La humildad de Jesucristo

Conferencia General Abril 1956

Esta edad de materialismo
La humildad de Jesucristo

J. Rubén Clark Jr.

Por el presidente J. Rubén Clark, hijo
de la Primera Presidencia


Mis hermanos y hermanas, es con profunda humildad que me pongo de pie esta mañana para hablaros. Como siempre, espero que añadiréis vuestras oraciones a las mías a fin de que pueda decir algo que tenga algún valor para nosotros. Sin la ayuda del Señor no somos más que débiles mortales, sin poder hacer mucho para avanzar su causa.

Quisiera dar principio a mis palabras expresando mi gratitud a nuestro Padre Celestial por la devoción, la lealtad y el gran servicio de miles de nuestros Santos de los Ultimos Días. No hay sacrificio que no estén dispuestos a hacer. Tienen la misma voluntad para obedecer las indicaciones del Espíritu, manifestadas por conducto de las Autoridades Generales de la Iglesia, que los antiguos santos en el tiempo del Salvador y los primeros santos que participaron en el principio y establecimiento de esta última Dispensación del Cumplimiento de los tiempos. Estoy agradecido a todos vosotros por ello. Reconozco que sin esta lealtad y devoción se retrasaría la obra del Señor y no tendríamos el deseo de hacer las cosas que El quiere que hagamos. Gracias por vuestra devoción, vuestra lealtad, vuestro servicio.Es perogrullada decir que vivimos en una edad de materialismo, un materialismo que ha entronizado las cosas mundanas, un materialismo que ha empañado aun nuestra espiritualidad. En mi opinión, una de las grandes causas es la duda que tenemos con respecto a que si Jesús es el Cristo. Algunas de las grandes iglesias sectarias cuyos miembros son, igual que nosotros, hijos de nuestro Padre Celestial, lo están abandonando, lo están convirtiendo, como muchas veces he dicho, en un gran maestro, un gran filósofo, un gran personaje ; esto no lo dudan, mas niegan que fué y es el Cristo.

De los innumerables testimonios respecto de su persona, deseo llamar vuestra atención únicamente a dos o tres. El primero es la oración que ofreció la noche antes de su crucifixión, después de salir del aposento alto al Monte de los Olivos. Me refiero a esta gran oración: Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. (Juan 17:3) Y el testimonio que Pedro dió a los miembros del Sanedrín, al demandársele en nombre de quien había hecho el milagro en la “Puerta Hermosa” del templo, cuando respondió: “En el nombre de Jesucristo de Nazaret. . . porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. (Hechos 4:10-12)

Y este otro testimonio comprendido en la gran declaración que el Padre mismo hizo a Moisés, porque es el epítome, el resumen del evangelio de Jesucristo: “He aquí, ésta es mi obra y mi gloria: llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”. (Perla de Gran Precio, Moisés 1:39)

Ha habido una apostasía de ese conocimiento del Cristo. Cuanto más estudio la vida del Salvador, tanto más me impresiona, tanto más estimo su humildad. Nació en la casa de un modesto carpintero, no en las salas de los grandes, no en los palacios de príncipes nacionales, sin embargo, con sangre real en sus venas humanas. Me impresiona la observación que hizo a aquel hombre que ofreció seguirlo e ir con El. A éste el Señor dijo: “Las zorras tienen cavernas y las aves del cielo nidos, mas el Hijo del hombre no tiene donde recueste su cabeza”. (Mateo 8:20)

Se mostró indiferente, completamente indiferente a las cosas del mundo. Pero en otros asuntos su determinación fué inflexible. La tentación que le vino de Satanás, cuando éste le ofreció todos los reinos del mundo por tan sólo postrarse y adorarle, le presentó la oportunidad de adquirir cuanto poder podía ser ofrecido por un ser humano; pero lo hizo a un lado.

Recuerdo que después de haber alimentado a la multitud de cinco mil personas, quisieron hacerlo rey; pero también rechazó esto. El poder mundano no lo atraía, no era para El.

