Un misionero en cada miembro

Un misionero en cada miembro

David O. McKay

Por el presidente David O. McKay
Discurso dado en la sesión inaugural de la Con­vención de Presidentes de Misión,
el 26 de junio de 1961.
Tomado de the Church News


Mis queridos compañeros, por parte de la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce os damos la bienvenida a esta primera reunión de su clase en la historia de la Iglesia, en la cual todos los presidentes de misión y sus esposas, salvo algunas excepciones, se han reunido para considerar medios y métodos más unidos y eficaces, para promulgar el evangelio de Jesucristo.

Os extiendo la bienvenida y os felicito, y espero que los nombres de toda persona presente queden anotados oficialmente por el secretario o el que esté nombrado para hacerse cargo de estos diez días de reuniones de tres sesiones diarias. Esperamos que podáis disfrutar de ellas. Esta es una asamblea his­tórica. Podemos generalmente expresar su propósito, o su objeto general, en las palabras del rey Benjamín, cuando se hallaba sobre la torre hace muchos siglos, desde la cual habló impresionantemente de dos po­deres grandes que obran en el mundo, poniendo de relieve al hombre natural con todas sus tendencias y al hombre espiritual, la parte importante de la vida.

Porque el hombre natural es enemigo de Dios, y lo ha sido desde la caída de Adán, y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Santo Espíritu, y se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor, y se vuelva como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente infligir sobre él, tal como un niño se somete a su padre. (Mosíah 3:19)

En el servicio de Dios

En ese mismo sermón dijo: “Cuando os halláis en el servicio de vuestros semejantes, también estáis en el servicio de vuestro Señor.” Os saludo con ese espíritu, en esa causa, en ese camino.

Hace muchos siglos se reunió un grupo de hombres en las playas del Mar de Galilea. Acababan de perder su guía y Salvador, el Señor Jesucristo. Todos ellos, menos uno, habían huido de la escena de la crucifixión de su Señor, que después de haber sido sepultado, había resucitado. Lo habían visto dos veces o habían sabido de dos apariciones. En aquel grupo, sobre las playas del Mar de Galilea, se encontraban Simón Pedro, Natanael, en quien Jesús dijo que no había engaño, Tomás—me desagrada llamarlo Tomás “el Incrédulo”—dos hijos de Zebedeo y otros dos cuyos nombres no se mencionan. Estaban dudando, o mejor dicho estaban indecisos en lo que habían de hacer.

Pedro se hallaba en terreno conocido. Muchos días y muchas noches en su juventud había navegado las aguas del Lago de Genesaret y echado sus redes desde su barco. Era un gran pescador. Llamo vuestra atención a este hecho, porque dijo a los demás: “Voy a pescar”; y los otros que se hallaban con él dijeron: “Vamos nosotros también contigo.” Y eso fue pre­cisamente lo que hicieron. Aunque Cristo había llamado a Pedro para ser pescador de hombres, cedió al impulso de su antigua ocupación y pescó toda la noche infructuosamente.

Apareció una persona a la orilla del agua y preguntó: “Hijitos, ¿tenéis algo de comer? y le respon­dieron: No. Echad la red a la derecha de la barca.” Obedecieron, e inmediatamente se llenó de peces, ciento cincuenta y tres “y siendo tantos la red no se rompió.”

Uno de los que se hallaban en el barco, de percep­ción más espiritual que los otros, según hace constar la historia, dijo a Pedro al oído: “¡Es el Señor!” Este se envolvió en un manto, se arrojó al mar sin esperar que el barco llegara a tierra y se acercó al Señor. No dijo nada, ni tampoco el Salvador, hasta que los invitó a comer.

