realizaron cabalmente el ideal de la perfección; de modo que, trabajando diariamente hacia esta elevada meta, aun cuando sin lograrla, cada cual ha de sentir la necesidad de arrepentirse; y así, cada uno, sintiendo esta inhabilidad, buscará el perdón de su Padre Celestial y también el de sus semejantes si acaso los ha ofendido. Es este constante lamentarse y afanarse lo que constituye el progresivo, siempre aplicable principio del arrepentimiento. Esta incesante admisión de nuestras debilidades y errores, y el buscar y procurar en nuestras vidas lo más alto y mejor es lo que nos llevará a la perfección.

Tenemos la tendencia de clasificar y evaluar los errores de la vida, para lo cual hallamos apoyo en las revelaciones. Tachamos de serias algunas infracciones, aun al grado de imperdonables. Otras solemos considerar con mayor tolerancia. En algunos casos la gravedad de la ofensa y la extensión de la culpabilidad son cosas que determinan judicialmente aquellos que son nombrados jueces de la Iglesia de nuestro Padre.

Todos estos juicios son autoritativos y creemos que son, casi sin excepción juicios justos. El castigo debe ser impuesto. Pero ni aun estas violaciones serias excluyen el misericordioso principio del arrepentimiento, y no sé de ningún tribunal judicial de la Iglesia que no amoneste y ruege uniformemente a los que son declarados culpables de alguna ofensa, que se arrepientan, no pequen más y por su manera de vivir busquen y sean dignos de ser perdonados.

Hay las así llamadas ofensas menores que no llegan a la consideración de los tribunales de la Iglesia, pero que con frecuencia son presentadas a los oficiales residentes, los cuales son nombrados para actuar como jueces en Israel, en lo que respecta al adelanto de hombres y mujeres en los oficios y privilegios de la Iglesia, como su progreso y desarrollo, recomendaciones para el templo, su aptitud para ocupar alguna posición en las organizaciones auxiliares, etc.

Quisiera que todo aquel que cree que se le está impidiendo su progreso y no es reconocido en la forma que le agradaría, se preguntase a sí mismo si hay alguna cosa en su vida que está causando este impedimento. Seguro estoy que cada uno, si es sincero consigo mismo, hallará la respuesta.

Hay un remedio, un remedio universal que nunca falla. Es el arrepentimiento, el apartarse de aquello que impide el progreso y priva a uno del verdadero Espíritu del Señor. No obstante que me he referido a las ofensas que se clasifican como graves, así como a las que son menos serias, quisiera indicar que no hay desviación del camino indicado por el Señor que no sea serio y que no estorbe de alguna manera al completo desarrollo de un hijo de Dios.

He dicho estas cosas acerca de la gran saludable doctrina del arrepentimiento, como que es un principio progresivo y siempre aplicable de la vida. Quisiera ahora llamar la atención a la manera en que podamos animarnos nosotros mismos y a nuestros amigos, a adoptar este principio. Las revelaciones que hemos recibido con el evangelio restaurado nos imponen la obligación de llamar a todos los hombres al arrepentimiento.

Quisiera que todos nuestros amigos entendiesen que cuando hacemos este llamado, también nos incluimos a nosotros mismos. Se espera que no se manifieste ninguna indicación de actitud arrogante, por parte de nosotros o de nuestros misioneros, de que estamos libres de la necesidad de arrepentimos. Es cierto que hay incongruencia en exhortar a nuestro prójimo a arrepentirse y a que cese de transgredir las leyes del Señor, cuando nosotros mismos lo hacemos. Este ejemplo en ningún sentido apoya la exhortación; pero a pesar de tal incongruencia, todavía tenemos el mandamiento divino de predicar el arrepentimiento a la gente de este mundo, porque el arrepentimiento es indispensable.

A los que critican porque hallan entre nosotros violaciones de las leyes puras del evangelio que procuramos enseñar a otros, propongo esta común pero importante pregunta: ¿Se quita una ofensa con otra? ¿Acaso la debilidad de uno, aun cuando sea uno que ha recibido un testimonio de la verdad, justifica la transgresión de la ley o el negarse a escuchar sus preceptos?

Dije al principio que en mi opinión debe haber habido un tono de súplica e invitación cuando el Salvador exhortó con estas palabras a sus semejantes al principiar su ministerio: “Arrepentíos, que el reino de los cielos se ha acercado”. Conocía las debilidades de aquellos a quienes llamaba. Conocía su orgullo y arrogancia, su amor de las cosas del mundo. Sabía que no lo iban a recibir por lo que afirmaba ser.

Sabía que necesitaría infinita paciencia y bondad y misericordia para enseñarles los principios de amor y hermandad comprendidos en el evangelio. Sabía que tendría que cambiar sus modos y transformar sus vidas y conceptos antes que verdaderamente pudiesen entrar en su redil. Por tanto, lo primero que les enseñó fue el arrepentimiento, a fin de darles a entender que podían cambiar sus vidas, que podían abandonar sus prácticas tradicionales, su intolerancia y arrogancia, y ser admitidos en el reino más sublime del amor: el amor de Dios y de sus semejantes.

