El conocimiento de Dios

El conocimiento de Dios

Ezra Taft Benson

por Ezra Taft Benson
Del Consejo de los Doce Apóstoles
(Tomado de the Church News 1961)


La doctrina más fundamental e importante de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es ésta:

Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo. (Primer Artículo de Fe)

Aceptamos sin reserva a estos tres Personajes como el “Supremo Consejo Regente” en los cielos. El Padre y el Hijo tienen cuerpos de carne y huesos; el Espíritu Santo es un Personaje de Espíritu. Adoramos al Padre en el nombre del Hijo, nuestro Mediador entre Dios y el género humano, y su nombre es el único que se ha dado por el cual pueden salvarse los hombres. Aceptamos a Jesús, el Unigénito del Padre en la carne, aunque todos somos progenie suya en el espíritu y, consiguientemente, hijos suyos.” (Joseph Fielding Smith).

Es de suma importancia el entendimiento de estas verdades fundamentales. El conocimiento es poder, pero no todo el conocimiento tiene igual valor. El que se refiere a la personalidad y atributos de Dios el Padre y la relación que existe entre Él y los hombres es de importancia suprema. El hombre no puede salvarse en la ignorancia; pero, ¿ignorancia de qué? Del gran plan de salvación; del propósito de la vida; de nuestro eterno destino; de nuestra relación con nuestro Padre Celes­tial.

En la hermosa oración que nuestro Señor pronunció poco antes de ser crucificado por los pecados del mun­do, declaró:

Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. (Juan 17:3)

El conocimiento es poder

Efectivamente, el conocimiento es poder; pero el conocimiento más esencial e importante es el conoci­miento de Dios: que vive; que somos sus hijos; que nos ama; que somos creados a su imagen; que podemos orarle con fe y recibir fuerza e inspiración en las épocas de necesidad. Tal conocimiento es inestimable.

Por otra parte, es verdad que el hombre se salva únicamente al grado que obtiene conocimiento. ¿Cono­cimiento de qué? Conocimiento de Dios; de sus pro­pósitos y planes para el bienestar, bendición y exalta­ción eterna de nosotros, sus hijos. Todo conocimiento útil es de valor. Por tanto, la búsqueda de tal conoci­miento es loable y compensadora. Sin embargo, en toda nuestra búsqueda de la verdad siempre debemos recor­dar que el conocimiento de Dios, nuestro Padre, y los planes que tiene para nosotros sus hijos es de impor­tancia suprema. Poco antes de su muerte, el profeta José Smith dijo lo siguiente:

El primer principio del evangelio es saber con certeza la naturaleza de Dios, y saber que podemos conversar con Él, como un hombre conversa con otro.

Dios nuestro Padre Celestial es “el mismo ayer, hoy y para siempre”, inmutable y eterno. Todo hijo de Dios, desde el más salvaje hasta el ilustre jefe de una nación, “que no ha sido contaminado por la in­credulidad, tiene en su corazón la creencia en un Ser Supremo, un Dios”. Existe en todo hombre un fuerte instinto innato de adorar, de mirar hacia el cielo. Hay en el hombre una pasión hereditaria de adorar. Sabia­mente dijo Plutarco:

Si buscáis en el mundo, podréis hallar ciudades sin muros, sin letras, sin reyes, sin dinero; pero nadie vio jamás una ciudad sin una deidad, sin un templo o sin oraciones.

Por naturaleza, el hombre quiere hallar a Dios y adorarlo en espíritu y en verdad. Clama a fin de poder tener comunicación con El. Y así es como debe ser, ya que es natural, pues Dios nuestro Padre efectiva­mente vive. La evidencia de la historia y la tradición declara que existe. La evidencia aducida por el ejer­cicio de la razón humana declara que vive. La evi­dencia conclusiva de la revelación directa del propio Dios declara que vive. En las Santas Escrituras halla­mos evidencia inequívoca de que vive y que nosotros, sus hijos, somos creados a su imagen. Cito este ejemplo del Apóstol Pablo:

Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales, que nos disciplinaban y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? (Hebreos 12:9)

Efectivamente, es nuestro Padre, el Padre de nues­tros espíritus. Nosotros somos su progenie espiritual.

La obligación de orarle

Por tal motivo, está interesado en nosotros y nos invita a que nos aconsejemos con Él y que le oremos. En nuestros hogares, en nuestro trabajo, en nuestras obras en la Iglesia, en nuestros estudios en la escuela, —ya sea en casa o en el extranjero—nos es posible ex­tender la mano y ponernos en contacto con nuestra fuerza invisible, nuestro Padre Celestial. Sin su ayuda no podemos lograr el éxito; con su ayuda no podemos fracasar.