Cristo habla con Pedro

Entonces el Señor se dirigió a Pedro. No lo llamó Pedro, la Roca, sino “Simón hijo de Jonás” y le pre­guntó: “¿Me amas más que éstos?” Hay controversia entre los sabios teólogos sobre el significado de la pala­bra “éstos”. Algunos creen que quiso recordar a Pedro de la ocasión en que dijo: “Aunque todos te abando­naren, yo no te abandonaré.” Yo no lo creo; opino que Pedro había regresado a su oficio acostumbrado, y que el Señor se estaba refiriendo a los ciento cincuenta y tres peces que estaban delante de ellos. Pedro, la roca, la piedra, había dejado su vocación de “pescador de hombres” para volver a su oficio de pescador del mar.

Pedro contestó: “Sí, Señor; tú sabes que te amo.” Entonces se le impuso esta grave obligación: “Apacienta mis corderos.” Por segunda vez el Señor le dijo: “Simón hijo de Jonás ¿me amas? … Sí, Señor; tú sabes que te amo. . . Pastorea mis ovejas.”

Y por tercera vez el Señor le preguntó: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” Y Pedro se entristeció de que le preguntase por tercera vez: “¿Me amas?” En­tonces dijo: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Entonces Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas. . . cuando eras más joven te ceñías, e ibas donde querías; mas cuando ya seas viejo, extenderás tus manos y te ceñirá otro, y te llevará adonde no quieras.” (Juan 21:15-18)

Juan, el narrador de este acontecimiento, nos dice que estaba hablando de la muerte que Pedro tendría que padecer. Me refiero a este hecho con relación a las palabras del rey Benjamín, que cuando estáis ocupados en servir a nuestros prójimos, sólo estáis en el servicio y la obra del Señor. Aquí vemos que Pedro fue trans­formado de pescador en pastor del rebaño. “Id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he man­dado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” (Mateo 28:19, 20)

Amonestación a los Doce

Tal fue la amonestación que se dio a los Doce de aquellos tiempos. Tal es la amonestación que se da en Doctrinas y Convenios al pueblo de esta época, de ser una luz al mundo.

“Y así he enviado al mundo mi convenio sempiterno, a fin de que sea una luz al mundo y un estandarte a mi pueblo, y para que lo busquen los gentiles, y sea un mensajero delante de mi faz, preparando el camino delante de mí. (D. y C. 45:9)

No había cumplido un año la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días cuando se dio la anterior declaración al profeta José Smith por inspira­ción. El mismo apenas tenía 26 años de edad. Fue algo maravilloso hacer tal declaración, grande en su potencialidad, comprensiva en su extensión. “Mi con­venio sempiterno”—se dice al mundo—“es una luz y un estandarte a mi pueblo, y para que lo busquen los gentiles.” ¡Un joven de 26 años y la Iglesia apenas un año de haber sido fundada!

En una novela se describe a un emigrante judío que al llegar al puerto de Nueva York se expresó en esta forma: “Cuando veo la estatua de la libertad, me parece oír la voz de América que proclama: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.”

El evangelio para el mundo

Lo que la estatua de la libertad simboliza para los pueblos oprimidos de Europa, es el evangelio de Jesu­cristo para el mundo. El mormonismo, así conocido, ha izado un pendón a las naciones y, en palabras tan com­prensivas como las que he leído en la revelación, invita al mundo a disfrutar de paz, reposo y contentamiento.

Antes de ser presentado un gran oratorio u ópera, siempre lo precede una obertura. En la obertura los músicos tocan parte de todas las canciones importantes que se cantan en la ópera. Pues para mí la sesión inau­gural de esta reunión histórica es como la obertura a las reuniones subsiguientes, en las cuales recibiréis sugestiones e instrucciones prácticas concernientes al gran aspecto misional de la Iglesia. De modo que, igual que en una obertura, quisiera mencionar algunos de los asuntos que más tarde serán presentados con mayor am­plitud. Lo haré nombrando primeramente los propó­sitos fundamentales de un misionero. Yo los llamo las cuatro “Ces” de la obra misional. La primera es el Contacto, es decir, entrevistarse en persona o ponerse en contacto mental o espiritualmente con uno de nues­tros semejantes. En la obra misional quiere decir con­tacto por medio de la conversación así como personal.