Los que percibieron la fuerza y belleza de sus enseñanzas deben haber recibido el glorioso principio del arrepentimiento con gran gozo. El los animaba. Jesús enseñó a sus discípulos la doctrina por medio del ejemplo y la parábola.

Tenemos el caso de la mujer tomada en el pecado. Creo que jamás he visto una escena más impresionante en la pantalla, que la que se presentó hace algunos años cuando las películas no tenían sonido, en la cinta llamada “El Rey de Reyes”. Estaba la mujer postrada en el polvo, avergonzada, desahuciada. La rodeaban varios hombres de semblante inflexible, con piedras en la mano, listos, y aparentemente ansiosos de ejecutar el castigo de la ley. La situación de la mujer era lastimosa, desesperada. Repentinamente apareció en la pantalla la representación del Cristo. Ante su presencia callaron y detuvieron las piedras. Entonces se desarrolló la escena como se halla en las Escrituras:

Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio;
y en la ley, Moisés nos mandó apedrear a tales mujeres; tú, pues, ¿qué dices?
Mas esto decían tentándole, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en la tierra con el dedo.
Y como insistieron en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de entre vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella.
E inclinándose de nuevo, siguió escribiendo en la tierra.
Al oír esto, acusados por su conciencia, salieron uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los últimos; y quedaron solo Jesús y la mujer, que estaba en medio.
Y enderezándose Jesús y no viendo a nadie más que a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado?
Y ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.  (Juan 8:4-11)

A todos exhortaba a que se arrepintieran. A fin de lograrlo relató una de las más grandes de todas sus parábolas, la del hombre que tenía dos hijos. El mayor amaba a su padre, era obediente a sus mandatos y lo servía fielmente.

El hijo menor era aparentemente de una disposición diferente y deseaba las cosas del mundo y sus placeres. Demandó y recibió la parte de los bienes de su padre que había de heredar, y así renunció a su patrimonio, tan estimado entre los judíos. Tomó lo que recibió, se fue a un país lejano, y gastó lo que le había sido dado viviendo perdidamente. Se supone que cometió muchas ofensas y que la vida que llevaba era completamente ajena a los ideales de su hogar, pero pagó un penoso castigo por sus transgresiones.

Cuando hubo gastado todo lo que tenía sobrevino una grande hambre en el país, y se halló en extrema pobreza. Se vio obligado a buscar trabajo, y su amo lo mandó al campo a pacer los puercos, quizá lo más bajo, lo más degradante a que podía llegar un judío. Nos es dicho que era tanta su necesidad y tan fuerte el hambre, que de buena gana habría comido las algarrobas que daban a los cerdos.

Viéndose reducido a tales circunstancias, tanto física como espiritualmente, volvió en sí. Tenemos razón para creer que vino sobre él el espíritu de arrepentimiento, y en su desesperación se dijo a sí mismo:

¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!
Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti;
ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.
Entonces, se levantó y fue a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello y le besó.
Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. (Lucas 15:17-21)

Mas el padre, al parecer dominado de gozo por haber vuelto su hijo, no hizo caso de las palabras, sino que llamó a sus siervos: “Sacad el principal vestido y vestidle ; y poned un anillo en su mano y zapatos en sus pies. Y traed el becerro grueso, y matadlo, y comamos, y hagamos fiesta: porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; habíase perdido y es hallado”.

Siempre me ha parecido que el Salvador tenía por objeto que el padre de esta parábola representara al Padre Eterno de todos nosotros. Conocía la severidad de la ley judía. Sabía que era una terrible ofensa renunciar uno a su patrimonio, una ofensa imperdonable, supongo yo, entre los judíos. En la parábola hizo que este hijo errante volviese arrepentido a su padre, no para ser rechazado, sino recibido y amado.

No hizo devolver al menor todos los privilegios que había menospreciado. El hijo mayor y más fiel se quejó de la fiesta que se había hecho al volver su hermano menor, pero el padre lo consoló con estas palabras: “Hijo,       tú siempre has estado conmigo, y todas mis cosas son tuyas”. Entonces repitió a su hijo mayor las palabras que había hablado con respecto al menor :

“Era menester hacer fiesta y holgamos, porque este tu hermano muerto era, y ha revivido; habíase perdido, y es hallado”. (Lucas 15: 31-32)

Me parece muy significante que el Señor haya aclarado en la parábola que el hijo menor había perdido mucho a causa de su mala vida, pero todo lo pagó hasta cierto grado por lo menos, con sus sufrimientos y degradación. La justicia demanda esto. Sin embargo, habiéndose cumplido el castigo, el corazón del padre se llenó de gozo por el arrepentimiento y regreso de su hijo. ¡Qué estímulo tan grande para buscar el arrepentimiento! ¡Qué gozo saber de la misericordia y perdón del Padre! ¡ Mucho mejor habría sido no transgredir, pero qué consuelo saber que uno puede volver!