Sí, y aun nos invita a ser como El: “Sed, pues, vos­otros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” (Mateo 5:48) Estamos procurando, o deberíamos estar procurando la perfección. En este digno e incitante esfuerzo, la oración puede ser una ayuda muy poderosa.

Me complace en extremo ver a hombres promi­nentes, así dentro como fuera de la Iglesia, recurrir a la oración en busca de fuerza. Es bueno ver cómo los hombres reconocen la ayuda de Dios en sus vidas. Deseo referir uno de los muchos ejemplos de entre mis amigos.

Este hombre es director de una de las principales compañías norteamericanas de productos alimenticios, un administrador enérgico. En un artículo escrito para una revista nacional, refiere lo que la orientación divina ha hecho por él en sus negocios y vida personal.

El acontecimiento a que me refiero sucedió no hace mucho en una habitación de uno de los hoteles en la ciudad de Wàshington.

Se estaba alistando para una importante conferen­cia con algunos hombres de negocio y funcionarios del gobierno. Como lo había hecho toda su vida—cuando tenía delante de sí un programa importante—inclinó la cabeza y oró a Dios que le ayudara a decidir co­rrectamente.

Uno de los hombres con quienes tenía que confe­renciar se detuvo en su cuarto para acompañarlo a la reunión. La puerta estaba abierta y el hombre entró. Pareció causarle algún bochorno hallar a mi amigo orando, y este sentimiento continuó con él mientras caminaban por el pasillo que conducía al ascensor.

Para aliviar la tensión, mi amigo empezó a decirle por qué creía que nadie podía resolver los problemas desconcertantes de la actualidad sin la ayuda de alguna fuente de sabiduría mayor que la propia. Sin embargo, esto no impresionó a su compañero. “He oído hablar de la oración—le dijo—pero nunca he conocido a per­sona alguna que pueda demostrarme que efectivamente produce algún resultado.”

La oración es contestada directamente

Mi amigo dijo:

No intenté probarle que la oración “produce resultados”. Pero sí le dije que en lo que a mí personalmente concierne, estoy convencido de que mis propias oraciones me traen res­puestas directas . . . que estas respuestas me han conducido a una resolución acertada y me han impedido cometer errores que habrían sido desastrosos, si hubiese dependido solamente de mi propio juicio … y como consecuencia, cuando tenía que llegar a alguna determinación importante sobre mi vida personal o mis negocios, confiaba en mi propia experiencia e inteligencia sólo hasta cierto punto. De allí en adelante re­curría a nuestro Creador para que me guiara directamente. Se ha desarrollado en mí una creencia profundamente arraigada de que Dios es una fuente ilimitada de prudencia, inteligencia y fuerza, de la cual todo hombre o mujer, desde el más humilde peón, señora de casa o presidente de banco, puede solicitar ayuda en cualquier situación.

¿Creéis esto, juventud de la Iglesia? Me parece que sí. Y debemos creerlo aun con mayor firmeza que mi amigo. ¿Por qué? Porque tenemos evidencia adi­cional: evidencia que el mundo no tiene de que Dios vive; que es un Dios personal; que somos literalmente sus hijos; y que podemos llegar a ser como El.

Desde los días de los antiguos apóstoles hasta la restauración del evangelio, ha habido duda, confusión y contiendas en lo que respecta al carácter, naturaleza y personalidad de Dios y la Trinidad. En lugar de aceptar a Dios como se ha declarado ser, las sectas cristianas han intentado describir a Dios por medio de razonamientos y sabiduría humanos. Algunos aun han llegado al grado de declarar que el hombre fabrica su propio Dios, y que el Dios de los antiguos patriarcas- de la época de Moisés o de los primeros años de la era cristiana—no es el Dios de la actualidad. Cierta­mente no hay lugar en la fe cristiana para tal herejía.

Las declaraciones de los varios credos concernien­tes a Dios contribuyen a la confusión. Bastará citar un ejemplo. Uno de estos credos afirma:

“Hay un solo Dios viviente y verdadero, eterno, sin cuerpo, partes o pasiones; de infinito poder, sabiduría y bondad; Creador y Conservador de todas las cosas, así visibles como invisibles. Y en la unidad de este Dios, hay tres personas de una misma sustancia, poder y eternidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.” (Credo de la Iglesia de Inglaterra.)