El segundo es la Conversión; el tercero la Coordi­nación; el cuarto, la Consecución Celestial.

Son varias, hasta la fecha, las maneras que hay de ponerse en contacto con una persona. La primera que voy a mencionar es la distribución de literatura, yendo de puerta en puerta. Durante cien años ha logrado un éxito parcial, y podemos citar muchos ejemplos de gran­des hombres que han conocido la Iglesia por primera vez como resultado de un folleto que les dejó un humilde misionero.

La segunda manera de ponerse en contacto con ellos es por medio de reuniones al aire libre; en tercer lugar, comunicación de persona a persona; cuarto, que todo miembro utilice cuanta oportunidad se le presente.

Permítaseme hacer una ilustración. El año pasado en un centro turista cerca de aquí, una joven mormona trabajaba como mesera. A los turistas que le tocaba servir se daba a conocer como mormona. Así se dio a conocer a un matrimonio de California. Se interesaron en ella, y por medio de ella conocieron el evangelio. Hace poco se casó, y la pareja de referencia vino desde California para asistir a la recepción. He recibido no­ticias de lo que comentaron sobre la fiesta: “Nunca hemos visto cosa semejante en todo el mundo; nadie bebe, nadie fuma. Jamás hemos visto cosa alguna con que compararlo.” Más tarde asistieron al programa de órgano en la Manzana del Templo y también escucha­ron el mensaje del evangelio. Ahora lo están investi­gando. Regresaron a California llevando consigo al­guna literatura.

Una carta del Profeta

Voy a citar otra ilustración que puede tener cabida bajo el título de Contacto, o Un misionero en Cada Miembro, y voy a añadir algo que os será de interés. El otro día la hermana Belle S. Spafford me presentó a mí, y por conducto mío a la Iglesia, una carta que le obsequió el doctor Charles W. Olsen de Chicago, Illinois, médico y coleccionista de artículos raros. La carta, bien preservada, dentro de un marco de vidrio herméticamente sellado, es el original de una comuni­cación escrita desde la cárcel de Liberty por el Profeta a su esposa, Emma Smith, el 21 de marzo de 1839, en Quincy, Illinois, a la cual acompañó una epístola diri­gida a los santos, que ahora se conoce como la Sección 121 de Doctrinas y Convenios. Únicamente como detalle informativo deseo que escuchéis la carta.

Cárcel de Liberty,
Condado de Clay, Missouri 21 de marzo de 1839
Cariñosa esposa:

He enviado una epístola a la Iglesia dirigida a ti, porque quiero que seas la primera en leerla y entonces deseo que papá y mamá hagan una copia de ella. Guarda el original, pues yo mismo dicté el contenido y enviaré otra lo más pronto posible. Anhelo mucho estar contigo, pero las fuerzas demagógicas son demasiado fuertes para mí por ahora. Quisiera solicitar al juez Cleveland que tenga la bondad de permitir que tú y los niños permanezcáis allí hasta que algo se sepa concerniente a mi destino. Lo recompensaré bien si lo hace y tiene cuidado de que no te falte nada. Me quedará un poco de dinero cuando salga. Mi querida Emma, conozco bien tus afanes y me com­padezco de ti. Si Dios me perdona la vida una vez más a fin de tener el privilegio de cuidarte, aliviaré tus aflicciones y tra­taré de consolar tu corazón. Quiero que cuides la familia lo mejor que puedas, creo que lo harás. Lamento saber que Fede­rico ha estado enfermo, pero espero que se encuentre bien otra vez y que todos los demás estén bien. Quisiera que procuraras hallar tiempo para escribirme una carta extensa y decirme todo lo que puedas y lo que dicen esos niños balbuceantes que se prenden alrededor de tu cuello. ¿Les dices que me hallo en la cárcel a fin de que se salven sus vidas? Quiero que toda la Iglesia haga una cuenta de los daños sufridos y la envíen a los tribunales de los Estados Unidos lo más pronto posible. Sin embargo, tendrán que ver cuánto pueden hacer ellos mismos. Expresaste mis sentimientos concernientes al orden, y creo que hay una manera de obtener indemnización por todas las cosas, pero Dios gobierna todo de acuerdo con la disposición de su propia voluntad. Mi confianza está en El y la salvación de mi alma es de suma importancia para mí porque estoy seguro de las cosas eternas; y si El las demora, no es nada para mí. Debo conducir a salvo mi barco, cosa que me propongo hacer, y quiero que tú hagas lo mismo. Tuyo para siempre José Smith, hijo.