Así como el arrepentimiento es un principio divino, también lo es el perdón. El Señor ha dicho: “Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres..” (D. y C. 64:10) Si fuéramos más liberales en nuestro perdón, daríamos más oportunidad al arrepentimiento. Alguien ha dicho que la caridad suprema del mundo consiste en obedecer esta palabra divina: “No juzguéis”.

Cuando el Salvador dió este mandamiento, bien sabía lo estrecho que es el entendimiento y simpatía humanos. Vemos que se comete el hecho, pero no podemos ver lo que se siente adentro, ni podemos leer la intención. La Divina Providencia, que todo lo sabe, al pasar juicio ve y conoce todos los aspectos de la conducta humana. Nosotros conocemos muy pocas de estas fases, y por cierto, no muy bien. El ser considerados y benignos en el juicio es uno de los atributos que nos hacen semejantes a Cristo.

Ofrezcamos, pues, el misericordioso y salvador principio del arrepentimiento a nosotros mismos primero, y luego a todos los hijos de nuestro Padre. Hagamos la proclamación como se nos ha mandado, pero templémosla con amor y humildad, a fin de que todos la reciban como una invitación cordial de compartir los gloriosos principios del evangelio que han venido a la tierra por medio de revelación en estos postreros días. Ningún hermano o hermana de toda la familia de Dios ha de sentir que ha llegado al punto de que ya no puede abandonar el error y el pecado, y debe llenar su alma de fe y esperanza por medio del arrepentimiento verdadero.

Hace algunos años, mientras visitaba una de las misiones de la Iglesia, me preguntó un hombre si podía llevarme en su automóvil a donde tenía que ir. Hablé con el presidente de la misión, y me contestó que le parecía bien. En el camino, este hombre con gran pena me reveló el curso de su vida. Me habló de su hogar y su juventud, y entonces con profunda tristeza confeso sus transgresiones. Eran sumamente graves, y el sentimiento de culpabilidad casi lo dominaba. Con una emoción que difícilmente le permitía hablar, me hizo la pregunta que había premeditado cuando me pidió que lo acompañara: “Hermano Richards, ¿hay esperanza para mí? Ahora que he oído el evangelio de los misioneros y he llegado a entender la clase de vida que el Señor quiere que sus hijos lleven, el peso de mis ofensas me domina. ¿Podré ser perdonado?” Estaba sollozando y estremeciéndose a tal grado, que por un momento temí que no iba a poder guiar el automóvil.

Me llegó al corazón su profunda contrición. Oré en silencio que pudiera consolarlo y ayudarlo. Entonces le expliqué las cosas que he puesto ante vosotros hoy. Le cité los mismos ejemplos del misericordioso principio del arrepentimiento y perdón, y cuando le comuniqué una esperanza de ánimo, se consoló, se compuso y en voz llena de determinación, exclamó: “Con la ayuda del Señor me haré digno, y volveré a obtener lo que he perdido”.

Sentí que el Señor lo ayudaría en sus esfuerzos. Este hombre no sabía, aunque debe habérselo dicho su conciencia, la gravedad de sus pecados, sino hasta que oyó el evangelio verdadero; pero los miembros de la Iglesia que han recibido esta instrucción lo saben, y este conocimiento añade a su responsabilidad. Para ellos el arrepentimiento tiene un significado especial. Son los directores y maestros de los que no conocen la luz. Llevan sobre los hombros el peso del reino, cuyo progreso es retardado no tanto por la falta de esfuerzo sino por la insuficiencia del arrepentimiento, ese arrepentimiento individual que se necesita para poder ser siervos útiles.

Así pues, mis hermanos y hermanas, con el amor y respeto que os tengo, apelo a vosotros, os suplico y os invito a arrepentiros de todos los pecados de comisión u omisión que retardan vuestro progreso hacia la perfecta vida y destino que el Señor tan graciosamente nos ofrece para estimularnos a seguir adelante.

Y a mis amigos que no son de la Iglesia, quisiera humilde y sinceramente ofrecer esta gloriosa doctrina, el verdadero camino que conduce a la felicidad y la paz. Invito a todos con voz suplicante y temerosa a cesar de ofender a Dios, a refrenarse de juzgar inmoderadamente, a ser honrados y virtuosos. Si deseáis la paz y la felicidad, si habéis cometido errores podéis arrepentiros si es que queréis. El Señor os ayudará y os premiará mil veces por vuestro esfuerzo. Lo que el mundo necesita es el arrepentimiento, y podéis estar seguros que la única felicidad verdadera sólo se halla en hacer bien. Pido las bendiciones del Señor sobre todos en el nombre de Jesucristo. Amén.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s