Edificad el Reino

Conferencia General Octubre 1955

Edificad el Reino

LeGrand Richards

por LeGrand Richards
del Cuórum de los Doce Apóstoles


Mis hermanos y hermanas: Me gozo con vosotros en los admirables testimonies e instrucciones que hemos recibido en esta conferencia. Ruego que el Señor me conceda el espíritu de testimonio durante los pocos momentos que me encuentre ante vosotros.

Después de escuchar el hermoso discurso del presidente Clark esta tarde sobre la vida y misión del Redentor del mundo, y recordando lo que dijo el presidente McKay acerca de que debemos contar nuestras bendiciones, y puso a la cabeza de éstas la gran obra del Maestro, estoy seguro que todos nosotros como Santos de los Últimos Días sentimos que el más trascendental acontecimiento de toda la historia fue la vida y misión del Redentor del mundo.

Su obra aún no ha terminado. Leemos en el Libro de Mormón que:

Aún no he concluido mi obra, ni se acabará hasta el fin del hombre, ni desde entonces para siempre jamás. (2 Nefi 29:9).

Y para mí Él es el Creador de mundos, como nos es dicho en la Perla de Gran Precio, incontables para el hombre; “pero para mí todas las cosas están contadas —dijo el Señor— porque son mías. . . y por medio del Hijo, que es mi Unigénito, las he creado”. (Moisés 1:33,35).

Entonces me pongo a pensar en su gran expiación y las promesas concernientes a su obra todavía inconclusa. Os acordaréis que cuando lo hicieron comparecer ante el sumo sacerdote de los judíos, que era Caifas, éste exclamó:

Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, Hijo de Dios. (Mateo 26:63).

A lo cual Jesús respondió:

Tú lo has dicho: y aun os digo que desde ahora habéis de ver al Hijo del hombre sentado a la diestra de la potencia de Dios, y que viene en las nubes del cielo. (Mateo 26:64).

Con referencia a esta venida “en las nubes del cielo” y la obra que es necesario que se haga como preparación para cuando El venga, quisiera yo decir unas palabras esta tarde. Si consultamos las Sagradas Escrituras sobre lo que se ha prometido con respecto a la resurrección, ya hemos oído lo que el presidente Clark dijo sobre la resurrección. Pensemos en lo que significa volver a recibir nuestros cuerpos de la sepultura y ser reunidos con nuestros seres queridos, y entonces leamos el testimonio de Juan en la isla de Patmos, con referencia a esa época:

Y limpiará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y la muerte no será más; y no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor: porque las primeras cosas son pasadas…

El que venciere, poseerá todas las cosas; y yo seré su Dios, y él será mi hijo. (Apocalipsis 21:4,7).

Entonces leemos más adelante que aquellos que mueren en Cristo son los que saldrán en la mañana de la primera resurrección, y que el resto de los muertos no tornarán a vivir sino hasta después que sean cumplidos los mil años.

¿Qué hay en este mundo que nosotros como individuos pudiéramos hacer para obtener el privilegio de salir en la mañana de la primera resurrección y recibir a nuestros seres queridos y ser reunidos con ellos y con los siervos del Dios viviente y con el Redentor del mundo, cuando venga en las nubes del cielo?

Si realmente entendiéramos lo que es el evangelio, sabríamos porqué dijo Jesús que el comerciante que buscaba perlas preciosas vendió cuanto poseía a fin de adquirir la Perla de Gran Precio, y también comprenderíamos estas palabras suyas:

Porque ¿de qué aprovecha al hombre, si granjeare todo el mundo, y perdiere su alma? O ¿qué recompensa dará el hombre por su alma? (Mateo 16:26).

No somos capaces de apreciar debidamente las grandes bendiciones que esperan a los fieles, porque el Señor dijo al profeta José Smith:

Grande será su galardón, y eterna será su gloria. (D. y C. 76:6).