Emma Smith

Quiero que hagas una copia de la epístola inmediatamente y que vaya a los hermanos, primero a mi padre, porque la quiero para mis archivos. Si te falta dinero o alimentos, ház­melo saber cuanto antes. Mis nervios tiemblan a causa de este largo encarcelamiento; pero si sientes lo mismo que yo, no te fijarás en las imperfecciones de mis escritos. Por mi parte, recibo cordialmente una palabra de consuelo de cualquier fuente. Me siento como José en Egipto. ¿Viven aún mis amigos, y si viven se acuerdan de mí? ¿Me estiman todavía? Si es así házmelo saber en mi época de tribulación. Mi querida Emma, ¿crees que por haber sido encarcelado por la plebe soy menos digno de tu amistad? Creo que no, pero cuando estuve en prisión y me visitasteis, en cuanto lo habéis hecho al más pequeño de éstos, lo habéis hecho a mí. Estos entrarán en la vida eterna, pero debo terminar. Tu esposo,
José Smith, hijo.

Obsequio a la Iglesia

Esta es otra ilustración del tema, “Un misionero en cada miembro”. Cuando se presentó a la hermana Spafford esta carta original del profeta José Smith, es­crita desde la cárcel de Liberty a su esposa, Emma Smith, en Quincy, Illinois con fecha 21 de marzo de 1839, para ser entregada al presidente David O. McKay como un obsequio del doctor Charles W. Olsen y su esposa a la Iglesia, él explicó que había obtenido la carta de una coleccionadora de autógrafos, Mary Benjamin, de la ciudad de Nueva York por 450 dólares. La carta ha estado en poder de doctor Olsen aproximadamente ocho años. Hoy se calcula que vale entre 3,000 y 4,000 dólares.

El doctor Olsen explicó que se había interesado en la Iglesia de los Santos de los Últimos Días primera­mente por causa de un artículo sobre el Plan de Bien­estar de la Iglesia, que se publicó en el Saturday Evening Post. Dijo que había quedado sumamente impre­sionado por el concepto del programa y los principios declarados, mediante los cuales se hacía una distribu­ción a las familias necesitadas. La lectura de este artículo lo provocó a estudiar la historia de los Santos de los Últimos Días, y como coleccionista, aprovechó la oportunidad de comprar uno de los documentos ori­ginales del profeta José Smith.

Dijo que su esposa, Rhoda Tolman es católica. Sin embargo, su abuelo fue mormón, y se llamaba Cyrus Tolman; y según lo entiende el doctor Olsen, Cyrus Tolman fue uno de los fundadores de Tooele, estado de Utah. Dijo que los padres de su esposa habían muerto, y ella había sido criada por una familia cató­lica que la hizo bautizar en dicha iglesia.

Más tarde el doctor Olsen se suscribió a la Sección de la Iglesia del diario Deseret News. Un día llegaron dos copias a la hija de la hermana Spafford que vive en Chicago. Le informó al cartero que uno de los periódicos no era suyo y que iba dirigido a un doctor Olsen. El cartero le contestó que por estar nevando ese día lo llevaría en otra ocasión. Así pasaron los días y la hija de la hermana Spafford decidió llamarlo. Le habló por teléfono y le preguntó si era mormón. Él dijo: “No, no soy mormón, pero recibo la Sección de referencia, y estoy muy interesado en la Iglesia.” En­tonces ella preguntó:

“¿Quisiera usted saber algo más de la Iglesia?” Su respuesta fue: “Sí”. Entonces ella dijo: “¿Quiere usted hacer los arreglos para tener una reunión en su casa, y así llamaré a los élderes para que lo visiten y le den más información?” El arreglo ahora se está llevando a cabo.