Me acuerdo que al ser interrogado por Pilato, la primera pregunta que éste le hizo fué de carácter político: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Y por último dijo a Pilato, el cual seis veces intentó lograr que los judíos dejaran ir a Jesús: “Mi reino no es de este mundo”; y añadió que su misión era establecer la verdad, y entonces el pobre de Pilato, perplejo le preguntó: “¿Qué cosa es verdad?” (Véase Juan 18:36-38)

Acuden a mi mente las cosas que hizo, los milagros que efectuó. Hubo solamente tres ocasiones, según me parece, cuando directamente di ó alimento a las multitudes o a persona alguna. La primera fué cuando dió de comer a los cinco mil sobre el monte; la segunda, cuando proveyó alimento a cuatro mil personas en el campo y la tercera fué el hermoso acontecimiento en las playas del mar de Galilea, después de su resurrección, cuando los apóstoles, habiendo vuelto a sus redes, se acercaban a tierra después de haber pescado inútilmente, y El, el Cristo resucitado, estaba en la orilla del mar con unas ascuas puestas, y un pez encima de ellas, y pan.

No me viene a la memoria sino un solo caso en que haya proveído dinero, y no estoy seguro de otro suceso algo parecido. Me refiero a la ocasión en que no tenía dinero para el tributo, y envió a Pedro a que lo sacara de la boca de un pez. No estaba proveyendo dinero a aquellos con quienes obraba. El otro caso en que tuvo que ver con el asunto de dinero fué cuando se le preguntó si debían pagar tributo al César, y él, tomando la moneda y mostrándoles la figura que sobre ella estaba, les dijo: “Pagad pues a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios”. (Mateo 22:21)

En cuanto a las riquezas, os acordaréis del joven príncipe que vino a El para preguntarle qué debía hacer. El Salvador le respondió que guardara los mandamientos. Dícele el mancebo. “Todo esto guardé desde mi juventud”. Entonces le dijo el Maestro: “Vende lo que tienes y dalo a los pobres. . . y ven, sígueme”. Y el joven rico se fué triste. Deseaba todas las bendiciones espirituales que Dios podía dar, pero al mismo tiempo quería retener su dinero. (Véase Mateo 19:16-22)

«Y al oír Juan en la cárcel los hechos de Cristo, le envió dos de sus discípulos
a preguntarle: ¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?
Y respondiendo Jesús, les dijo: Id y haced saber a Juan las cosas que oís y veis.
Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, y los sordos oyen; los muertos son resucitados y a los pobres es anunciado el evangelio.» (Mateo 11:2-5) Esa era la obra del Salvador.

En otra ocasión dijo a uno: “Sígueme”; pero éste dijo:  “Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre.
“Y Jesús le dijo: Deja los muertos que entierren a sus muertos; y tú, ve, y anuncia el reino de Dios.
Entonces también dijo otro: Te seguiré, Señor; mas déjame que me despida primero de los que están en mi casa.
“Y Jesús le dijo: Ninguno que poniendo su mano al arado, mira atrás, es apto para el reino de Dios”. (Lucas 9:59-62)

Se podría decir mucho más sobre este tema, pero deseo llamar vuestra atención a su fórmula, el principio que lo guió, y lo hermoso que es, y cómo permite que todos nosotros que somos pobres vengamos a El, y cómo nos promete su Espíritu. Las últimas palabras que Jesús dijo, en relación con la llegada de los discípulos de Juan, fueron estas: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar”. (Mateo 11:28)

Quisiera dar las gracias a la Sociedad de Socorro por el himno que cantaron:

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.
“Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga”. (Mateo 11:29-30)

Aun el más pobre de nosotros puede vivir de conformidad con su evangelio, puede disfrutar de él, gozar de sus bendiciones y de las bendiciones del sacerdocio que lo acompañan. No necesitamos ni posición ni riquezas para disfrutar de todo lo que El puede darnos. Es la salvación y exaltación de todos nosotros, si seguimos sus pasos. No hay otra cosa que se requiere aparte de un corazón quebrantado y un espíritu contrito, y todo lo que de esto emana.

El Señor nos dé la fuerza para vivir de tal manera que podamos tener las bendiciones que ha prometido, y dé a cada uno de nosotros ese corazón quebrantado y espíritu contrito; volvámonos a Jesús el Cristo, el Autor de nuestra salvación, nuestro Hermano Mayor, adorémoslo en espíritu y en verdad, alleguémonos a nuestro Padre Celestial por medio de El, a fin de que sus bendiciones sean nuestras, humildemente ruego en el nombre de Jesús. Amén.

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