En esta gran preparación que el Maestro va a hacer, se requiere que Él tenga una organización. Llamó a sus doce apóstoles, hombres humildes, pero personas que podían ser instruidos, hombres de fe, y fieles al testimonio que tenían, y salieron a predicar sin temor hasta que todos dieron su vida, con excepción del apóstol Juan, a quien se concedió el privilegio de permanecer hasta que viniera el Salvador; e hicieron estas cosas por el testimonio de Jesús que ardía en su alma.

Me toca estar sentado entre estos hermanos que son testigos especiales del Señor Jesucristo ante el mundo. No creo que haya uno de ellos que no esté dispuesto a dar su vida gustosamente por el testimonio de Jesús. Sé que el presidente de la Iglesia nunca tiene que preguntar a ninguno de estos hombres si está dispuesto a ir allá o acá para asumir esta responsabilidad o aquella. No puede hallarse en todo el mundo un grupo de hombres mejor dispuestos a aceptar los cargos que les son dados. Sé que son hombres de Dios. Conozco el gozo del testimonio del Espíritu Santo, ese rapto que llena el pecho mientras siente uno que está en su verdadera presencia. Sé que vale cualquier esfuerzo que hagamos.

En la reunión que tuvimos ayer en el templo, un miembro de la Presidencia expresó como su parecer que una de las cosas que más necesitábamos enseñar a los miembros de la Iglesia era llevar vidas dignas de permitirles entrar en el templo. Estamos edificando varios templos. Son grandes instituciones de nuestra Iglesia, y debemos enseñar a nuestros jóvenes a apreciarlas. Y me vino al pensamiento esta idea adicional, que lo que necesitan saber aquellos que han pasado por el templo es el carácter sagrado de las obligaciones que toman sobre sí en estos santos edificios.

Cuando en ese sagrado lugar aceptan consagrar todo lo que tienen y todo lo que son a la edificación del reino de Dios, estoy seguro que a los ojos del Señor éstas no son palabras vanas; significan que hemos de anteponer a todas las cosas nuestro deber y responsabilidad hacia el sacerdocio que poseemos, así como la edificación del reino de Dios, y todas las demás cosas deben ocupar un lugar secundario. Y si entendemos esto y entendemos la majestad de esta gran obra que estamos desempeñando, no nos será muy difícil hacer precisamente esa cosa.

Tengo mucha fe en el cumplimiento de las profecías. Me acuerdo de las palabras de Jesús mientras iba a Emmaus con dos de sus discípulos después de su crucifixión. Os acordaréis que “los ojos de ellos estaban embargados, para que no le conociesen”; y cuando los oyó hablar de las cosas que habían acontecido en Jerusalén (su crucifixión, etc.), “entonces él les dijo: ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho!” En seguida les explicó las palabras de los profetas, cómo habían testificado de Él y de su obra. Las Escrituras nos dicen que entonces “fueron abiertos los ojos de ellos” de modo que lo reconocieron y entendieron todas sus palabras. (Véase Lucas 24).

Recordemos asimismo las palabras de Pedro, cuando dijo:

Tenemos también la palabra profética más permanente, a la cual hacéis bien de estar atentos como a una antorcha que alumbra en un lugar obscuro hasta que el día esclarezca, y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones:

Entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de particular interpretación.

Porque la profecía no fue en los tiempos pasados traída por voluntad humana, sino los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados del Espíritu Santo. (2 Pedro 1:19-21).

Y a eso se debe que la palabra profética es lo más permanente que hay en este mundo.

Conviene que analicemos las profecías con respecto a esta gran dispensación de los postreros días y la preparación para la venida del Hijo del Hombre de conformidad con lo que testificó a Caifas cuando dijo que vendría en las nubes del cielo.

Quisiera leeros algunos párrafos sobre la necesidad de un profeta. Mientras me hallaba en el sur una de las grandes iglesias de Atlanta, Georgia, celebró dos grandes convenciones, y en una de ellas, uno de sus obispos, Warren A. Candler, dijo entre otras cosas:

“Necesitamos la reaparición de profetas enviados de Dios”.