Un misionero en cada miembro

Esta es una ilustración muy buena de lo que quiere decir, “Un misionero en cada miembro”. Repartir folle­tos, reuniones al aire libre, sí; pero el medio más eficaz es la reunión en casa, en la cual todos se juntan, por invitación, para escuchar el evangelio de Jesucristo.

Veo que he dedicado mucho tiempo al tema del contacto, y ahora debo decir una o dos palabras sobre la conversión, la segunda de las cuatro “Ces”. Ante todo, el misionero es maestro por revelación directa. Escu­chad esto:

Y os mando que os enseñéis el uno al otro la doctrina del reino.
Enseñaos diligentemente, y mi gracia os acompañará, para que seáis más perfectamente instruidos en teoría, en principio, en doctrina, en la ley del evangelio, en todas las cosas que pertenecen al reino de Dios, que os conviene comprender;
de cosas tanto en el cielo como en la tierra, y debajo de la tierra; cosas que han sido, que son y que pronto han de acontecer; cosas que existen en el país, cosas que existen en el extranjero; las guerras y perplejidades de las naciones, y los juicios que se ciernen sobre el país; y también el conocimiento de los países y de los reinos,
a fin de que estéis preparados en todas las cosas, cuando de nuevo os envíe a magnificar el llamamiento al cual os he nombrado y la misión con la que os he comisionado. (D. y C. 88:77-80)

La gran obligación es la preparación. Es necesario enseñar a estos misioneros los principios para que al conversar con personas inteligentes en las reuniones de casa y en visitas con personas que les han sido referi­das por los miembros de la Iglesia, sepan lo que están enseñando. Somos una Iglesia de maestros. Las Aso­ciaciones de Mejoramiento Mutuo son dos organiza­ciones de maestros.

Aun los hombres y mujeres jóvenes que vosotros, sus directores, instruís, son a su vez maestros, como ya he ilustrado.

Maestros de la palabra

En los hogares de los Santos de los Últimos Días, se requiere que el padre y la madre sean maestros de la palabra, pues así lo exigen expresamente las reve­laciones del Señor. Toda organización auxiliar o todo quorum se compone de un cuerpo de hombres y mu­jeres, o de hombres, que, en el significado final de la palabra, son maestros. Por tanto, esta revelación se refiere a todos nosotros. Este es el concepto que de­seaba comunicar a vosotros como uno de los aspectos importantes de esta reunión. Un maestro no puede en­señar a otros lo que él mismo no sabe, no puede hacer que sus alumnos sientan lo que él no siente. Es una ridi­culez querer ayudar a un joven, hombre o mujer, a obtener un testimonio de la obra de Dios si el hombre o mujer que está tratando de enseñar no tiene en sí mismo ese testimonio.

No puedo refrenarme de citar esta ilustración. Me parece que es cierta. Uno de nuestros misioneros en Escocia, y de esto hace ya algunos años, aceptó un llamamiento de obrar como misionero local. No estaba muy bien preparado, pero fué con su compañero a una reunión al aire libre, y durante su sermón se refirió al “Libro de Pablo”. Uno de los que estaban escuchando le gritó: “No hay tal libro de Pablo.” El joven misionero lo miró con desdén y, continuando su sermón, citó otro pasaje y luego dijo: “Y también esto se encuentra en el Libro de Pablo.” El otro respondió: “Ya le dije que no hay tal cosa como el Libro de Pablo.” Y nuestro misionero le respondió: “Hágame el favor de callarse la boca, porque si vuelve a interrumpirme le taparé la boca con mi puño. Yo estoy aquí para enseñar y no para que me enseñen.”

El misionero tiene el deber de conocer las Escri­turas.