Bien puede uno preguntarse cómo fue posible que surgiera tan grande confusión, en vista de las afirma­ciones sencillas y claras de las Escrituras. Por ejemplo, leemos en el libro de Génesis:

Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza… y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. (Génesis 1:26, 27)

El Salvador declaró que Él era semejante a su Padre. En el templo hizo esta afirmación: “El que me ve, ve al que me envió”. (Juan 12:45)

Pablo el Apóstol enseñó que el Hijo era la “imagen misma” de la substancia del Padre. (Hebreos 1:3)

Mientras lo apedreaban, “Esteban, lleno del Espíri­tu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios”. (Hechos 7:55)

En la ocasión del bautismo del Salvador se men­ciona a cada uno de los miembros de la Trinidad dis­tinta y separadamente.

La evidencia de las Santas Escrituras

Podríamos continuar este tema indefinidamente, y no se puede negar que hay evidencia de la personalidad y carácter de Dios y la Trinidad en las Santas Escri­turas. Pero después de los largos años de apostasía y confusión, hubo necesidad de una nueva revelación, un nuevo testigo. Era menester una dispensación nueva del evangelio para efectuar la restauración del conoci­miento de nuestro Padre Celestial y su Hijo, nuestro Salvador.

José Smith, profeta de Dios, restauró el conoci­miento de Dios. La primera visión de José reveló claramente que el Padre y el Hijo son dos Personajes diferentes y que poseen cuerpos tangibles como el del hombre. Más tarde también se reveló que el Espíritu Santo es un Personaje de espíritu, separado y diferente de las personalidades del Padre y del Hijo. Esta ver­dad trascendental conmovió al mundo, aunque la Biblia la enseñaba.

José Smith vio al Padre y al Hijo; por tanto, podía testificar con un conocimiento personal. Consideremos su testimonio, sencillo pero inspirador, que relata uno de los acontecimientos más grandes del mundo desde la resurrección del Hijo de Dios:

. . . precisamente en este momento de tan grande alarma, vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí.

No bien se hubo aparecido, cuando me sentí libre del enemigo que me tenía sujeto. Al reposar la luz sobre mí, vi a dos Personajes, cuyo brillo y gloria no admiten descripción, en el aire arriba de mí. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: ¡Este es mi Hijo Amado: Escúchalo! (Perla de Gran Precio, José Smith 2:16-17)

La revelación le comunica al hombre su conoci­miento más completo de Dios. Ningún ser mortal sabía tanto acerca de Dios y la Trinidad como José, a la conclusión de esa gloriosa visión. Vio a Dios el Padre, y a su Hijo Jesucristo; oyó sus voces, porque le habla­ron; pudo sentir su gloriosa presencia.

Más tarde visitaron a José Smith otros mensajeros del Padre, bajo la dirección de Jesucristo nuestro Maestro. Entonces José, acompañado de Sidney Rigdon, vio nuevamente al mismo Jesús que ascendió al cielo después de su resurrección, y el cual había apa­recido junto con el Padre a José doce años antes en la arboleda sagrada. Esta visión gloriosa se efectuó en Hiram, Ohio, el 16 de febrero de 1832. Deseo citar lo que José escribió acerca de este glorioso aconte­cimiento:

Y mientras meditábamos en estas cosas, el Señor tocó los ojos de nuestro entendimiento y fueron abiertos, y la gloria del Señor brilló alrededor.
Y vimos la gloria del Hijo, a la diestra del Padre, y recibimos de su plenitud;
y vimos a los santos ángeles y a los que son santificados delante de su trono, adorando a Dios y al Cordero, y lo adoran para siempre jamás.
Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, este es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!
Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre;
que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios. (Doc. y Con. 76:19-24)

¿Qué otra cosa se hace necesario decir? Nuestra doctrina respecto de Dios es clara. Él es nuestro Padre Celestial y Eterno. Nosotros somos literalmente sus hijos. Viviendo rectamente, de acuerdo con su plan, podemos ver a Dios y llegar a ser como El.

Con profunda solemnidad y humilde gratitud testi­fico que Dios nuestro Padre Celestial vive; que Jesu­cristo es el Unigénito Hijo de Dios en la carne, y el Redentor del mundo; que José Smith, profeta verdadero de Dios, vio al Padre y al Hijo y fue el instrumento a través del cual nuevamente se ha restaurado el evan­gelio verdadero de Cristo a la tierra en su plenitud.

Os doy este testimonio a vosotros y a todo el mun­do, de acuerdo con la autoridad que reposa sobre mí, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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