En seguida el Dr. Ainsworth habló sobre la condición del mundo y la necesidad de alguna cosa que saque al mundo de su actual condición decadente, y pronunció estas palabras:

“Jamás ha hecho más falta, en la historia de esta nación, la voz restrictiva de un profeta de Dios, que en la actualidad”.

Ahora, estas palabras de un ministro de Inglaterra hace pocos años:

“Todos reconocemos que algo se tiene que hacer, porque actualmente nos hallamos en una crisis en la que nuestros directores terrenales titubean, nuestra gente se desorienta y perece. No hemos de olvidar que cuando el ciego quiere guiar al ciego, lo más probable es que ambos caigan en el hoyo. Ya que no yodemos tener un dictador, ¿por qué no un profeta? El profeta jamás se nombra a sí mismo. Será bueno tener esto presente. Ni tampoco lo escogen sus compañeros. Siempre viene enviado de Dios; y me causa mucha alegría pensar que tiene la facultad para aparecer en el momento más oportuno. Siendo así, me inclino a creer que nuestro profeta seguramente debe estarse preparando para venir. No olvidemos eso. Esperemos y oremos que venga, con toda nuestra voluntad. Los hombres tienen una vieja costumbre de recibir a los profetas con piedras. No debe sorprendernos que así sea recibido el profeta de nuestros días. Nadie puede decir cuando vendrá ese profeta, pero no cabe duda de que lo necesitamos”.

En esta época hallamos muchos que nos dicen: “Podríamos aceptar su mensaje, pero no podemos creer que José Smith fue profeta”. Si estas personas creyesen en la vida preexistente, podrían entender. Cuando Jeremías fue llamado en su juventud al puesto profético, no podía entender la razón, y el Señor le dijo:

“Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que salieses de la matriz te santifiqué, te di por profeta a las gentes”. (Jeremías 1:5).

Y el Señor conocía no solamente a este profeta, sino a José Smith. Hace tres mil años el Señor reveló a José, que fue vendido en Egipto, que en los últimos días El levantaría de su descendencia a un vidente escogido que sería un profeta semejante a Moisés. (2 Nefi: 3:11,14-17).

Leemos en los sagrados escritos que no hubo profeta en todo Israel semejante a Moisés, porque éste habló con Dios cara a cara; y así iba a ser el profeta que el Señor prometió a José que nacería de su linaje en los postreros días; y nuestro testimonio al mundo es que José Smith fue este profeta prometido. No podrían cumplirse las cosas anunciadas por Jesús y los profetas, que habían de acontecer antes de su venida, a no ser que hubiese un profeta por medio de quien el Señor pudiera obrar.

Leemos en Malaquías, donde el Señor dijo por boca de este profeta que enviaría a un mensajero que prepararía el camino delante de Él, y que entonces vendría luego a su templo. ¿Quién, aparte de un profeta, podría ser este mensajero? ¿En qué ocasión ha venido el Señor prestamente a su templo? ¿Cómo podrá ser preparado el templo para su venida a menos que haya un profeta? Esta promesa se refiere a su segunda venida, porque Malaquías declara:

¿Quién podrá sufrir el tiempo de su venida? o ¿quién podrá estar cuando él se mostrará? Porque él es como fuego purificador, y como jabón de lavadores. (Malaquías 3:2).

De modo que en su último advenimiento, vendrá luego a su templo. Se sentará para juzgar, como lo anuncia Malaquías, y siguiendo ese tema, el mismo profeta habla del grande y terrible día del Señor en los postreros tiempos, cuando

. .. todos los soberbios, y todos los que hacen maldad, serán estopa; y aquel día que vendrá, los abrasará, ha dicho Jehová de los ejércitos, el cual no les dejará ni raíz ni rama. (Malaquías 4:1).