Coordinación y consecución

El siguiente punto es coordinación. Una coordi­nación armoniosa significa un ajuste o funcionamiento armonioso, es decir, igualdad en el mismo rango u orden. Hay que hacer que toda persona, todo conver­tido, se sienta desahogado y cómodo. Sin embargo, en este respecto deseo mencionar que todo convertido tiene una responsabilidad como individuo, y no debe estar dependiendo de los miembros de la rama o barrio. Por otra parte, no debemos pasar por alto el efecto del saludo y el apretón de manos, y debemos procurar que el nuevo convertido, especialmente si es desconocido, sienta que es uno de nosotros e igual a los demás. Todo convertido tiene el deber de ser “honrado, verídico, casto, benevolente, virtuoso y estar dispuesto a hacer bien a todos los hombres… si hay algo virtuoso, bello, o de buena reputación, o digno de alabanza, a esto aspiramos.”

El propio individuo tiene que pagar sus diezmos, observar la Palabra de Sabiduría, asistir a las reuniones, la reunión sacramental especialmente, abstenerse de criticar, de ser mordaz, de la vulgaridad y la maledi­cencia. Me parece que debemos recalcar estas cosas a toda persona que se convierte: que contrae una res­ponsabilidad individual, no sólo consigo mismo, sino con sus vecinos y con la Iglesia; y uno de los objetos de esta convención será considerar las maneras en que el grupo puede ayudar a tal persona a cumplir con sus responsabilidades individuales.

La meta final del misionero es la consecución celes­tial, es decir, conducir al convertido a que se haga digno de la gloria celestial; y deseo concluir citando una de las revelaciones más grandes que jamás se han dado al hombre sobre el sacerdocio. Es evidencia de la inspi­ración de Dios Todopoderoso al profeta José, en el ma­nuscrito enviado a Emma desde la cárcel de Liberty.

Hemos aprendido, por tristes experiencias, que la naturaleza y disposición de casi todos los hombres, en cuanto reciben un poco de autoridad, como ellos suponen, es comenzar inmediatamente a ejercer injusto dominio.
Por tanto, muchos son llamados, pero pocos son escogidos.
Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener en virtud del sacerdocio, sino por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero;
por bondad y por conocimiento puro, lo cual engrandecerá en gran manera el alma sin hipocresía y sin malicia;
reprendiendo en el momento oportuno con severidad, cuando lo induzca el Espíritu Santo; y entonces demostrando mayor amor hacia el que has reprendido, no sea que te considere su enemigo;
para que sepa que tu fidelidad es más fuerte que los lazos de la muerte.
Deja también que tus entrañas se llenen de caridad para con todos los hombres, y para con los de la familia de la fe, y deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios; y la doctrina del sacerdocio destilará sobre tu alma como rocío del cielo.

El Espíritu Santo será tu compañero constante, y tu cetro, un cetro inmutable de justicia y de verdad; y tu dominio será un dominio eterno, y sin ser compelido fluirá hacia ti para siempre jamás. (D. y C. 121:39-46)

El presidente Juan Taylor escribió estas líneas:

Id del cielo, mensajeros,
que tenéis de Dios poder;
predicad el evangelio
a los pueblos en error.
Id al valle y al monte,
el mandato a cumplir:
a Sión traed los hijos
de Jacob, a residir.
Cuando vuestros convertidos,
bendiciones os darán,
y premiadas por el cielo,
vuestras obras estarán,
bellos himnos de gran gozo
en el mundo cantarán,
y paganos coronados
por el rey Jesús serán.

Dios os bendiga, queridos compañeros, portadores de la proclamación de la restauración del evangelio de Jesucristo, el segundo acontecimiento principal de toda la historia, siendo el primero el nacimiento, la muerte y resurrección de Cristo. Sigue entonces su aparición como ser resucitado, de quien el Padre dijo: “Este es mi Hijo Amado: Escúchalo.”

Ruego que las bendiciones del Padre y de su Hijo Jesucristo, estén con vosotros, hermanos y hermanas, representantes autorizados de esta obra gloriosa, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s