Continúa diciendo que antes que llegue ese día enviará a Elías el profeta a tornar el corazón de los padres a los hijos. Y quisiera preguntar, ¿por qué no cree el mundo que Elías ha de venir? Pueden creer que fue llevado en alto, en las nubes del cielo, en un carro de fuego; y aquí tenemos la promesa de que vendrá en los días postreros. Nosotros damos testimonio de que Elías ya vino, y por motivo del conocimiento e información que trajo, seguimos edificando estos templos y llevando a cabo la obra que en ellos se hace.

Hablando a los que habían dado muerte al Cristo, Pedro les dijo:

Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; pues que vendrán los tiempos del refrigerio de la presencia del Señor.

Y enviará a Jesucristo, que os fue antes anunciado. (Hechos 3:19,20).

Hay que tener presente que Jesús ya había estado entre ellos. Lo habían crucificado, y aquí hallamos la promesa de que su Padre lo enviaría de nuevo, pero también añadió lo siguiente:

Al cual de cierto es menester que el cielo tenga hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde el siglo. (Hechos 3:21).

¿Cómo puede creer uno en la Santa Biblia y no creer que una de las obras preparatorias, para la venida del Redentor del mundo, había de ser una “restauración de todas las cosas, que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde el siglo”?

Ya hemos mencionado la venida de Elías. El presidente Clark hizo mención de la restauración del sacerdocio, el de Aarón así como el de Melquisedec, y también tenemos el establecimiento del reino que vio Daniel en los días postreros, el cual llegaría a ser como un gran monte que cubriría toda la tierra. ¿Y cómo podría realizarse todo esto sin un profeta de Dios?

Además, se habla de la nueva historia de José, que había de aparecer y ser una con la historia de Judá de acuerdo con el mandamiento dado por el Señor a Ezequiel. ¿Y cómo podría efectuarse sin un profeta que llevara a cabo esta obra? Porque el Señor dijo que la haría salir a luz y que la juntaría con la historia de Judá, y que serían una en sus manos. (Ezequiel 37:16,17). El Señor siempre obra por medio de sus siervos los profetas.

Estas son algunas de las cosas que el Señor ha prometido hacer antes de la venida del Redentor del mundo. Testificamos al mundo entero que este profeta, José Smith, levantado por el Señor, fue en toda verdad el instrumento que el Señor tenía preparado por largos siglos, aun desde el estado preexistente, cuando el Señor, hallándose en medio de los espíritus, dijo a Abraham:  “A éstos haré mis gobernantes”; porque había allí muchos de los espíritus nobles y grandes, y entonces añade:

“Abraham, tú eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer”. (Abraham 3:23).

Jesús sabía que iba a tener que obrar por medio de sus siervos, como lo hizo cuando llamó a los Doce, y por eso dijo, cuando se lamentaba sobre Jerusalén:

¡Jerusalén, Jerusalén, que matas, a los profetas, y apedreas a los que son enviados a ti! ¡Cuántas veces quise juntar tus pollos, como la gallina junta sus pollos debajo de las alas, y no quisiste!

He aquí vuestra casa os es dejada desierta.

Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor. (Mateo 23:37-39).

Hemos oído maravillosos testimonios de gente prominente sobre la importante obra que el profeta José ha hecho. No tengo tiempo para hablar de eso. Solamente os repetiré lo que aconteció el otro día. El hermano Leví Edgar Young del Consejo de Setenta me mostró una historia del Estado de Vermont, y bajo el título, Sharon, leímos las siguientes palabras:

Sharon debe su fama a que es la cuna de uno de los inmortales de la historia americana, José Smith, fundador de la religión mormona.

El mundo está comenzando a reconocer la fuerza y espíritu que hay en esta obra, una fuerza que causa que todo hombre se disponga a dedicarse a la edificación del reino; y ésta es la clase de fuerza e influencia que puede vencer al mundo y establecer su reino sobre la tierra.

Os doy mi testimonio que ésta es en verdad la obra del Señor, y que Él la está guiando, y lo hago en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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